Capítulo 15
—N o se moleste en pedir té, señorita Powell. Con el tiempo que me ha hecho perder hasta ahora es más que suficiente —soltó, Frederick, furioso.
Al igual que él, Marianne se detuvo en medio de la sala.
—No sé a qué se refiere, lord Frederick. —Se enderezó con los brazos a los lados del cuerpo y las manos cerradas en puños.
Él entrecerró la vista.
—¿Y usted piensa darme las explicaciones? —Rio, indignado, y negó con la cabeza.
Marianne avanzó hasta quedar a solo tres pasos de él.
—No tengo idea de lo que me habla. Y si no se expresa mejor, tendré que irme para dejar de ser yo la que pierde tiempo.
—¡Ja! —Exhaló con rabia—. No solo te pavoneas con ese mequetrefe en pleno Hyde Park, ¡sino que además te atreves a decirme que no sabes lo que ocurre cuando acabas de bajar las escaleras a su lado! ¡No tienes vergüenza! —vociferó el hijo del marqués, dejando a un lado las formalidades.
Disimulando la incomodidad, la joven Powell tragó saliva.
—Oh, conque se trata de lord Hidley...
—¡No! —exclamó él, impulsivo—. ¡Se trata de usted y del farsante club del té!
Marianne frunció los labios con irritación.
—¿Farsante? —Se aproximó otro paso—. ¡¿Farsante?! ¡¿Con qué derecho se atreve a hablar así?!
—¿De qué derecho me habla? ¡No tiene cara si es usted la persona que, es evidente, ha escogido al idiota de lord Hidley por sobre mí! —Esta vez fue él quien avanzó hacia ella—. Lady Browne me pidió que confiara en ustedes como ustedes creerían en mí, ¿y así es como me pagan?
Marianne inspiró de golpe. Estaban a un dedo de distancia.
Sentía cómo los alientos se entremezclaban en una danza tibia y dulce.
Pero entonces, cuando se enfocó en los magnéticos labios de él, se acercó tanto que lord Frederick, poseído y con vehemencia, la tomó de la cintura y la presionó contra su cuerpo.
Ardía. Lord Frederick Stewart ardía. Y Marianne lo sintió en cada fibra de su piel.
Hechizante, el calor de los cuerpos los había envuelto en una trampa de la que no estaban seguros si querían huir. El corazón de él palpitaba desbocado y extrañamente al son del de ella, mientras que las miradas, bañadas de pasión, se penetraban en un lenguaje silencioso y profundo.
Ambos habían caído, y sin saberlo, en las garras del temible deseo.
No obstante, en una milésima de consciencia, Frederick recordó que estaba en la Sala Limón y, aunque en contra de lo que le exigía la necesidad, volvió hablar con rencor.
—Pero claro, estimo que la elección de lord Hidley se debe a lo que, de seguro, lady Browne le confesó sobre mí y mi padre, ¿verdad? —susurró, formal.
Confundida, Marianne se desprendió del agarre y retrocedió.
—¿De qué habla? La vizcondesa no me ha dicho nada.
—Vamos, no intente quedar bien solo por culpa, señorita Powell. Además, no conoce a lord Hidley. ¡Es un maldito idiota que solo le interesa el dinero y la imagen! ¡Y estoy seguro de que si está aquí, es porque busca acercarse a lord Chatterton!
—No necesito que me lo diga, lord Frederick. De hecho, él mismo lo ha dejado en claro. —Seria, caminó hacia él—. Sin embargo, sigo sin entenderlo a usted. ¿Acaso tiene más razones para casarse conmigo que, a diferencia de lord Hidley, no me ha explicitado?
Al instante, el hijo del marqués tragó saliva. Una ola de confusión le envolvió la mente. Tenía una razón extra para contraer matrimonio, que lo avergonzaba y no era propia, sino del marqués. Pero... ¿solo esa razón?
Tratando de calmarse, sacudió la cabeza. No era momento para analizarlo.
—No sé si está poniéndome a prueba o si de verdad aún no lo sabe, señorita Powell, pero me hago cargo.
—Se aproximó con la vista fija en ella—.
Todo lo que le he dicho es verdad: mis motivaciones, mis metas.
Todo. No obstante, mi padre no me presiona porque espera que deje de ser un libertino; de hecho, nunca le ha importado que lo sea.
Él solo necesita que me case porque... —Respiró profundo para tomar fuerzas—.
Él quiere que me case porque mi hermano mayor, Edward, está muy enfermo.
Es claro que teme que el primogénito muera y, ante la inminente tragedia, quiere asegurarse de que yo continúe con el marquesado de la forma correcta.
—Se giró y se fregó los ojos; no quería que ella sospechara que la mirada se le había cubierto de lágrimas—.
Es posible que, al igual que los demás, piense que soy un maldito témpano, que en lugar de acompañar a mi querido hermano, solo me preocupo por casarme cuanto antes para llegar al marquesado preparado, tal y como mi padre lo exige.
