Capítulo 23
Adrián pasó tres días revisando fotografías de la exposición sin conseguir concentrarse en ninguna, hasta que Roque, harto de verlo deambular por el estudio como un fantasma, le dijo lo que llevaba semanas pensando.
Los tres días habían transcurrido en una bruma extraña para Adrián: se levantaba, iba al estudio, revisaba material que ya había revisado, comía sin apetito, y por las noches se quedaba despierto releyendo mensajes antiguos de Valeria en el móvil, mensajes de cuando todavía se escribían cosas sin importancia, sin la sombra del divorcio pendiente encima.
Su madre lo llamó dos veces esos días, preocupada por su silencio, y ambas veces Adrián le dio excusas vagas sobre el trabajo, incapaz todavía de contarle que el divorcio ya estaba firmado, que la mentira original que tanto le había costado sostener ahora, paradójicamente, le costaba todavía más deshacer.
—Hijo, te conozco. Algo va mal —le había dicho Asunción, la segunda vez que llamó—. Y no me refiero al trabajo.
—Estoy bien, mamá.
—No lo estás. Pero cuando estés listo para hablar de ello, aquí estoy.
Al colgar, Adrián se quedó mirando el móvil un buen rato, pensando en cuántas veces, a lo largo de su vida, había huido de conversaciones parecidas metiendo una maleta y subiéndose a un avión.
Esta vez, sin embargo, no había ningún avión al que subirse que resolviera nada: el problema, por primera vez, no estaba en otro continente, sino a pocos kilómetros de allí, en un estudio de interiorismo donde probablemente Valeria estaría, en ese mismo momento, tan perdida como él.
Sacó la libreta de nuevo, la de los borradores tachados, y escribió una última frase, sin tacharla esta vez: "No sé decir esto bien, así que voy a decirlo mal: te quiero, y prefiero decírtelo hoy, aunque sea tarde, que quedarme callado otra vez."
La leyó dos veces, satisfecho por primera vez en días con algo que había escrito, y decidió que no necesitaba perfeccionarla más. Solo necesitaba decirla en voz alta, delante de ella.
Al otro lado de la ciudad, Valeria vivía sus propios tres días de bruma, aunque con menos compañía que Adrián: Covadonga había insistido en pasarse por su piso un par de veces, pero Valeria, ocupada en sumergirse en el trabajo hasta el agotamiento, apenas le había dejado hueco para hablar de lo importante.
—Val, en serio, tienes que parar un momento y sentir lo que sea que estés evitando sentir —le había dicho Covadonga, la última vez que la visitó, encontrándola rodeada de planos hasta la medianoche.
—Estoy bien. Solo tengo mucho trabajo acumulado.
—Llevas tres días sin acumular trabajo. Llevas tres días huyendo de él en la dirección exactamente opuesta.
Valeria no había tenido una respuesta convincente para eso, y esa misma tarde, incapaz de concentrarse ni un minuto más en los planos, había decidido salir del estudio antes de lo habitual, con la carpeta bajo el brazo y la cabeza llena de pensamientos que llevaba días posponiendo.
—Vas a dejar que se vaya así, sin más.
—Ya está firmado, Roque. No hay nada que dejar ir. Ya se ha ido.
—Firmasteis un divorcio de un matrimonio que empezó como un accidente. Pero lleváis meses queriéndoos como si no lo fuera. Eso no lo arregla ningún papel de notaría.
—¿Y si se ríe de mí? —preguntó Adrián, en voz baja, dejando por fin salir el miedo que llevaba días conteniendo—. ¿Y si ya ha pasado página, y yo aparezco allí como un idiota con el corazón en la mano?
—¿Y si no se ríe? ¿Y si lleva estos mismos tres días exactamente igual que tú, sin decírselo a nadie?
—No lo sé.
—Pues solo hay una forma de averiguarlo, y no es quedándote aquí mirando fotos que ya has revisado quince veces.
Adrián se quedó mirando una fotografía de Valeria que había tomado sin que ella se diera cuenta, una tarde cualquiera en la cocina, riéndose de algo que él ya ni recordaba, y comprendió, con una claridad que le dolió físicamente, que estaba a punto de perder a la mujer de su vida por seguir un plan que ya no tenía ningún sentido.
—¿Y si voy y ya es tarde? —preguntó, más para sí mismo que para Roque—. ¿Y si ha conocido a alguien, o simplemente ha decidido que está mejor sin todo este lío?
—Llevas tres días encerrado en este estudio, Ferreiro, no tres años. No creo que le haya dado tiempo a rehacer su vida entera en setenta y dos horas.
—Tienes un don especial para quitarle dramatismo a todo.
—Alguien tiene que hacerlo, porque tú te dedicas a añadírselo constantemente. Ve. Ahora. Antes de que se te ocurra otra excusa para quedarte aquí revisando fotos.
Salió del estudio sin coger ni la cámara. Condujo hasta el estudio de interiorismo de Valeria con el corazón latiéndole más rápido que en cualquier vuelo de los últimos diez años, ensayando mentalmente, sin éxito, alguna versión medianamente coherente de lo que quería decirle.
La encontró justo cuando salía, con una carpeta bajo el brazo y la misma expresión decidida del primer día en el aeropuerto.
—Adrián. ¿Qué haces aquí?
