Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

—L ord Abington, el hijo de lord Portley, tú... —Negó con la cabeza—. Veo que Curzon Street se ha convertido en la zona predilecta de libertinos irresponsables —comentó el marqués, sagaz, al ingresar en la residencia de su hijo menor.

Esforzándose por no replicar, Frederick instó a su padre para que entrara en su estudio. Por más que lord Hammerwick apenas supiera sobre él, el menor de los Stewart conocía a su padre a la perfección, y contestarle como hubiera merecido habría implicado comenzar una guerra antes de tiempo.

—Estoy seguro de que no has venido tras de mí para señalarme un detalle tan insignificante. —Le ofreció una copa de brandy, pero Hammerwick la rechazó.

—Jamás perdería mi tiempo en ver cómo un hijo se desperdicia en casas de juego y en lugares de mala muerte como en el que te encontré, a menos que sea por una buena causa.

Fueron solo unos segundos, pero ambos se fulminaron con las miradas. Luego se sentaron, uno a cada lado del robusto escritorio que los separaba.

—No podría esperar menos de ti, padre. Tengo más que claro que solo soy una mera extensión de la familia. —Dio un largo sorbo a su copa—. Imagino que el motivo debe ser apremiante para haberme tenido que buscar con tanta prisa y tú mismo, en persona.

Lord Hammerwick entrecerró la mirada azul y la fijó en su hijo menor. Era cierto, no podía negarlo, pues la verdad era que Frederick nunca había sido una prioridad para él. No obstante, no estaba allí para escuchar reclamos.

—Pues me alegra que quede claro que si estoy aquí es porque no tengo otra opción.

Frederick frunció el ceño.

—Sabes que odio el suspenso, padre. ¿Qué es lo que necesitas de mí?

Lord Hammerwick inspiró profundo y, tras colocar las manos detrás de la espalda, se puso en pie y caminó hasta la ventana que daba al paisaje citadino.

—Es una posición muy optimista de tu parte, Frederick —comentó sin dejar de mirar a través del cristal.

—¿Optimista? —inquirió el menor de los Stewart al tiempo que observaba el perfil de su padre. Bebió un sorbo de alcohol y continuó—: No entiendo. Si no has venido porque me necesitas, entonces ¿qué haces aquí?

El marqués sonrió de lado y, tras pestañear muy lento, se giró para quedar de frente a su hijo.

—He venido para advertirte.

Se hizo un breve silencio.

Frederick parpadeó varias veces sin comprender, pero la expresión de Hammerwick se mantuvo tan fría como la del principio.

—¿Advertirme? ¿De qué? —cuestionó con tono hostil.

El marqués avanzó un paso en dirección a Frederick.

—Sé que amas el tipo de vida que llevas y que no has hecho nada para ganártelo. —Rio para sus adentros—. Incluso, soy muy consciente de que si no fuera por mi extrema bondad, no serías más que un tipejo que viviría en la parte más sucia del East End.

Frederick sintió como si una estaca de hielo le hubiera atravesado el pecho. Tenía en claro que nunca había sido importante para el marqués. Sin embargo, jamás había sospechado que lo que sintiera por él fuera semejante desprecio.

—Jamás te he reclamado nada. Tampoco te he involucrado en ningún tipo de problema y, aun así, vienes hasta aquí, irrumpes en mi vida y te atreves a insultarme.

—Rabioso, Frederick se puso en pie—. No me importa que seas mi padre ni que el título de marqués de Hammerwick te proteja. No permitiré que me faltes el respeto.

Richard lo miró fijo a los ojos y, de forma inesperada, se carcajeó en sus propias narices.

—Así que no solo eres un libertino, sino también un impertinente que no se da cuenta de su propia insignificancia. —Volvió a reír.

—¡Eres un maldito desca...! —Elevó la voz Frederick al tiempo que golpeó el escritorio con un puño, pero no continuó, pues Hammerwick lo interrumpió.

—No te atrevas a desafiarme, Frederick. Y mucho menos ahora. —Lo miró penetrante. El hijo del marqués se contuvo de forma milagrosa—. O, al menos, si quieres conservar tu nivel de despilfarro.

El más joven de los Stewart arrugó la frente ante la amenaza.

—¿Qué? ¿Por qué me dices esto? —Parpadeó, pensativo—. ¿Y a esta altura de la vida?

Richard inspiró profundo al tiempo que alzó el mentón.

—Si no te casas para el final de esta temporada, te desheredaré. Te dejaré sin un solo penique y me encargaré de que nunca en la vida logres nada por tus propios medios.

