Capítulo 1
—E spero que seas consciente de que, con este desafío —resaltó lady Chatterton— que nos has impuesto, estamos prácticamente poniendo en juego nuestras reputaciones. —Y bebió un sorbo del té con la mirada aún fija en Christine.
Aunque odiara reconocerlo, lady Browne sabía que la condesa viuda tenía razón. Quizá chocaran en muchos aspectos, pero no sin razón formaba parte del nuevo trío más necesitado por las jóvenes solteras.
—Siempre descubriendo novedades, Elizabeth —ironizó Christine. Bebió un sorbo de té y, consciente de lo que podría opinar a continuación la condesa, cortó un trozo de la enorme galleta de limón y se lo llevó a la boca, con la vista clavada en lady Chatterton.
Ante el gesto de Christine, Elizabeth resopló con disgusto y giró el rostro hacia el costado.
—No sé para qué me molesto tanto. Es claro que una persona que devora esas cosas —remarcó luego de unos segundos, señalando con la mirada celeste la delicia de tamaño monumental— no tiene consciencia de la importancia de lo que es correcto y refinado.
Christine sonrió de lado. Cortó un trozo aún más grande y, adrede, lo devoró.
—Quizá tengas razón. Pero igual de cierto es que tú, mi querida Elizabeth, careces absolutamente del sentido del placer. —Y rio de forma contenida al ver cómo el impoluto rostro blanco de la condesa se enrojeció de la rabia.
Lady Chatterton se enderezó en el sofá y, aunque una cansada lady Ridley intentó apaciguarla al tomarle una mano, no se reprimió.
—¿Placer? ¡¿Qué tipo de placer puedes encontrar en una galleta tan fuera de lugar como esa?
! ¿Acaso no te das cuenta? Son un exceso, Christine.
Hablan de tu mal gusto, de lo estrafalaria que eres.
—Exhaló, furiosa, y continuó—: Y, por supuesto, sin mencionar lo ordinario de su tamaño...
Como si eso realmente asegurara o destilara la idea de placer.
—Negó con la cabeza y se llevó la taza a los labios para beber un sorbo más de la infusión.
—Oh, ya veo... ¿Así que el tamaño no es importante para el placer, Elizabeth?
Por cómo lo dices, pareciera que lo mencionas desde la experiencia propia.
Y claro: me encantaría descubrir si lo aseguras desde tus años con lord Chatterton, que en paz descanse, o si lo afirmas desde algún desliz muy impropio de una dama como tú, aunque, sin dudas, para nada inesperado...
—Y esta vez se carcajeó de forma abierta, mostrando la enorme sonrisa blanca.
Los ojos de lady Chatterton se inyectaron de un rojo propio de la ira. Los labios se le fruncieron, y en vano fue que la vizcondesa Ridley la contuviera por los hombros.
—¡No puedes ser más vulgar porque con ver el amarillo espantoso de tu sala es suficiente! —casi vociferó.
La carcajada de Christine subió de volumen de forma proporcional a la furia de Elizabeth.
Y en ese juego claro era que ninguna de las dos mujeres había percibido la cantidad de veces que lady Ridley había puesto los ojos en blanco.
No era la primera vez. Parecía que lady Browne disfrutaba de esos enfrentamientos con la condesa viuda, y no estaba segura, pero su instinto le decía que lady Chatterton gozaba casi al mismo nivel.
Como fuera, Margaret Ridley, lejos de disfrutar de esa clase de batallas, lo único que pretendía era que aquellas dos se calmaran para ir a lo que más le gustaba hacer: unir parejas por amor.
La realidad era que, desde que su hija había contraído matrimonio con un caballero que le había correspondido en sus sentimientos, la vida se había sentido muy vacía.
Y eso sin mencionar que la historia de su sobrina, Serena Westwood, con el conde de Fowell la había inspirado sobremanera.
Había leído Una novela para el conde , el primer libro que Serena había escrito y, desde entonces, supo que deseaba dedicar la vida a ayudar a que más historias como esas se concretaran en un mundo tan frío como lo era el mercado matrimonial.
—Señoras, creo que no es momento de discutir. Un asunto más importante nos ha reunido hoy, ¿no creen?
Tanto Elizabeth como Christine miraron a Margaret de inmediato. Quizá la vizcondesa Ridley fuera la de temple más calmo, pero era la que solía poner el orden.
Las tres suspiraron, preparándose para hablar, mas la voz del mayordomo lo impidió.
—Milady, la baronesa Powell ha llegado junto con sus hijas.
Y, sin siquiera dar tiempo a que lady Browne emitiera un sonido, la desfachatada de Lydia entró a la Sala Limón acompañada, por supuesto, de su descendencia.
—Buenas tardes, lady Browne. —Y sonrió tras hacer una exagerada venia.