—Firmé ese divorcio pensando que era lo correcto —dijo él, sin aliento, sin ningún plan preparado de antemano—, porque los dos empezamos esto como un accidente y yo pensé que terminar como un accidente era lo más honesto.
Pero me equivoqué, Valeria. Ya no quiero un matrimonio por accidente.
Quiero uno elegido. Contigo. De verdad, sin capillas de neón ni certificados que ninguno de los dos leyó.
Valeria se quedó inmóvil un instante, con la carpeta todavía bajo el brazo, sintiendo que todo el control que había intentado mantener durante meses se deshacía de golpe.
—Llevo tres días fingiendo que esto no me importa —admitió, con la voz temblando—. Y se me da fatal fingir, por si no lo habías notado.
—Se te da fatal —confirmó él, con una sonrisa que por fin volvía a parecerse a la de siempre.
—Entonces, ¿qué propones?
—Propongo empezar de cero. Sin accidentes. Sin plazos legales empujándonos. Solo tú y yo, decidiendo esto con la cabeza despejada, por primera vez desde que nos conocemos.
Valeria dejó caer la carpeta al suelo, y esta vez fue ella quien dio el primer paso.
Un transeúnte que pasaba por ahí, testigo casual de la escena, se detuvo un momento a mirarlos con una sonrisa antes de seguir su camino, sin saber que acababa de presenciar el final feliz de una historia que había empezado, un año antes, con una discusión absurda por un asiento de teatro en Las Vegas.
—Deberíamos sentarnos en algún sitio a hablar con calma —dijo Valeria, cuando por fin se separaron, todavía sin aliento—. Hay muchas cosas que resolver.
—Hay tiempo para eso. Ahora mismo solo quiero quedarme aquí un rato más.
—¿En mitad de la calle?
—En mitad de la calle, sí. Llevo tanto tiempo con prisa por llegar a algún sitio que me apetece, por una vez, no tener ninguna prisa.
Valeria sonrió, apoyando la cabeza en su hombro, y por un momento se quedaron así, en mitad de la acera, sin preocuparse de la gente que pasaba a su alrededor, disfrutando de la sencilla certeza de estar, por fin, exactamente donde querían estar.
Se besaron en mitad de la calle, sin importarles quién los viera, sin ninguna familia observando ni ninguna tía abuela exigiendo pruebas, solo los dos, finalmente de acuerdo en algo sin necesidad de ningún pacto escrito de por medio.
—Esto va a sonar ridículo —dijo Valeria, cuando por fin se separaron—, pero creo que deberíamos contárselo a las familias como es debido. Sin fiestas de cumpleaños interrumpidas, sin tías abuelas destapando la verdad. Una cena tranquila, los dos, contándolo nosotros mismos.
—Me parece perfecto. Aunque dudo que Herminia se resista a hacer alguna pregunta incómoda de todas formas.
—Seguramente no. Pero esta vez estaremos preparados.
La cena, organizada dos semanas después en casa de los padres de Adrián, reunió a las dos familias completas alrededor de la misma mesa donde meses atrás Herminia había destapado la verdad de la manera más incómoda posible.
Esta vez, sin embargo, fueron Valeria y Adrián quienes tomaron la palabra antes de que nadie más pudiera preguntar nada.
—Queríamos contaros nosotros mismos lo que ha pasado en las últimas semanas —empezó Valeria, con la mano de Adrián entrelazada con la suya bajo la mesa—. Firmamos el divorcio, es verdad. Pero también decidimos, después, que no queríamos separarnos.
—¿Vais a seguir casados? —preguntó Remedios, con la voz cargada de una esperanza que no se molestó en disimular.
—Vamos a volver a casarnos —anunció Adrián—. Por decisión propia esta vez. Sin accidentes, sin capillas de neón de por medio, aunque...
—Aunque sí va a haber una capilla de neón de por medio —completó Valeria, riéndose—. Pero esta vez a propósito.
La mesa entera estalló en una mezcla de risas, lágrimas y aplausos, y Herminia, que llevaba toda la cena esperando su momento, se puso en pie con la copa alzada.
—Sabía que había algo real desde el principio. Se lo dije a todo el mundo. Nadie discute conmigo tan apasionadamente sin sentir algo de verdad.
—Herminia, discutíamos por un asiento de teatro —le recordó Adrián, entre risas.
—Los detalles no importan, jovencito. Lo importante es que tenía razón.
Más tarde esa noche, cuando la cena ya se disolvía en sobremesa y las dos familias intercambiaban anécdotas con una soltura que un año antes habría parecido imposible, Valeria se apartó un momento con Adrián a la cocina, buscando un respiro de tanta atención acumulada.
—¿Estás bien? —preguntó él, notando su expresión pensativa.
—Mejor que bien. Solo un poco abrumada. Hace un año esto habría sido mi peor pesadilla: toda mi vida expuesta delante de dos familias enteras, sin ningún plan de por medio.
—¿Y ahora?
—Ahora me parece exactamente donde debería estar. Contigo, sin plan, y sin que me dé tanto miedo como debería.
Adrián la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro. —Bienvenida al club de los que dejamos de necesitar un plan B.
—Todavía tengo mis carpetas azules, que conste. No pienso renunciar del todo a ellas.
—No esperaba menos. Solo espero que en la próxima haya sitio para algo más que itinerarios.