Capítulo 10
L a luz de la mañana atravesaba el cristal de la ventana con tanta intensidad que Frederick se despertó antes que lo de costumbre.
Refunfuñó porque sabía que volver a dormirse no sería una opción. Durante la madrugada se había levantado una vez más, y la razón, en contra de su voluntad, había sido la acalorada escena con la señorita Powell.
La verdad era que no tenía ningún rasgo fuera de lo considerado normalmente bello que justificara la privación del sueño.
No obstante, tampoco podía negarlo. Marianne era una mujer muy atractiva, y haberla tenido entre sus brazos era motivo suficiente para que un hombre como él, amante del placer y del cuerpo femenino, cayera tentado.
Pero, como si aquello hubiera sido poco, la había besado.
Tal vez no había sido el tipo de beso al que estaba acostumbrado, pues lejos había estado de satisfacerlo.
Sin embargo, el dulce sabor de la boca de Marianne había sido embriagador.
Pensó en los ojos, salvajes pero inocentes, en los labios llenos y sedientos de experiencia. Pensó en ese cuello de cisne y en esa pechera agitada por la rebeldía y el temor. Pensó en su aliento y...
«¡Basta!», se reprochó a sí mismo.
Dio un salto de la cama, se acercó a un pequeño mueble donde tenía una palangana con agua limpia y se empapó el rostro y parte del torso para calmarse.
Era un hombre de mundo. No podía dejarse llevar por tontas fantasías con una solterona como ella.
No podía. Y no debía. ¡Por todos los santos, era una Powell!
Agotado mentalmente, se sentó en la cama y exhaló con rabia.
Que perteneciera a esa familia era un gran inconveniente, no porque a él le molestara lo que otros pudieran pensar, sino más bien porque ese detalle fuera razón suficiente para que lord Hammerwick la rechazara como posible futura nuera.
Sí, era consciente de que muchas jóvenes querían casarse con él, pero estaba seguro de que Marianne, de verdad, anhelaba la libertad tanto como él.
La había visto intentar huir ¡y sin un plan seguro!
, lo que había hecho evidente su deseo de una vida lejos de allí.
No había dudas: casarse con ella era la mejor opción para sus fines de libertino. Era el acuerdo perfecto para ambos.
No obstante, como caballero experimentado, sabía que los límites de la prudencia no debían ser traspasados si realmente deseaba cumplir su objetivo.
Ni siquiera un beso como el que se había visto obligado a darle para que no la descubrieran.
Y aunque estaba seguro de que él era inmune a las trampas del amor, no podía afirmarlo de la misma manera por ella.
No sabía si su rechazo al matrimonio y la idea de independización solo eran una consecuencia de la poca atención masculina que había recibido o si de verdad Marianne quería ser libre por motu proprio .
Como fuera, no estaba dispuesto a sacarse la duda. Arriesgarse a tanto solo por placer no era una opción, y menos si su fortuna y estilo de vida estaban en juego.
Además, sabía que, para que el plan resultara exitoso, debía hablar con el marqués.
Por un lado, para convencerlo de que Marianne era la mujer ideal para él; y por el otro, para asegurarse, mediante un acuerdo firmado de que, en cuanto se casase con una mujer del agrado de ambos, Hammerwick le dejaría una fortuna considerable para mantenerse la vida.
No quería sobrepasarse, pero ser precavido era clave al tratar con alguien perspicaz y frío como su padre.
Y, a su vez, el destino de Marianne también dependía de ello.
Sin embargo, existía un asunto mucho peor que enfrentar a lord Hammerwick: hablar con lady Browne.
Era muy hábil evitando las temporadas, pero eso no quería decir que ignorara la información más crucial de estas.
Entre libertinos se protegían —la mayoría de las veces—, y sabía que la vizcondesa fanática del amarillo limón estaba detrás de muchos matrimonios inesperados.
Incluso estaba al tanto del nuevo y famoso El club del té, y al haber sido testigo de la exposición de Marianne Powell ante tantos candidatos durante el baile, era una certeza que lady Browne había sido ni más ni menos que la gran titiritera de ese espectáculo.
Tendría que presentarse en Browne House, y eso sí que le despertó un profundo terror.
De pronto, un llamado a la puerta lo distrajo.
—¿Sí?
—Disculpe, milord —expresó el mayordomo al tiempo que entraba en la alcoba. Extendió la bandeja de plata hacia Frederick—. Correspondencia. Urgente.
Ante la aclaración, el hijo del marqués frunció el entrecejo, pero tomó la carta. Al instante, el criado se retiró.
Frederick miró el sello lacrado y exhaló largo al descubrir su remitente. Lo rompió, alisó el papel y lo leyó en dos pestañeos:
Querido lord Frederick:
Estoy segura de que mi misiva no lo ha asombrado. Es claro: tenemos que hablar.
Ansiosa, lo espero antes del mediodía en mi querida Sala Limón.
Christine
—Maldición... —soltó Frederick al tiempo que dejó caer el papel sobre la cama.
