Cásame si puedes (El Club del té 1)
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Prólogo
Querida Christine:
Siento mucho importunarte con otra carta, para ser más precisa, la quinta en lo que va del mes, pero comprenderás que el corazón de una madre es capaz de esto y mucho más cuando se trata de la reputación de una de sus hijas... Bueno, en realidad, de las tres.
Lamento mucho que en esta oportunidad no sea una breve misiva la que te quite el tiempo, pero no tengo más remedio que extenderme en esta súplica para que comprendas, aunque sea una mínima parte, la desesperación que me abraza.
Christine, te lo ruego: casa a mis tres hijas. La vida de cada una de ellas depende de un buen matrimonio, y bien sabes que la estirpe de los Powell nos exige que sean lazos convenientes. Y no en vano hago esta aclaración.
Si hasta ahora no habían sido suficientes las habladurías sobre la fuerte voluntad de mis hijas por contraer matrimonio, después de aquel nefasto encuentro, hace años, entre ese artista mequetrefe y mi querida Martha, la reputación de mi familia ha quedado casi en la ruina; no es novedad. Y tú lo sabes mejor que nadie.
De más está decir que el corazón de cada una de mis hijas está destrozado, Christine. No te mentiría con un asunto tan delicado.
Por esto, le suplico a tu corazón de madre y de mujer que nos ayudes.
Tú y El club del té... Porque, lo siento, pero, por muy secreto que hayan deseado mantenerlo, los esfuerzos no han dado resultado.
Soy consciente de que media Londres ya te ha enviado ruegos como este, solicitándote sus servicios casamenteros...
Con el alma en vilo por la espera de tu respuesta, te saludo.
Lydia Powell
Christine Browne, la vizcondesa más famosa y controversial de Inglaterra, dejó caer la carta sobre la pequeña mesa en la que tenía el servicio de té y, al tiempo que suspiró, se desplomó sobre el respaldo de su diván favorito, el de color amarillo chillón que solo ella usaba.
«Descarada», pensó de inmediato.
Se había cansado de enterarse de lo mucho que lady Powell la difamaba a sus espaldas.
En especial luego de aquella noche del año 1813, cuando la menor de sus hijas —la más desesperada por casarse, según las lenguas filosas de Londres— se vio enredada con un joven artista de dudosa procedencia...
o, como mínimo, de cuestionable linaje ante los ojos de Lydia Powell.
Como fuera, si de ayudar a esa baronesa venida a menos dependía la decisión de Christine, ni en ocho vidas lo habría hecho.
No obstante, al recordar la mirada de ilusión de esas jovencitas, el corazón se le quebró en mil pedazos.
Años y años intentando cazar un esposo sin fruto alguno.
Por supuesto que no eran completamente inocentes; no eran unas niñas y comprendían a la perfección las consecuencias de sus peligrosos actos, claro estaba.
Mas ninguna de ellas tenía la culpa de tener una madre tan calculadora como lady Powell...
sin mencionar el completo desinterés del barón.
Extendió la mano para verter un poco más de té en la taza, pero cuando se dirigió al plato de las delicias, las mejillas regordetas se le encendieron de la rabia.
—¡Smith! —vociferó, extendiendo la última sílaba.
Más rápido que lo que dura un chasquido de dedos, el mayordomo apareció en la Sala Limón.
—A sus órdenes, milady. ¿En qué le puedo servir?
Veloz, la vizcondesa entrecerró los ojos y lo fulminó con la vista.
—¿De verdad lo preguntas? ¿Acaso no es una obviedad? —inquirió tratando, inútilmente, de ocultar la furia que la dominaba.
Smith tragó saliva, pero no tardó en descubrir el plato vacío y, con los ojos abiertos como huevos, se despidió con un fugaz movimiento de cabeza para correr en busca de las extravagantes galletas sabor limón.
Podrían haber pasado algunos años, pero sus gustos, sin duda alguna, no habían cambiado.
—O yo las devoro demasiado rápido o Smith se ha vuelto más lento que de costumbre... —Suspiró y negó con la cabeza.
Tomó la taza de té, bebió un sorbo y regresó la vista a la carta que había leído hacía unos instantes.
No estaba segura de lo que había decidido, pero no podía retractarse.
En cuanto recibió la correspondencia días atrás y leyó el mensaje desesperado de lady Powell, supo que no quería volver a ver un papel con el nombre de esa mujer entre sus cartas.
Además, por mucho que lo quisiera negar, de solo pensar que aquellas jovencitas habían pasado casi tres años lejos de las temporadas le quebraba el corazón.
Claro que, en un principio, las nuevas dos «amigas» de lady Browne no habían estado muy de acuerdo con aceptar el desafío de casar a las hermanas Powell, pero, al final, cedieron ante la testarudez y el malhumor de la vizcondesa dueña de la sala amarillo furioso más famosa de Londres.
A los segundos, los pasos del mayordomo la hicieron sonreír.
—Milady... —expresó el hombre tras colocar las galletas del tamaño del mismísimo plato—. Para usted, y las que más le agradan.
La sonrisa de Christine se extendió de oreja a oreja. Le encantaban de esa forma: enormes, gruesas y desbordantes de sabor y aroma a limón. Sin embargo, a menos de un dedo de distancia de tomar la gigantesca delicia, una voz aguda y pretenciosa la interrumpió.
—Siempre me pregunto si algún día nos recibirás con una imagen un poco menos extravagante —resaltó con marcado desdén.
Lady Browne sonrió de lado y se puso en pie para recibir a sus nuevas dos socias.
—No sé cuándo ni por qué creí buena idea aceptarla en mi nuevo club, lady Chatterton.
—Le sonrió de forma cínica y completa, mas luego dirigió la vista a la vizcondesa Ridley, quien acababa de poner los ojos en blanco por comprender la tarde que se le avecinaría—.
Bienvenida, lady Ridley. Espero que usted no tenga inconvenientes con mis extravagancias ...
—Por supuesto que no, querida. Solo me quiero sentar. —Y antes de que empezara la guerra, tomó a la condesa viuda y la obligó a sentarse en uno de los sofás.
La guerra entre lady Chatterton y lady Browne habría continuado como de costumbre, mas cuando las recién llegadas detectaron la carta que las había convocado esa tarde, allí en Browne House, soltaron un largo suspiro al unísono y clavaron la vista en Christine.
Lady Browne las imitó; y no era para menos. Por muy complejos que hubieran sido los casos, años atrás, en El club de los solteros [1] , no se comparaban con este desafío... quizá el más peligroso para el nuevo y solicitado El club del té.