Capítulo 8
«¿U na... Powell? ¡Maldición!», se reprochó Frederick mentalmente al tiempo que retrocedió un paso.
Años y años de experiencia con mujeres. Hasta con las más astutas del reino se había enredado, ¡¿y había caído en manos de una Powell?! ¡Por todos los cielos! ¡No podía ser cierto! Tenía que ser una broma.
Sin embargo, al observarla, frunció el ceño. No recordaba que alguna de las hermanas que había visto tiempo atrás, y desde lo lejos, se pareciera a ella.
—¿Lo dices en serio? —se le escapó preguntar.
Ella arrugó la frente y se cruzó de brazos. Sin duda la había ofendido.
—Jamás he hablado más en serio, milord —resaltó con la vista entrecerrada.
Frederick la observó de arriba abajo con desconfianza. Y entonces, la primera deducción se le vino a la mente como un rayo en plena tormenta.
—Demonios... —Avanzó hacia ella—. ¿Todo esto ha sido una trampa para cazarme? —inquirió con los ojos abiertos como pelotas de cróquet.
Y, claro, la cólera envolvió a la mayor de las hermanas Powell.
—¡¿Pero cómo te atreves?! —escupió aproximándose más de lo que le hubiera gustado.
Por unos segundos, él se la quedó mirando, medio asombrado, medio hechizado.
Con la vista recorrió las facciones angelicales —desbordadas de furia en ese momento—, luego se detuvo en los cabellos alborotados para finalmente descender a la abundante pechera de ella, que subía y bajaba por la agitación del enojo.
Se veía exquisita. Salvaje. Indomable. Y no supo por qué —o quizá lo tenía muy claro—, pero, al analizar que podía ser víctima de una trampa, no se disgustó tanto.
De inmediato, parpadeó varias veces y se enjugó la frente para escapar de esos pensamientos disparatados.
—Lo siento, yo... —Quiso ser delicado, pero no lo logró—. Discúlpame, pero tu apellido no es uno de los más queridos... Al menos entre libertinos como yo.
Las palabras le habían dolido, pero agradeció la sinceridad. Después de todo, la fama que sus dos hermanas menores habían cosechado era justa y bien merecida.
—Lo comprendo. —Volvió a la formalidad—. Y no defenderé lo indefendible. Aunque sí puede quedarse tranquilo de que no soy ninguna de las dos Powell a las que casi todos los hombres temen.
Frederick sonrió.
—Me resultaba extraño. Creo que, de las pocas veces que me he visto en la obligación de asistir a eventos de las temporadas, jamás te he visto.
Marianne suspiró.
—Sería curioso que me recordara. Me he ausentado cada vez que me ha sido posible. Y, cuando no, esconderme ha sido de mis mejores talentos.
Stewart rio por lo bajo.
—Y ahora, que al parecer están a punto de enviarte a la horca del mercado matrimonial, no te ha quedado otra opción más que huir, ¿verdad?
Ella sonrió con amargura y bajó la mirada al suelo.
—Quiero ser libre. Y mi mejor plan es viajar a América. Por lo que he sabido, las mujeres allí pueden depender de sí mismas sin que sus reputaciones se vean afectadas.
Frederick se rio por lo bajo, aunque se detuvo en cuanto vio la expresión inocente de ella.
—No quiero ofenderte. De verdad. Pero algunas ideas parecen perfectas hasta que se llevan a cabo. —Y, con picardía, agregó—: Lo digo desde mi experiencia como hombre... y libertino.
Marianne alzó el mentón.
—No me importa. Cualquier destino es mejor que ser casada de forma obligada.
Frederick la miró con compasión.
—Te comprendo, pero créeme. He visto y viajado mucho como para asegurarte que no es tan idílico como tú crees. —Al ver que ella lo interrumpiría, levantó una mano con gentileza para que lo dejara continuar—. Ya te lo he dicho: no quiero ofenderte.
Se hizo un breve silencio hasta que Marianne, indignada, volvió a hablar.
—Es decir que, para ti, ¿no tengo más opción que casarme?
De inmediato, los ojos de Frederick se iluminaron como estrellas. La idea cayó ante su mirada como un relámpago, de forma imprevista pero, sin duda alguna, perfecta.
—No sé si es la única opción, pero creo que casarte puede ser la mejor elección... Y no solo para ti, sino también para mí.
La mayor de las hermanas Powell entrecerró la vista.
—¿A qué te refieres? —Confundida, avanzó hacia él—. ¿No será que tú y yo...?
Lord Frederick sonrió de forma completa y lobuna.
—Podrías convertirte en mi esposa.
Los ojos de ella se abrieron de golpe.
—¡¿Qué?! —Aterrorizada, miró hacia su alrededor—. ¡¿Cómo no lo imaginé?! ¡Esto es una vil trampa de lady Browne y sus secuaces, ¿verdad?!
