Casados por error Capítulo 19
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Capítulo 19

Las semanas que siguieron al viaje trajeron una costumbre nueva y silenciosa: Adrián dejaba café hecho antes de que ella se despertara, aunque él prefiriera el té; Valeria le guardaba sitio en la nevera para las cosas que él solía comprar, sin comentarlo nunca en voz alta; los dos empezaron a mandarse mensajes durante el día sin ninguna excusa relacionada con la actuación familiar.

—Esto ya no es solo para las familias —dijo Covadonga, una tarde que fue a visitar a Valeria y la encontró doblando, sin darse cuenta, la ropa de Adrián junto a la suya, como si llevaran años compartiendo armario.

—Es solo práctico —dijo Valeria, aunque hasta ella misma dudó de su propia excusa.

—Practicáis mucho para ser un matrimonio de mentira.

La costumbre del café había empezado, en realidad, la misma mañana de la vuelta del viaje a la sierra, casi como un gesto de disculpa silenciosa por la tensión del trayecto de regreso.

Adrián se había levantado antes que ella, sin decir nada, y cuando Valeria salió de su habitación se encontró la cafetera ya lista, junto a una nota escrita a mano en un papel cualquiera: "Sigo pensando en lo de anoche. No hace falta que contestes todavía."

Ella había guardado esa nota, sin decírselo a nadie, en el cajón de su mesita de noche, y la releía algunas noches sin saber muy bien por qué le costaba tanto tirarla a la basura.

Valeria no respondió. No tenía una respuesta que no implicara admitir algo que llevaba semanas evitando poner en palabras: que actuaba como esposa incluso cuando nadie los observaba, que buscaba a Adrián con la mirada al entrar en una habitación aunque no hubiera ningún motivo para hacerlo, que la idea del divorcio, que antes le parecía un simple trámite pendiente, ahora le costaba considerar sin que se le encogiera algo en el pecho.

—¿Sabes lo que más me llama la atención? —siguió Covadonga, sentándose en el borde de la cama—. Que hace unos meses habrías tenido esta conversación conmigo con una lista de argumentos racionales sobre por qué esto no es lo que parece. Y ahora mismo no dices nada.

—Porque no sé qué decir que no sea mentira.

—Pues esa es tu respuesta, Val. Ya está ahí.

Covadonga se quedó un rato más, y la conversación derivó hacia el propio matrimonio de Nagore, ya a solo semanas de celebrarse, y de cómo la propia Nagore le había confesado, en privado, que sospechaba desde hacía tiempo que lo de Valeria y Adrián había dejado de ser un montaje.

—Nagore dice que en la despedida ya se notaba algo entre vosotros, mucho antes de la boda accidental. Que discutíais como quien no quiere reconocer que le gusta alguien.

—Eso es ridículo. Discutíamos porque me robó el asiento del teatro.

—Discutíais porque los dos sois demasiado tercos para admitir que os gustabais desde el minuto uno. Hay una diferencia.

Valeria no tuvo una respuesta convincente para rebatir esa teoría, en parte porque, cuanto más lo pensaba, más posible le parecía que Covadonga y Nagore tuvieran razón desde el principio.

Esa noche, sola en su habitación, Valeria sacó la carpeta azul que había llevado a Las Vegas, la misma que había usado para organizar cada minuto de la despedida de soltera de Nagore, y la hojeó con una nostalgia extraña, como quien revisita un objeto de otra vida.

Entre las páginas encontró la entrada del teatro, doblada por la misma línea de aquella noche, guardada sin que ella recordara haberla metido ahí a propósito.

La miró un buen rato, recordando la discusión del vestíbulo, la irritación inicial, la sorpresa de descubrir, capa a capa, que aquel hombre de camisa arrugada era mucho más de lo que aparentaba a primera vista.

Guardó la entrada de nuevo en la carpeta, junto al velo de tul y el certificado dorado de la boda, y por primera vez consideró aquella carpeta no como un vestigio de un plan fallido, sino como el principio, torpe y accidental, de algo que quizás merecía la pena seguir intentando entender.

Los días siguientes transcurrieron con una calma engañosa, ambos ocupados en sus respectivos trabajos, viéndose por las noches con una normalidad doméstica que ya no necesitaba ninguna actuación de cara a nadie.

