Capítulo 6
E n cuanto lord Hammerwick se le apareció sin previo aviso, Frederick supo de inmediato que algún asunto con Edward no estaba bien.
De haber sido problemas de dinero —infortunio por el que nunca atravesaron, su padre era muy bueno con las finanzas y la administración— desde luego que su hermano mayor habría sido capaz de resolverlo.
Y, sin tener muchos más motivos en los que pensar para que el marqués lo hubiera buscado tan desesperadamente, no tardó en reconocer, en contra de su más profundo deseo, que Edward estaba en problemas.
No obstante, cuando sin ninguna explicación, Richard Stewart le soltó que Edward estaba enfermo, Frederick la sintió como la peor noticia de la vida.
Edward Stewart, conde de Wellfort, no era solo el hijo mayor que todo noble deseaba, sino que además se trataba de un hombre fuerte, de voluntad férrea y salud, hasta entonces, impecable.
Quizá su único defecto —a los ojos del marqués— había sido su despreocupación por contraer matrimonio.
Pero no podían culparlo: Edward era una persona tan enfocada en sus deberes que había restado importancia a la obligación de asegurar descendencia, pues era joven, vigoroso y aún estaba muy a tiempo de elegir una futura esposa.
O, al menos, eso fue lo que el primogénito de Hammerwick creyó hasta que una terrible enfermedad en los pulmones lo atacó de improviso, tal como lo hace una tarde fría y lluviosa en pleno verano.
Como fuera, lo único que sabía el hijo menor del marqués era que su hermano mayor estaba gravemente enfermo y que, por esa única razón, su padre había ido a encontrarse con él tras años sin verse.
El primer pensamiento de Frederick fue el de marchar directo hacia Amber Hall para ver a Edward, mas descartó la idea en cuanto recordó que Hammerwick haría hasta lo imposible porque no volviera a entrar a la residencia de campo de la familia.
Era consciente de que su visita jamás sería bienvenida mientras Richard viviera, pero Frederick lo aceptaba con responsabilidad.
Luego de la escandalosa fiesta que había organizado allí, años atrás, junto con el evitado conde de Lockheart, entendió que tenía bien merecida la «expulsión» de la familia.
Y si bien no había llegado a ser realmente un problema, fue razón suficiente para el marqués, quien consideró que Frederick no solo era una mala influencia para Edward, sino que además atentaba con arruinar la intachable reputación familiar.
Así fue que la idea de una misiva urgente secundó como idea, pero no tardó en hacerla a un lado.
Después de todo, ¿qué empleado de Hammerwick permitiría que una carta suya llegara a las manos de su moribundo hermano, poniendo en riesgo su trabajo y pellejo?
Hasta entonces, la única opción viable era enviar a uno de sus mejores empleados —Henry— a Amber Hall, para que, a como diera lugar, buscara la forma más inteligente de acceder a la casa sin ser descubiertos.
Solo con esa información, él podría ir sin poner a nadie en riesgo.
Y por supuesto le habría encantado tener una mejor idea, pero el maldito del marqués tampoco le había dado tiempo.
La invitación de lady Browne lo había acorralado al punto de que allí estaba: dentro de la casa más esquivada por los libertinos.
Claro era que podría haberse ausentado, pero ¿qué hombre en su sano juicio se habría animado a semejante acto?
Quizá un suicida o un estoico, pero no él.
Conocía a Richard y, de no cumplir con sus exigencias, sabía que este no esperaría a una segunda velada para desheredarlo antes de tiempo.
«Casarse...», murmuró. Bebió de un solo trago la copa y la dejó en la bandeja de un sirviente que acababa de pasar.
Echó un vistazo rápido al salón y chasqueó la lengua al notar que su presencia había comenzado a despertar al serpentario.
¿Qué haría? ¡Hacía tanto tiempo que no asistía a un baile! Bueno, a un baile de los que se consideraban dentro de los límites del buen gusto y la prudencia. De los otros, estaba hastiado.
Observó a las mamás y las debutantes murmurar, escondidas detrás de finos abanicos, y el corazón comenzó a latirle sin cesar.
No estaba preparado. Y se sentía tan fuera de lugar que, al entrar a Browne House, lo hizo camuflado con otras familias.
Lo último que habría deseado era haber tenido que «agradecer» la invitación a la vizcondesa anfitriona. Habría sido incapaz.
Como fuera, entendió que lo mejor que podía hacer era caminar distraídamente y sin cesar. Y, por supuesto, tomando cuanta copa tuviera a su alcance; necesitaba digerir la angustia.
Sin embargo, tras soportar ver cómo las parejas bailaban, lord Frederick frunció el ceño.
No supo por qué su mente se había detenido en esa situación en particular, pero lo cierto era que, como poco, le había resultado gracioso.
Ver a aquella jovencita esforzarse de manera desmedida por sostener la sonrisa lo había entretenido bastante.
Y, aunque no tenía por qué importarle, la verdad era que sentía profunda compasión por ella.
De hecho, la compadecía. De solo verla, sentía en su propia piel la tortura a la que era expuesta, pues, cuando no sonaba la música, una rígida señora vestida de azul no paraba de presentarle a cuanto caballero aparecía a su alrededor.
Y eso no era todo: la comprometía a bailar de inmediato y sin respiro.
«Sí que hay peores destinos que el de un libertino amenazado», pensó, y rio para sus adentros.
