Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—¡Exageración! —Miró a sus socias, que tenían las cejas arqueadas por coincidir con la señorita Powell, y rio con más énfasis—.

¡Exageración ha dicho! —Negó con la cabeza y bebió un sorbo de té antes de continuar, divertida—: Bueno, quizá tengas razón, Marianne.

No entiendo mucho de los cielos, pero me han dicho que podía tener esa tendencia solo por haber nacido a mediados de diciembre.

—Suspiró ante el silencio de la muchacha y siguió—.

Por esto mismo me pregunto si tú también habrás nacido en ese mes...

Marianne negó con la cabeza.

—No, milady. Hace unos días he cumplido los veintiocho años.

Christine hizo un gesto de sorpresa mientras vertía más té en la taza.

—Pues qué extraño... Porque, de solo ver cómo has actuado ayer por la noche, habría jurado que pertenecías a mi grupo.

—Más que exagerado, el comportamiento de ella ha sido impulsivo e imprudente , Christine —resaltó lady Chatterton con la vista en su taza.

—O quizá las tres cosas —agregó una desconocida y seria lady Ridley. Era raro verla enojada.

Las mejillas de Marianne se colorearon de un rojo intenso.

Lady Browne sonrió.

—Coincido con ambas. —Christine tomó un sorbo de la infusión y la dejó sobre la pequeña mesa donde estaba el servicio de té—.

Ha sido una conducta más imprudente e impulsiva que exagerada.

Pero, sin duda alguna, también se ha ido a un extremo al haber intentado huir sin pensar, ni planear ni consultar nada al respecto —remarcó, regresando a la formalidad.

Marianne no pasó por alto la aclaración.

—¿Consultar? —preguntó, medio sorprendida.

—Lo que ha oído. Somos un club que busca ayudar a las jóvenes en edad casadera.

No pretendemos torturarlas o condenarlas a una vida infeliz, señorita Powell.

—Suspiró indignada—. Si desde el principio hubiera sido honesta con nosotras, no habría tenido que arriesgarse a escapar hacia un destino terrible y sin futuro.

Hubiéramos buscado una alternativa aceptable para usted.

—Pero no resultó mal, lady Browne. Si de verdad conoce el trato al que hemos llegado con lord Frederick, no debería imaginar mi futuro tan oscuro.

—Por fortuna... y debo aclarar que a medias.

Es cierto que, de no haberse cruzado con el hijo del marqués, probablemente hoy ya no estaría viva.

Sin embargo, haber sellado un pacto con un libertino como lord Frederick tampoco es un plan que le asegure la felicidad, señorita Powell.

—La miró con fijeza—. Fiarse de un amante del libertinaje es muy arriesgado, pero, como si fuera poco, es el hijo de un hombre que bajo ningún concepto la considerará digna de lord Frederick.

El marqués ha dedicado la vida a la reputación.

¿Cree usted que le agradará saber que su futura nuera se apellida Powell?

Herida, Marianne tragó saliva y alzó el mentón.

—Quiero ser libre, lady Browne. Y, aunque pueda resultar complejo, estoy segura de que lord Frederick hará lo posible por convencer al marqués de nuestro futuro matrimonio.

Las tres mujeres rieron por lo bajo.

—El marqués jamás escucharía a su hijo menor. De hecho, nunca lo ha tenido en cuenta. ¿Por qué lo haría ahora? —replicó lady Chatterton.

—Exacto —sentenció Christine, y continuó—: Como sea, ya no hay caso.

No podemos dar marcha atrás con el plan.

—Comió un trozo de galleta y, tras poner los ojos en blanco del placer, siguió—: A partir de ahora, será cortejada por lord Frederick.

Nosotras buscaremos una forma de que el marqués empiece a verla con buenos ojos.

Sin embargo... —bebió té y clavó la vista oscura en la de Marianne—, si de verdad quiere prosperar, deberá prometernos no volver a actuar sin consultarnos.

Y claro, tendrá que aceptar el plan «b» que encontremos para usted en caso de que su libertino le falte a la palabra.

Marianne tragó saliva por enésima vez. Observó a las tres mujeres, serias y con las miradas fijas en ella, y lo supo de inmediato: tendría que aceptar.

Le gustara o no, si de verdad quería conseguir su ansiada libertad, necesitaba ayuda y de expertas.

Por triste que fuera, ella no era más que una solterona con magníficos ideales, pero sin la tan clave experiencia que lord Frederick también le había señalado.

Se miró los pies y, tras dar un largo suspiro, levantó la vista hacia El club del té.

—Está bien, lady Browne. Le doy mi palabra de que así será.

Christine, al comprobar la sinceridad en la mirada de Marianne, asintió con la cabeza y sonrió.

—Es bueno que nos entendamos, señorita Powell. Ahora, por favor, marche a sus aposentos. El ama de llaves le indicará el camino.

La mayor de las hermanas se inclinó y, sin más, acató la orden.

En el ínterin, la Sala Limón se mantuvo en silencio, pero en cuanto la joven Powell se fue, Elizabeth no tardó en hablar.

—Por favor, dime que ya tienes una idea de cómo haremos que esto funcione, porque si no, renuncio, Christine. ¡Renuncio!

Lady Ridley puso los ojos en blanco y, fingiendo demencia, se hizo con la taza de té para beber como si nada hubiera escuchado ni nada extravagante fuera a ocurrir.

Christine sonrió de lado, miró a la condesa viuda de arriba abajo e, impertinente, se carcajeó.

—Serías incapaz de renunciar, Elizabeth.

Lo siento, pero es una obviedad que esto se ha convertido en tu vida...

por mucho que desees negarlo. —Tomó un enorme pedazo de galleta y, tras devorarlo con la mirada fija en lady Chatterton, siguió, sonriente—: Pero puedes quedarte tranquila.

Ya tengo un plan. Un magnífico plan y del que, por supuesto, dependeremos de ti, querida.

El rostro de la condesa viuda se tornó más blanco de lo que era. Y habría suplicado que le desvelara la idea. No obstante, la intervención de Smith lo evitó.

—Ha llegado una nueva visita, milady. —El mayordomo se hizo a un lado para dar paso al recién llegado—. Lord Frederick Stewart.

Agotadas, Margaret y Elizabeth suspiraron. Pero Christine sonrió.