Era cierto: no lo había sorprendido; de hecho, era precisamente lo que estaba pensando hacer. Y aunque ya era consciente de que se casaría por su propia conveniencia, el miedo crecía en todo su cuerpo, debido a las supersticiones acerca de la Sala Limón que circulaban desde hacía años.
«No seas idiota, Frederick. Solo son tonterías creadas por debutantes desesperadas», se dijo mentalmente y, tras respirar profundo, se irguió y llamó a su ayuda de cámara para vestirse.
Se presentaría en Browne House tal y como había planeado: sin miedo y firme en su decisión. Él era un libertino experto y, sobre todo, un hombre sensato, por lo que ningún rumor debía afectarle el juicio.
***
No había pasado siquiera un día y la vida de Marianne ya era una revolución.
Desde muy temprano, Powell House había sido un hervidero de chismes —que circulaban entre criados, conocidos que habían arribado de forma inesperada a la casa y la propia familia— y todo el cotilleo, absolutamente todo, se trataba acerca de ella y lord Frederick Stewart.
Claro que cada uno de los curiosos quería que la información saliera de la boca de Marianne, pero no hubo oportunidad a que ello ocurriera, pues una oportuna misiva de parte de la vizcondesa amante del amarillo chillón había sido contundente: exigía que, tras los eventos ocurridos durante su baile, la señorita Powell se presentara de inmediato en Browne House y con las pertenencias suficientes para pasar el resto de la temporada allí.
Lady Powell no dudó en acatar la orden y, desde ya, Marianne no se opuso.
Estaba segura de que lady Chatterton y lady Ridley habían conversado con Christine con lujo de detalle.
Y si de verdad quería que su plan funcionara, necesitaría de esas mujeres.
Por lo que había oído, lord Hammerwick era muy exigente y no permitiría que su hijo se casara con cualquiera o, al menos, no le cedería la fortuna que tanto ella como Frederick necesitaban para cumplir con sus metas personales.
No había dudas de que la intervención de El club del té era crucial.
Y allí estaba, detenida por un inexplicable miedo, y a pasos de cruzar el umbral de la Sala Limón.
—¿Señorita Powell? —Escuchó la voz de lady Browne.
Aunque la vizcondesa y las otras dos mujeres estaban sentadas de espaldas a la entrada, era claro que Christine la había percibido.
Marianne tragó saliva y, armándose de valor, cruzó el salón para aproximarse al trío noble.
—Lady Browne. Lady Chatterton. Lady Ridley. —Se inclinó.
Christine hizo un movimiento con la mano como de aspaviento.
—Ya deja las formalidades. O acaso, porque ahora has conseguido un posible prometido, ¿pasarás a ser una remilgada como lady Chatterton? —Rio, contenida.
La aludida, que estaba sentada a un lado y muy próxima a Christine, entrecerró los ojos y expresó el disgusto frunciendo los labios, pero, esta vez, decidió no replicar. El asunto ameritaba enfoque.
Marianne se aclaró la garganta.
—No. No dejaré de ser yo. Y, por esa misma razón, aunque la condesa viuda y lady Ridley se lo hayan explicado, quiero aclarárselo.
—No esperaba menos... —De pronto, el mayordomo Smith entró con dos platos enormes que llamaron la atención de Marianne.
Ante el fruncimiento del ceño por el horror, lady Browne sonrió con picardía—.
Veo que mis galletas han captado tu atención.
—Con un gesto de la mano, le ofreció—: Adelante, por favor.
Prueba, querida. Y, por supuesto, sé honesta.
Imaginando lo que podría ocurrir, la muchacha se negó.
—Le agradezco, pero no tengo apetito.
De pronto, la habitual y amable sonrisa de lady Browne desapareció para dar lugar a un rostro oscuro y ofendido.
—Que la pruebes —le exigió sin rodeos.
Acorralada, Marianne tragó saliva, y las otras dos mujeres de El club del té contuvieron la sonrisa.
Aun así, la mayor de las hermanas Powell, conocida por su impulsividad extrema, no se convertiría en una cobarde por una simple galleta.
Así que, aunque incómoda porque necesitó agarrar la enorme «delicia» con las dos manos, cortó un trozo y, sonriendo nerviosa, se lo llevó a la boca.
Tentado, El club del té se esforzó por no estallar en carcajadas cuando vieron el rostro rojo y de completo desagrado de Marianne, quien —a pesar de las circunstancias— se tragó la porción de galleta ácida.
—¿Y bien? ¿Qué te pareció, querida? —inquirió Christine, regresando a su tono generoso.
Ni bien logró tragar el trozo, la joven Powell tomó de inmediato un largo sorbo de té y, recién tras dar una profunda bocanada de aire, fue capaz de volver a mirar a lady Browne.
—Bueno, la verdad es que... —Dudó por unos instantes, pero eligió cumplir con lo que había prometido—: Lo siento, pero son una completa exageración, lady Browne. No solo por el tamaño, sino también en cuanto al sabor. —Y parpadeó al recordar la acidez extrema que aún le infestaba la boca.
Al segundo, Christine se carcajeó.