Capítulo 14
La comida en casa de los padres de Valeria llegó con más tensión que la de Adrián, porque Remedios había invitado, sin avisar, a una tía abuela con fama de detectar mentiras a distancia.
Antes de salir hacia allí, Valeria repasó con Adrián, una vez más, los detalles de su historia inventada, esta vez con un nerviosismo que no había mostrado en ocasiones anteriores.
—Mi familia es más intensa que la tuya —le advirtió, mientras se ponía los pendientes frente al espejo del recibidor—. Sobre todo mi tía Herminia. Fue profesora de instituto treinta años y todavía trata a todo el mundo como si fuera un alumno intentando copiar en un examen.
—Suena encantadora.
—Es encantadora, en pequeñas dosis. En dosis de comida familiar completa, es agotadora.
—Prometo estar a la altura del examen.
—No prometas nada. Solo intenta no contradecirte a ti mismo en menos de una hora, que es lo único que te pido.
Adrián se rió, pero por dentro sintió una punzada de nervios genuinos, distinta a la ligereza con la que había afrontado la comida con sus propios padres semanas atrás. Por alguna razón, quedar bien ante la familia de Valeria le importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.
—¿Y cómo os conocisteis exactamente? —preguntó la tía, Herminia, entrecerrando los ojos como si estuviera examinando un cuadro sospechoso de ser falso.
—En un espectáculo, en Las Vegas —dijo Adrián, con la naturalidad ensayada de las últimas semanas—. Coincidencia de asientos.
—Qué romántico. —Herminia no sonaba del todo convencida—. ¿Y os habéis dado ya el primer beso de casados, o todavía estáis en fase tímida?
Antes de esa pregunta directa, la comida ya había sido un ejercicio de equilibrismo constante.
Casimiro, el padre de Valeria, un hombre de pocas palabras pero mirada observadora, no había dejado de estudiar a Adrián con una atención silenciosa que a este le resultaba más intimidante que cualquier interrogatorio directo.
—¿A qué te dedicas exactamente? —había preguntado Casimiro, al servir el segundo plato.
—Fotografía de viajes. Reportajes para revistas, sobre todo.
—Un trabajo inestable.
—Papá —había intervenido Valeria, con un tono de advertencia.
—Es una observación, no una crítica —había dicho Casimiro, sin dejar de mirar a Adrián—. ¿Piensas seguir viajando así, ahora que estás casado?
Adrián había dudado un instante antes de contestar, sin saber muy bien qué versión de la verdad convenía más en ese momento. —Estoy reconsiderando algunas cosas, la verdad. Últimamente no tengo tanta prisa por hacer la maleta como antes.
Fue una respuesta sincera, sorprendentemente sincera para tratarse de una comida de actuación, y Valeria, sentada a su lado, la había escuchado con una atención que no pasó desapercibida para nadie en la mesa, ni siquiera para Herminia, que en ese momento ya empezaba a sospechar que algo no encajaba del todo en la historia oficial.
Un silencio incómodo recorrió la mesa tras la pregunta de Herminia sobre el beso. Casimiro carraspeó. Remedios miró a su hija con una ceja levantada.
—Claro que sí —dijo Valeria, demasiado rápido.
—Pues no lo he visto —dijo Herminia—. Y llevo aquí media comida.
Adrián miró a Valeria. Valeria miró a Adrián. Y en un gesto que ninguno de los dos planeó del todo, se inclinaron el uno hacia el otro y se besaron delante de toda la familia.
No fue el beso teatral y rápido de la capilla. Fue un beso real, de los que se sienten en el estómago antes que en los labios, y cuando se separaron, ninguno de los dos supo muy bien qué decir.
—Ya está, Herminia —dijo Remedios, rompiendo el silencio con una risa nerviosa—. Contenta.
—Contentísima —confirmó Herminia, aunque su mirada, ahora clavada en los dos con una intensidad renovada, sugería que sus sospechas, lejos de disiparse, acababan de intensificarse.
Al terminar la comida, mientras Valeria ayudaba a su madre a recoger la mesa, Herminia aprovechó un momento a solas con Adrián en el salón, aparentemente interesada en preguntarle por su trabajo, aunque el verdadero propósito de la conversación quedó claro enseguida.
—Llevo cuarenta años enseñando a adolescentes a mentir mal en los exámenes, jovencito. Sé reconocer cuando alguien improvisa una respuesta.
—No sé a qué se refiere.
—Me refiero a que la historia de cómo os conocisteis cambia ligeramente cada vez que la cuenta uno de los dos. Tú dices que fue en un espectáculo. Ella, la semana pasada, le dijo a su madre que fue en un bar. No son lo mismo.
