Casados por error Capítulo 20
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Capítulo 20

Todo se rompió en la fiesta de cumpleaños de Fermín, cuando Herminia, que llevaba meses sospechando algo, mencionó sin mala intención un detalle que ninguno de los dos había previsto que saliera a la luz.

La fiesta, organizada por Asunción con la ayuda entusiasta de Remedios —las dos madres habían acabado congeniando mucho mejor de lo que ninguno de sus hijos había anticipado—, reunía por primera vez a las dos familias completas en un mismo jardín, con guirnaldas de luces colgadas entre los árboles y una mesa larga repleta de comida.

Asunción y Remedios llevaban semanas intercambiando recetas y consejos de jardinería por teléfono, una amistad improvisada que había surgido casi por casualidad tras la primera comida familiar y que ninguno de los dos hijos había fomentado directamente, aunque ambos la observaban con una mezcla de ternura y creciente inquietud.

—Nuestras madres se llevan mejor entre ellas que nosotros dos algunos días —había bromeado Adrián, la semana anterior, viendo a las dos mujeres hablar por videollamada sobre un pastel de manzana.

—Eso hace que todo esto sea más complicado de deshacer, si alguna vez llegamos a esa conclusión.

—¿Estamos llegando a esa conclusión?

—No lo sé, Adrián. Por eso mismo lo digo.

Aquella conversación, sin resolver del todo, quedó flotando entre ellos durante toda la semana previa a la fiesta, un peso silencioso que ninguno de los dos mencionó de nuevo hasta que Herminia, sin saberlo, lo sacó todo a la luz delante de las familias reunidas.

Valeria y Adrián habían llegado juntos, todavía con la tensión de la conversación sobre el divorcio flotando entre ellos sin resolver del todo, pero decididos a mantener las apariencias al menos una tarde más, por Fermín, que cumplía sesenta años y que llevaba toda la semana ilusionado con la celebración.

—¿Estamos bien? —le había preguntado Adrián en el coche, de camino a la fiesta.

—Estamos en tregua —había contestado ella, sin mirarlo—. Que no es lo mismo, pero servirá para esta tarde.

Ninguno de los dos podía imaginar, mientras entraban al jardín con sonrisas cuidadosamente ensayadas, que aquella tregua estaba a punto de romperse de la peor manera posible.

—Por cierto —dijo, copa en mano, delante de las dos familias reunidas—, ¿ya está resuelto el papeleo de la boda relámpago? Porque el abogado ese, Fabián, es primo de mi vecina, y me contó que el divorcio sigue en trámite desde hace meses.

El silencio que siguió fue absoluto. Asunción dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco. Remedios miró a su hija con una mezcla de dolor y sorpresa que Valeria no había visto nunca en su cara.

—¿Divorcio? —repitió Casimiro—. ¿Qué divorcio?

—Nos casamos borrachos en Las Vegas —admitió Valeria, con la voz temblando por primera vez en meses—. No fue... no fue una boda real, al principio. Íbamos a anularlo, pero un problema legal lo impidió, y decidimos convivir hasta que se pudiera tramitar el divorcio sin más ruido.

—¿Todo esto ha sido mentira? —preguntó Asunción, con la voz rota—. ¿La comida, el fin de semana en la costa, todo?

—No exactamente mentira —intentó explicar Adrián—, al principio sí fue... una actuación, pero luego...

—Luego, ¿qué? —cortó Remedios—. Nos habéis dejado creer durante meses que erais felices, que os habíais casado enamorados, y ahora resulta que todo era una farsa que ni siquiera pensabais mantener.

Fermín, que hasta entonces había permanecido en silencio, procesando la noticia con la misma calma que aplicaba a todo, fue el primero de los padres en hablar de nuevo, con un tono más comprensivo que el resto.

—A ver, esperad. —Levantó una mano, pidiendo calma—. Entiendo que estemos todos sorprendidos, pero preguntemos antes de juzgar. Adrián, hijo, ¿en algún momento de estos meses dejó de ser mentira?

