Capítulo 18
La última noche del viaje, después de cenar, Valeria salió a la terraza del hotel a mirar las luces del valle, incapaz de dormir. Adrián la encontró allí, envuelta en una manta, con la copa de vino ya vacía en la mano.
La cena de esa noche había transcurrido con una tensión distinta a la de los días anteriores, cargada de miradas que se sostenían un segundo más de lo necesario, de silencios que ya no incomodaban sino que parecían cargados de algo pendiente de decir.
Ninguno de los dos había hablado mucho durante el postre, cada uno perdido en sus propios pensamientos, hasta que Valeria se disculpó para salir a tomar el aire.
Se quedó apoyada en la barandilla de piedra, mirando las luces esparcidas del valle, intentando poner en orden la maraña de sentimientos que llevaba acumulando desde la conversación del desayuno. Fue entonces cuando escuchó los pasos de Adrián acercándose por detrás.
—¿No puedes dormir?
—Llevo semanas sin poder dormir bien, si te soy sincera. Y no es por el trabajo.
Adrián se acercó y se apoyó en la barandilla, a su lado, lo bastante cerca como para que ella notara el calor de su brazo. —¿Por qué es, entonces?
—Sabes por qué.
—Quiero oírtelo decir.
Valeria respiró hondo, mirando las luces del valle en vez de mirarlo a él, como si eso le diera algo de valor extra.
—Porque llevo semanas pensando en ti más de lo que cualquier pacto de meses debería permitir.
Porque cada vez que decimos que esto es solo una actuación, se me hace más difícil creérmelo.
—A mí me pasa exactamente lo mismo.
—Eso complica bastante las cosas, ¿no crees?
—Las complica muchísimo. Y aun así, no consigo que me importe tanto como debería.
Él se giró hacia ella, y esta vez no hubo familia observando, ni tía abuela exigiendo pruebas, ni ninguna excusa que sostuviera lo que pasó después.
La besó, o ella lo besó a él —ninguno de los dos sabría después explicar con exactitud quién dio el primer paso— y fue un beso lento, nada parecido al de la capilla ni al de la comida familiar.
Pasaron esa noche juntos, sin prisa, sin la urgencia torpe de Las Vegas ni la actuación calculada de las últimas semanas, sino con una certeza tranquila que a ambos les resultó, en su momento, sorprendentemente sencilla.
Por la mañana, sin embargo, la sencillez se complicó. Valeria despertó antes que él, y durante unos minutos se quedó mirando el techo, calculando las implicaciones de lo ocurrido con la misma meticulosidad con la que calculaba cualquier otro problema de su vida.
Pensó en el pacto firmado en la cafetería de Las Vegas, en la cláusula de no interferencia, en los meses que todavía quedaban antes del divorcio, y sintió que el pánico, ese viejo conocido que llevaba toda la vida acompañándola, empezaba a asomar de nuevo.
—Buenos días —dijo Adrián, todavía adormilado, buscando su mano bajo la sábana.
—Esto no cambia nada —dijo ella, apartándose con más brusquedad de la que pretendía—. Seguimos con el plan. Divorcio en cuanto se cumplan los plazos.
Adrián se incorporó, con una expresión que ella no supo del todo interpretar. —Claro. El plan.
El desayuno de esa última mañana transcurrió con una educación forzada que a ninguno de los dos le sentaba bien: comentarios breves sobre el café, sobre el tiempo, sobre la hora de salida, todo evitando cuidadosamente cualquier mención a lo sucedido durante la noche.
—¿Vamos a fingir que no ha pasado nada? —preguntó Adrián, finalmente, incapaz de sostener la farsa por más tiempo.
—No estoy fingiendo nada. Estoy siendo práctica.
—Eso es exactamente lo mismo que fingir, solo que con otro nombre.
Valeria dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué quieres que diga, Adrián? Firmamos un pacto.
Meses concretos, un divorcio al final, cero interferencias.
Anoche rompimos esa última norma de la peor manera posible, y ahora no sé cómo seguir adelante sin que todo se complique más de lo que ya está.
—A lo mejor complicarlo es exactamente lo que hace falta.
—O a lo mejor es la forma más rápida de que los dos salgamos heridos de esto.
No llegaron a ninguna conclusión antes de que llegara la hora de hacer el checkout, y el trayecto de vuelta, como consecuencia directa de esa conversación inconclusa, resultó todavía más tenso de lo que ya presagiaba.
Ya en la ciudad, antes de separarse cada uno hacia sus propias obligaciones del lunes, Adrián se detuvo un momento junto al coche, con las maletas todavía en el maletero.
—Oye. Sea lo que sea que decidamos hacer con esto, no quiero que la última imagen que tengamos del viaje sea esta discusión de esta mañana.
Valeria se giró hacia él, algo más calmada que unas horas antes, el cansancio del trayecto suavizando los bordes más afilados de la conversación previa. —Tampoco yo.
—Necesito tiempo para pensarlo con calma. Sin la presión del hotel, sin la copa de vino de anoche de por medio.
—Yo también.
—¿Seguimos siendo... lo que sea que somos, mientras tanto?
Valeria dudó un instante antes de contestar, sopesando la pregunta con más cuidado del habitual. —Seguimos siendo lo que sea que somos. Solo necesito procesarlo a mi ritmo.
Adrián asintió, aceptando la respuesta aunque no fuera exactamente la que esperaba, y se despidieron con un abrazo breve que, pese a la tensión acumulada, todavía conservaba algo de la calidez de la noche anterior.
Esa noche, ya sola en su piso —el fontanero llevaba semanas habiendo terminado la reparación, y Valeria había vuelto a su propio espacio, aunque cada vez pasaba menos noches en él—, se sentó en la cama con el teléfono en la mano, tentada varias veces de escribirle algo a Adrián, borrando cada intento antes de enviarlo.
Al final, se limitó a escribir una sola frase, breve y sincera: "Anoche no me arrepiento de nada."
La respuesta de Adrián llegó apenas unos minutos después: "Yo tampoco. Buenas noches, Valeria."
Se quedó mirando la pantalla un buen rato, con una sonrisa que no se molestó en disimular aunque no hubiera nadie despierto para verla, sintiendo que, pese a toda la confusión de los últimos días, aquella breve conversación por mensaje le había devuelto algo de la calma que llevaba perdida desde la mañana en el hotel.
Ninguno de los dos, mientras hacían las maletas en un silencio incómodo, se creyó del todo sus propias palabras.
El trayecto de vuelta a la ciudad transcurrió con una tensión muy distinta a la del viaje de ida: conversaciones cortas sobre el trabajo, silencios más largos de lo habitual, ninguna mención directa a lo sucedido la noche anterior.
A mitad de camino, Adrián se detuvo en un área de servicio, con la excusa de repostar, y aprovechó el momento para intentar romper el hielo.
—¿Vamos a hablar de esto en algún momento, o vamos a fingir que no ha pasado, como con el beso de la comida familiar?
—No sé qué hay que hablar. Pasó, fue... —Valeria buscó la palabra correcta, sin encontrarla del todo—. Fue bonito. Pero no cambia la situación de fondo.
—¿No la cambia?
—No debería.
—Eso no es lo mismo que decir que no la cambia.
Valeria no tuvo una respuesta para esa distinción, y el resto del trayecto continuó en un silencio que, sin ser hostil, tampoco terminaba de ser cómodo, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía todavía a decir en voz alta.