Pero no es así, por mucho que no lo parezca.
Si actúo de esta manera, con esta premura, es solo porque mi padre me ha puesto entre la espada y la pared.
No me interesa ser marqués. ¡Ni antes, ni hoy ni nunca!
Y si busco casarme solo es por las razones que, desde un principio, le he mencionado.
Marianne no sabía cómo sentirse, pero no podía mostrarse débil, por lo que alzó el mentón y lo enfrentó.
—Entonces no comprendo por qué desprecia tanto a lord Hidley.
Por muy cuestionables que puedan ser sus motivaciones, no son tan diferentes de la de usted, lord Frederick.
En especial, si es verdad que, en lugar de acompañar a su hermano en un momento tan trágico, está tan enfocado en asegurarse el futuro, ¿no cree?
Frederick sintió un puñal en el pecho. Podría haber estallado y decirle lo muy equivocada que estaba respecto de él. Pero ¿valía la pena?
—Veo que es muy rápida para sacar conclusiones, señorita Powell —expresó en un hilo de voz.
—Y usted, sin duda alguna, es excelente para ocultar.
—Entrecerró la vista—. Sin embargo, no me importa quién sea en verdad, lord Frederick, aunque, si quiere ser una mejor persona, le sugiero que visite a su hermano por lo menos para despedirse.
—Exhaló la decepción—. Aun así, lo único que aquí nos interesa es que cumpla con el acuerdo que ambos pactamos.
Y respecto del encuentro con lord Hidley, puede quedarse tranquilo.
Solo fue una situación inesperada, pero que, si lo piensa bien, nos ayuda a nuestra causa, pues que yo resulte atractiva a otros lores de suma importancia, como lo es lord Hidley, puede cambiar la percepción que el marqués de Hammerwick tiene de mí.
—Caminó hasta el umbral de la Sala Limón, pero se giró para sentenciar con frialdad—.
Cumpliré con mi palabra, lord Frederick, y espero lo mismo de usted.
—Se inclinó en una veloz venia y, sin más, se marchó.
El hijo del marqués no reaccionó. El aire invernal de las palabras de Marianne le había congelado el corazón que, por algún motivo, se había silenciado en cuanto lo comparó con el conde de Hidley.
***
Marianne subió a la habitación y, al solo entrar, se dejó caer boca arriba sobre la cama.
Necesitaba descansar y aceptar toda la información que, de una u otra manera, hablaba de quiénes eran los hombres que podían ser sus futuros esposos.
Tenía en claro que, en la medida de que ellos cumplieran con lo que le prometían, no debían interesarle las verdaderas motivaciones de cada uno.
Sin embargo... Sin embargo, sentía una ligera decepción, en especial respecto de lord Frederick.
El movimiento de lady Browne —el de haberle conseguido un segundo pretendiente por las dudas— le había incomodado al recordar la promesa que se habían hecho con Frederick.
No obstante, tras la discusión con el hijo del marqués, entendió por qué la vizcondesa se había encargado de hallarle una segunda opción.
Era evidente que no lo conocía lo suficiente, después de todo; Frederick le había ocultado la verdadera razón de la amenaza del marqués, y ello lo sintió como una traición.
No obstante, la sensación empeoró cuando él, de una u otra manera, confesó que no estaba acompañando a su hermano mayor en un momento tan delicado, y todo por darle más importancia al hecho de salvar su propio pellejo.
Sabía que no debía importarle, pero haber descubierto que lord Frederick era más frío y calculador que lord Hidley, en el fondo, la defraudó.
Cerró los ojos y dormitó algunas horas hasta que un llamado a la puerta la despertó.
—Adelante... —respondió medio dormida.
Era lady Ridley y llevaba un papel doblado en la mano.
—Ha sido un día largo, ¿cierto? —Se acercó y, tras sentarse en el borde de la cama, le extendió el mensaje—. Es de Powell House.
Marianne desplegó el papel y, con una sonrisa, decidió leerlo en voz alta.
Querida hermana:
¡¿Es cierto?! ¡Por favor, dime que sí! ¡Dime que comportarnos como mojigatas y mantener un perfil tan bajo y aburrido ha valido la pena!
¡Mamá aún no lo puede creer, Marianne! En cuanto se enteró de que lord Hidley, ¡el famoso lord Hidley!, paseó contigo hoy en Hyde Park, casi se desmaya. Es que no es para menos. ¿Te lo imaginas?: «Marianne Ferrars, condesa de Hidley». ¡Oh, qué locura!
Y créeme que ya todo el mundo está contando sobre lo caballeroso que ha sido. Que salvó tu sombrero, que se presentó a lady Chatterton y a lady Ridley y que ¡hasta las llevó en su coche! ¡Es muy romántico, Marianne! ¡Muy romántico!
