Capítulo 17
C uando ambos entraron en la sala de la residencia, el silencio se sintió más profundo y calmo de lo esperado. Frederick había dado la orden a sus sirvientes para que marcharan a Amber Hall.
—¿Le avergüenza venir a verme? —inquirió Frederick, y le señaló la capa que la cubría.
Paralizada en medio de la habitación, Marianne se observó a sí misma y negó con la cabeza.
—No, claro que no. Pero, según lady Ridley, ya era muy tarde para venir de visita, y como yo no quería esperar a mañana, cubrirnos con estas capas de las criadas y viajar en un coche de bajo perfil fue nuestra mejor opción.
Tras dejar el sombrero sobre uno de los sillones, la miró con curiosidad.
—¿No quería esperar a mañana? ¿Tan urgente es lo que necesita decirme?
Marianne tragó saliva. Aunque lo que más deseaba era negarlo, la mirada azul y profunda de él la desarmaba tanto que el corazón le palpitaba veloz cada vez que él se le dirigía.
—Bueno, de no haberme apresurado, no lo habría encontrado, ¿cierto?
Frederick sonrió de lado.
—Cierto. Aun así, no me ha respondido, señorita Powell. ¿Qué es lo que necesita decirme?
¿Qué era lo que necesitaba decirle? ¡Oh, solo Dios sabía la verdad! Pero, sin duda alguna, no eran solo disculpas lo que quería expresarle.
—Bueno, yo... —Recordó las sabias palabras de Margaret, tomó aire, avanzó hacia él y se animó—. Necesito pedirle perdón, lord Frederick. No sabía la verdadera razón por la que aún no había podido visitar a su hermano. Y, aun así, no tenía derecho a juzgarlo.
Él la miró por unos instantes hasta que curvó los labios con sutileza.
—Le acepto las disculpas, aunque reconozco que, gracias a su rudeza, dejé las dudas a un lado y tomé la decisión de partir hacia Amber Hall.
—Pero se arriesga demasiado. Es conocida la severidad del marqués.
Él rio con perspicacia.
—¿Teme que esta conducta mía pueda afectar mi acuerdo con usted?
Marianne pestañeó varias veces.
—¿Por qué lo dice?
—No lo sé. Quizá haya pensado que si el marqués descubre mi imprudencia, no dudará en desheredarme de forma instantánea. Y eso, desde ya, afectaría nuestro pacto.
Marianne suspiró.
—Pues podría haberlo pensado, pero no fue así. Solo... —Tragó saliva—. Solo pensé en usted y en lo mucho que merece un mejor trato.
Frederick avanzó otro paso.
—Pues... agradezco su gentileza, señorita Powell. Pero no debe preocuparse, ni por mí ni por el acuerdo. Le aseguro que mi padre no hará nada que nos perjudique, y yo cumpliré tal como se lo prometí a usted y a El club del té.
Ella lo miró a los ojos. No sabía cómo expresarse, no sabía cómo dar espacio a lo que su palpitante corazón le exigía sacar a la luz.
—Sí, el acuerdo... —murmuró.
Frederick, al notar la vacilación en la voz de Marianne, frunció el ceño y se acercó hasta quedar a un paso.
—¿Percibo dudas? ¿Acaso usted ya no desea casarse conmigo y no sabe cómo decírmelo?
De inmediato, la joven Powell reaccionó.
—¿Dudas? No. —Miró el suelo y, nerviosa, parpadeó varias veces—. Yo...
Pero no pudo seguir. La impulsividad de él se lo impidió, pues una repentina ola de rabia se abalanzó sobre el corazón de Frederick.
¿De verdad ella dudaba? ¿Acaso era por el mequetrefe de John Ferrars?
—Es el conde de Hidley, ¿verdad? —la interrumpió. Los dientes casi le chirriaron de la ira.
De inmediato y con desesperación, Marianne alzó la vista hacia él.
—¿Hidley? ¿Pero de qué habla, si le he dich...?
—Es un conde y, de seguro, le ha ofrecido más que yo, ¿cierto?
