Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 16
82%

Capítulo 16

L as palabras de Marianne habían sido terriblemente dolorosas, pero ciertas; tan ciertas como él se llamaba Frederick Stewart.

Si de verdad quería tanto a su hermano, ¿a qué esperaba?

Atrás debía dejar el temor por las medidas que lord Hammerwick pudiera tomar si se enteraba de que había intentado entrar en Amber Hall.

Edward estaba muriendo, y no aguardaría a que su empleado llegara con novedades.

Necesitaba ver a su hermano. Necesitaba abrazarlo.

Así, en cuanto cruzó la puerta de su residencia en Curzon Street, con firmeza dio la orden de preparar el coche con el equipaje suficiente para marchar directo a la casa principal de la familia.

Los criados, atónitos, no tardaron en ponerse en acción y, en unas horas, el carruaje de lord Frederick estaba listo para partir. Sin embargo, un minuto antes de que emprendiera viaje, una visita inesperada lo retuvo en la sala principal de su casa de soltero.

—No voy a preguntarte a dónde irás siempre que cumplas con lo que te he exigido.

«Exigido», pensó Frederick, y resopló, indignado.

—No temas, padre. Me casaré. Y estimo que imaginarás con quién. Los rumores siempre llegan primero a Browne House, pero luego a los clubes de caballeros.

Richard sonrió de lado.

—De solo saber que el idiota de lord Hidley la desea y que el rumor ya se ha hecho público, no puedo más que aplaudirte, Frederick.

—La señorita Powell es una buena mujer. Lo último que le desearía es un hombre como Hidley.

El marqués se carcajeó.

—Si es cierto que tan buena es, tampoco le desearía alguien como tú. Pobre ilusa... Aun así, ya no hay marcha atrás. —Rio con desdén y, a continuación, le entregó un documento.

El menor de los Stewart frunció el ceño.

—¿Y ahora qué?

—Es un contrato. Imaginé que querrías tenerlo antes de cometer el crimen de casarte.

—Se rio al ver el rostro serio de su hijo menor, pero continuó—: En este te aseguro que, una vez que te cases con la señorita Powell, se te entregará una considerable cantidad de dinero.

También pasarás a ser propietario de esta casa.

Y claro, en caso de que tengan un hijo varón, se te volverá a dar otra gran suma de dinero y el título de propiedad de la residencia de Escocia.

Y, aunque no hacía falta mencionarlo, aclaré que si llegases a convertirte en el marqués de Hammerwick, se te asegura que no heredarás solo el título, sino también toda la fortuna registrada hasta el día de hoy.

—Exhaló—. Puedes leerlo si quieres, pero no dice más que lo que te acabo de mencionar.

—Padre...

—Ya lo he firmado —lo interrumpió—. Solo faltas tú.

Y sin más, Richard se retiró para ir a Stewart House, la casa de Londres que usaba cada vez que debía quedarse para asistir al Parlamento.

Frederick no se sentía agradecido, pero sí debía reconocer que el alivio era inmenso. Con ese acuerdo entre sus manos, arriesgarse a ir a ver a Edward resultaba mucho más sencillo, en especial porque, era evidente, Richard se estaba quedando en la ciudad.

Listo para emprender el viaje, salió y se subió al coche. Un largo trayecto le esperaba. Sin embargo, el carruaje apenas avanzó, pues los gritos desaforados de un hombre que los corría por detrás lo detuvo.

—¡Lord Frederick! ¡Lord Frederick! —exclamaba sin cesar.

El hijo del marqués bajó de inmediato y, cuando descubrió que se trataba de Henry, el hombre de confianza que había enviado a Amber Hall, corrió hasta él con los ojos abiertos como platos.

—¡Henry! ¡Dios mío! ¡Regresaste justo a tiempo! ¡Iba hacia Amber Hall!

El hombre, agitado hasta los huesos, respiró profundo y, sin poder decir una palabra más, le entregó una carta sellada con lacre.

Confundido, Frederick frunció el ceño, pero en cuanto descubrió que era ni más ni menos que el sello de Edward, la abrió con desesperación.