Adrián sintió que el estómago se le encogía, buscando rápidamente una explicación que sonara natural. —Fue en un espectáculo, y después seguimos la noche en varios bares. Las dos versiones son ciertas, según qué parte de la noche se cuente.
Herminia lo estudió un momento más, con esa mirada de examinadora que Valeria le había advertido, antes de esbozar una sonrisa que no terminaba de ser tranquilizadora.
—Tienes respuesta para todo, eso lo reconozco.
Pero recuerda, jovencito: las mentiras bien construidas también se acaban desmoronando, tarde o temprano. Todas lo hacen.
Se alejó hacia la cocina sin esperar respuesta, dejando a Adrián con la sensación helada de que el tiempo que les quedaba para sostener aquella actuación, fuera cual fuera el tiempo real, se acababa de acortar considerablemente.
Cuando se lo contó a Valeria esa misma noche, ella palideció visiblemente. —Si Herminia sospecha, se lo dirá a mi madre tarde o temprano. Es cuestión de tiempo.
—Lo sé. No sabía qué más decirle.
—No es culpa tuya. Es que esto... —Valeria se pasó las manos por la cara, cansada—. Esto cada vez es más difícil de sostener, y no me refiero solo a las mentiras.
Adrián asintió, comprendiendo perfectamente a qué se refería, aunque ninguno de los dos, esa noche, encontrara todavía las palabras exactas para nombrar lo que de verdad estaba cambiando entre ellos.
La comida continuó como si nada hubiera pasado, pero Valeria pasó el resto de la tarde evitando mirar a Adrián directamente, y él, por su parte, se descubrió pensando en ese beso mucho después de que hubieran vuelto a casa.
—Ha sido para la actuación —dijo ella esa noche, sin que nadie se lo hubiera preguntado, mientras guardaba los platos de la cena en el fregadero.
—Claro —dijo él—. Para la actuación.
Ninguno de los dos sonó especialmente convencido.
—¿Puedo decir una cosa? —añadió Adrián, tras un silencio.
—Depende de lo que sea.
—Ha sido el mejor beso de actuación que he dado en toda mi vida.
Valeria le lanzó el trapo de cocina, riéndose a su pesar, aunque por dentro, sin querer admitirlo del todo, pensaba exactamente lo mismo.
De camino a casa esa misma tarde, en el coche, hubo un silencio distinto a los anteriores, no incómodo exactamente, pero sí cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía.
—¿En qué piensas? —preguntó Adrián, en un semáforo en rojo.
—En que llevamos meses fingiendo tan bien que ya ni siquiera sé dónde termina la actuación y empieza otra cosa.
—¿Y eso te preocupa?
—Un poco. Firmamos un pacto muy claro, Adrián. Meses, divorcio limpio, cada uno a su vida. Y cada semana que pasa, esa idea me parece más difícil de sostener.
Adrián no contestó enseguida, concentrado en la carretera, aunque Valeria notó que se le tensaba ligeramente la mandíbula, un gesto que ya empezaba a reconocerle cuando algo le afectaba más de lo que quería admitir.
—A mí también me lo parece —dijo al fin—. Cada vez más difícil, quiero decir.
No añadieron nada más durante el resto del trayecto, pero ambos condujeron el resto del camino dándole vueltas a la misma pregunta silenciosa: qué hacer cuando un plan cuidadosamente diseñado empieza a desmoronarse por las mejores razones posibles.
Al día siguiente, Remedios llamó a Valeria con la excusa de preguntar por unas recetas, aunque enseguida quedó claro que el verdadero motivo de la llamada era otro.
—Tu padre y yo estamos encantados con Adrián, ¿sabes? Se nota que te trata bien.
—Me alegra que os haya gustado, mamá.
—Aunque hay algo que no termino de entender. —Remedios bajó la voz, como si el resto de la casa pudiera escucharla—. Herminia dice que hay algo raro en vosotros. Que las cosas no encajan del todo.
—Herminia sospecha de todo el mundo. Es su hobby.
—Puede ser. Pero una madre también nota cosas, Valeria, y he notado que cuando habláis del pasado, os miráis como buscando la respuesta correcta en el otro, no como quien recuerda algo vivido juntos.
Valeria se quedó sin palabras un instante, sorprendida de lo perceptiva que podía llegar a ser su madre cuando se lo proponía. —Estás imaginando cosas, mamá.
—Puede ser —repitió Remedios, sin sonar del todo convencida—. Solo quiero que sepas que, sea lo que sea que esté pasando, puedes contármelo. No voy a juzgarte.
Colgaron poco después, y Valeria se quedó mirando el móvil un buen rato, preguntándose cuánto tiempo más podría sostener aquella actuación antes de que alguien, madre o no, terminara de atar cabos.