Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 13
68%

Capítulo 13

S iempre que Frederick había bebido de más, despertaba con dolor de cabeza y deseos de seguir durmiendo, pero la sensación de satisfacción y alegría solía ser una constante. Hasta esa mañana, en la que, ofuscado, despegó los ojos por los llamados insistentes en la entrada de su habitación.

—¡Demonios! —gritó, pero en cuanto pensó que podía tratarse de algún mensaje serio, relacionado con su hermano Edward, se fregó los ojos, saltó de la cama y él mismo abrió la puerta—.

¿Qué ha ocurrido? —Sin dar tiempo a que el mayordomo replicara, miró la bandeja de plata con el papel doblado—.

¿De Amber Hall? —Pero antes de que el criado pudiera siquiera despegar los labios, Frederick se hizo con la carta y volvió a encerrarse.

Con torpeza, desplegó el papel, pero no tardó en decepcionarse cuando notó que, además de corto, el mensaje no era de su familia.

Estimado lord Frederick:

Estaremos de paseo en Hyde Park, por los alrededores de El Serpentine, en la zona más concurrida, en la que se estila ir a pie.

Le sugiero que no tarde mucho.

Margaret

Si bien no eran novedades de Edward, al menos se alegraba porque no fueran malas noticias. Bueno, eso dependía de la perspectiva de la situación.

¿Hyde Park? ¿A pasear a pie? Y más aún: ¿por qué le habían avisado a último momento?

De inmediato, chasqueó la lengua, hizo un bollo con el papel y lo lanzó contra la ventana.

No estaba de buen humor y tenía motivos para que así fuese. No solo había bebido de más, sino que, para peor, había sido una noche sin diversión, una noche de alcohol para despejarse de asuntos que, por supuesto, no pudo olvidar ni siquiera un instante.

Miró la ventana y, al entender que era un día magnífico para salir, no culpó a las remilgadas señoras de El club del té.

Comprendía lo que hacían, y pasearse como pavos reales en uno de los parques más visitados por la aristocracia era una excelente estrategia para mejorar la imagen de la señorita Powell.

Bueno, en realidad de la familia; después de todo, por muy rebelde que fuera Marianne, ella no había hecho nada escandaloso que la hiciera ganadora de la fama que sus hermanas menores sí merecían.

Sin embargo, pícaro, Frederick sonrió.

«Escandaloso...», pensó al recordar de forma instantánea la noche en la arboleda de lady Browne. Y rio, pues no quiso pensar que habría sido de ellos dos si alguien externo a El club del té los hubiera descubierto.

Como fuera, no era momento para relajarse. Y aunque la rabia y el malhumor lo tenían apresado, llamaría a su ayuda de cámara para cambiarse y marchar cuanto antes hacia Hyde Park.

***

—Creo que hoy el éxito se ha multiplicado, Margaret. ¿Has visto cómo se nos acercó lord Browell en cuanto vio a Marianne? —comentó Elizabeth con una sonrisa fuera de lo común.

—Tienes razón. Y no solo eso: sin dudas el atuendo que hemos escogido también ha hecho ruido del bueno.

Que lady Cowper se nos aproximara para saludar y elogiar a Marianne será un chisme que circulará antes de que regresemos a Browne House —comentó Margaret, alegre.

Giró el rostro hacia la joven Powell—. Esta salida ha sido de las mejores hasta ahora, ¿verdad, Marianne?

La mayor de las hermanas Powell se esforzaba por seguir en pie, allí, cerca de El Serpentine, en donde el viento no solo le estaba helando la piel, sino, y por sobre todo, amenazaba con hacerle perder el sombrero.

—¡Aún no comprendo cómo es que pueden pensar que esto es bueno!

—bufó mientras se sostenía el bonnet [5] —.

¿Por qué demonios debemos circular por aquí, donde el viento parece querer arrastrarnos en cualquier momento hacia el agua?

—Miró a las dos mujeres, que se mantuvieron silenciosas, y siguió—: ¿Tienen idea de por qué seguimos aquí?

¡Específicamente aquí! —Y se ajustó el lazo para evitar la pérdida del sombrero.

Ambas suspiraron.

—No lo sabemos, querida. Christine solo nos ha pedido que circulemos por esta zona y... que mantuviéramos tu lazo lo más suelto posible.

—¿Qué? —preguntó Marianne con la frente fruncida.

Al descubrir que se había ajustado el moño, Margaret se aproximó y, veloz, volvió a enlazárselo de forma débil. Y claro, indignada ante el gesto y la falta de respuesta por parte de la condesa y lady Ridley, no tardó en estallar.

—¡Se acabó! ¡Me marcho! ¡No estoy dispuesta a enfermarme ni a quedar en ridículo! ¡Y mucho menos sin una explicación! —Se giró y comenzó a alejarse.

Los rostros de Elizabeth y Margaret se tornaron de un blanco más claro que el de la nieve, pero no tardaron en seguirla para evitar que el comportamiento de ella levantara algún tipo de sospecha.

—¡Marianne, querida! ¡Espera! —expresó lady Ridley, acompañada por la condesa viuda.

No obstante, la mayor de las hermanas Powell fingió no escucharlas y aceleró tanto el paso que, cegada por el enojo y sin recordar lo flojo que estaba el lazo, dejó de sostenerse el bonnet para avanzar moviendo ambos brazos a los lados del cuerpo.

Caminó uno, dos, tres pasos quizá, hasta que... ¡Zas! Una traviesa e impetuosa ráfaga logró su cometido. El sombrero, ese hermoso sombrero escogido por la mismísima lady Browne, salió volando por los aires.

La desesperación de Marianne fue inmediata, pero no le sirvió para atrapar la prenda que, rebelde, le sobrevolaba varios pies por encima y por delante.

Y entonces lo peor estaba por ocurrir, pues, en un giro inesperado, el sombrero comenzó a danzar en dirección al agua de El Serpentine.

—¡Oh, no! ¡Dios mío! —gritó la joven Powell.

Y corrió. Gran parte de la aristocracia fue testigo de que Marianne había corrido detrás del sombrero todo lo que sus piernas le permitieron, pero llegó un punto en el que el viento fue tan fuerte que el destino del bonnet sería inevitable.

Dándose por vencida, Marianne se detuvo y cerró los ojos. No había caso. Lo daría por perdido.

Sin embargo, el grito de sorpresa de la gente que había estado mirando la obligó a abrir los ojos.

¿Era cierto?

No estaba segura. Lo único que en ese momento vio fue al enorme y musculoso caballero que, ataviado de forma exquisita, se acercaba hacia ella con paso seguro y sonrisa lobuna.

Era alto y fornido, de cabello rubio y ojos oscuros como el café. Y la voz... casi la paralizó.

—Creo que esto le pertenece, señorita...

—Marianne —soltó ella, sin pensar en la informalidad de su respuesta, y tomó el sombrero.

Complacido, él sonrió, pero no tardó en presentarse en cuanto notó que las acompañantes de la joven Powell se habían acercado.

—John Ferrars, conde de Hidley, a su servicio. —Y, gentil, se inclinó ante las tres.