Capítulo 7
«¡M aldita lady Chatterton!», se dijo mentalmente Marianne en cuanto salió por la puertaventana.
Observó a su alrededor y, solo cuando notó que estaba sola, caminó hasta la balaustrada de piedra. Miró el cielo: la luna estaba llena. Cerró los ojos y, tras años de no sentir un poco de paz, soltó la tensión de su cuerpo en un largo y sonoro suspiro.
Volvió a enfocar la vista en el cielo oscuro y despejado, y sonrió.
Era la noche perfecta. Ya nada ni nadie se entrometería en su vida. Ya nada ni nadie se interpondría en su camino. Se acabaría la pesadilla de pertenecer a otros. Al fin sería libre.
Pero no debía perder tiempo. No sabía cuánto tardarían las tres brujas de El club del té en dar con ella.
Lo más probable era que la enviaran a buscar y, aunque a la condesa viuda y a lady Ridley les llevara más tiempo darse cuenta de su ausencia, era consciente de que Christine Browne la conocía muy bien.
Más temprano que tarde, varios lacayos de la vizcondesa estarían buscándola por el inmenso parque.
Tranquila pero ágil, se acarició el hombro donde tenía escondido el reticule con las joyas y descendió las escaleras de la terraza en dirección a la famosa arboleda de Browne House.
De pronto, un sonido proveniente de la puertaventana la alarmó, por lo que no tardó en aproximarse a la estructura de la enorme casa para marchar lo más rápido posible, aunque procurando no hacer ruido.
Estaba en penumbras, pero, por fortuna, las luces que llegaban de la fiesta junto con la de la luna hicieron posible que avanzara sin tropezarse.
Al principio caminó despacio, mas cuando giró el rostro hacia la casa, la ansiedad la dominó y el corazón se le agitó.
Se había alejado bastante, pero el temor por ser descubierta la poseyó, por lo que pasó de avanzar rápido a trotar y luego a correr con desesperación hacia los enormes árboles.
La mezcla de sensaciones fue indescriptible.
El aire le acariciaba el rostro y la velocidad le había deshecho parte del intrincado peinado, al punto de que varios mechones rebeldes se le habían soltado.
La respiración agitada y el bombeo acelerado del corazón provocaron que sonriera, a pesar del cansancio.
Y cuando al fin llegó a uno de los más robustos y escondidos árboles del parque de lady Browne, apoyó la espalda contra el tronco para aliviar el ardor que sentía en todo el cuerpo, pero en especial en la garganta.
Exhausta, y descansando sobre el firme árbol, elevó el rostro hacia el cielo, cerró los ojos y suspiró, aliviada.
—¡Hasta nunca, maldita Londres! —Estalló en una risa tan liberadora como impulsiva. Exhaló y al instante se irguió, lista para escabullirse hasta salir del parque, pero entonces el sonido de una masculina voz la paralizó.
Empezó como una risa vaga y lejana, pero el volumen fue aumentando a medida que el desconocido se acercaba al tiempo que salía de entre las sombras.
Temblando, Marianne retrocedió apenas, aunque de muy poco le serviría.
Y entonces, justo cuando los pasos, crujientes por la hojarasca, se detuvieron, los ojos de la joven se abrieron con terror.
—Así que, después de todo, huirás... —habló el joven hombre que, con media sonrisa, la miraba a solo unos metros de distancia.
Perpleja, aunque extrañamente cautivada, Marianne lo observó.
Era alto y de contextura fuerte. El chaqué, a diferencia del negro que la etiqueta indicaba para ese tipo de eventos, era azul, se le ceñía al torso de hierro y hacía perfecto juego con el chaleco celeste y la camisa de impoluto blanco.
Bajó la vista y descubrió que llevaba unas lustrosas botas negras de montar, un descaro estético para un baile de la importancia que se solía dar a los organizados por lady Browne.
Preocupada por el avance de él, Marianne elevó la mirada de inmediato y se detuvo en el rostro.
De mandíbula cuadrada y nariz recta, una media sonrisa le marcaba el hoyuelo de la comisura, y el espeso cabello oscuro —ligeramente más largo de lo que dictaba la moda— provocaba que el misterioso par de ojos resaltara en medio de la noche.
Era una mirada penetrante y profunda, del color del zafiro, y destilaba un brillo de picardía que la amenazaba por cada segundo que transcurría.
—¿Quién... quién demonios eres tú? —inquirió con la voz entrecortada. El miedo la dominaba.
Él curvó los labios de forma completa y se aproximó dos pasos más.
Marianne retrocedió lo que pudo, pero de inmediato su cuerpo quedó de nuevo apoyado contra el tronco del roble, lo que causó que el pulso se le acelerara.
—¿Importa quién soy? ¿No es que te irás de Londres? —soltó él.
Marianne tragó saliva.
—Ese no es asunto tuyo —replicó, tajante, y con el ceño fruncido.
La expresión de ella causó que él riera por lo bajo.
—Pues para ser tan salvaje y dura, te ves bastante angelical. —Avanzó hasta quedar a un solo paso y clavó la vista en la castaña de ella—. Déjame decirte que si tu plan era escapar atravesando toda esta arboleda, estarás en serios problemas.
El corazón casi se le detuvo cuando, de forma inconsciente, observó por unos segundos la boca de él. Era en extremo tentadora. Aun así, tragó saliva y regresó a la mirada azul, que seguía atenta a cada uno de sus gestos.
Claro era que no tenía mucho con qué defenderse, pero tampoco se delataría. Estaba sola y frente a un hombre. Sería difícil, pero no imposible.
—Si el problema eres tú, no tardaré en salir. Así que, si no quieres que tu bonito atuendo se ensucie, será mejor que te hagas a un lado —lo amenazó ella.