Cocinaban juntos, veían series tumbados en el sofá, discutían sobre tonterías con el mismo gusto de siempre, y en ningún momento volvieron a mencionar directamente ni el pacto ni la fecha límite del divorcio, como si evitando el tema pudieran también evitar la decisión que tarde o temprano tendrían que tomar.

—¿Vamos a hablar alguna vez de lo nuestro con nuestras familias? —preguntó Valeria una noche, mientras recogían la cocina después de cenar.

—Cuando estemos listos, supongo. No hay prisa.

—Herminia no opina lo mismo, por cierto. Me ha escrito dos veces esta semana preguntando cuándo vamos a ir a comer de nuevo.

—Herminia tiene un radar especial para las situaciones sin resolver. Deberíamos contratarla para el estudio, se le daría genial detectar clientes indecisos.

Se rieron, aliviados por un momento de la tensión de fondo, sin sospechar que la propia Herminia estaba a punto de forzar, sin pretenderlo del todo, la conversación que ambos llevaban semanas posponiendo.

Adrián, por su parte, rechazó una oferta de trabajo de tres meses en Sudamérica sin ni siquiera comentarlo con nadie, algo que dos años atrás habría aceptado sin pensarlo ni un segundo.

—¿Por qué la rechazaste? —le preguntó Roque, incrédulo, cuando se enteró—. Es justo el tipo de encargo que siempre habías querido.

—Tengo cosas aquí —dijo Adrián, sin dar más explicaciones, aunque ambos sabían perfectamente a qué —o a quién— se refería.

—Ferreiro. Hace dos años habrías hecho la maleta antes de que yo terminara la pregunta.

—Hace dos años era otra vida, Roque.

Roque lo miró un momento, con una mezcla de sorpresa y satisfacción que no se molestó en disimular. —Te has enamorado. De verdad, quiero decir. No de la versión de mentira que lleváis contando desde Las Vegas.

Adrián no lo negó, algo que en sí mismo ya era una respuesta más elocuente que cualquier confirmación explícita.

—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Roque, mientras guardaban el equipo tras la sesión de trabajo.

—No lo sé. Técnicamente seguimos con un plazo de divorcio corriendo. Y ella todavía no ha dicho nada que indique que quiere romper ese plan.

—¿Y tú? ¿Se lo has dicho tú, claramente, sin rodeos?

Adrián se quedó pensando, incómodo con la pregunta. —No exactamente. He dado bastantes indirectas.

—Ferreiro, llevas dos años fotografiando el mundo entero sin miedo a nada, y no eres capaz de decirle a una mujer que la quieres sin usar indirectas.

—Es distinto.

—Es exactamente lo mismo, solo que con más riesgo emocional. Habla con ella. En serio, sin bromas, sin indirectas. Antes de que se acabe el plazo y sea demasiado tarde para decirlo.

Adrián se pasó los días siguientes intentando encontrar el momento adecuado, el escenario perfecto para decir en voz alta lo que llevaba semanas sintiendo, pero cada vez que se armaba de valor, algo lo interrumpía: una llamada de trabajo, una visita inesperada, el cansancio acumulado de un día largo.

Empezó incluso a escribir, en una libreta que nunca antes había usado para nada parecido, borradores de lo que quería decirle, tachando frases que sonaban demasiado ensayadas, demasiado solemnes, nada parecidas a la forma natural en que hablaban entre ellos.

"Valeria, sé que empezamos esto de la peor manera posible, pero..." Tachado.

"Llevo meses queriendo decirte que..." Tachado también.

Al final, cansado de intentar encontrar las palabras perfectas, decidió que se lo diría sin más, sin preparación, en cuanto surgiera la oportunidad natural de hacerlo.

No sabía todavía que esa oportunidad llegaría antes de lo previsto, y de una forma mucho más pública y menos controlada de lo que había planeado.

Ninguno de los dos, sin embargo, se atrevía a decir en voz alta lo que ya resultaba evidente para cualquiera que los viera juntos: que se habían enamorado del matrimonio que en teoría solo estaban fingiendo.

Una noche, cenando en casa, Valeria se sorprendió calculando mentalmente cuántas semanas quedaban para que se cumpliera el plazo legal del divorcio, y por primera vez desde Las Vegas, la cifra no le produjo ningún alivio.

Todo lo contrario: sintió una opresión extraña en el pecho, como si contara los días que le quedaban de algo que no quería que terminara.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián, notando su expresión distraída.

