Capítulo 5
—D inos que ya tienes un posible candidato para esa rebelde jovencita, Christine, o moriré esta misma noche —soltó lady Chatterton al tiempo que se abanicó con fuerza, como si el aire hubiera desaparecido.
Vestida en los tonos que identificaban a su famosa Sala Limón, lady Browne dejó de dar indicaciones a su personal —que arreglaban los últimos detalles— y observó a la condesa viuda de arriba abajo.
—No te quedaría mal morir ahora mismo. Además, vas con tu clásico azul aburrido... Al parecer, un color que hace tiempo se te ha hecho propio. Como sea, sin duda nadie olvidaría semejante evento y te recordarían por el color, como ya lo hacen conmigo.
Elizabeth frunció el ceño dispuesta a replicar, pero lady Ridley intervino a tiempo.
—Vamos, Christine. Sabemos lo mucho que te agrada sorprender, pero recuerda que ahora somos un club; debemos compartir la información.
Además, aunque confiamos plenamente en tus habilidades, comparto la preocupación de Elizabeth.
Esa jovencita no es de fiar. A diferencia de la mayoría, ella no se quiere casar.
—Suspiró, preocupada—. Podría tramar algún escándalo o intentar alguna estupidez que pondría en grave situación a los Powell, en especial a sus hermanas que sí desean desposarse.
—Eso sin mencionar que también afectaría a la reputación del club, lo que equivale a un golpe fatal a nuestras reputaciones personales —agregó lady Chatterton con el mentón en alto y la vista fija en Christine.
Ante el último comentario, la vizcondesa Browne alzó una ceja, con desprecio.
—Pues lo hubieras pensado tres veces antes de unirte al club, querida Chatterton . Quiero creer que si aceptaste formar parte no fue precisamente para ganar puntos en reputación, sino más bien para darle un poco de alegría a tu aburrida vida de viuda, ¿o me equivoco?
El abanico se detuvo de inmediato y la frente de Elizabeth se frunció tanto que el rostro se le desfiguró. Aunque, claro, una vez más Margaret no dejaría que se perdiera el foco de la conversación.
—Christine, por favor... —suplicó lady Ridley en un suspiro—. Ambas estamos preocupadas, y bien sabes que tenemos razón.
Lady Browne miró a las dos mujeres. Era cierto: el asunto de la indomable señorita Powell las había intranquilizado más de lo habitual, y no podía culparlas.
Christine había tenido todo tipo de muchachas bajo su ala, pero esta, en especial, tenía un espíritu demasiado impulsivo; nadie, hasta entonces, se había atrevido —aunque hubiera sido en un murmullo— a replicarle de manera tan insultante como lo había hecho aquella tarde en Browne House.
Aun así, al recordarlo, Christine sonrió de lado.
Cualquiera en su lugar la habría echado a patadas y vetado de la sociedad hasta el siglo siguiente.
Pero, por algún motivo, la impulsividad de Marianne Powell la había llevado a su propia juventud, muchos años atrás, cuando los hombres solo habían sido sinónimos de decepción y esclavitud.
—No voy a negar que su caso es de extrema preocupación —admitió Christine, y lady Chatterton cerró los ojos en un acto de abatimiento—. Pero justamente tenemos esta noche para determinar cómo es su naturaleza.
—Christine, ¡ya no es necesario comprobarlo! ¿O acaso tienes alguna duda de lo peligrosa que es esa joven? —replicó Elizabeth, y bufó abanicándose más rápido que antes.
Margaret frunció el ceño sin saber qué decir, pero lady Browne se enderezó.
—Siempre creo que lo mejor es pensar en lo peor. No se atreverá a dar un escándalo en público. Podrá ser impulsiva y muy diferente a sus hermanas, pero no sería capaz de arruinarlas de forma tan pública. Dicho esto, solo queda una alternativa para alguien como ella.
Los ojos de lady Ridley se abrieron como platos de postre.
—Dios mío, Christine... ¿De verdad crees que es capaz de huir... en secreto?
Lady Browne curvó los labios de forma completa pero tranquila.
—Si así fuera, no tienen por qué preocuparse. El parque de Browne House suele ser... —se hizo la pensativa— más peligroso que los clubes de caballeros. En el buen sentido, por supuesto. —Y rio para sus adentros.
—¡Christine! —exclamó la condesa viuda—. Si bien queremos casarla, no creo que lo más prudente sea hacerlo con cualquiera que ronde tu casa, ¿no crees?
La vizcondesa entrecerró los ojos y avanzó un paso hacia Elizabeth.
—En Browne House no entra cualquier mequetrefe, querida Chatterton . —Y tras mirarla de arriba abajo, lo que incomodó a la condesa viuda, se giró para marchar en dirección a unos adornos florales que no combinaban del todo con el amarillo limón de su sala.
Elizabeth, junto con Margaret, la observó alejarse, aunque no pudo evitar comentar en voz baja a lady Ridley:
—Eso dice ella, pero se ha olvidado de su gran y único error: el artista con el que se ha enredado la menor de las Powell. Después de todo, se conocieron aquí, ¿no es cierto?
Sin ánimos de responder, Margaret suspiró al tiempo que negó con la cabeza, mas ambas dejaron de respirar cuando la voz de Christine resonó, desde la distancia, en el salón.
—¡Te escuché, Elizabeth! ¡Te escuché! —vociferó aún de espaldas.
Y aunque la fanática del limón no regresó a defenderse, tanto el rostro de Margaret como el de Elizabeth se tiñeron de un rojo vergüenza.
***
La noche había llegado y el baile organizado por la vizcondesa sería la fuente de chismes por el resto de la semana.