Marianne intentó erguirse para escapar lo más rápido posible, pero él, tras estallar en una sonora carcajada, la aprisionó contra el árbol al apoyar las manos sobre el tronco.
El corazón de Marianne dio un vuelco ante el movimiento de él y, aunque el miedo le provocó un temblequeo, el aroma y el calor del caballero le resultaron hechizantes.
Como fuera, estaba rodeada por un enorme y fuerte hombre que no conocía, y aunque su más ferviente deseo era huir de Londres, en ese momento tan incierto no supo si era una magnífica idea que los lacayos de lady Browne salieran a buscarla.
—¿Tú? ¿Herirme a mí? —Volvió a reír, pero en cuanto notó la mirada de miedo de Marianne, retrocedió y quitó las manos del tronco para erguirse y continuar de brazos cruzados—: No sé qué es lo que estarás pensando, pero mi comentario sobre tu huida solo fue para ayudarte.
Marianne frunció el entrecejo.
—¿Ayudarme? Ni siquiera te conozco. ¿Por qué demonios lo harías?
—Es una buena pregunta... —respondió él con la vista entrecerrada.
De pronto, se detuvo en toda ella y sonrió, aunque con amargura—.
La verdad es que no tengo una razón para auxiliarte, pero calculo que verte en el salón, asediada por docenas de caballeros, me conmovió lo suficiente.
—Le miró los labios llenos, sedientos de libertad, y tuvo que esforzarse para no acercarse a probarlos—.
No te creí capaz de huir, pero cuando noté que te habías escabullido hasta la terraza, la curiosidad me llevó a seguirte.
Pensando lo peor, Marianne tragó saliva.
—¿Qué es lo que buscas? —Se retorció como si hubiera querido retroceder, pero debido al árbol no hizo más que presionar el cuerpo contra el tronco. Y entonces, gracias al movimiento, las joyas ocultas en el reticule provocaron un sonido que enseguida captó la atención del caballero.
Él alzó una ceja y rio moviendo la cabeza hacia un lado y el otro.
—Niña tonta... —se atrevió a decir entre risas y, sorprendiéndola sobremanera, le apretujó el hombro, lo que aumentó el sonido de las joyas.
—¡Suéltame! —vociferó Marianne de inmediato.
Al instante, él quitó la mano y dio marcha atrás.
—Entonces lo has tramado de antemano... —Burlón, se puso una mano en la barbilla y la miró de arriba abajo—. Bueno, a medias, porque es claro que no tienes idea de todo lo que se necesita para huir sin sufrir percances en el camino. En especial una damisela sin experiencia como tú. —Y se carcajeó.
La ira recorrió las venas de Marianne en un santiamén y se impulsó tan fuerte que logró avanzar y hacerlo a un lado.
—¡Y lo dice un hombre que no ha tenido nada mejor que hacer que mirar cómo me torturaban para venderme al mejor postor! —Avanzó varios pasos—. ¡Vete al infierno!
Divertido por la respuesta, arqueó las cejas.
—¡Al infierno regresarás tú si sigues caminando!
Ofuscada y tratando de ocultar el miedo, Marianne giró el rostro con el ceño fruncido.
—¡No podrás detenerme! —vociferó, y justo cuando intentó retomar el camino, se oyeron unas voces. Alguien se acercaba.
Marianne se paralizó al comprender que podían ser los lacayos de lady Browne o, peor aún, otros invitados curiosos. Solo era cuestión de un minuto para que la hallaran.
—¿De verdad quieres huir? —le preguntó él, aproximándose con lentitud.
Ella se giró para mirarlo y, aunque el corazón le estalló al notar cómo se le acercaba, asintió, impulsiva.
La sonrisa de él fue completa y sus ojos destellaron cuando la luz plateada de la luna se reflejó en ellos.
Y entonces, justo cuando Marianne creyó que sería descubierta y regresada al salón, el caballero, ágil aunque suave, la tomó por la cintura, la acorraló contra otro árbol y la cubrió con su fornido cuerpo.
No tenía opción ni tiempo para explicar lo que haría, por lo que la miró a los ojos y, sincero, se confesó:
—Lo siento. —Y, sin más, la besó.
Fue un beso intenso pero casto. Sus bocas se unieron en una humedad caliente que no sobrepasó la unión de los labios. Los ojos de ella se mantuvieron abiertos, hundidos en la perplejidad de lo nuevo y arrebatado que era sentir a un hombre tan próximo.
De pronto, cuando los lacayos lo descubrieron acompañado por ella, a la que, por fortuna, no pudieron identificar, no tardaron en retroceder. Por órdenes históricas de lady Browne, lo que pasara en sus jardines allí se quedaba.
Las voces se alejaron y, aunque pasaron varios segundos en silencio y solos, el beso continuó sin oposición de Marianne hasta que, en contra de lo que en realidad le dictaba la necesidad, él se desprendió con suavidad.
—Creo que ya estamos seguros —susurró con la vista fija en la rojez de las mejillas de ella.
Aún jadeante, Marianne tragó saliva. No sabía si estamparle una bofetada o agradecerle por el favor de haberla ocultado. Solo suspiró y se dejó llevar por el corazón.
—Sí... Y estimo que debo agradecerle, señor...
—Lord Frederick Stewart —completó él, tratando de ocultar la locura que le producían el sabor y el aliento dulce de ella. Aun así, continuó—: Ha sido todo un placer, ayudarla, señorita...
—Marianne... Marianne Powell —replicó.
Pero entonces se hizo un largo silencio.
Los ojos turbados de él se abrieron como platos, y la sonrisa, aunque sin buscarlo, se le borró en un santiamén.
Y no era para menos... Acababa de besar, ni más ni menos, a la peor de las pesadillas de un libertino.
Acababa de besar a una de las desesperadas Powell.