Capítulo 14
F rederick odiaba el viento y la luz también, en especial en ese momento del día y con alcohol aún circulándole en la sangre.
No eran horas para un libertino. Mucho menos para exponerse frente a la más alta sociedad. Pero sabía que no tenía remedio. Debía presentarse por muy apresurado que hubiera sido el mensaje de lady Ridley. Su futuro dependía de ello.
Caminó hacia el sur de Hyde Park y, al pasar, se entretuvo unos segundos viendo en El Ring cómo los mejores jinetes se pavoneaban con sus trajes de montar, confeccionados a la última moda.
Por unos instantes, se preguntó si lograría encontrar a Marianne y a sus acompañantes, pero, al notar que un gran número de aristócratas exhaló un sonoro suspiro de alivio y alegría, Frederick se aproximó a esa zona cercana a El Serpentine.
Por un momento, creyó que las copas que había bebido de más le estaban jugando una muy mala pasada, pero, cuando se fregó los ojos y enfocó la vista, la ira lo poseyó por completo.
¡¿Era una broma?! ¡¿Cómo se atrevían a jugar con él de esa manera?!
No quiso creerlo, pero se acercó unos pasos y, cuando notó cómo el mequetrefe de lord Hidley se inclinaba ante Marianne y las otras damas, no lo soportó más.
No permitiría que lo tomaran por idiota, aunque tampoco se prestaría a un escándalo allí, frente a todos.
Simplemente respiró profundo y, tragándose la rabia, por más que estuviera a pie, decidió marchar directo a Browne House, donde no solo esperaría a Marianne, sino que también exigiría explicaciones.
***
—¿Lord Hidley? —inquirió una sorprendida lady Chatterton.
No podía negar que el hombre era apuesto, joven y, sin duda alguna, tenía don de gente, mas el rechazo que sentía le era inevitable.
Frederick Winston, conde de Chatterton e hijo de Elizabeth, estaba harto de recibir propuestas del nuevo conde.
Era demasiado insistente. Ambos eran partidarios de los whigs , pero era sabido que John Ferrars estaba muy enfocado en su carrera política, y ascender entre los liberales del Parlamento era uno de sus principales objetivos.
Claro que, para hacerlo como deseaba, necesitaba del apoyo del representante de estos, y ese era ni más ni menos que el hijo de Elizabeth.
Desde ya que no era el entusiasmo de este lo que a la familia Winston le molestaba, sino más bien la motivación que se rumoreaba que lord Hidley tenía de trasfondo: conseguir buenos negocios.
De allí que el conde de Chatterton no estuviera tan seguro de la pasión que lord Hidley manifestaba sentir por los ideales whig .
Por alguna razón, el instinto le decía que lo único que aspiraba era una carrera política ascendente para conseguir los mejores y más jugosos acuerdos comerciales.
¿Estaba mal? No del todo. Aun así, no era una conducta que los Winston aprobaran.
—El mismo —respondió John a Elizabeth, con una sonrisa de oreja a oreja.
Margaret miró a su socia de reojo. Estaba al tanto de la situación.
—Ha sido muy amable, lord Hidley. De no haber sido por usted, El Serpentine se habría llevado mi sombrero —comentó Marianne.
—Ha sido un placer, señorita.
—Powell —agregó Elizabeth, con tono seco.
Luego, se dirigió a Marianne—. Creo que ya es hora de que nos marchemos.
El viento está demasiado fuerte y lady Browne nos espera.
—Regresó al conde—. Gracias, lord Hidley.
—Se inclinó con la intención de despedirse, pero Ferrars, ni tonto ni lento, intervino a tiempo.
—¡Oh, pero qué maravillosa coincidencia! Precisamente debo ir a Browne House —miró a Marianne— y, ahora que lo pienso, creo que nuestros caminos estaban destinados a cruzarse hoy, señorita Powell.
Con una sonrisa estudiada, Marianne entrecerró los ojos con curiosidad.
