Capítulo 12
S entado en un cómodo sillón en Brooks’s, su club de caballeros favorito, Frederick pidió más brandy para llenarse la copa.
No solía salir solo y menos con los ánimos tan bajos, pero tampoco pensaba quedarse de brazos cruzados. Habían pasado unos días y todavía no tenía novedades provenientes de Browne House.
No entendía por qué debía de esperar tanto tiempo, pero quería creer que lady Browne lo había tramado adrede para tejer un mejor plan... que beneficiara a ambas partes, ¿cierto?
Ante la duda y la pronta llegada del alcohol, se sirvió y tomó la bebida de un solo sorbo. No era la primera copa, aunque tampoco sabía cuántas había bebido hasta ese momento.
Como fuera, ni el brandy, ni el whisky ni el más fino jerez le quitarían la sensación de eterna incertidumbre. La vizcondesa le había dicho que confiara en ella, pero... ¿y si lo único que había hecho era darle tiempo a hallar una mejor salida, pero solo para la señorita Powell?
«Demonios», pensó, y dio un largo sorbo a la copa que había vuelto a llenar.
Cualquier hombre con un mínimo de perspicacia no habría dudado en buscar segundas opciones.
Si bien Marianne era la mejor solución para su problema, lo cierto era que corría un gran riesgo.
No era una persona de apostar, pero sabía que poner todos los huevos en una sola canasta era un «todo o nada» al que él no estaba acostumbrado.
Y aunque no quería sentirse más ansioso, lo cierto era que su riqueza y su estilo de vida estaban en juego.
Además, estaba seguro de que cualquier intento por hallar un plan «b» para él sería descubierto por ese trío de brujas fanáticas del té.
Eran mujeres y no unas cualquieras. Eran las primeras en enterarse de todo lo que ocurría en Londres, en especial de las cuestiones más secretas.
No podía arriesgarse a perder la oportunidad de casarse con la señorita Powell.
Después de aquella noche entre los árboles de Browne House, era una certeza que la unión entre ellos era lo más conveniente para ambos.
Debería confiar tanto como ellas esperaban poder confiar en él.
Medio cansado, suspiró. Si seguía allí, acompañado solo por el brandy, terminaría muy mal. Y tenía que estar listo por si le llegaba una nueva misiva de El club del té. Sin embargo, cuando estuvo a punto de levantarse, un estallido de carcajadas captó su atención.
Giró el rostro, lo justo para mirar por sobre el hombro, y entrecerró la vista.
—¡Felicidades, lord Hidley! ¡Esta victoria merece un brindis!
De inmediato, Frederick se acomodó para mirar mejor. Y si bien el grupo de hombres que rodeaban al aludido dejaban ver muy poco, no tardó en descubrir de quién se trataba. Era ni más ni menos que John Ferrars. El mequetrefe de John Ferrars. Un viejo amigo del esquivado conde de Lockheart.
Lo miró de arriba abajo y chasqueó la lengua. ¿Así que al fin se había convertido en conde? Negó con la cabeza, indignado. Y no era para menos.
John Ferrars no solo tenía fama de libertino extremo —por lo que no lo podía juzgar—, sino que además era un hombre conocido por un comportamiento excesivamente interesado.
Solo se rodeaba de personas que en algún momento pudieran servirle de forma práctica.
De hecho, Lockheart había sido uno de ellos, y era evidente que John, tras convertirse en el nuevo conde de Hidley, había decidido que esa relación debía eliminarse si de verdad quería seguir ascendiendo en la sociedad.
Por supuesto que nadie había creído que heredaría el título, pero el destino, tras el repentino fallecimiento de su tío y su primo, favoreció a la suerte de Ferrars.
Por supuesto que los rumores malintencionados no tardaron en deslizarse por Londres.
Los que conocían la fría y calculadora naturaleza de John enseguida concluyeron que, de alguna manera, él habría sido el artífice del terrible accidente que se llevó las vidas del anterior conde y su hijo.
Sin embargo, los rumores se disiparon cuando se descubrió que Ferrars había estado en Londres cuando la tragedia ocurrió por un temporal en Escocia.
Como fuera, el sediento y manipulador de John allí estaba, como si hubiera renacido, con un perfil sofisticado y ansioso por ascender en su carrera política, en el Parlamento, como parte de los whigs .
Y, aunque a Frederick poco le importaran esos asuntos, sabía que el nuevo conde no estaba muy lejos de cumplir su objetivo.
Pensó en lo que John en realidad representaba y supo de inmediato que era todo lo que él no quería ser.
«Edward», pensó en su hermano. No sabía cómo, pero debería encontrar una manera de verlo, aunque fuera por última vez.
Miró a lord Hidley y negó con la cabeza: él no se convertiría en un mequetrefe como aquel.
De pronto, aunque entre risas, Hidley detectó la mirada desdeñosa de Frederick y, a pesar de que no dejó de curvar los labios, fijó la vista en el hijo del marqués con especial intensidad.
