Capítulo 21
Fabián Roseti les envió los documentos finales por correo electrónico un martes cualquiera, con una nota breve deseándoles "lo mejor en sus respectivos caminos", una frase que a Valeria le pareció, al leerla, extrañamente definitiva.
Valeria leyó el correo tres veces antes de contestar, sentada en su escritorio con la puerta del despacho cerrada, algo poco habitual en ella.
Marina, su ayudante, llamó a la puerta con una pregunta sobre un proveedor y se encontró a su jefa mirando la pantalla del ordenador con una expresión que no supo interpretar.
—¿Todo bien? —preguntó, asomando solo la cabeza.
—Todo bien. Trámites pendientes.
—¿Los del... marido? —Marina bajó la voz, aunque llevaba meses sabiendo, como todo el estudio, la versión resumida de la historia.
—Esos mismos.
Marina se quedó un momento más en la puerta, dudando si añadir algo, hasta que decidió arriesgarse. —Para lo que valga mi opinión, que sé que no la has pedido: llevas semanas más apagada que de costumbre. No parece que sea por unos simples trámites.
Valeria no contestó, pero la observación se le quedó rondando el resto del día, mucho después de que Marina hubiera vuelto a su propio escritorio.
Esa misma tarde, Valeria llamó a su madre, más por necesidad de hablar con alguien que por tener algo concreto que contarle.
—Firmamos el divorcio mañana —dijo, sin más preámbulo.
Remedios se quedó callada un momento al otro lado de la línea. —¿Es lo que quieres, de verdad?
—Es lo que acordamos hace meses, mamá.
—No te he preguntado qué acordasteis. Te he preguntado qué quieres.
Valeria sintió que se le hacía un nudo en la garganta, incapaz de encontrar una respuesta que no la delatara del todo. —No lo sé, mamá. Ya no sé qué quiero.
—Pues a lo mejor deberías averiguarlo antes de firmar nada, hija. Los papeles se pueden deshacer más fácilmente que un corazón roto por decisión propia.
Valeria pasó el resto de la tarde dándole vueltas a las palabras de su madre, incapaz de concentrarse en ningún proyecto del estudio.
Se descubrió, más de una vez, con el móvil en la mano, a punto de escribirle algo a Adrián, borrando cada intento antes de enviarlo, exactamente igual que él había hecho semanas atrás con sus propios borradores tachados.
Al final, cansada de dar vueltas sin llegar a ninguna conclusión, decidió que iría a la firma como habían acordado, y que dejaría que fuera el momento mismo, cara a cara con Adrián, el que le aclarase de una vez por todas lo que de verdad quería hacer.
Quedaron en firmar en la notaría más cercana al estudio de Valeria, un trámite que en teoría no debía durar más de veinte minutos.
Adrián llegó puntual, algo que no era habitual en él, vestido con una camisa bien planchada que a Valeria le recordó, con una punzada incómoda, la primera vez que lo vio en el teatro.
—Hola —dijo él, sin la sonrisa que solía preceder cualquier frase suya.
—Hola.
Las tres semanas transcurridas desde la fiesta de cumpleaños de Fermín habían sido las más extrañas de toda la relación entre ambos: ni juntos del todo, ni completamente separados.
Valeria había vuelto a su piso, ya reparado, y Adrián no había insistido en verla, respetando, a su manera, el silencio que ella parecía necesitar.
Se habían cruzado un par de veces, en comidas familiares que ya no se molestaban en actuar con la misma convicción de antes, y cada encuentro había sido cordial pero distante, como dos personas que se conocen bien pero que ya no saben muy bien cómo tratarse.
Covadonga, Nagore y Roque habían intentado, cada uno por su lado, hacer de mediador improvisado, sin demasiado éxito.
"Están los dos igual de tercos", le había dicho Roque a Nagore, en una de las pocas conversaciones que mantuvieron sobre el tema, "y ninguno quiere dar el primer paso después de esa pelea. "
Se sentaron en la sala de espera sin hablar apenas, cada uno convencido de que el otro había tomado ya la decisión de seguir adelante sin mirar atrás.
Valeria repasó los papeles con la misma meticulosidad que aplicaba a cualquier contrato de trabajo, aunque esta vez las manos le temblaban ligeramente al pasar las páginas.
—Todo está en orden —dijo, más para sí misma que para él.
—Sí —dijo Adrián—. Todo en orden.
—¿Cómo va la exposición? —preguntó ella, buscando algo neutral que decir.
—Bien. Se cerró la semana pasada. Buena acogida, en general.
—Me alegro.
—¿Y el proyecto del bufete?
—Terminado también. Salió mejor de lo esperado.
La conversación, cortés y vacía, dolía más que cualquier discusión, precisamente por lo mucho que ambos se esforzaban en sonar normales delante del otro.
En un momento de la espera, Adrián se levantó a por dos cafés de la máquina del pasillo, un gesto automático, casi inconsciente, de la costumbre que habían compartido durante meses de convivencia. Al volver, le tendió uno a Valeria sin pensarlo.
—Gracias —dijo ella, sorprendida del detalle, aceptando el vaso.
—Costumbre, supongo.
—Una costumbre que ya no vamos a necesitar después de hoy.
Adrián no contestó a eso, y se sentó de nuevo a su lado, los dos con la vista fija en la puerta cerrada del despacho de la notaria, esperando a que los llamaran, cada uno conteniendo, en silencio, todo lo que no se atrevía a decir en voz alta.
La notaria los llamó antes de que ninguno de los dos encontrara nada más que decir, y ambos entraron en el despacho con la sensación de estar caminando hacia un final que, técnicamente, habían pactado meses atrás en una cafetería de Las Vegas, pero que ahora ninguno de los dos, en el fondo, deseaba de verdad.