—No sé por qué, lord Hidley, pero mi instinto me dice que, más que una cuestión del destino, ha sido un maravilloso movimiento de lady Browne.
El conde sonrió con picardía.
—¿Osado tal vez? —intervino Margaret, y echó un fugaz vistazo a Elizabeth.
— Atrevido , me animaría a decir —soltó mordaz lady Chatterton con la vista fija en el nuevo conde.
Por supuesto que este solo sonrió.
—Pues entonces, si me lo permiten, las acompañaré. He venido en mi nuevo coche y para mí sería un honor llevarlas.
—No me cabe la menor duda, lord Hidley... —replicó Elizabeth, ácida. Pero no quería sonar tan descortés, por lo que continuó—: Para nosotras también será un placer que nos escolte.
Marianne, intrigada por la situación y el nuevo conde de Hidley, contuvo la sonrisa y se limitó a seguir el camino de regreso a Browne House.
***
—¡Lord Hidley! ¡Qué alegría volver a encontrarnos! —expresó lady Browne. Esta vez, recibía en la sala de música del primer piso.
En cuanto Smith le informó que la condesa viuda, lady Ridley y Marianne habían llegado a la residencia junto con John Ferrars, Christine solicitó un servicio de té para esperarlos en aquella sala, pocas veces usada.
El conde saludó a la vizcondesa, aunque no le pasó inadvertida la expresión de sorpresa de lady Chatterton.
—¿Volver a encontrarnos? —repitió Elizabeth con la vista puesta en Christine, pero esta no le respondió de inmediato.
Calma, lady Browne invitó a que las damas se sentaran en un sofá próximo al de ella, mientras que Ferrars se sentó en un sillón que estaba ubicado enfrente a los de las damas.
—El conde y yo hemos tenido una reunión hace unos días —explicó Christine.
Margaret y Elizabeth se miraron. Marianne se limitó a observarlos.
—Exacto. Hace años que nos conocemos gracias a... una vieja amistad —titubeó John. No quería entrar en detalles.
Pero la vizcondesa, por supuesto, lo aclaró.
—El conde de Lockheart —soltó mientras vertía té en las tazas.
Elizabeth puso los ojos en blanco y respiró profundo para ocultar la amargura.
Para calmarla, Margaret le palmeó con suavidad sobre la mano.
Luego, Christine continuó—: Claro que lord Hidley ya no mantiene una relación con mi querido Lockheart, y creo que entendemos las obvias razones.
—Le dio una taza a John y sonrió—. Desde que se convirtió en el nuevo conde de Hidley, ha puesto el foco en la carrera política, ¿verdad?
—Así es —replicó él, y bebió un sorbo de la infusión—. Soy un gran partidario de los whigs , como ya deben de saber, y —se dirigió a Elizabeth— por eso mismo admiro a su hijo, lady Chatterton.
La condesa viuda tragó saliva y fulminó con la vista a Christine, y esta se apresuró a hablar.
—Y no es para menos, lord Hidley, el hijo de mi querida amiga es el representante más querido del partido. Su papel en el Parlamento es tan crucial como respetado.
De inmediato y ante la pronta desesperación de Elizabeth, lady Ridley intervino.
—Creo que, dadas las circunstancias, entendemos de qué habrá tratado la reunión entre ustedes dos. Pero pienso que la señorita Powell, que es la principal afectada en este caso, debe saberlo con mayor precisión, ¿no cree usted, lord Hidley?
Marianne frunció el ceño.
—Adelante, milord —lo invitó lady Browne.
John sonrió y dirigió la mirada alegre y penetrante en la joven.
—Señorita Powell, déjeme decirle que haberla conocido hoy fue una grata sorpresa para mí y, aunque no va al caso, su belleza me ha impactado de forma inesperada.
—Se aclaró la garganta—. Sin embargo, no pretendo engañarla.