Stewart le sostuvo la mirada hasta que, harto, resopló y, sin más, se marchó hacia su residencia en Curzon Street.
***
—¿Es necesario salir otra vez? ¿No podemos tomar el té en la Sala Limón? —inquirió Marianne, mientras la doncella le acomodaba las horquillas que sostenían el intrincado peinado.
A un lado, pero como si no la hubieran oído, Elizabeth y Margaret mantenían los ojos fijos en la joven Powell.
—Insisto: el celeste es el mejor color para esta ocasión. Mira el día. —Elizabeth señaló la ventana que daba al paisaje citadino—. No lloverá y le resaltará el tono del cabello.
Ante la indiferencia, Marianne entrecerró la vista.
Margaret ladeó la cabeza hacia un hombro. No estaba segura. Para ella el rosa pálido siempre sería el tono más adecuado para Marianne.
—Puede ser. No digo que no le favorezca, pero... No lo sé.
Ambas detuvieron la mirada en el vestido de Marianne, dubitativas. Pero entonces, dominada por su clásico carácter volcánico, la rebelde Powell volvió a expresarse.
—¡¿Acaso no escuchan?! —casi vociferó. Las dos damas y hasta la doncella se paralizaron—. He preguntado si de verdad es tan necesario salir hoy.
Lady Chatterton miró a Margaret con pena y regresó a Marianne.
—Lo sentimos, querida, pero precisamente hoy no podemos descansar.
—¿Por qué? ¿Será muy diferente de ayer o de los días anteriores? Hasta ahora, no hemos hecho más que pasar tardes de té en casas de otras jovencitas. La salida más vistosa ha sido la tarde en Gunter’s. Solas... Las tres.
Margaret y Elizabeth suspiraron, pero fue la voz de lady Browne —que acababa de aproximarse a la puerta abierta— la que respondería.
—Así es como lo ves tú, querida. Sin embargo, no han sido meras tardes de señoritas y té.
—Entró en la habitación que le había cedido para que pasara la temporada y, tras mirarla de arriba abajo, continuó—: Cada una de esas salidas junto con lady Chatterton y lady Ridley han sido de suma necesidad para limpiar y crear una nueva imagen de ti.
La expresión de Marianne fue de confusión.
—Christine tiene razón —agregó Margaret—. En cada una de las veladas, las miradas se han enfocado en ti y, al verte con nosotras, como una más, los rumores de la nueva señorita Powell han resultado en extremo positivos, Marianne.
—Además, fue completamente necesario luego del impacto que provocaste en el baile —agregó Elizabeth, más seria—.
Aunque no fue negativo, era fundamental guiar toda esa atención de forma tal que no te vieras perjudicada por las habladurías.
Recuerda que no fue una danza, sino dos las que compartiste con lord Frederick Stewart.
Incómoda, la joven tragó saliva.
—Lo sé, pero con lord Frederick creímos que era lo ideal esto de mostrarnos, desde un principio, interesados el uno por el otro. —Se aclaró la garganta y se alisó el vestido.
Las tres mujeres de El club del té se echaron un fugaz vistazo.
—No han quedado dudas, querida —replicó, medio divertida, lady Browne—.
Sin embargo, dadas las difíciles circunstancias de lord Frederick, es importante ser estrategas.
Y créeme que hacerte ver calma, sin apuros y no desesperada —resaltó— es lo mejor para ti.
—Indicó a la doncella que le entregara el sombrero que ella misma había elegido y se lo acomodó a Marianne, aunque le anudó el lazo de los extremos en un moño muy débil—.
Además, hoy será una tarde especial. Irán a caminar por Hyde Park, cerca de El Serpentine.
Aunque tenían conocimiento del plan, tanto Elizabeth como Margaret se miraron otra vez y con preocupación, lo que alarmó a Marianne.
—¿Será especial porque... irá lord Frederick? —se animó a preguntar, aunque insegura. Y, al notar que el amarre del lazo estaba flojo, se lo ajustó. No quería perder el sombrero a la primera corriente de aire que la envolviera.
Christine volvió a armarle un moño débil y, tras sonreírle, se giró para caminar en dirección a sus socias. Y justo cuando pasó cerca de lady Chatterton, respondió en un susurro:
—No precisamente... —Miró a Elizabeth, le guiñó un ojo y se fue.
La condesa viuda cerró los ojos, maldiciendo por dentro lo que hubiera sido que Christine había planeado para esa tarde. Era claro que ni a ella ni a Margaret les había desvelado una parte crucial de la estrategia.
Lady Ridley observó la expresión de angustia y confusión de Marianne, y suspiró. La incertidumbre no solo la estaban padeciendo ellas, sino también la muchacha. De ninguna manera, podía quedarse de brazos cruzados.
—Elizabeth, adelántense. Yo las seguiré en unos minutos —soltó sin pensarlo.
Segura de que Margaret no se atrevería a hacer nada alocado —como sí era capaz Christine—, lady Chatterton invitó a Marianne para que la siguiera.
Una tarde soleada aunque ventosa las esperaba en Hyde Park.