Capítulo 11
H abía imaginado y hasta planeado cómo se comportaría en cuanto llegara a Browne House y, sin embargo, allí estaba, a un paso de cruzar el umbral de la Sala Limón, paralizado y mirándose las botas de montar.
—Lord Frederick —dijo Christine al tiempo que se puso en pie y se giró para quedar de frente—, ¿no piensa acercarse? —Lo observó, medio divertida, y continuó—: ¿O acaso le tiene miedo a mi salón?
Curiosas, lady Chatterton y lady Ridley se observaron entre sí.
Al instante, el hijo del marqués alzó la vista.
—¿De qué habla, lady Browne? —Altanero, curvó los labios de lado, lo que le marcó el hoyuelo, y tras acariciarse el cabello hacia atrás, dio el primer paso de una caminata firme y ruidosa—.
No soy un hombre supersticioso. Y, aunque lo fuera, ya no tendría sentido.
—Quedó a tres pasos de la vizcondesa—. Es claro que me casaré con la que, entiendo, es su protegida.
—Miró a las otras mujeres y se corrigió—.
De las tres. —Y se inclinó a modo de saludo.
Christine sonrió.
—Oh, es bueno que lo aclare, porque pensé que no se atrevía a cruzar el umbral por el otro rumor. —Lo invitó a que se sentara en el sillón que estaba enfrentado al de ella.
Serio y aún de pie, al igual que las damas, Frederick frunció el ceño.
—¿Otro?
Lady Browne arqueó las cejas.
—Pues claro. Es conocido que los hombres temen tomar el té aquí porque no solo se cree que terminan casados, sino que lo hacen por amor. —Con la vista entrecerrada, apreció el instantáneo tono blanco y mortecino del rostro masculino, y siguió—: ¡Qué locura!, ¿verdad? —Rio al tiempo que se sentó.
Elizabeth suspiró. Era antes del mediodía y la cabeza le estallaría si seguía exponiéndose a tantas locuras y planes improvisados.
—Creo que tienen una conversación pendiente, Christine, y nosotras no haremos más que estorbar, ¿cierto, Margaret?
La naturaleza de la vizcondesa Ridley tendía a ser curiosa, pero dado a lo que había pasado en la noche del baile, necesitaba un respiro.
—Coincido, querida Elizabeth.
Ambas se inclinaron, gesto que también imitó Frederick. Y solo cuando las dos salieron de la Sala Limón, este se sentó en el sillón.
—Por favor, beba un poco de té, lord Frederick. Está usted demasiado blanco. —Vertió la infusión en la taza y se la ofreció—. Espero que no haya sido por mis comentarios sobre los rumores de mi casa.
Stewart aceptó el té, pero en cuanto tomó un sorbo, hizo un gran esfuerzo por no escupirlo, lo que casi hace morir de risa a lady Browne.
—¡Oh! ¿No le agrada el té con limón? Olvidé por completo preguntarle. ¿Desea té negro solo o verde? Usted dirá.
—Lo siento, pero creo que el limón con té —resaltó— acaba de pasar a mi lista negra de infusiones, lady Browne.
—En un intento por eliminar el sabor ácido que aún sentía en la boca, se aclaró la garganta varias veces—.
Pero no se moleste en pedir otro tipo de té.
Creo que seré bastante breve. De seguro las otras señoras le habrán informado sobre el plan que tenemos la señorita Powell y yo.
—Entonces vayamos al grano, Frederick —lo tuteó—.
Eres un libertino empedernido y tu padre es un conservador fanático de la reputación.
Explícame cómo demonios ignoraré estas dos cuestiones que pueden arruinarle la vida no solo a mi protegida, sino también a sus hermanas.
Y sin mencionar que tu palabra, debido a tu reputación, tampoco es de fiar —soltó Christine, sin respiro.
Ambos se miraron con fijeza.
No la podía culpar. Lo que la vizcondesa había señalado era tan válido como lo que él tenía para replicar.
—Lady Browne, no sé cómo haré para convencer a mi padre de que la señorita Powell es la mujer indicada para mí, pero alguna forma encontraré.
Ahora, en cuanto a mi reputación y mi palabra, solo puedo ofrecerle la promesa de que cumpliré con lo acordado.
Ambas pueden contar con mi honor de caballero.
Los ojos del lord brillaban serios y profundos, fijos sobre los de ella, que lo observaban con suma atención.
—Suponiendo que creo en su palabra porque está claramente motivado por no perder su fortuna —expresó, regresando a la formalidad—, me queda una pregunta más por hacerle, lord Frederick...