La pregunta cayó sobre la mesa con un peso distinto al resto de reproches, y Adrián tardó un momento en encontrar la voz para responder.

—Sí —dijo, al fin, mirando directamente a Valeria en vez de a su padre—. En algún momento dejó de serlo. No sabría decir exactamente cuándo, pero dejó de serlo.

Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco al escucharlo decir aquello en voz alta, delante de las dos familias, pero el momento de calma duró poco: Herminia, lejos de suavizar el ambiente, insistió en seguir preguntando detalles que solo empeoraban la situación general.

—¿Y tú, Valeria? —preguntó Herminia, directamente, sin dejarse ablandar por la intervención de Fermín—. ¿En algún momento dejó de ser mentira para ti también, o sigues aquí solo por el papeleo pendiente?

Todos los ojos se giraron hacia ella, esperando una respuesta que Valeria no se sentía preparada para dar delante de tanta gente, con la vergüenza y la sorpresa todavía frescas por haber sido descubierta de esa manera.

—No sé si es el momento de hablar de esto delante de todo el mundo —dijo, buscando una salida que no encontraba.

—Es exactamente el momento, cariño —insistió Herminia—. Llevas meses actuando delante de nosotros. Lo mínimo que nos debes es una respuesta sincera ahora.

Valeria miró a Adrián, que esperaba su respuesta con una expresión que mezclaba esperanza y miedo a partes iguales, y sintió que el peso de la mirada de las dos familias, sumado a la presión del momento, la empujaba hacia un rincón del que no sabía cómo salir con elegancia.

—Necesito un momento —dijo finalmente, levantándose de la mesa y alejándose hacia el jardín, incapaz de sostener aquella conversación con público delante.

Nagore la siguió unos minutos después, encontrándola apoyada contra un árbol, respirando hondo en un intento de calmarse.

—Val. Respira.

—No puedo creer que Herminia me haya preguntado eso delante de todo el mundo.

—Herminia siempre elige el peor momento posible para tener razón, es su especialidad. Pero, Val... la pregunta sigue siendo válida, con público o sin él. ¿Qué sientes de verdad?

Valeria se dejó resbalar hasta sentarse en el césped, con la espalda apoyada en el tronco del árbol, agotada de sostener tantas versiones distintas de la misma historia durante tantos meses.

—Que le quiero. Que probablemente lo he querido desde hace más tiempo del que estoy dispuesta a admitir.

Y que no tengo ni idea de cómo decir eso delante de dos familias enteras sin que suene a una confesión forzada por la presión del momento.

—Pues no se lo digas a las familias. Díselo a él, en privado, cuando estés lista. Las familias ya se enterarán, tarde o temprano, de la versión que de verdad importa.

Valeria asintió, recomponiéndose lo suficiente para volver a la fiesta, decidida a buscar a Adrián y hablar con él en privado antes de que la situación se complicara más de la cuenta.

Lo encontró junto a la mesa de los regalos, apartado del resto, con la misma expresión tensa que ella llevaba minutos sintiendo.

—¿Podemos hablar? A solas —dijo ella, acercándose.

Adrián asintió, y los dos empezaban a alejarse hacia un rincón más tranquilo del jardín cuando Casimiro, todavía procesando la revelación de minutos antes, los interceptó con una pregunta directa que ninguno de los dos esperaba tener que responder tan pronto, delante de todos los presentes otra vez.

—Solo quiero entender una cosa —dijo Casimiro, con la voz serena pero firme de quien lleva toda la comida conteniéndose—. ¿Vais a divorciaros de verdad, o no?

El jardín entero pareció contener la respiración, esperando la respuesta. Valeria miró a Adrián, y Adrián le devolvió la mirada, buscando en sus ojos alguna señal de qué contestar.

—No lo sabemos todavía —admitió Valeria, con toda la sinceridad de la que fue capaz—. Y creo que esa es, precisamente, la conversación que necesitamos tener nosotros dos, en privado, sin nadie más delante.