La mirada de ella se apagó.
—¿De verdad me cree capaz de pensar así?
¿De verdad cree que no tengo corazón? —inquirió con sentida amargura.
La tristeza la había invadido; no obstante, el orgullo y la razón no tardaron en tomar las riendas.
Debía irse. Y debía hacerlo antes de que fuera demasiado tarde—.
Siento mucho haberlo importunado, lord Frederick.
Que tenga buen viaje. —Se apresuró sin mirarlo.
Se dio la media vuelta y, secándose unas rebeldes lágrimas, intentó lanzarse a la carrera. Sin embargo, él la detuvo.
Suave aunque firme, Frederick le envolvió la muñeca con una mano y, tras jalarla con la fuerza justa para no hacerle daño, la atrajo hacia sí.
—¿De verdad esto es todo? —Coló la otra mano por detrás de la nuca de ella y, agitado, se le aproximó a los labios sin dejarla de mirar—. Te ofendes y dices tener corazón, ¿pero te atreves a dejarme así?
El pecho de Marianne subía y bajaba impulsado por una mezcla entre deseo y desesperación, y el aliento de Frederick le acariciaba la boca que, hambrienta, reclamaba la de él.
—¿Así? No entiendo, Frederick. ¿No deseabas ser libre como siempre lo has sido?
Ardiente y exasperado de solo imaginar perderla, el hijo del marqués hundió la mirada de zafiro en la castaña de ella.
—¿Libre? ¿Acaso no lo ves? —Con un pulgar le acarició los labios llenos—. Ya no puedo ser libre. Ya no, Marianne. No si tú te vas.
Y entonces, justo cuando el corazón de la joven Powell estalló en un irrefrenable galope, él, Frederick Stewart, la besó con absoluta pasión.
Eran fuego. Eran llamas que se entremezclaban en el calor de los cuerpos.
La boca de él devoró la de ella, al principio en un tierno mordisqueo hasta que, desbordado, necesitó traspasar los labios carnosos para acariciar con su lengua la de Marianne. Fue una danza tibia y húmeda que provocó que los latidos de ambos aumentaran al compás del ardor.
De inmediato, Frederick la alzó en brazos y, en un santiamén, la llevó a su alcoba. Despacio y de pie, se quitó el gabán y lo dejó caer al suelo. Luego se deshizo del resto de las prendas hasta quedar con el torso completamente desnudo.
Deslumbrada por la figura que tenía enfrente, Marianne se aproximó con lentitud y, suave, apoyó las manos sobre los duros pectorales de él.
Sentía la agitación que lo dominaba. Sentía el bombeo acelerado de su pecho.
Y entonces, descendió hasta llegar a los abdominales, que solo en las más exquisitas estatuas de dioses griegos había contemplado.
Frederick, desbordado por la delicadeza de las caricias, se aproximó a Marianne y, tras envolverla con los brazos, volvió a besarla, esta vez, con más calma.
Comenzó por detrás de la oreja y, con un reguero de besos, descendió hacia el cuello hasta llegar a la zona de la clavícula. Despacio, le desabotonó el vestido y, tras dejarlo caer, hizo lo propio con el resto de las prendas íntimas.
Jadeante, Marianne sintió por primera vez la vulnerabilidad de estar desnuda frente a un hombre.
Pero él, veloz ante la timidez de ella, la tomó en brazos para llevarla hasta la cama, donde la depositó con la máxima delicadeza.
La miró con dulzura y, tras quitarse los pantalones, dejó que viera su cuerpo completamente desnudo.
La agitación de Marianne aumentó cuando sus ojos contemplaron las fuertes piernas de Frederick, pero se sonrojó al ver el enorme miembro viril que, duro y palpitante, manifestaba el deseo que Frederick sentía por ella. Solo por ella.
Al instante, aunque con ternura, el hijo del marqués se recostó sobre Marianne.
La miró a los ojos y, despacio, apoyó una mano en un seno para masajearlo con sutileza.