Pero claro que no lo sería tanto si no fuera por ese otro lord, el hijo del marqués, con el que bailaste dos veces en Browne House.
¡Oh, hermana! ¿Lo has pensado? ¡Los dos caballeros lucharán por tu amor!
¡Un whig contra un tory ! Bueno, no sé qué significa eso, la verdad, pero mamá y Martha no dejan de decir que será el espectáculo de la temporada.
¡Y yo no dejo de pensar que es lo más apasionante que he visto en mi vida!
Y lo digo en serio, pues cuando sea mi turno, no pienso conformarme.
¡Quiero que mi historia de amor sea tan pasional como la tuya!
Y no lo dudes: yo misma, en persona, se lo exigiré a El club del té.
En fin, hermanita. Espero que sigas disfrutando de ser venerada por esos dos apuestos caballeros. Y, por supuesto, ¡elige al mejor!
Ansiosa por saber más de ti y tus pretendientes, te saludo con el corazón.
Mary
En cuanto terminó de leer la nota, Marianne miró a Margaret y, casi al mismo tiempo, estallaron en risas.
—De verdad que no entiendo cómo es que mi hermana cree que todo esto se trata de una historia de amor. Es... —Dudó por unos segundos—. Es absurdo.
Lady Ridley ladeó la cabeza hacia un lado.
—¿Absurdo? ¿Por qué lo dices?
Marianne parpadeó varias veces.
—Pues... no lo sé. Por muy hermoso que parezca, sabemos muy bien que mi matrimonio, en uno u otro caso, será arreglado. Y sin amor, por supuesto. Así fue acordado. Además, ¿qué tipo de mujer podría enamorarse de alguien como él?
—¿Como él? ¿A quién te refieres?
—A lord Frederick.
Margaret entrecerró la vista.
—¿Lord Frederick? No pensé que fueras a nombrarlo a él. Para mí, el conde de Hidley es bastante despreciable.
—Estoy de acuerdo, la personalidad de lord Hidley tampoco es muy alentadora. Sin embargo, la conducta del hijo del marqués es, en el mejor de los casos, reprochable.
—¿Lo dices por su deseo de conservar la vida de libertino?
Marianne negó con una sonrisa.
—Claro que no. En eso fue claro de entrada. Es solo que me impactó demasiado saber lo frío que puede ser.
Margaret frunció el ceño.
—No entiendo. ¿Por qué lo dices?
—Porque, aunque su hermano está a punto de morir, él solo se ha dedicado a asegurarse de que yo le agrade a su padre. Por lo que ha dado a entender, a pesar de haber expresado tenerle cariño, todavía no ha ido a verlo. ¿No es una conducta terrible?
Despacio, lady Ridley negó con la cabeza.
—Bueno, lo sería si no fuera porque está atado de pies y manos, querida.
Al instante, Marianne arrugó la frente.
—No comprendo.
Margaret entrecerró la vista.
—¿No te lo ha aclarado? —inquirió lady Ridley, y la joven Powell negó—.
Cielo santo... —Suspiró presionándose el puente de la nariz—.
No es como tú piensas, querida. Debido a su vida de libertino y a un pasado relacionado con Lockheart, el marqués de Hammerwick prácticamente expulsó a lord Frederick de la familia.
Le prohibió la entrada en Amber Hall, la casa principal de ellos, y en todas las demás, y lo amenazó severamente.
Todo porque no quería que su vida de libertinaje afectara a la reputación de la familia ni que mal influenciara al futuro marqués.
No obstante, lord Frederick jamás se opuso y entendió que era en favor de su querido hermano mayor.
Se hizo un intenso silencio. La mirada de Marianne se fijó en el lustroso suelo de madera.
No podía ser cierto. No lo sabía, era verdad, pero también había sido demasiado dura con él. Lo había juzgado injustamente.
—Oh, lady Ridley... Yo... —Se agitó.
De inmediato, la vizcondesa la abrazó.
—No te preocupes, querida. Estoy segura de que lord Frederick lo entenderá.
—No, no lo creo. —Una lágrima le rodó por la mejilla—. He sido muy cruel con él. Le he dicho que no me interesaba quién era, pero que si quería ser mejor persona debía visitar a su hermano, al menos para despedirse.
La vizcondesa inspiró profundo y retuvo el aire por unos segundos.
—Oh, Marianne... —No estaba segura de lo que le propondría, pero ante la situación, actuar con la responsabilidad del corazón le pareció lo más adecuado.
Se desprendió del abrazo y la guio para que la mirara—.
Escucha: es tarde, pero iremos a su residencia y, con toda la sinceridad que te desborda, le pedirás disculpas. Sé que él lo comprenderá.
Marianne dudó unos instantes, pero de solo recordar la triste mirada de Frederick cuando lo juzgó y comparó con el conde de Hidley, asintió.
—Vayamos, lady Ridley. Cuanto antes, mejor.