—Sí. Solo pensaba en fechas.

—¿Qué fechas?

Ella dudó un momento antes de contestar, sopesando si decir la verdad completa. —Las del divorcio. Nos quedan menos de dos meses.

Adrián se quedó callado, con el tenedor a medio camino del plato. —¿Y qué sientes al respecto?

—Que no sé si quiero que llegue esa fecha —admitió Valeria, en voz baja, casi como si se lo confesara más a sí misma que a él.

Adrián dejó el tenedor sobre el plato por completo, mirándola con una intensidad que Valeria no le había visto desde la terraza de la sierra. —Entonces no dejemos que llegue.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que podríamos hablar con Fabián, contarle lo que ha cambiado, ver si hay alguna forma de convertir esto en un matrimonio de verdad en vez de dejar que el reloj siga corriendo hacia un divorcio que ninguno de los dos quiere ya.

Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza, una mezcla de esperanza y el pánico instintivo de quien lleva toda la vida evitando precisamente ese tipo de decisiones impulsivas. —Es mucho que asumir de golpe.

—Lo sé. No te pido que decidas nada esta noche. Solo quería que supieras que, si tú quisieras, yo ya no tengo ninguna duda.

Ella no contestó enseguida, pero por primera vez en semanas, la idea de un futuro con Adrián dejó de sonarle a un plan imposible de sostener y empezó a sonar, aunque solo fuera un poco, a algo real.

Se quedaron un rato más sentados a la mesa, sin terminar de recoger los platos, hablando en voz baja de posibilidades que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar hasta esa noche: qué pasaría con el estudio de Valeria, con los viajes de Adrián, con la casa en la que vivirían si de verdad decidían quedarse juntos más allá del pacto original.

—No hace falta resolverlo todo esta noche —dijo Adrián, al ver la expresión pensativa de Valeria, esa mirada de quien ya está calculando logística antes de haber decidido nada—. Solo quería que lo supieras. El resto podemos irlo hablando con calma.

—Me cuesta no calcularlo todo de golpe. Es mi forma de sentir que controlo algo.

—Lo sé. Y no pasa nada. Solo te pido que, esta vez, dejes un poco de espacio también para lo que no se puede calcular.

Valeria sonrió, a su pesar, y por primera vez desde que habían vuelto de la sierra, se permitió imaginar, aunque solo fuera un instante, un futuro con Adrián que no dependiera de ningún plazo legal ni de ninguna fecha marcada en un calendario.

Aquella conversación quedó como un paréntesis cálido en medio de la incertidumbre general, un recordatorio de que, pese a todas las dudas, había algo real y sólido creciendo entre los dos, algo que ni las sospechas de Herminia ni el reloj del divorcio habían conseguido todavía apagar del todo.

Esa noche, antes de dormir, Valeria escribió en su libreta de trabajo, entre notas sobre proveedores y plazos de entrega, una única línea que no tenía nada que ver con el estudio: "Quizás no todo necesita un plan B.

" La miró un momento, dudando si tacharla, y al final decidió dejarla ahí, guardada entre las páginas, como una promesa pequeña que todavía no se atrevía a decir en voz alta.

Cerró la libreta, apagó la luz, y por primera vez en meses se durmió sin repasar mentalmente ninguna lista de pendientes, dejando que la incertidumbre, por una vez, no le quitara el sueño.

Al día siguiente, Adrián llamó a Fabián Roseti sin decírselo a Valeria, simplemente para informarse, con calma, de qué opciones legales existían si en algún momento decidían convertir aquel matrimonio accidental en algo permanente por elección propia.

—Técnicamente no necesitan hacer nada especial —le explicó Fabián, con la misma voz pausada de siempre—. Ya están casados. Si deciden no divorciarse, el matrimonio simplemente continúa, sin ningún trámite adicional.

—¿Tan sencillo?

—La parte legal, sí. La otra parte, la de decidir de verdad quedarse, esa ya no es cosa mía, jovencito.

Adrián colgó con una sonrisa que llevaba días sin aparecer del todo, pensando que quizás, después de tantos meses de plazos y papeleos, la solución más difícil de todas resultaba ser, en el fondo, la más simple: no hacer nada, y dejar que el matrimonio accidental siguiera su curso, esta vez por decisión propia y no por error.