Cásame si puedes (El Club del té 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

P owell House no era la propiedad más vistosa de Londres. Ni la más grande. Ni la más pequeña. Tampoco la más llamativa en materia de decoración. Y, sin embargo, no había una pizca de duda de que era, por excelencia, la casa más evitada durante las temporadas.

La cuestión era simple: Powell House era peligrosa, y dicha fama se la había ganado con justeza.

Lydia era muy consciente de ello, a pesar de que, por años, se lo hubiera negado a sí misma.

La verdad era que no había sido un título logrado de repente, sino con el tiempo y gracias a sus dos queridas hijas menores.

Cierto era que las había criado para que enfocaran las energías en lo más importante para sus futuros: conseguir un buen esposo.

Pero, tal vez —ligeramente tal vez y dadas las circunstancias— se había sobrepasado un poco con el entusiasmo.

Tanto Martha —la más joven— como Mary habían formado una especie de dúo detector de los mejores partidos de cada temporada y, como en una digna caza de ciervos, ambas iban tras los mejores candidatos como si de presas se hubieran tratado.

Al principio no fue tan reprochada la conducta de las Powell, pues se la tradujo como puro entusiasmo juvenil.

Mas con el correr de los años, y tras el infortunio de no recibir ni siquiera un intento de cortejo, el comportamiento de las muchachas se convirtió en uno desesperado y hasta peligroso.

Pero claro era que la fama de las Powell no se hubiera reforzado tanto de no haber sido por la maldad de las nuevas debutantes en cada temporada.

Gustara o no, las hijas de Lydia solían llamar la atención, ya fuera por su entusiasmo como por su tenacidad, y ello no era bueno para la mayoría de las insípidas debutantes.

Así, no tardó en esparcirse el rumor de que las Powell eran unas solteronas sin remedio ni más ni menos que por carecer de la belleza y el refinamiento que cualquier buen caballero debía pretender en una dama de alcurnia.

De más estaba decir que, ante el descubrimiento de la nueva reputación que se habían ganado injustamente —al menos en parte—, tanto Martha como Mary intensificaron sus estrategias para cazar, a como diera lugar, un buen esposo.

Fue así como la temporada del año 1813 se tornó la más entretenida de Londres.

Y no solo gracias a los tejes y manejes casamenteros de los que lady Browne fue la gran protagonista —y que algunos caballeros padecieron en la última versión del secreto El club de los solteros—, sino también por las hermanas Powell que, incesantes y sin importarles cómo eran vistas, corrían detrás de los mejores partidos para intentar atraparlos, de forma astuta, en matrimonios que, por supuesto, de haberse hecho efectivos, habrían sido escandalosos por donde se los mirara.

Por fortuna para esos hombres y para las hijas de Lydia, ninguno de los artilugios de las dos muchachas dio su fruto, aunque, lamentablemente, sí afectaron la imagen de la familia Powell.

No obstante, el peor golpe ocurrió sobre el final de esa temporada cuando, de forma inesperada, Martha se vio envuelta en una relación que destruyó, casi de manera definitiva, la poca buena reputación que les había quedado a los barones y a su descendencia.

Robert Powell, el barón cabeza de la familia, optó por huir de inmediato hacia Escocia, con la excusa de una urgencia familiar, pero ni los casi dos años que se instalaron allí alcanzaron para borrar la oscura mancha causada por esa «amistad» entre Martha y un desconocido artista.

Sin duda alguna, los Powell estaban en la ruina en cuanto a su reputación.

Eso sí: Lydia no podía culpar de ello a la mayor de sus hijas.

Aunque se cumplieran exactamente diez años desde que Marianne había debutado —sin éxito alguno— en el mercado matrimonial, lo cierto era que, aunque no hubiera llevado alegrías a la familia, tampoco había provocado ningún tipo de desgracia...

Bueno, al menos hasta entonces, pues, de solo recordar cómo se había atrevido a desafiar a lady Browne, Lydia Powell no podía evitar indignarse hasta los huesos.