Bebió lo que le quedaba de alcohol y, por unos segundos, meditó qué sería de esa jovencita después de tanta exposición, pero se sorprendió cuando, de pronto, tras una estrafalaria intervención de lady Browne, la muñeca vestida de rosa pálido se escabulló entre las sombras para, de forma astuta, huir del salón hacia una de las terrazas.
Tomó otra copa llena y, divertido, sonrió de lado.
***
—Es un placer conocerlo, lord... —Marianne pestañeó veloz, tratando de recordar el título del hombre que, hacía solo tres segundos, lady Chatterton le había presentado.
Creyó que fallaría, pero cuando vio el temible rostro de la condesa viuda, tosió con disimulo y la magia fue automática—.
Lord Gyort. —Y se inclinó en una cuidada venia.
Aliviada, Elizabeth suspiró y se abanicó para calmar los nervios.
Entendía que fuera abrumador para una joven que lejos había estado de conocer tantos buenos partidos en una sola noche, pero no entraba en su estricta cabeza que Marianne no fuera capaz de poner por encima de sus caprichos personales el bien de la familia Powell.
El barón —con los suficientes años como para concluir que aquella chiquilla no era más que una del montón— sonrió de mala gana.
El gesto no pasó desapercibido para Marianne que, de inmediato, frunció la boca.
No obstante, cuando lord Gyort comenzó a inspeccionarla como si de un caballo se hubiera tratado, la ira estalló dentro de su cuerpo.
Sintió que la fiebre de la rabia la consumiría en breve y la respiración se le agitó al punto de que era prácticamente una obviedad que, en menos de un minuto, la mayor de las hermanas Powell explotaría y pasaría a ser el chisme principal los próximos días, aunque para el infortunio de la familia.
—¡¿Quién demon...?! —estalló Marianne con las manos en puños y a los lados del cuerpo.
Horrorizada y sin saber qué hacer, lady Chatterton abrió los ojos como huevos de avestruz.
Sin embargo, y para la fortuna del todo el salón, la oportuna lady Browne llegó justo cuando el barón había elevado la vista para «prestar» atención a lo que Marianne había comenzado a decir.
—¡Lord Gyort! —exclamó Christine con un tono más agudo de lo habitual, lo que captó, de inmediato, la atención del insípido barón.
—Oh, lady Browne... Ha llegado usted en un muy mal momento —se atrevió, seco.
Ante la insolencia del viejo barón, la vizcondesa no pudo evitar entrecerrar los ojos y concluir que la próxima vez, antes de enviar las invitaciones, controlaría los invitados sugeridos por la condesa viuda. Echó un fugaz e intenso vistazo a Elizabeth, previo a continuar:
—Me imagino... Estaba usted conociendo a una de las jovencitas más prometedoras de la temporada: la querida señorita Powell.
El barón elevó una ceja con la mirada cansada... Otro gesto que, por supuesto, provocó que la respiración de Marianne se agitara de la ira.
—Sí, algo así... De hecho, había pensado en invitarla a bailar, pero... —Observó a la mayor de las Powell y, desconsiderado, negó con la cabeza—. Creo que lo pensaré un poco mejor.
Los ojos de Marianne se inyectaron de ira y, cuando despegó los labios para soltar lo que seguramente sería un terrible e inesperado insulto, lady Chatterton se escondió detrás de un frenético movimiento de abanico.
El escándalo se habría asegurado... de no haber sido por la astuta y aturdidora carcajada de Christine. Fue tan estridente y exagerada que no solo obligó al salón completo a mirarla, sino, y en especial, hasta detuvo a la impulsiva de Marianne.
—¡Oh, lord Gyort! ¡Es usted tan gracioso!
¡Y hasta me atrevo a decir que un excelente estratega a la hora de flirtear!
—El barón la miró medio confundido, pero la vizcondesa no le dio tiempo a réplica, pues, de inmediato, Christine se dirigió a Marianne—.
Querida mía, siento mucho haber interrumpido tu conversación con lord Gyort, pero ya no me es posible seguir evitando al duque —resaltó adrede, lo que llamó la atención del mequetrefe barón—.
Ya sabes que hace un buen rato que quiere verte...
—Sonrió de forma marcada y, con la mirada bien abierta, le indicó que se fuera.
La joven Powell curvó los labios con alivio en cuanto lady Browne le indicó que se marchara lo más pronto posible, y esta vez la agitación de su respiración fue de liberación.
No perdió tiempo: se inclinó de forma vaga hacia el lord y, sin siquiera una palabra de por medio, se retiró casi corriendo.
El barón quedó desconcertado.
—¿Un duque detrás de esa niña? —inquirió pestañeando más de la cuenta.
Comprendiendo la jugada de salvación de Christine, Elizabeth no tardó en actuar.
—Oh, sí, sí, lord Gyort. La señorita Powell ha despertado el interés de grandes lores.
—Claro que antes de que el barón preguntara, se adelantó—.
Pero entenderá que no puedo mencionar los nombres.
Sería una completa descortesía de mi parte.
—Y aprovechando la sorpresa de lord Gyort, que no dejaba de asentir con asombro, Elizabeth lo invitó a que la acompañara hacia una de las mesas para beber una limonada.
Lady Browne se despidió de ambos, respiró profundo y se giró para regresar la vista a la mayor de las hermanas Powell, aunque, tal y como lo sospechó desde un principio, esta había desaparecido del salón.
Miró una de las puertaventanas y suspiró.
«Que la suerte te acompañe, querida Marianne».
Sonrió de lado y negó con la cabeza, aunque de forma casi imperceptible.