Lady Browne me ha comentado su situación y creo que yo puedo ayudarla de forma más conveniente.
—¿Más conveniente? —preguntó Marianne, medio confundida.
—Lord Hidley conoce los pormenores de tu acuerdo con lord Frederick, Marianne —aclaró Christine.
—Exacto. Sé que usted en realidad no quiere casarse, desea ser libre. Pero está aquí porque no quiere perjudicar a sus hermanas y, además, quiere ayudarlas, ¿cierto?
—Sí, algo así —se limitó a replicar. No supo por qué, pero que lady Browne se hubiera atrevido a hablar con aquel desconocido sobre su trato con Frederick le había molestado.
—Pues bien. Seré honesto: lo único que me interesa en esta vida es mi carrera política.
Podría tranquilamente pasar el resto de mis días sin casarme, pero, dado el caso, creo que contraer matrimonio puede ser tan beneficioso para usted como para mí.
—Tomó un poco de té, dejó la taza en la mesita que estaba a su lado y se cruzó de piernas—.
Si usted se casa conmigo, no solo se convertirá en una flamante condesa, sino también en una dama notable y protegida por mí.
Contará con el dinero suficiente para hacer su vida, y sus hermanas se verán beneficiadas por haberse casado conmigo.
—Lord Hidley es uno de los lores más populares y respetados del momento, querida —agregó Christine.
Marianne inspiró profundo.
—¿Y desea descendencia? Porque yo...
El conde levantó una mano para que no se molestara en continuar.
—No debe preocuparse por ese asunto. Aunque suene duro, no me interesa tener hijos, señorita Powell. Lo que yo consiga en esta vida lo quiero para mi propio disfrute. Si el día de mañana muero, me dará igual a quién le quede mi fortuna, pues yo ya no estaré en este mundo.
Marianne debía reconocer que, por muy frío, egoísta y calculador que sonara, la idea de John Ferrars era pragmática de principio a fin.
—Ya veo. Pero ¿qué gana usted casándose conmigo?
John sonrió de lado y miró de reojo a lady Chatterton.
—Estoy dispuesto a casarme con usted siempre que lord Chatterton, el representante de los whigs , se comprometa a declararme como su mano derecha.
—Sonrió—. Y a esta cláusula principal le agregaría, por supuesto, la de su comportamiento, señorita Powell.
No le exigiré que cumpla con las obligaciones íntimas y maritales, pero es fundamental que su vida privada la lleve con discreción y muy lejos de aquí.
Además de que debería aceptar que tendré amantes, por supuesto.
—Al notar que ella y las otras mujeres se incomodaron ante el comentario, clavó la mirada en Marianne de forma amistosa—.
Aun así, sé que esta vida será de su agrado.
Podrá vivir libre y lejos de Londres. Incluso, si le apetece, podría viajar a América.
Tengo pensado cerrar varios negocios allí, y usted, como mi esposa, tendría la razón más que perfecta para viajar en mi representación.
Después de todo, no sé a usted, pero a mí no me molesta manifestar una relación más libre y equitativa, alineada con los principios liberales.
Marianne curvó los labios de forma acartonada.
La verdad era que la propuesta no era mala e, incluso, era en extremo tentadora.
Miró a Elizabeth, ya que la condición principal dependía de ella y su hijo —el conde de Chatterton—, y esta, aunque de manera fugaz y nerviosa, le sonrió como gesto de aprobación.
Luego se enfocó en Margaret que, aunque más apagada, también curvó los labios.
Y finalmente, miró a Christine quien, con los ojos entrecerrados, llenos de picardía, parecía observarla con desafío.
—¿Y bien, señorita Powell? ¿Qué opina? —preguntó lady Browne.
Marianne se enderezó en su lugar y se enfocó en lord Hidley, que la miraba desde hacía varios minutos casi pestañear.
—Pues creo que es una propuesta en extremo buena, milord.
—Bebió té para parecer más centrada—. Aun así, pienso que debemos avanzar con calma.
