Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

¿Q ué era de Londres sin los exquisitos clubes de caballeros? Nada.

¿Qué era de la ciudad de las temporadas sin las casas de juego y el sinfín de mujeres que ofrecían placer, allí, en su zona favorita, la del Covent Garden? Nada.

Londres no significaba nada, al menos para lord Frederick Stewart, segundo hijo del marqués de Hammerwick. Pero no porque él tuviera algún tipo de trauma con la ciudad.

Lo cierto era que, por muy noble que fuera la estirpe a la que pertenecía, Frederick Stewart no era más que el segundo hijo de un marqués.

Y, como tal, se había permitido vivir cada día de la vida como si hubiera sido el último.

A su manera, por supuesto. De allí los innumerables viajes de aventura a lugares de los que ya ni recordaba el nombre.

Y, desde ya, lo que más amaba en el mundo era disfrutar su existencia como un orgulloso libertino sin remedio.

Claro era que a nadie le importaba su comportamiento y de allí la razón de su perfil despilfarrador.

Solo había existido una persona que lo había querido sin límites y visto como un hijo al cual guiar hacia un propósito noble, pero ella ya no estaba.

Hacía más de veinte años que Rebecca Stewart había fallecido por una impetuosa y letal enfermedad en los pulmones.

Y su esposo, Richard Charles Stewart, el conservador marqués de Hammerwick, apenas había echado un vistazo cuando, en diciembre de 1786, Frederick nació.

Solo lo había visto como lo que era: un segundo hijo, un mero «por si acaso».

Su foco, desde siempre, había sido su primogénito, Edward, el mejor ejemplo de hijo que un noble como él podía esperar.

Y no era para menos, pues, desde que este fue consciente del papel que venía a cumplir en el mundo, Edward no había dado un paso en falso y había seguido cada estricta enseñanza al pie de la letra.

Sería el mejor marqués de Hammerwick, el ejemplo a seguir por los conservadores tories del Parlamento; Richard estaba seguro de ello. Todos estaban seguros de ese destino.

No obstante, hay cuestiones que ni los más nobles —incluso ni siquiera la realeza— puede controlar: el azar de la vida.

—¡Vamos! ¡No seas cobarde! ¡Una partida más! —exclamó Brewick, desde la mesa de juego, y más ebrio que una cuba.

Frederick, que apenas se había levantado, observó al pobre baronet y negó con la cabeza.

—Aunque estemos en el salón de juegos del mismísimo infierno, tengo principios, Brewick. No quiero desplumarte y mucho menos dejarte en la pobreza absoluta.

No hubo un solo hombre que no exclamara ante las palabras del lord.

No solo los que, desde hacía horas, disfrutaban de cómo lord Frederick había ganado al veintiuno cada una de las partidas exigidas por el tozudo del baronet, sino la casa de juegos completa.

Claro que la reacción de Brewick no fue la más agradable.

—¡¿Pero quién te crees que eres?! —Furioso y con las mejillas regordetas rojas por el alcohol que le recorría las venas, se levantó de un salto, lo que causó que la mesa se tambaleara—.

¡Ni siquiera tienes un título de verdad!

—Se carcajeó y algunos se le unieron—. ¡¿Cómo te atreves a hablar de mi fortuna? !

Con la mirada azul agotada, Frederick suspiró al tiempo que se acarició el cabello hacia atrás.

—Brewick, Brewick, Brewick... Los títulos jamás me importaron, pero si de verdad quieres hacerlo un asunto relevante, no creo que estés en condiciones, pues ni siquiera perteneces a la nobleza.

—Medio salón se rio sin escrúpulos y, para entonces, la ira del baronet le había llegado hasta las orejas—.

Y en cuanto a tu fortuna... —Suspiró, medio burlón—.

Creo que hasta el más borracho de esta casa conoce tu precaria situación.

Así que, por tu bien, no me obligues a jugar, porque me vería en la penosa situación de tener que reclamarte hasta tu adorado y viejo reloj de bolsillo.

Las risas estallaron en cuanto Frederick se dio la media vuelta para marcharse de una buena vez, mas Brewick, impulsado por su dominante energía primitiva, le lanzó una copa que, por fortuna, chocó contra el hombro derecho del hijo del marqués.

Y entonces, por orgullo y porque sabía que no lo dejarían irse sin terminar el ridículo espectáculo, Frederick no tuvo opción y, de forma inesperada, volvió a girarse, pero en dirección al baronet, para estamparle ni más ni menos que el puño izquierdo en la punta de la nariz.

Los gritos desaforados por más acción no se hicieron esperar, e incluso los más oportunistas iniciaron jugosas apuestas por saber quién sería el vencedor.

El baronet, iracundo como perro rabioso, se limpió la sangre de la nariz con el brazo y, cerrando las manos en puños, se lanzó hacia Frederick.

—¡Maldita sanguijuela! —exclamó Brewick con un puño que iba directo al rostro del hijo del marqués.

Stewart, agradecido porque su contrincante fuera lento, suspiró, confiado. No obstante, en el preciso momento en que se haría a un lado para ver caer al robusto baronet, una gruesa voz lo paralizó.

—¿Frederick?

Los ojos de Stewart se abrieron como platos y, sin escapatoria, la distracción le costó el enorme puño de Brewick sobre la mejilla izquierda.

Al caer Frederick, las exclamaciones fueron instantáneas, pero el silencio reinó en el salón cuando el dueño de la profunda voz se aproximó, con paso seguro, hacia el derrotado.

—No quise creer que fuera cierto, pero aquí estás, y mi vergüenza no puede ser mayor.

Dolido pero aún más asombrado, Frederick tragó saliva y, como pudo, se incorporó, aunque tomando distancia del recién llegado.

—¿Qué haces aquí..., padre?

Con el mentón elevado, el marqués de Hammerwick avanzó otro paso hacia su hijo menor y, clavando la fría mirada azul en la de Frederick, replicó:

—Tenemos que hablar.