—Aún espero las gracias, Marianne —soltó Lydia en cuanto entraron a la sala y el personal la dejó a solas con sus tres hijas—.

Todavía no puedo creer que te hubieras comportado de ese modo.

Si no hubiera sido por mi perspicaz intervención, no sé qué sería de nosotras ahora mismo. —Se dejó caer sobre un sillón.

—Yo diría que primero te pida perdón, madre. Se ha atrevido a demasiado —intervino Martha, muy poco fraternal.

—No seas exagerada —replicó con dulzura Mary, y luego se dirigió a Lydia—. Quizá los años la han afectado, mamá. Recuerda que solo hace unos días cumplió los veintiocho —agregó en un intento por defender la conducta de su hermana mayor, a la que miró con verdadera pena.

Sentada en el sofá más lejano del salón y con el ceño fruncido, Marianne contó hasta diez para no reaccionar como en realidad merecía la situación.

Observó a Mary y suspiró. Aquella no actuaba con maldad; le dejaría pasar el inocente atrevimiento. Pero en cuanto se enfocó en Martha, que bebía té como si de una inmaculada dama se hubiera tratado, la ira la poseyó.

—¡La que debería pedir perdón eres tú, Martha!

—vociferó con la mirada oscura y repleta de fuego—.

¡Si no hubiera sido por tu conducta inapropiada, no estaríamos en esta situación!

¡Y no solo me refiero a tu comportamiento con el pintor mequetrefe con el que casi huyes, sino también a los innumerables intentos fallidos por cazar de forma vergonzosa a hombres respetables!

Martha, impactada por la reacción de su hermana mayor, se quedó sin aire, mas la rabia no tardó en apoderarse de ella.

—¡La culpa es tuya! —gritó impulsiva, poniéndose de pie con las manos en puños a los lados del cuerpo—.

¡Si te hubieras casado a tiempo, ni Mary ni yo hubiéramos tenido que recurrir a recursos tan desesperados!

¡Pero no eres más que una solterona que nos ha arruinado la vida! ¡La vida! —reforzó fuera de sí.

Y claro: el volcán estalló.

—¡¿Que qué?! —inquirió Marianne, indignada. Se puso en pie de un salto y, hecha una furia, comenzó a correr hacia Martha, muy segura de desarmarle el estrafalario peinado con forma de nido de pájaros que le había armado la doncella—. ¡Eres una maldita descarada!

—¡¡Marianne!! —exclamó Lydia al tiempo que se interpuso en el camino.

Por fortuna, Mary hizo lo mismo con Martha, que también se había lanzado para lo que habría sido una batalla irremediable entre hermanas.

Tanto lady Powell como la hija del medio tuvieron que hacer un gran esfuerzo para lograr que ambas fieras regresaran a sus lugares.

—¡Es inadmisible! —soltó Lydia, agotada, al tiempo que se acomodó algunos bucles que se le habían desprendido del peinado al contener a Marianne.

—¡Pero sabes que tengo la razón, mamá! —se atrevió Martha, aun cuando era consciente de que si caía en las manos de la salvaje de Marianne, tendría las de perder.

—¡Y todavía me desafías! —exclamó la otra, con más ganas de levantarse que antes—. ¡No solo no tienes la razón, sino tampoco vergüenza ni cerebro!

—¡Ya basta! —vociferó Lydia antes de que Martha dijera alguna tontería más que la condenara.

Las tres jóvenes tragaron saliva y, por su madre, se calmaron—.

Es inaceptable que se comporten de esta manera.

¿Dónde han quedado las costosísimas clases de modales?

¿Dónde ha ido a parar la educación digna de la estirpe Powell? ¡¿Dónde?!

Mary frunció el ceño, medio pensativa.

—Bueno, quizá los rumores de que no somos refinadas sean un tanto ciertos, ¿verdad? —preguntó pestañeando más de la cuenta.

