Casados por error Capítulo 22
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Capítulo 22

Firmaron en silencio. La notaria les explicó los últimos trámites administrativos con una voz neutra y profesional que a Valeria le sonó, extrañamente, más dolorosa que cualquier grito.

El bolígrafo que Valeria usó para firmar era el mismo modelo, casualmente, que había usado para firmar el certificado de matrimonio en la capilla de Las Vegas, un detalle absurdo que se le ocurrió justo en el momento de estampar su firma y que estuvo a punto de arrancarle una risa nerviosa completamente fuera de lugar en aquel despacho silencioso.

Adrián firmó justo después, con una letra mucho más cuidada que la de aquella noche de borrachera, aunque el pulso, para su sorpresa, le temblaba casi tanto como entonces.

La notaria selló los documentos con la eficiencia de quien ha presenciado cientos de finales parecidos, ajena por completo al peso real de lo que acababa de certificar sobre el papel.

Al salir a la calle, la luz de la tarde le pareció a Adrián demasiado parecida a la de aquella tarde en el aeropuerto de Las Vegas, dos años y una vida entera atrás.

—Bueno —dijo Valeria, con los papeles doblados en la mano—. Supongo que esto es todo.

—Supongo que sí.

—Espero que te vaya bien con la exposición... con las próximas, quiero decir.

—Y yo espero que el proyecto del bufete de tu tío siga saliendo como quieres.

Se quedaron de pie, uno frente al otro, en la acera, sin encontrar ninguna frase que estuviera a la altura de todo lo que habían compartido en los últimos meses. Un grupo de turistas pasó junto a ellos, riéndose de algo, ajenos por completo a la escena que interrumpían sin saberlo.

—¿Vas a volver a viajar? —preguntó Valeria, incapaz de contener del todo la curiosidad—. Ahora que ya no hay ningún... motivo para quedarte.

Adrián lo pensó un momento, con una honestidad que a ella la sorprendió. —No lo sé todavía. Últimamente no me apetece tanto como antes, pero tampoco sé qué hacer con las ganas de quedarme quieto si no es por la razón que las provocó.

—Podrías buscar otra razón —dijo Valeria, con una ligereza forzada que no engañaba a ninguno de los dos.

—Podría. Aunque las buenas razones no abundan tanto como parece.

—Seguro que encuentras alguna.

—Seguro. —Adrián se metió las manos en los bolsillos, incómodo con el silencio que siguió—. Oye, Valeria. Antes de que te vayas... ¿de verdad esto es lo que quieres?

Ella dudó, la pregunta pillándola más desprevenida de lo que le habría gustado. —Es lo que acordamos. Lo que firmamos hace un momento.

—No es lo que te he preguntado.

Valeria no encontró una respuesta que no implicara admitir demasiado, y el silencio que siguió, tenso e incómodo, se alargó más de lo que ninguno de los dos podía sostener con comodidad.

—Debería irme —dijo finalmente, apretando los papeles contra el pecho como si fueran un escudo.

Al final, Adrián le dio un abrazo breve, torpe, el tipo de abrazo que se da cuando el cuerpo todavía no ha entendido lo que la cabeza acaba de decidir.

—Cuídate, Valeria.

—Tú también.

Ella se alejó calle abajo sin mirar atrás, convencida de que si se giraba una sola vez no sería capaz de seguir caminando.

Adrián se quedó parado un buen rato en la misma acera, con la sensación de haber dejado ir algo que llevaba meses sin saber nombrar del todo, hasta que ya era demasiado tarde para hacerlo.

Los dos, por separado, llegaron esa noche a la misma conclusión sin decírsela al otro: que el divorcio, técnicamente, había terminado con el matrimonio accidental. Pero no había terminado con nada de lo que de verdad importaba.

Esa noche, cada uno en su propio piso, revisó sin querer las fotos guardadas en el móvil de los últimos meses: Valeria encontró la foto del brindis en la despedida de Nagore, la del reto de las canciones en idiomas inventados, la de la boda en la capilla de neón con el velo de tul torcido.

Adrián, por su parte, se detuvo largo rato en la foto que le había hecho a ella en el hotel de la sierra, la que tanto le había gustado a los dos.

Ninguno de los dos borró ninguna fotografía esa noche, aunque ambos, por separado, se preguntaron si deberían hacerlo, como parte de un proceso de pasar página que ninguno de los dos, en el fondo, tenía verdaderas ganas de completar.

Covadonga, que llevaba días pendiente del móvil esperando noticias, llamó a Valeria esa misma noche, incapaz de aguantar más tiempo sin saber cómo había ido la firma.