Lady Chatterton y lady Ridley han trabajado muy duro para que mi familia y yo volviéramos a ser aceptadas en la sociedad.
Si me precipitara a aceptar su propuesta, podrían deslizarse rumores que terminarían no solo por perjudicarme a mí, sino también a usted.
El conde asintió.
—Lo que dice es razonable, señorita Powell.
No obstante, espero que sea la única razón que la lleve a no apresurarse.
Con esto quiero decir que no me gustaría saber que se toma tiempo por algún sentimiento de culpa respecto de lord Frederick.
En especial al conocer la razón principal por la que él desea casarse con urgencia.
Confundida, Marianne frunció el ceño.
—¿Razón principal?
El conde despegó los labios para replicar, pero lady Browne no lo dejó.
—Creo que las cuestiones con lord Frederick podrá debatirlas con él más tarde. —Se puso en pie, por lo que el resto la imitó—. Lord Hidley, ha sido un enorme placer verlo. Y para hacer negocios, por supuesto.
John Ferrars se inclinó, complacido, y, tal como el resto de las mujeres, siguió a lady Browne escaleras abajo.
***
Cansado por haber ido a pie, hecho una furia y sin siquiera esperar a que le dieran el paso, lord Frederick Stewart cruzó la entrada principal de Browne House en cuanto Smith abrió la puerta.
—¡Exijo la presencia de la vizcondesa en este mismo instante! —exclamó cruzando el vestíbulo.
Smith, paralizado por la rudeza de Frederick, avanzó un paso, medio tartamudeando, para pedirle el gabán y el sombrero que el hijo del marqués aún no se había quitado. Pero no alcanzó a pronunciar una palabra que la imponente imagen de la vizcondesa apareció en lo alto de las escaleras principales.
—¿Exijo? —Se carcajeó Christine. Miró con fijeza a Frederick y continuó al tiempo que bajaba los escalones—. Podría haber imaginado cualquier tipo de conducta de un libertino como usted, pero jamás habría esperado tanta rudeza de su parte, lord Frederick.
El hijo del marqués se enderezó, se quitó el sombrero y respiró profundo. Debía calmarse. Eran solo negocios, ¿verdad?
—Usted mejor que nadie entiende por qué me siento así. Me pidió que confiara en usted. Eso hice, pero, al parecer, me he equivocado. Por eso he venido en busca de una explicación. La merezco.
Y entonces, justo cuando lady Browne terminó de descender, Elizabeth, Margaret y Marianne aparecieron detrás, a lo alto, en el descanso de la escalera principal..., pero no estaban solas, sino que escoltadas por el perspicaz lord Hidley.
La joven Powell se paralizó al ver a Frederick allí, iracundo, tratando de disimular la furia que lo dominaba.
Cuando el hijo del marqués vio a Marianne, el corazón se le detuvo.
No supo con precisión si esa reacción era buena o no.
Sin embargo, cuando descubrió la impertinente presencia de John Ferrars, tuvo que contar hasta diez para mantenerse firme y no soltar el batallón de improperios que sentía en ese momento, en especial cuando el conde sonrió con desdén.
Al notar la extrema tensión del ambiente, Elizabeth y Margaret no tardaron en fulminar con la vista a Christine. Y esta, aunque era claro que disfrutaba de lo que allí se estaba cocinando, intervino a tiempo.
—Tiene razón, lord Frederick. Y si no le molesta, la señorita Powell puede ofrecerle una conversación mientras yo acompaño al conde hasta la salida. —Miró a Smith—. Mi mayordomo los acompañará hasta la Sala Limón. Así que, si me disculpa...
Frederick siguió al criado y a Marianne, pero en lo que caminaba hasta el umbral de la sala, la rabia lo llevó a clavar la vista en lord Hidley. Y este, aunque con más altanería que enojo, también lo observó hasta que cruzó la puerta de salida.