Lydia la observó por unos segundos y, tras enjugarse la frente, suspiró.

—No sé lo que haré con ustedes... —murmuró, vencida. Se apoyó sobre el respaldo y se tapó el rostro con las manos.

—Hace tiempo que el asunto se te ha escapado de las manos, madre. Y, por eso mismo, nos has lanzado a las fauces de la bruja de lady Browne —replicó Marianne, mordaz.

De inmediato, Lydia se descubrió la cara y clavó la vista en su hija mayor. Estaba tan furiosa que hasta los rasgos delicados se le habían endurecido sobremanera. Pero no la culpaba.

Desde siempre —o, al menos, desde que fue consciente de que su destino estaría enfocado en convertirse en una buena esposa—, Marianne había tenido un carácter difícil de manejar.

Nunca mencionaba qué era lo que quería hacer con su vida, pero sí había sido clara con lo que no deseaba para su futuro.

Ser esposa de alguien más, como si de un objeto se tratara, le parecía el final más atroz para cualquier joven.

Y dicho pensamiento se había intensificado desde que había descubierto cómo vivían algunas mujeres en América: libres, sin depender de nadie más que de ellas mismas...

Una idea bastante fantasiosa y peligrosa, al menos ante los ojos de lady Powell.

—No he tenido remedio —replicó Lydia y echó un intenso vistazo a las tres—. Y bien lo saben.

—Bueno, al menos Mary y yo lo hemos intentado. En cambio...

—¡Cierra la boca de una buena vez, Martha! —la interrumpió la baronesa. Exhaló, agotada, y continuó—: Cierto es que Marianne no ha ayudado con su ostracismo y rebeldía..., ¡pero tu comportamiento y el de Mary no han hecho más que empeorar nuestra reputación! ¡En especial el tuyo!

Avergonzada, la menor de las Powell tragó saliva y bajó la vista. Marianne, por su parte, suspiró más aliviada. Al fin, aunque de forma tibia, su madre no se había puesto en su contra..., al menos no al ciento por ciento, como solía hacer.

—Aun así, madre, no estoy de acuerdo. —Marianne clavó la intensa mirada color noche en la fría de su madre, y siguió—: Lo sabes desde siempre: no quiero casarme. Con nadie. Solo quiero... Solo quiero...

Despacio, y ante el titubeo de su hija, Lydia negó con la cabeza.

—Si ni siquiera sabes lo que quieres, Marianne, ¿cómo puedes cerrarte a la idea de un buen matrimonio? ¿Acaso no ves lo mucho que puedes arruinar tu vida y la de tus hermanas por un capricho sin dirección ni causa?

La mayor de las hermanas Powell no fue capaz de contestar. Tragó saliva en una mezcla de confusión con rabia y, solo unos segundos después, se dejó llevar por el corazón, aunque con la mirada gacha y perdida en algún punto del suelo de madera.

—Quizá no sepa lo que quiero, pero sí lo que no deseo, madre. ¿Tan difícil es de entender?

Lydia suspiró con pena.

—Me es tan difícil de comprender como la conducta que tuviste hoy en Browne House. No piensas, Marianne. Actúas con extremo egoísmo, sin analizar el daño que puedes provocar en los demás —replicó con un tono serio pero triste y real.

Se hizo un breve y profundo silencio que ni siquiera Martha se atrevió a quebrar.

Marianne no supo por qué, pero las palabras de su madre le habían atravesado el corazón como una afilada estaca.

Se puso en pie, se alisó el vestido y caminó hasta el umbral para soltar unas últimas palabras, aunque de espaldas a las tres mujeres que, por supuesto, tenían la vista fija en ella.

—Tal vez estés en lo cierto: no pienso... —Suspiró—. Solo me pregunto si no será porque aún no me has dado el tiempo y la libertad para hacerlo.

Y así, sin dar oportunidad a que lady Powell replicara, Marianne, la más rebelde de la familia, se marchó.