Un escalofrío recorrió la espalda de Frederick.

—Pero... ¡¿por qué?! ¡¿Qué demonios te ha picado para que actúes de este modo?! ¡¿Qué rayos es lo que...?!

—Edward está enfermo —interrumpió, seco.

Y entonces el silencio fue absoluto por varios segundos.

Frederick moría por saber qué era lo que había ocurrido con su hermano mayor, pero sabía que preguntarle al marqués era en vano.

Y Hammerwick no tenía intenciones de explicar lo obvio.

Tomó un papel del interior de su chaqueta, se acercó y lo dejó de mala gana sobre el escritorio.

Luego, simplemente se dirigió a la salida y sentenció:

—Cásate. Es ahora tu única obligación..., a menos que desees perderlo todo. Oh, y ni se te ocurra aparecer por Amber Hall. No quiero que Edward te vea jamás. Muchísimo menos en sus últimos días.

La puerta se cerró de un golpe y, aunque Frederick se mantuvo en silencio, los latidos desenfrenados de su corazón retumbaron incesantes en el estudio.

Trató de calmarse, pero al mirar lo que lord Hammerwick le había dejado, unas gotas de sudor le brotaron de las sienes.

—Maldición... —susurró.

Era una invitación al baile de lady Browne, el peor castigo para un libertino como él.

***

Habían transcurrido unos días, pero para Marianne duró lo que un parpadeo.

Y allí estaba otra vez, sentada ante su tocador y frente al espejo que conocía de manera perfecta.

Otra vez allí, para verse por enésima oportunidad el rostro que suplicaría a su doncella que no lo maquillara como su madre solía indicarle.

Un esfuerzo que sería en vano, pues nadie en su sano juicio podía pasar desapercibido en el baile de lady Browne, y mucho menos luego del acuerdo que habían sellado la vizcondesa y su madre, lady Powell.

Harta, Marianne se observó por unos segundos y, tras hundirse en el triste reflejo, suspiró.

Habían pasado más de diez años de su debut.

Una década del primer baile al que asistió sin ningún tipo de esperanza, pero del que jamás se olvidaría.

Una danza tras otra solo para complacer a su familia.

Una presentación seguida de casi una docena más solo para intentar cumplir un objetivo que le era completamente ajeno.

Una tortura inolvidable, aunque, según lady Powell, elegante y apropiada para una dama como ella.

Aproximó el rostro al espejo y, al notar una fina línea de expresión cerca de la boca, exhaló, vencida.

«Egoísta», recordó la voz de su madre.

Los años habían pasado y, a pesar de que comprendía la desesperación de la baronesa, lo cierto era que ella no entendía por qué la juzgaban con tanta injusticia.

¿Egoísta? ¿Por qué? Si los que le habían robado los años de posible felicidad habían sido ellos al obligarla a asistir a eventos con el único fin de que consiguiera un esposo.

Le habían quitado el tiempo, o, peor aún, ella les había permitido que se lo arrebataran.

Se miró los labios llenos, se los acarició y luego subió por el puente de su pequeña y angelical nariz para llegar a los ojos. Esos ojos oscuros como la noche, pero sin estrellas, sin un atisbo de brillo que indicara vida.

De pronto, una densa capa de lágrimas los cubrió, y aunque se esforzó para que no cayera una sola, rebelde, una gota le rodó por la mejilla.

A partir de esa noche, comenzaba el fin de su vida.

Quizá su madre no hubiera logrado casarla, pero lady Browne...

Ella era la casamentera más famosa, por excelencia.

Además, como si aquello fuera poco, las otras dos mujeres con las que la vizcondesa había formado El club del té eran la solución perfecta para la desgracia de las solteronas, aunque el peor de los infortunios para ella.

Y entonces su alma rebelde se enardeció.

«No», pensó al tiempo que, veloz, se secó la lágrima.

No permitiría que jugaran con su destino. No otra vez. Ya era hora de que tomara las riendas de su existencia, aunque no tuviera un plan. Aunque debiera tramarlo sola y a último momento.

Se miró el vestido rosa pálido y de mullidos hombros, luego se detuvo en el collar de perlas y, tras entrecerrar los ojos, la primera idea le llegó a la mente.

«Joyas. América».

Y así, tras sonreír como si en un suspiro hubiera resuelto el destino de su vida, se hizo con algunas alhajas de valor que tenía a su alcance y las guardó en un pequeño reticule [3] que amarraría a su stays [4] y ocultaría en el hombro de su vestido de noche.

No había más tiempo.

Esa, sin dudas, sería su última noche en Londres.