—¿Cómo ha ido?

—Ha ido. Está firmado.

—Eso no responde a mi pregunta.

Valeria suspiró, dejándose caer en el sofá con el móvil pegado a la oreja. —Ha sido lo más difícil que he hecho en mucho tiempo, Cov. Y no me refiero al papeleo.

—Lo sé, cielo. Lo sé.

—¿Crees que he hecho lo correcto?

Covadonga se quedó callada un momento, sopesando bien la respuesta antes de darla. —Creo que has hecho lo que en ese momento te pareció más seguro. Eso no siempre es lo mismo que lo correcto.

—¿Y si ya es tarde para arreglarlo? —preguntó Valeria, con la voz quebrada—. ¿Y si él ya ha pasado página, o decide que ya no vale la pena intentarlo después de cómo terminamos las cosas en la fiesta de Fermín?

—Val, ese hombre rechazó una oferta de trabajo en Sudamérica por ti. Dudo mucho que un par de semanas de silencio incómodo le hagan cambiar de opinión tan fácilmente.

—No lo sé, Cov. Tengo mucho miedo.

—Lo sé. Pero el miedo no suele ser buen consejero para estas cosas. Duerme un poco, y mañana, con la cabeza más despejada, decide qué quieres hacer de verdad.

Valeria colgó con esa idea rondándole la cabeza, y aunque el sueño tardó en llegar esa noche, cuando por fin llegó lo hizo acompañado de una decisión que ya no le pareció tan aterradora como unas horas antes.

Esa noche, Valeria llamó a Covadonga, incapaz de quedarse a solas con sus propios pensamientos por más tiempo.

—Está hecho. Firmamos.

—¿Cómo te sientes?

—Como si acabara de tirar por la borda lo mejor que me ha pasado en años, por orgullo.

—¿Y por qué lo has hecho, entonces?

Valeria se quedó callada un momento, buscando una respuesta honesta. —Porque tenía miedo. De que si esperaba más, doliera todavía más al final. Prefería cortarlo yo antes de que me cortaran a mí.

—Val. Cariño. Nadie te estaba cortando nada. Erais los dos los que estabais asustados, cada uno a su manera.

—Ahora ya no importa. Está firmado.

—Los papeles están firmados. Lo que sentís, no creo que un papel pueda deshacerlo tan fácilmente.

Del otro lado de la ciudad, Adrián tenía una conversación casi idéntica con Roque, que había aparecido en su piso sin avisar, cargado de cervezas y con la firme intención de no dejarlo solo esa noche.

—No hace falta que te quedes, Roque. Estoy bien.

—No estás bien. Llevas la misma camiseta de ayer y no has abierto las cortinas en todo el día. Eso no es estar bien, eso es estar de duelo.

—No es un duelo. Es solo... un ajuste.

—Ferreiro. Te conozco desde hace diez años. Esto es un duelo, aunque tú lo llames ajuste para sentirte mejor.

Adrián no discutió el punto, principalmente porque no tenía fuerzas para hacerlo, y se limitó a aceptar la cerveza que Roque le tendía, dejando que su amigo se quedara esa noche, en un silencio que, por primera vez en días, no le pesaba tanto por no estar completamente solo.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Roque, ya de madrugada, con las botellas vacías acumulándose sobre la mesa del salón.

—Adelante.

—Si pudieras volver a esa capilla de Las Vegas, a esa primera noche, ¿harías algo distinto? ¿Elegirías no entrar?

Adrián lo pensó de verdad, un buen rato, antes de contestar. —No. Ni siquiera ahora, con todo lo que ha pasado. Volvería a entrar exactamente igual, aunque supiera de antemano que terminaríamos aquí.

—¿Entonces por qué la dejaste ir esta tarde?

—Porque estaba asustado, y el miedo no siempre elige la opción más inteligente.

Roque le dio una palmada en el hombro, sin decir nada más, dejando que aquella confesión flotara en el aire el resto de la noche, mientras Adrián se prometía a sí mismo, en silencio, que no volvería a dejar que el miedo tomara esa decisión por él.

Se quedó dormido esa madrugada en el sofá, con la televisión todavía encendida y Roque roncando en el sillón de al lado, y por primera vez en tres días durmió sin sobresaltos, como si el simple hecho de haber puesto en palabras su miedo le hubiera aligerado, aunque fuera un poco, el peso que llevaba cargando desde la firma del divorcio.

A la mañana siguiente, con la cabeza más despejada y la determinación intacta, releyó una última vez la frase de su libreta antes de guardarla en el bolsillo de la chaqueta, decidido a no dejarla ahí guardada ni un día más de lo necesario.