Cada invitado que entraba en Browne House abría los ojos como huevos de avestruz. Toda Londres conocía la fascinación de Christine por el color amarillo, pero cada vez que organizaba una velada sabía quitar el aliento de una forma diferente.
En esta oportunidad, aunque sin desviarse de los tonos limones, había redecorado con un estilo Adam que destellaba en vivos del color del oro.
Y lo que más había impactado era que la vizcondesa se había animado a salpicar el salón con unas intensas y robustas rosas rojas.
El contraste era exquisito; y la sorpresa, mayúscula.
—Veo que mi sugerencia ha sido escuchada —comentó Elizabeth, quien destacaba por su clásico azul noche. Y se abanicó tratando de ocultar la expresión de satisfacción.
Lady Browne, que apenas se había tomado un descanso de recibir como anfitriona, entrecerró la vista y la clavó en la condesa viuda. Y, claro, lady Ridley puso los ojos en blanco exhalando un largo suspiro.
—Si te refieres a las rosas, no he dado la orden de colocarlas por tu tonto consejo, Elizabeth.
—Miró una de las flores y, nostálgica, sonrió sutil.
Pero la expresión no duró mucho, pues enseguida regresó la vista a lady Chatterton—.
Son las favoritas de mi amiga Sienna... Y estoy segura de que habría amado verlas, en especial, para una ocasión como esta.
—Observó a Elizabeth de arriba abajo y negó con la cabeza—.
En cambio, es evidente que tú no escuchas ningún consejo.
¿Cuándo cambiarás ese horrible color? Cada vez que lo usas, parece que enviudarás de nuevo.
Lady Chatterton abrió los ojos y la boca como un pez, y habría replicado de manera filosa, por supuesto, pero la situación, por fortuna, lo evitó.
—¡Oh! ¡Allí están! —dijo Margaret, señalando en dirección a la entrada—. Y un poco más tarde, tal como lo exigiste, Christine.
El trío de casamenteras enfocó las miradas en las recién llegadas y no pudieron más que sonreír complacidas. Lady Powell entraba junto con sus tres hijas, vestidas a un nivel de perfección que, sin duda alguna, daría de qué hablar.
A diferencia de los años anteriores, habían abandonado los toques estrafalarios. Para entonces, lady Powell lucía un sobrio vestido azul oscuro, y las tres jóvenes la seguían en una gama de tonos pasteles que destacaban, de forma armoniosa, las pieles de cada una.
—Es claro que Lydia ha seguido tu desabrida sugerencia, querida Elizabeth... —murmuró Christine mientras las Powell se acercaban.
La condesa viuda suspiró.
—Y luce sofisticada, ideal para una mujer que ha dado tanto de qué hablar —resaltó fulminándola con la mirada.
Ambas se observaron con desafío.
—Chisss... —Las silenció lady Ridley, orgullosa y sin dejar de admirar a las tres muchachas—.
Aquí las verdaderas protagonistas son las tres hermanas.
Esos vestidos resaltan lo que nadie aún ha visto de ellas: su lado angelical.
En especial a Marianne... Parece otra joven, ¿no creen?
—comentó Margaret, embelesada. No había dudas: que ella se hubiera encargado de la estética de las tres jovencitas había sido un gran acierto.
—Sí, al menos es lo que parece... —replicó Elizabeth, insegura—. Solo espero que el cambio también lo lleve por dentro. —Entrecerró los ojos y, abanicándose muy rápido, miró a Marianne con sospecha—. Algo me dice que nos traerá más problemas de los que imaginamos.
Ni Christine ni Margaret contestaron, aunque la expresión de incertidumbre de lady Ridley fue muy distinta a la sonrisa astuta de la anfitriona.
—Lady Browne. Lady Chatterton. Lady Ridley... —Lydia y sus tres hijas se inclinaron en una medida y gentil venia—. Gracias por esta gran oportunidad —dijo la madre de las tres jóvenes más controversiales de Londres.
—No agradezca antes de tiempo, lady Powell. Hágalo cuando su querida hija mayor ya esté casada, sana y salva de sí misma —soltó Christine, mordaz, y echó un fugaz pero intenso vistazo a la más grande de las hermanas Powell.
Rabiosa, Marianne entrecerró los ojos, pero no tardó en regresar a su falsa expresión de dulzura cuando lady Chatterton la observó con sospecha.
De inmediato, Lydia codeó a su hija mayor, que respondería tal como su madre le había exigido varias veces antes de llegar a Browne House.
«Todo sea por una nueva vida en América», pensó al recordar que ese sería su último baile si lograba engañar al trío de El club del té y al resto de los invitados.
—Será una velada encantadora. Muchas gracias, lady Browne. —Mansa y con una elegancia impensada en ella, se inclinó ante las integrantes del club.
Las tres mujeres se miraron entre sí y, aunque lady Ridley tenía una sonrisa de extrema complacencia, lady Chatterton apenas curvó los labios, desconfiada, mientras que Christine elevó el mentón con una sonrisa claramente enigmática.
—Entonces será un placer acompañarla durante toda la noche —intervino, veloz, la condesa viuda—. Me aseguraré de que los mejores partidos bailen con usted, señorita Powell.
Lady Browne frunció el ceño ante la posesiva idea, pero tampoco desautorizaría a Elizabeth. Después de todo, el futuro de Marianne dependía de captar la atención de algún caballero de buena estirpe y fortuna.
La mayor de las Powell sonrió de mala gana, pero lo bastante creíble como para que nadie sospechara de su verdadera meta.
—Por supuesto, lady Chatterton. Será un honor. —Y se aproximó para seguirla sin oposición.