—¿Si podré amar a su protegida? —la interrumpió él y, sonriendo de lado, negó con la cabeza—. Eso lo he dejado muy en claro desde el principio, porque...
De inmediato, Christine estalló en una sonora carcajada.
—¡Oh, lord Frederick! Usted solo se ha puesto entre la espada y la pared... —Tomó un sorbo de té—. ¿Por qué habría de preguntarle eso si las condiciones, incluso impuestas por la señorita Powell, no incluyen la idea del amor?
Stewart tragó saliva y, aunque lady Browne no lo notó, sintió que las mejillas le ardían. Enseguida se aclaró la voz.
—Entonces ¿a qué se refiere?
—Mi pregunta es ¿por qué su padre lo ha amenazado? ¿Acaso tanto temor tiene de que lord Wellfort no se case?
En cuanto ella mencionó a Edward, Frederick bajó la vista.
Se hizo un profundo silencio.
No era una cuestión que no estuviera dispuesto a mencionar, pero la había evitado porque, de alguna manera, el cariño que sentía por su hermano mayor le generaba culpa.
Se sentía frío, calculador. Después de todo, ¿cómo era que, en lugar de preocuparse por la salud de Edward, estuviera allí, tratando a toda costa de salvar su estilo de vida?
No podía negar que, en parte, había interés.
No quería dejar de vivir con las comodidades de hasta entonces, pero también era muy cierto que su padre lo había ubicado en esa penosa situación, sin mencionar que ir a ver a Edward no era una opción, debido a las barreras que lord Hammerwick había interpuesto entre ellos hacía años.
Claro que no se había quedado de brazos cruzados y, aunque era obvio que no se lo diría a nadie, ya había enviado a Henry, uno de sus hombres de mayor confianza, a Amber Hall.
Sabía lo fiel que era el personal del marqués y la única forma que tendría de acceder allí sería escabulléndose de alguna manera que su empleado se encargaría de descubrir en secreto.
Aun así, Frederick era consciente de que tenía que responder.
Alzó la vista y, tras un largo y sentido suspiro, habló:
—Mi hermano mayor está muy enfermo, lady Browne.
Es claro que mi padre se ha encargado de que la situación no se hiciera pública, pues...
ya sabe: la reputación lo es todo para él.
Que el linaje del título Hammerwick se vea indestructible y eterno es clave para un hombre como él.
—Angustiado, exhaló—. Comprenderá entonces por qué estoy aquí tan interesado en casarme.
Y no con una joven cualquiera, sino con una que de verdad anhele lo mismo que yo: libertad absoluta. Sin reproches ni exigencias.
Lady Browne inspiró y retuvo la respiración por unos segundos.
—¿Y no ha pensado que el marqués también le exigirá un heredero?
Frederick sonrió con amargura.
—Posiblemente. Pero estimo que primero quiere asegurarse de que me case a como dé lugar. La descendencia, de seguro, la exigirá en cuanto yo me haya condenado a un matrimonio.
—Bueno, un punto a favor de Marianne que deducirá el marqués es que, al pertenecer a la familia Powell, sentirá plena seguridad de que tendrán descendencia.
Durante todos estos años, la baronesa y sus hijas han quedado hasta en ridículo por expresar lo mucho que ansían agrandar la familia.
—Hizo una pausa y aclaró—. Por supuesto, con la excepción de Marianne.
Pero nadie sabe de ella y de sus verdaderas motivaciones, por lo que será un gran argumento a favor de ustedes.
No supo por qué, pero al oírla decir «Marianne», un nombre tan angelical, Frederick sonrió, medio divertido, al recordar el carácter tan volcánico de ella. Aun así, no tardó en regresar al hilo de la conversación.
—Tiene usted razón, lady Browne. Sin embargo, sé que será difícil convencerlo... Pero no me daré por vencido. Se lo aseguro.
La vizcondesa sonrió de lado y bebió un poco de té.
—Bueno, será clave su persistencia, lord Frederick. No obstante, desde mi lugar, haré todo lo que esté a mi alcance para que su padre acepte este matrimonio.
Él entrecerró los ojos.
—¿Acaso ya tiene una posible solución?
Ella curvó los labios de forma completa.
—Usted solo abóquese a demostrar verdadero interés en la señorita Powell. De más está decir que le avisaremos cuándo deberá volver a verse con ella. El resto se irá solucionando sobre la marcha. —Se puso en pie y él la imitó—. Confíe en el club, y nosotras confiaremos en usted.
Frederick asintió con un gesto de la cabeza y, tras despedirse con la venia correspondiente, se marchó de Browne House, aunque extrañamente más temeroso.