Casimiro asintió, aceptando la respuesta a regañadientes, aunque el ambiente entre las familias ya no volvió a recuperar la ligereza de antes de la revelación.

Las familias se marcharon poco después, entre reproches y silencios incómodos, y Valeria y Adrián se quedaron solos en el jardín, rodeados de globos de cumpleaños que de pronto parecían fuera de lugar.

—Esto es culpa tuya —dijo Valeria, con una rabia que en realidad no iba dirigida del todo a él—. Si no hubieras aceptado entrar en esa capilla...

—¿Culpa mía? Tú tampoco dijiste que no.

—Porque estaba borracha.

—Y yo. Los dos estábamos borrachos, Valeria, los dos aceptamos este plan, y los dos hemos roto ese plan cada semana desde entonces sin admitirlo.

—Pues quizá deberíamos dejar de romperlo —dijo ella, con la voz quebrada—. Quizá deberíamos simplemente firmar el divorcio y terminar con esto de una vez, antes de que haga más daño del que ya ha hecho.

Adrián la miró un largo instante, con una expresión que ella no supo si era rabia o dolor. —Si eso es lo que quieres, no voy a suplicarte que te quedes.

Se separaron esa noche sin decir nada más, cada uno convencido de que el otro había dejado de creer en lo que fuera que hubiera crecido entre ellos.

Adrián se quedó un rato más en el jardín después de que Valeria se marchara, recogiendo despacio los restos de la fiesta —platos a medio terminar, globos ya deshinchados, la tarta de cumpleaños de su padre casi intacta— con la sensación de estar limpiando algo mucho más grande que un simple jardín desordenado.

Fermín se acercó a ayudarlo, en silencio, hasta que finalmente rompió el silencio con la calma que lo caracterizaba. —¿Quieres hablar de ello?

—No hay mucho que hablar. Creo que la he perdido, papá.

—A veces perder algo así de golpe es solo el susto que hace falta para no perderlo del todo. Dale un poco de tiempo. A ella, y a ti mismo.

Adrián asintió, sin mucha convicción, y siguió recogiendo la mesa en silencio, sin saber todavía que las palabras de su padre resultarían, en las semanas siguientes, mucho más proféticas de lo que ninguno de los dos podía imaginar esa noche.

Aquella noche, ya solo en su piso, Adrián releyó la nota que le había dejado a Valeria semanas atrás, la que ella había guardado sin decírselo en el cajón de su mesita, aunque él no lo supiera todavía.

Se preguntó si debía escribir algo más, alguna palabra que suavizara la despedida de esa noche, pero al final decidió no hacerlo, convencido de que cualquier gesto en ese momento sonaría más a súplica que a sinceridad, y él ya le había prometido, en el jardín, que no iba a suplicarle nada.

Esa misma noche, ya en su piso, Valeria llamó a Nagore entre lágrimas que llevaba horas conteniendo, incapaz de procesar sola lo sucedido en la fiesta.

—Val, respira. Cuéntame despacio qué ha pasado.

Valeria le resumió la escena entera: la pregunta de Herminia, la confesión delante de las familias, la discusión posterior con Adrián en el jardín, la frase final de él sobre no suplicarle que se quedara.

—¿Y tú qué quieres, de verdad? —preguntó Nagore, cuando terminó.

—No lo sé. Ahora mismo solo siento rabia. Y vergüenza. Y...

—¿Y?

—Y miedo de haberlo estropeado todo por orgullo, otra vez, como hice con Íñigo.

—Esto no es como con Íñigo, Val. Con Íñigo, tú querías algo que él nunca estuvo dispuesto a dar. Con Adrián, por lo que me cuentas, los dos queréis lo mismo, solo que ninguno se atreve a decirlo sin que suene a rendición.

Valeria se quedó pensando en esa distinción durante un buen rato después de colgar, preguntándose si todavía estaba a tiempo de deshacer el daño de esa noche, o si el silencio con el que se habían despedido acababa de cerrar una puerta que ya no podría volver a abrirse.