Capítulo 18
L ady Ridley había perdido la noción del tiempo. De hecho, hacía largo rato que se había dormido en el incómodo coche. Pero entonces, un terrible golpe en la puerta casi le provoca un ataque al corazón.
—¡Dios mío! ¡¿Quién es?! —Se fregó los ojos y miró a través de la ventana—. ¡Marianne!
Al instante, la joven Powell entró, pero esta no se atrevió a mirar a la vizcondesa. No obstante, habló antes de que aquella lo hiciera primero.
—Por favor, lady Ridley, no me pregunte nada. Solo... Solo deseo marcharme cuanto antes.
La curiosidad por el extraño estado de ánimo de Marianne la instaban a preguntar por lo que había ocurrido, pero conocía a la joven Powell, y entendió que lo mejor, al menos en ese momento, era dejarla en paz.
Margaret dio aviso al cochero para que marcharan directo a Browne House, y se mantuvieron en silencio durante todo el trayecto. Aunque, por supuesto, no ocurrió lo mismo al entrar en la casa de Christine.
—¡Por todos los cielos! ¡¿Dónde demonios se habían metido?! —exclamó lady Chatterton, acercándose al vestíbulo. Estaba fuera de sí, muy diferente a lady Browne que, hasta divertida por el nerviosismo de Elizabeth, contenía una pícara sonrisa.
Lady Ridley miró a Christine y, entristecida, negó con la cabeza.
La vizcondesa fanática del limón inspiró profundo para enfrentarla.
—¿Y bien, señorita Powell? ¿No cree que sea un buen momento para darnos una explicación?
Marianne, firme y sin mirar a ninguna en particular, alzó la barbilla.
—Sí, lady Browne. Y no daré vueltas: me casaré con lord Hidley.
—¡¿Qué?! —exclamó lady Chatterton. Casi se cae.
—Marianne, querida, ¿por qué mejor no descansas y...? —intentó terciar Margaret, pero la joven Powell no la dejó.
—No, lady Ridley. La decisión ya está tomada: me casaré con el conde. —Se dirigió a Christine—. Por favor, lady Browne, envíe una nota a lord Hidley para informarle de las noticias. Quisiera que mañana, a primera hora, sellemos nuestro compromiso.
—Por supuesto, querida. Y también daré aviso a tu familia. Al menos tus padres deben estar presentes. —Sonrió.
En una mezcla de enojo con dolor, Marianne asintió, y, veloz, corrió escaleras arriba para encerrarse en la habitación.
—Si crees que por alguna extraña razón estaré de acuerdo con esta locura, ¡te equivocas, Christine! ¡Te equivocas! —vociferó lady Chatterton.
—Oh, ya vamos, Elizabeth. No seas tan dramática. No creo que tu hijo se disguste tanto por hacer un nuevo amigo... —se burló.
—¡¿No te ha alcanzado con haberme comprometido a semejante locura sin siquiera consultármelo?! —replicó la condesa viuda.
—No. Y si no te he consultado fue porque sabía que te negarías, querida.
—Pues no creas que aceptaré esto, Christine.
—Por favor, Elizabeth. No es lo más importante ahora —intervino Margaret—. No sé qué es lo que ha ocurrido entre ellos, pero estoy segura de que la decisión de Marianne es solo por despecho.
—¿Crees que lord Frederick la haya rechazado? —preguntó Elizabeth con temor.
—No —contestó Christine de inmediato—. ¿Acaso no lo has notado, viuda tonta? O bien lord Frederick la zamarreó hasta despeinarla, o bien ellos...
—¡Ni lo menciones, Christine! ¡No es necesario! —interrumpió Margaret—. Y no solo por el cabello... También se colocó el vestido al revés.
—Oh, Dios mío... —exhaló lady Chatterton llevándose una mano a la frente.
—Pues bien. Sea como sea, la decisión ya está tomada —soltó lady Browne al tiempo que se giró para subir las escaleras.
Indignada, Elizabeth se enderezó.
—¡¿Y no harás nada?!
—Oh, sí, por supuesto —respondió de espaldas sin dejar de subir—. Enviaré ahora mismo los avisos a lord Hidley y a los Powell. Después de todo, eso es lo que Marianne pidió.
—¡¿Qué?! —bramó lady Chatterton, que se disponía a ir tras Christine. Pero Margaret la detuvo.
—No tiene sentido, Elizabeth. Será mejor esperar a mañana. De seguro las aguas se calmarán.
La condesa viuda no estaba de acuerdo, mas insistir no ayudaría en absoluto. Claro que ni Margaret ni Christine comprendían la gravedad del asunto. Pero eran un club, y como tal, seguiría las reglas que las tres, implícitamente, habían aceptado.
***
Apenas despuntaba el sol, pero el descanso, tras la noche más reveladora de su vida, había sido suficiente cuando el primer rayo de luz le acarició los párpados.
Lord Frederick nunca se había sentido tan pleno y era porque jamás se había entregado en cuerpo y alma. Pero entonces, desde el momento en que se unió a Marianne, supo que su libertad era con ella. Solo con ella.
Aún medio dormido, giró el rostro, mas cuando abrió los ojos por completo, la desesperación lo despertó de inmediato.
Dio un salto y miró el suelo. Solo estaban sus prendas.
Veloz se vistió como pudo y, al tiempo que gritaba el nombre de ella, corrió hasta la sala con la esperanza de encontrarla. Sin embargo, los únicos compañeros que halló fueron dos papeles que yacían en el suelo, en medio de la habitación.
Se acercó y, al tomarlos, no necesitó analizar por mucho tiempo. Ella los había leído y, por alguna razón, había decidido irse.
Se colocó el gabán, luego el sombrero y, sin más, salió de la residencia para marchar directo a Browne House.
No obstante, y sin imaginárselo, una extraña mujer vestida con una capa lo llamó desde la distancia.
—¡Lord Frederick!
El hijo del marqués entrecerró la vista, pero en cuanto esta se aproximó, abrió los ojos al tiempo que frunció el entrecejo.
—¡¿Lady Chatterton?! ¡¿Qué hace usted aquí, a estas horas y vestida... de criada?!
Sin quitarse la capa de encima, y tras mirar hacia un lado y el otro, Elizabeth se acercó.
—No estoy acostumbrada a alejarme de Grosvenor Square, lord Frederick. Y venir sola y de noche no habría sido prudente.
—¿Y por qué ahora y ataviada de criada? —preguntó él sin comprender.
—Por las dudas. Si es usted un cretino, no quisiera que nos vieran juntos, y menos hoy.
—¿Hoy? ¿A qué se refiere? ¿Qué ocurre?
—Primero respóndame con sinceridad: ¿ha rechazado usted a la señorita Powell o solo es un idiota?
Frederick inspiró profundo al comprender a lo que la condesa viuda había ido.
—Rechazarla jamás fue ni será una opción, lady Chatterton.
—¿Lo dice en serio? ¿No se está aprovechando de ella?
Firme y con los ojos bañados en honestidad, contestó:
—Nunca he hablado más en serio. Y no: no podré borrar mi pasado, pero no permitiré que este condene mi futuro. Jamás me aproveché de Marianne y jamás lo haré.
Elizabeth lo miró por unos instantes y, al notar que sus ojos destilaban pura verdad, suspiró aliviada.
—Pues bien. Entonces será mejor que se apresure y remedie su estupidez. En menos de media hora, lord Hidley llegará a Browne House para sellar frente a los Powell el compromiso con Marianne.
—¡¿Qué?!
—No pierda tiempo. —Señaló el viejo coche en el que ella lo había estado esperando—. Suba. Llegaremos más rápido.