La caricia provocó que la respiración de ella se agitara y, entonces, la boca de lord Frederick se posó sobre el pezón para besarlo y succionarlo con la suavidad que ella necesitaba.
Lo humedeció una y otra vez con la lengua para luego hacer lo mismo con el otro pecho.
Al instante, los jadeos de Marianne se intensificaron, y Frederick no dudó en descender una palma hasta la zona del monte de Venus.
De inmediato, ella se sobresaltó al sentir la robusta mano en su parte más privada, pero en cuanto él desunió los labios virginales para acariciarle el botón del placer, se relajó.
Al principio, las caricias fueron lentas y circulares, mas cuando la miel de ella comenzó a brotar, Frederick aceleró el movimiento.
Desbordada del placer, Marianne cruzó los brazos detrás de la nuca de él y, en un acto de pasión, lo atrajo hacia sí.
—Oh, Frederick... —susurró rendida ante el poder del hijo del marqués.
Y entonces la locura por poseerla lo dominó.
Necesitaba entrar en Marianne. Necesitaba entregarse a ella.
—Marianne, yo...
Ella, en el acto, posó un dedo en los labios de él.
—Chisss... —Lo silenció y, curvando los labios con timidez, sentenció—: Quiero ser tuya, Frederick. Para siempre.
El corazón del lord estalló del deseo y, abrumado por la necesidad, la besó con intensidad al tiempo que la penetró.
El ingreso del miembro de Frederick provocó que Marianne gritara en una mezcla de jadeante sorpresa con excitación, mas, cuando él comenzó a moverse despacio, el disfrute llegó suave y exquisito.
El conducto femenino no tardó en humedecerse, al punto de que la dulce miel de ella desbordó.
Al sentir la estrechez y la cálida humedad de Marianne, Frederick supo que estaba al borde del abismo de la pasión, y entonces, dejándose llevar por su salvaje corazón, aumentó la cadencia de las embestidas.
Excitada, Marianne se aferró a los anchos hombros del hijo del marqués; y justo cuando su cuerpo se estremeció en un exquisito orgasmo que le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies, se liberó en una exhalación desbordada de placer.
Y entonces, Frederick no se contuvo más. El grito de Marianne triunfó sobre la poca cordura que le quedaba y, entregándose al frenesí de la pasión, aumentó la velocidad de las embestidas para, de forma escandalosa, derramar su semilla en el cálido interior de ella.
Los cuerpos, aún jadeantes, cayeron enredados sobre la mullida cama, única testigo de su unión.
Vencido y boca arriba, Frederick abrazó a Marianne contra su cuerpo y, tras cerrar los ojos, se dejó llevar por los encantos de Morfeo.
Marianne estuvo a punto de seguir por el mismo camino, pero temerosa de que alguien fuera en su búsqueda, decidió levantarse para, al menos, vestirse.
Como pudo, se colocó cada una de las prendas, y cuando se dispuso a levantar las de él, dos papeles que sobresalían del gabán le despertaron la curiosidad.
En silencio, los tomó y marchó hacia la sala principal para evitar que Frederick despertara.
Desplegó el primero y la emoción la desbordó cuando comprendió que se trataba de una carta de Edward.
No obstante, al enfocarse en el segundo papel, el corazón se le detuvo. Era un contrato que hablaba sobre el futuro matrimonio con ella. Y aunque lord Hammerwick lo había firmado, Frederick aún no lo había hecho.
No necesitó tiempo ni explicaciones. Era claro: Frederick no había firmado el contrato porque, al contar con el apoyo de Edward, ya no necesitaba casarse. O, mejor dicho, ya no la necesitaba a ella. Sería libre sin la condición de sacrificar absolutamente nada.
Pensó en lo que acababan de vivir y se sintió, una vez más, traicionada pero sucia. Por mucha pasión que Frederick le hubiera entregado, tal como le había dicho lady Browne, era claro que nunca debió confiar en él: un libertino. Un libertino sin remedio.
Dejó caer los papeles en medio del salón y, tras secarse las últimas lágrimas, se cubrió con la capa y se marchó.