La expresión del hijo del marqués fue de completa aversión.
—¡¿Pero qué demonios dices, niña tonta?! ¡¿Qué necedades has imaginado?!
—¡Ya deja de decirme que soy una niña! ¡Estoy casi en los treinta! —gritó, impulsiva. Y al ver el impacto en el rostro de él, aclaró por las dudas—. ¡Orgullosamente cerca de los treinta!
Sorprendido y sin dejar de parpadear, Frederick tragó saliva hasta que sacudió la cabeza y continuó.
—¡Como sea! ¡No me importa tu edad! Lo que quise decir es que, dadas tus circunstancias y las mías, creo que unirnos en matrimonio sería el mejor plan.
Marianne chasqueó la lengua al tiempo que se cruzó de brazos.
—¡No entiendo! ¿No eres un libertino? ¡¿Por qué rayos querrías casarte?!
Él suspiró.
—Por la única razón por la que lo haría un hombre como yo: para conservar mi estilo de vida.
—Ella frunció el entrecejo, más confundida que antes, por lo que Frederick se vio obligado a explicar—: Si no me caso antes de que termine la temporada, mi padre me desheredará.
Me dejará sin una sola libra, y eso es lo último que quiere un libertino como yo.
Ambos se miraron con los ojos entrecerrados.
Podían desconfiar el uno del otro, pensar que se trataba de una trampa, ya fuera de lady Browne para ella o de la familia Powell para él.
Sin embargo, no cabía la menor duda de que las circunstancias de los dos podían solucionarse más fácil de lo que creían.
—¿Y por qué me vería beneficiada al casarme contigo?
—Porque, en cuanto lo hicieras, no dudaría en dejarte libre como tanto anhelas.
Claro que primero me aseguraría de que mi padre me entregue, de antemano, la fortuna suficiente para los dos.
Por un lado, para yo continuar con mi estilo de vida y, por el otro, para que tú puedas, en recompensa, iniciar la vida que deseas, donde quieras.
Además, no sé si lo has pensado con detenimiento, pero si huyes ahora, con solo unas pocas joyas y sin nadie que te proteja, no solo tú correrás un gran riesgo, sino también la reputación de tus hermanas.
Marianne dudó, pero no era tan necia. El plan que había tramado para escapar era tan precario como su sentido de la realidad.
Y, por mucho que quisiera negarlo, lord Frederick tenía razón: no tenía idea de lo duro o difícil que podía ser huir...
Sin tener en cuenta lo que, hasta entonces, no había considerado: la reputación de su familia.
Inhaló profundo, miró el cielo y, justo cuando escuchó a lo lejos la conocida voz de lady Ridley, clavó los ojos castaños en los vivaces de él.
—Está bien. Tenemos un trato. —Y le extendió la mano enguantada.
Lord Frederick sonrió, medio divertido, por la seguridad que destilaba aquella rebelde solterona, pero no dudó en sellar su suerte.
—Tenemos un trato. —Y le apretó la mano, como si de otro caballero se hubiera tratado.
***
—¡Por todos los cielos! ¡Esto será un escándalo! —exclamó lady Ridley llevándose las manos a la cabeza.
Estrictamente hablando, cuando Margaret llegó a la arboleda de Browne House, no vio más que a Marianne y a lord Frederick estrechándose las manos.
Pero claro, estaban a solas, en penumbras y haciendo contacto físico.
Eso sin mencionar que la mayor de las hermanas Powell estaba completamente desaliñada.
Marianne observó la expresión de horror de la vizcondesa y, cuando esta se le acercó para acomodarle el peinado, bufó.
—Por favor, lady Ridley. Tranquilícese. No ha pasado nada. —Fulminó a Frederick con la mirada y este contuvo la sonrisa de solo recordar cómo se había adueñado de los labios de ella.
Al instante, Margaret retrocedió y puso los brazos en jarra. La expresión dulce y angelical, clásica de la vizcondesa, se había convertido entonces en una de completa ofuscación.
—¿Cómo quiere que me calme, señorita Powell? ¿Acaso no entiende las consecuencias de este encuentro? —Enfocó la vista en el hijo menor del marqués, al que conocía muy bien, y exhaló con violencia al tiempo que puso los ojos en blanco—. ¡Encima un libertino! ¡Un libertino, por todos los santos!
Marianne y Frederick se miraron. Si de verdad querían que su plan funcionara, tendrían que ser claros.
—Lady Ridley, sé que en estos momentos lo último que desea es escucharme...
—Pues es en lo único que coincidimos, lord Frederick —lo interrumpió. Lo observó con detenimiento y volvió a suspirar, indignada—. ¡Y ni siquiera está vestido como corresponde! ¡Por todos los cielos! ¡¡Por todos los cielos!!