***
—Veo que ha sido puntual de forma precisa, lady Powell —comentó Christine mientras vertía un poco de té en la taza de la recién llegada.
Echó un fugaz vistazo y entrecerró la vista en cuanto se detuvo en las jóvenes acompañantes—.
Aunque, al parecer, por estar tan enfocada en llegar temprano, ha perdido un poco la atención en otras cuestiones ligeramente más importantes...
—Contuvo la sonrisa al tiempo que arqueó las cejas.
Al ver que lady Chatterton y lady Ridley se aclararon la garganta al mirar de soslayo a sus hijas, la sonrisa acartonada de Lydia Powell se borró de un plumazo.
Respiró profundo y, tratando de no moverse bruscamente por la desesperación, giró el rostro hacia su descendencia.
¿Acaso alguna de ellas no estaría adecuadamente vestida?
Las observó con detenimiento, sonriendo de manera intermitente por no encontrar falla en la estética que, durante días, había preparado de forma minuciosa.
Pero entonces, justo cuando creyó que el corazón se le detendría al darse cuenta del pequeño gran detalle, la voz del mayordomo interrumpió el incómodo momento.
—Milady... —Smith avanzó hacia el interior de la sala y se hizo a un lado para despejar el umbral—. Creo que una de las señoritas Powell se ha perdido.
Y entonces, claramente presionada por la situación, Marianne Powell entró a la Sala Limón. No importó lo pequeña que fuera ni su corta estatura. La furia que destilaban sus ojos y la resistencia de los brazos cruzados la asemejaban a un dragón rabioso a punto de escupir fuego.
Con la mirada fija en su hija mayor, la baronesa tragó saliva. A ella, la ira también le desbordaba por cada poro de la piel y hacía una combinación extraña con la sonrisa dura que se obligaba a sostener.
Las tres mujeres de El club del té fruncieron los labios en un intento inútil por disimular la gracia maliciosa que les causaba la expresión de lady Powell. Eso sin mencionar el impacto que les había provocado el espíritu rebelde de la muchacha que, era evidente, no deseaba estar allí.
—¡Vaya, vaya! —volvió a intervenir lady Browne—.
¡Pero si es su hija mayor, lady Powell! —Miró a la muchacha de arriba abajo, y sonrió de lado—.
Y debo reconocer que, si bien había escuchado sobre su peculiar carácter, no sabía nada acerca de su falta de sentido de ubicación.
—Rio y, enseguida, se dirigió a la joven—.
¿O será que en realidad no desea estar aquí, señorita Powell?
Manteniendo las cejas fruncidas de la rabia, Marianne clavó los ojos en la vizcondesa Browne y entrecerró la mirada para contestar vaya uno a saber qué barbaridad, pero no llegó a despegar los labios que Lydia se puso en pie y, en dos zancadas, se aproximó a su hija y la tomó por una muñeca más fuerte de lo que parecía.
—¡Oh, lady Browne! Tiene razón, no lo voy a negar: mi Marianne es muy especial y estoy segura de que se ha perdido por causa de los nervios. —Notó que su hija quiso replicar, pero no se lo permitió al apretarle más fuerte la muñeca.
Christine entrecerró la vista. Y no le pasó desapercibido el gesto de reticencia de lady Chatterton.
—De no saber que tiene tres hijas, jamás me habría dado cuenta de la ausencia de la mayor. No recuerdo haberla visto en algún baile... No, al menos, como suelen destacar —remarcó Elizabeth, sagaz— las dos más jóvenes. —Y se aclaró la garganta para beber un poco más de té.
Lady Powell tragó saliva y no tardó en ir, junto con Marianne, al sofá donde las otras dos muchachas esperaban quietas y enmudecidas como estatuas.
—Oh, por supuesto que asiste a los bailes.
—Sonrió y miró fugazmente a su hija mayor.
Aún la sostenía por la muñeca—. Lo que ocurre, lady Chatterton, es que mi Marianne es de un perfil más tranquilo que los de mis queridas Mary y Martha.
—Rio nerviosa, y las estatuas Powell sonrieron de forma obligada ante el gesto de su madre.
Veloces, Christine, Margaret y Elizabeth se miraron entre sí y, como si lo hubieran practicado, bebieron té al mismo tiempo, lo que provocó que lady Powell tragara saliva por enésima vez.
—Ya veo... —Lady Browne dejó la taza a un lado y, tras clavar la vista en la jovencita, continuó—: Pues bien, entonces le haremos un gran favor, señorita Powell. Usted será la primera que casaremos.
Los ojos de las cuatro mujeres Powell se abrieron como platos. Y al gesto se le unieron los rostros de Elizabeth y Margaret.
—¿Cómo ha dicho, lady Browne? —preguntó una atónita Lydia.
La vizcondesa curvó los labios.