Querido hermano:

Antes que nada, quiero agradecerte. Sé lo terrible que han sido estos años en los que solo nos hemos visto unas pocas veces y a espaldas de nuestro padre.

Pero el hecho de que hayas enviado a uno de tus hombres solo para encontrar el modo de poder visitarme es, para mí, una demostración más que suficiente de que el amor que nos dio nuestra madre ha florecido en los dos.

Henry me lo ha dicho todo. Y no puedo creer que padre te haya amenazado de esa manera. No es justo y no puedo imaginar por lo que has tenido que atravesar.

Sin embargo, ya no será necesario que te sacrifiques, hermano. El destino, Dios y seguramente nuestra madre me han iluminado. Los días cálidos han ayudado a mi cuerpo y, por fortuna, los médicos me han alegrado con un muy buen pronóstico. Ya no moriré, Frederick. Y pienso vivir muchos años más.

Dicho esto, te ruego que olvides las amenazas del marqués.

Como bien sabes, son varias las propiedades que ya tengo en mi poder.

Me aseguraré de que pasen a tu nombre porque también te corresponden.

Y en cuanto al dinero, sabes que, aunque nuestro padre no tiene conocimiento, tengo varios negocios que no dudaré en cederte para que tú los manejes.

Sé que eres más capaz que yo en eso. Y en temas del amor también.

De aquí que te ruego que no cometas una estupidez. No te cases, hermano. No lo hagas si no es por amor. Piensa que padre no puede darnos lo que nunca recibió, y por eso su conducta; quiero creer que ha hecho lo mejor que pudo con lo poco que le han dado.

Pero nosotros... Nosotros hemos sido amados por una madre que, aunque hace años haya partido, aún late en nuestros corazones.

Sabes amar, Frederick. Entonces hazlo y permite que te amen por igual. Nunca menos. Nunca por obligación.

Entusiasmado por recibirte con los brazos abiertos...

Edward

Los ojos del menor de los Stewart se aguaron de inmediato y, sin poder evitarlo, las lágrimas le rodaron por las mejillas.

Edward viviría. Muchos años más.

Desbordado de gratitud, miró el cielo y sonrió. La luna, enorme y radiante, lo iluminó.

Era claro que el marqués aún no había recibido las buenas noticias sobre Edward; de lo contrario, jamás le habría cedido ese contrato.

Como fuera, se guardó la carta en el interior del gabán, donde también había puesto el acuerdo con lord Hammerwick y, luego, se dirigió a su hombre de confianza.

—Gracias, Henry. Ahora todo será más fácil.

Ambos se abrazaron hasta que Frederick se giró para regresar al coche. Cuanto antes viajara, más pronto vería a su hermano mayor.

No obstante, una voz, una dulce voz, lo obligó a detenerse una vez más.

—¡Lord Frederick! ¡Espere!

Era ella. Era Marianne.

Al instante, el corazón le estalló en un galope y necesitó respirar profundo para calmarse al verla llegar.

—¿Marianne? —preguntó él en un suspiro.

Llevaba una capa que solían usar las criadas y, por fortuna, lady Ridley la acompañaba con un atuendo similar.

—No queríamos molestarlo, milord —aclaró Margaret y, al notar el coche y el equipaje, continuó—: ¿Se va de viaje?

Marianne, desbordada de culpa, hundió la mirada en la de él.

Frederick bajó la vista, aunque respondió, sincero:

—Marcho a Amber Hall. Necesito ver a Edward.

Lady Ridley se tapó la boca por la sorpresa y, en cuanto notó lo mucho que Marianne se mortificó, no tardó en tomar una sabia decisión.

—Creo que ambos tienen mucho de qué hablar, lord Frederick.

Y yo solo estorbaré. —Se dirigió a Marianne y, en un susurro, siguió—: Ve y habla, pero desde el corazón.

Yo aguardaré afuera, en el coche. —Y tras darle una suave palmadita, le sonrió y se marchó al carruaje que lady Browne había destinado para los empleados.

Lord Frederick miró a Marianne directo a los ojos. No sabía qué hacer. Tampoco sabía lo que haría, pero el instinto lo llevó a guiarla con discreción hacia el interior de su residencia.