Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

L ady Chatterton estaba furiosa. No, furiosa no: ¡lo siguiente! Y no era para menos.

Marianne, además de casi olvidar el nombre de lord Gyort, estuvo a punto de quedar en ridículo de no haber sido por la oportuna intervención de lady Browne.

¿Quién rayos se creía esa solterona rebelde?

¿Acaso no le bastaba el historial de sus hermanas para comprender lo delicada y precaria que era su situación?

Cierto era que el viejo barón no era de los partidos más tentadores para las jovencitas, ¿pero de qué se quejaba ella?

¡Hasta agradecida debía estar de que los caballeros le dirigieran la palabra!

Miró el salón, luego las decenas de parejas que bailaban y suspiró cuando reparó en que ninguna de aquellas estaba unida por amor. Sin dudas era un detalle muy triste, pero no lo habría notado de no haber sido por la historia que su propia hija, lady Rose, había vivido con Damien Croft.

Hasta ese entonces, para Elizabeth, el matrimonio solo se había tratado de un acuerdo comercial que, para que fuera exitoso, bastaba con que fuera conveniente para ambas partes.

Claro que, tras la boda de su hija con Damien, Elizabeth cambió de parecer.

Y, aunque le costó aceptarlo, comprendió que lo que hacía lady Browne con las jovencitas que le pedían ayuda para conseguir maridos era realmente muy loable.

Quizá tuviera diferencias con la vizcondesa, pero estaba segura de que la causa que la motivaba a actuar de casamentera era de suma importancia para la felicidad no solo de esas muchachas, sino también de los caballeros y las futuras familias.

Elizabeth había querido mucho a su esposo, pero también había sido testigo de los más terribles y tristes matrimonios.

Y así fue cómo, tras una inesperada invitación de lady Browne, había aceptado formar parte de El club del té.

Claro que nunca imaginó que tomarían casos complejos como el de la familia Powell.

Miró el lustroso suelo y exhaló, rendida.

«¿Qué haremos?», pensó al recordar a la indomable de Marianne. ¿Habría un hombre para ella o deberían darse por vencidas?

Era difícil imaginarlo, mucho más pronosticarlo. No obstante, el pensamiento quedó en suspenso cuando una voz le interrumpió la meditación.

—¿Lady Chatterton?

De inmediato, Elizabeth se irguió y se giró para quedar de frente al caballero que le había hablado. Pero entonces no pudo evitar mirarlo de arriba abajo, horrorizada.

—¿Quién es usted? ¿Y de dónde viene? —preguntó observándolo otra vez—. ¿Acaso no tiene idea de etiqueta?

Lord Frederick la miró con los párpados medio caídos. La había visto desde lejos y, con tan poco, supo de inmediato lo insoportable que sería.

—¿Acaso estamos en Almack’s y mi ebriedad me ha traicionado al traerme hasta aquí? —contestó él, impertinente.

—¡¿Ebriedad?! —inquirió Elizabeth, espantada.

El hijo del marqués exhaló con hartazgo.

—Si me lo permite, no creo que a lady Browne, que es quien me ha invitado —resaltó—, le moleste mi impertinencia estética, milady.

Molesta, la condesa viuda se enderezó.

—Si es a ella a quien ha venido a ver, entonces no sé por qué se ha atrevido a dirigirme la palabra, señor...

—Lord Frederick Stewart, segundo hijo del marqués de Hammerwick —completó ante la invitación.

Las cejas de lady Chatterton se arquearon, de repente, con sumo interés.

—¿Hammerwick ha dicho?

—Tal como lo ha escuchado.

Ella lo miró de nuevo; esta vez, con menos desprecio que antes.

—Hasta donde he sabido de usted, no tiene muy buena reputación, lord Frederick, por lo que no entiendo en qué podría necesitarme específicamente a mí .

Stewart contó hasta diez, rogando por más paciencia, aunque sería bastante directo.

—Lady Ridley me pidió que hablara con usted. Sin dar explicaciones, porque sería extenso y complicado, necesito que me presente a la señorita Powell, milady.

El ceño de Elizabeth se frunció y, aunque hubiera hecho más preguntas, las miradas del salón completo se enfocaron en Margaret Ridley que, afortunadamente, acababa de entrar por la puertaventana con Marianne tomada del brazo.

Regresó a lord Frederick, pero ella volvió a arrugar la frente cuando notó que este, al igual que el resto de los invitados, había quedado especialmente prendado de la rebelde Powell.

Al instante, la condesa viuda chasqueó la lengua y se esforzó sobremanera para no amargarse. Era casi una obviedad: algo había ocurrido.

Pero no era momento de represalias. El futuro de Marianne y sus hermanas dependía de que la imagen de la mayor de ellas se mantuviera limpia.

Claro era que involucrar a un libertino como lord Frederick no era el mejor plan, pero dado que no conocía las circunstancias que habían llevado a semejante aprieto, respiró profundo y decidió confiar en su socia.

—Haré deslizar el rumor de que recién llegó de un viaje y que, a pesar de que está muy apenado por no haber podido vestirse como corresponde —remarcó—, no quiso dejar de asistir a la velada de lady Browne. ¿Entendido?

Con desdén, Frederick asintió y siguió los pasos de la condesa viuda.

Al principio, se sintió incómodo por las miradas que lo fulminaban mientras atravesaba el salón, pero, luego, cuando por accidente sus ojos se enfocaron en Marianne, el corazón le estalló de improviso al punto de ignorar lo que lo rodeaba.

¿Sería el espíritu salvaje de ella que lo había descolocado? ¿La impulsividad e impertinencia atípicas en una solterona? ¿O, quizá, solo quizá, el sabor de aquellos inocentes labios que había tenido el privilegio de probar?

Lord Frederick tragó saliva.

—Señorita Powell, le presento a lord Frederick Stewart, hijo del marqués de Hammerwick —introdujo lady Chatterton, a lo que Marianne respondió con una gentil venia. Luego la condesa se dirigió a él y continuó—: Lord Frederick, la honorable señorita Marianne Powell.

Y entonces, cuando las miradas de ambos se encontraron, el aviso de una nueva pieza musical llevó a que Frederick, sin decir una sola palabra, le ofreciera la mano.

Marianne, sin siquiera parpadear, apoyó la suya en la palma del lord y, con el corazón palpitante en la boca, se dejó guiar hasta el centro de la sala.

A lo lejos, una lady Browne complacida sonrió.