—Lo que ha oído, lady Powell: su hija mayor será la primera en casarse.
Cruzándose de brazos otra vez, Marianne miró a Christine de arriba abajo y rio con soberbia al tiempo que hizo la vista a un lado. Un gesto que, por supuesto, no pasó desapercibido para ninguna de las mujeres de la sala, pero muchísimo menos para la dueña de Browne House.
Lady Powell habría reprochado semejante conducta, pero lo que había decidido Christine la preocupaba sobremanera, por lo que se enfocó en la vizcondesa.
—Perdone, lady Browne. Sabe lo muy agradecida que estoy por esta oportunidad que el club ha decidido darle a mis hijas, pero no puedo dejar de preguntarme si es lo más conveniente.
—Echó un vistazo a su hija menor—. Ya sabe...
El asunto de Martha con ese artista nos ha dejado en una posición un tanto desfavorable, y quizá enfocarnos en ella sea lo ideal, ¿no cree?
Lady Chatterton y lady Ridley —al parecer de acuerdo con la postura de Lydia— fijaron la vista en Christine.
No querían cuestionar sus decisiones, pues sabido era que, por más extrañas o controversiales que pudieran parecer, siempre resultaban efectivas, pero era claro que pensaban como la baronesa.
Lady Browne comió un gran trozo de la enorme galleta limón y, tras tomarse otro breve instante para beber té, clavó los ojos en Lydia.
—Por empezar, lady Powell, Marianne es la mayor, y por muy escandalosa que haya sido la amistad de su hija menor con aquel artista, nada será tan importante como ver que la más grande de su descendencia es la primera en casarse.
—Observó a la joven en cuestión y rio por lo bajo cuando esta la fulminó con la mirada oscura y penetrante—.
Y, por otra parte, si de verdad desea casarlas convenientemente, le recuerdo que no está en posición de cuestionar mis decisiones ni nuestras condiciones.
No olvide que, una vez asegurado el compromiso, el 10% de la dote de cada una de ellas debe ser cedido a El club del té.
Las gestiones, lamentablemente, siempre tienen un costo, lady Powell.
La baronesa disimuló muy bien la rabia que en realidad le provocaba estar a la merced de aquella mujer. Pero no tenía alternativa, no tras años de intentos fallidos sin fruto alguno.
—Por supuesto, lady Browne. Mi comentario solo fue por la sorpresa que me causó la sabia decisión que ha tomado.
—Giró el rostro hacia la mayor de las jóvenes Powell y, tras tomarla otra vez por la muñeca, siguió—: Estoy segura de que mi Marianne está más que complacida, ¿verdad, hija? —Y la apretó.
Sin poder evitar el desborde de rabia, Marianne se soltó del agarre de forma brusca.
—Por supuesto que sí, madre. —Entrecerró los ojos y, desafiante, los hundió en los de la vizcondesa más controversial del reino, no sin antes sonreír de oreja a oreja—: ¡Cásame!
—exclamó, lo que asombró a todas las mujeres no solo por la informalidad, sino también por la expresión.
Aunque no se comparó con el impacto de lo que susurró a continuación—: Si puedes, maldita bruja...
—¡Marianne! —vociferó lady Powell. Y temerosa de la reacción de Christine, se adelantó—: ¡¿Cómo te atreves a tratar a la vizcondesa con tanta informalidad?
! —Miró a las damas creadoras del club al tiempo que rio, nerviosa—.
Recuerda que se trata de una de las vizcondesas más respetadas del reino, querida.
—Y le palmeó la mano, aunque más fuerte de lo esperado.
Lady Browne sonrió de lado.
—Es evidente que esta jovencita sabe muy bien que no soporto las formalidades. —Fijó la vista en Marianne y la entrecerró, desafiante—. Has tenido suerte. Puedes llamarme Christine.
—¡Oh, lady Browne! ¡Es usted realmente encantadora y benévola!
—replicó, ágil, Lydia. Tragó saliva y, segura de que si se quedaban unos instantes más, Marianne arruinaría el futuro de las tres para siempre, no tardó en hacerles señas a sus hijas para que se levantaran—.
Estamos profundamente agradecidas con las tres, y dado que tenemos muy en claro que seguiremos cada una de sus indicaciones, nos retiramos para que continúen con su tarde de té.
—Se inclinó en una gentil venia que las jóvenes Powell imitaron, a excepción de Marianne, y, tras sonreír, comenzó la marcha hacia la salida junto con sus hijas.
Sin duda, habría sido el final ideal para esa tarde —o casi perfecto—, mas, cuando sus dos hijas menores y ella cruzaron el umbral, lady Browne aprovechó y lanzó unas últimas palabras que, claramente, fueron para la última de las Powell en salir.
—Y claro que podré casarte , querida... —resaltó elevando el volumen de la voz—. Es una sentencia.