Marianne se aproximó a la vizcondesa para tomarla de las manos.
—Lady Ridley, se lo ruego, escúchelo. Tenemos un buen plan.
Al instante, Margaret levantó la cabeza y abrió como platos de postre sus ojos claros.
—¿Plan? ¿De qué está hablando?
Entonces Frederick fue al grano.
—La señorita Powell y yo hemos decidido casarnos.
La más calma de El club del té frunció el ceño.
—¡¿Y qué esperaba, lord Frederick?! ¡Es justamente lo que deberá hacer! ¡Le guste o no!
El hijo del marqués resopló.
—Sí, lady Ridley, pero estoy segura de que no queremos que se vea como una unión producto de un encuentro escandaloso, ¿verdad? —preguntó Marianne, y Margaret la observó, intrigada—. Pues bien: aquí es donde escuchamos sus sugerencias. Después de todo, solo usted nos ha visto hasta ahora.
Pensativa, lady Ridley los miró.
Era cierto. Hasta entonces solo ella los había encontrado. Y enseguida sospechó por qué Christine la había enviado a ella en busca de Marianne.
—Ya veo...
—De más está decir que no ha ocurrido nada inapropiado —mintió él—. La señorita Powell solo salió a tomar un poco de aire fresco, y yo justo...
—¿Aire fresco? Y de seguro lo buscaría fuera de Browne House, ¿verdad, señorita Powell?
—la increpó Margaret. Marianne parpadeó sin saber qué responder, lo que fue suficiente para lady Ridley—.
Oh, ni se moleste en contestar. Tanto Elizabeth como Christine tenían razón.
—Exhaló, medio decepcionada. Dirigió la vista hacia Frederick y continuó—: Lo que no comprendo es por qué un libertino como usted querría casarse.
—Es una historia compleja de explicar. Verá, yo... —vaciló.
Pero no siguió, pues la indomable Powell tomó las riendas.
—Su padre lo desheredará si no contrae matrimonio antes de que termine la temporada —resumió Marianne.
Frederick suspiró y Margaret entrecerró la vista.
—Entonces solo me queda entender por qué usted, señorita Powell, desea casarse con un hombre como él. —Se cruzó de brazos.
Podía mentirle, pero no era muy buena en esa materia. Y si de verdad quería salir victoriosa, ser lo más honesta era el camino indicado, al menos para Marianne.
—Lord Frederick prometió dejarme libre y apoyarme económicamente si me caso con él. Sabe que en realidad no deseo hacerlo, pero contar con su soporte no solo será más seguro para mí, sino que también ayudará a la reputación de mis hermanas. O, al menos, no las perjudicará.
Margaret miró a uno y luego al otro. No era una mala idea: siempre había un roto para un descosido.
Además, era una obviedad que intentar obligar a Marianne a casarse con otro hombre, y en contra de su voluntad, seguiría siendo un pésimo plan.
Aun así, engañar a la sociedad y, en especial, convencer al marqués de que la señorita Powell sería la mejor opción para su hijo menor no eran asuntos simples de resolver.
—Conoce la fama de las Powell, lord Frederick. Y somos conscientes de lo exigente que es lord Hammerwick. Y aunque Marianne nada ha tenido que ver con las conductas de sus hermanas, dudo que su padre lo tenga en cuenta. Eso sin mencionar los rumores que se deslizarán en cuanto los vean juntos.
Frederick elevó el mentón.
—Lo sé. No será fácil. Pero estimo que, para hacerlo creíble, tanto usted como la otra señora pondrán el mismo esmero que han puesto en presentarla hoy a la noche.
Lady Ridley lo miró, pensativa.
—Y lady Browne también. Ella sabrá muy bien qué hacer...
Mientras tanto, escúrrase por el lado opuesto al que marcharemos nosotras.
Busque a la condesa de Chatterton; es la señora a la que usted se ha referido, y, sin dar explicaciones, solo dígale que yo le he pedido que usted sea presentado a la señorita Powell.
—Los miró una vez más y suspiró, preocupada—.
Esto dará de qué hablar, pero mañana veremos cómo seguir.
Frederick asintió y, echando un intenso vistazo a Marianne, se marchó.
Lady Ridley observó con detenimiento a Marianne y, al descubrirla con la vista fija en el hijo del marqués, frunció los labios.
—¿Está segura de que no ha ocurrido nada indecoroso?
De inmediato, la mayor de las hermanas Powell parpadeó y salió del ensueño.
—Por supuesto que no ha pasado nada, lady Ridley. Solo es... un trato conveniente para ambas partes.
La vizcondesa asintió, aunque los años de experiencia le decían que algo más había pasado entre aquellos dos.
Como fuera, no era momento para presionar. Para entonces, lo único que importaba era mantener la imagen de Marianne lo más limpia posible. Por ella, por sus hermanas y por El club del té.