Casados por error Capítulo 13
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Capítulo 13

El fontanero tardó más de lo previsto, y lo que iba a ser una convivencia de tres días se estiró hasta las dos semanas. Valeria empezó a notar cosas que la sorprendieron, pequeñas contradicciones con la imagen que se había hecho de Adrián el primer día.

Una de esas contradicciones apareció una mañana temprano, cuando Valeria se despertó antes de lo habitual y encontró a Adrián ya en pie, ejercitándose en el salón con una disciplina que no encajaba en absoluto con la imagen de caos permanente que él mismo cultivaba.

—No sabía que hacías ejercicio —dijo ella, todavía en pijama, apoyada en el marco de la puerta.

—Todos los días, a la misma hora. Es de las pocas rutinas que mantengo pase lo que pase, esté donde esté del mundo.

—Eso es sorprendentemente disciplinado para alguien que deja la cámara tirada sobre cualquier superficie disponible.

—Cada uno tiene sus prioridades. La cámara sobrevive a los golpes. Mi cuerpo, cada vez menos.

Se quedó mirándolo un momento más de lo estrictamente necesario, sorprendida de lo poco que, en realidad, sabía todavía de la persona con la que llevaba semanas compartiendo piso.

Lo encontró una tarde sentado a la mesa del comedor, rodeado de facturas, calculando con una calculadora de verdad —no la del móvil— los gastos del próximo viaje de trabajo.

—Pensaba que odiabas los números —dijo ella, apoyada en el marco de la puerta.

—Odio que me digan cómo organizar mi tiempo.

Los números, en cambio, no discuten conmigo.

—Señaló una carpeta, ordenada por meses, con un sistema de colores que a Valeria le pareció, para su sorpresa, razonablemente lógico—.

Llevo la contabilidad de cada encargo desde que empecé.

Si no lo hiciera así, nunca sabría si un viaje me sale a cuenta o me arruina.

—No pareces la misma persona que se disfrazó con pajarita torcida en una capilla de Las Vegas.

—Y tú no pareces la misma que llevaba una carpeta con plan B y plan C para una despedida de soltera, pero aquí estás, deshaciéndote del sofá que has organizado dos veces esta semana.

Ella se rió, porque tenía razón, y porque empezaba a sospechar que las primeras impresiones que se habían llevado el uno del otro eran, como mucho, la mitad de una historia.

Se sentó frente a él, curiosa de repente por ese lado suyo tan meticuloso que contrastaba con la imagen de fotógrafo despreocupado que se había formado en Las Vegas. —¿Puedo ver cómo lo organizas?

—Claro. —Adrián giró la carpeta hacia ella, mostrándole columnas ordenadas por gastos de vuelo, alojamiento, material, y una columna final de "beneficio neto" que en algunos meses era decepcionantemente pequeña—. No es glamuroso, pero funciona.

—Esto es más ordenado que la contabilidad de algunos clientes con los que trabajo.

—No se lo digas a nadie. Tengo una reputación de caos que cultivar.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Adrián sonrió, y por un instante, mirándola inclinada sobre sus papeles con genuino interés, sintió una punzada de algo que no supo nombrar del todo, algo parecido a las ganas de que aquella tarde tranquila no terminara nunca.

Esa misma tarde, mientras ordenaban juntos el armario de material fotográfico —otra tarea que se les había ido acumulando entre visitas del fontanero y compromisos familiares—, Valeria encontró una carpeta antigua, distinta de las demás, con fotografías impresas de sus primeros años como fotógrafo.

—¿Puedo mirar? —preguntó, ya con la carpeta medio abierta.

—Adelante, aunque te advierto que la calidad deja bastante que desear. Empecé con una cámara de segunda mano que se atascaba cada dos disparos.

Las fotos mostraban un Adrián mucho más joven, con encuadres torpes y una ambición evidente incluso en los errores técnicos: un atardecer mal expuesto, un retrato desenfocado, una composición valiente que casi funcionaba.

—Se nota que ya tenías buen ojo, aunque la técnica fallara —dijo Valeria, deteniéndose en una foto de un mercado callejero abarrotado de gente.

—Esa me costó tres intentos distintos, tres viajes al mismo mercado, hasta conseguir el ángulo que quería. Mis padres pensaban que estaba loco, gastándome los ahorros del verano en billetes de autobús para hacer la misma foto una y otra vez.

—¿Y mereció la pena?

—Esa foto en concreto fue la primera que vendí a una revista. Así que sí, mereció la pena, aunque en su momento no lo pareciera.

Valeria guardó la carpeta con cuidado, pensando que aquella insistencia silenciosa, esa capacidad de repetir algo tres veces hasta conseguirlo, encajaba mal con la imagen de impulsividad que Adrián proyectaba hacia fuera, y que quizás, después de todo, los dos se parecían más de lo que ninguno estaba dispuesto a admitir.

Aquella misma tarde, mientras devolvían las carpetas al armario, Adrián se detuvo un momento observándola ordenar los estantes con la misma meticulosidad que aplicaba a cualquier tarea, por pequeña que fuera.

—¿Puedo decirte algo sin que suene raro?

—Últimamente todo lo que dices suena un poco raro, así que adelante.

—Me gusta verte hacer eso. Ordenar. Al principio me sacaba de quicio, la verdad, pero ahora me parece casi relajante verte encontrarle un sitio a cada cosa.

—Eso es lo más raro que me has dicho hasta ahora, y eso que la lista es larga.

—Lo digo en serio. Es como verte pensar en voz alta, sin palabras.

Valeria se detuvo un momento, sorprendida por la observación, y se preguntó, no por primera vez esa semana, cuánto tiempo llevaba Adrián fijándose en detalles de ella que ni ella misma consideraba dignos de mención.

Adrián, por su parte, descubrió su propia grieta una noche en que Valeria recibió una llamada de su hermana pequeña y, tras colgar, se sentó en la cocina con la mirada perdida durante un buen rato.

—¿Todo bien?

—Mi hermana necesita ayuda con la matrícula de la universidad. Otra vez. Y mis padres... —Se frotó la cara—. Mis padres nunca han sido demasiado buenos organizando el dinero. Llevo años haciendo yo esos números, en silencio, para que nadie tenga que preocuparse.

—No lo sabía.

—No lo sabe casi nadie. —Se encogió de hombros, como si aquello no tuviera importancia, aunque su expresión decía justo lo contrario—. Supongo que por eso necesito controlarlo todo. Si yo no sostengo ciertas cosas, se caen.

Adrián no dijo nada ingenioso esta vez. Se sentó a su lado, en silencio, y por primera vez desde que se conocían, el silencio entre ellos no necesitó ser llenado con ninguna broma.

Para animarla, esa misma noche Adrián insistió en preparar una cena improvisada con lo poco que quedaba en la nevera, un intento algo caótico de pasta con lo que él llamó, muy generosamente, "salsa de la casa", que resultó ser una mezcla de tomate, restos de queso y una lata de atún que sobrevivía en el fondo de un armario desde hacía semanas.

—Esto no tiene ninguna pinta de ser comestible —dijo Valeria, mirando la sartén con desconfianza.

—Confía en el proceso.

—El proceso incluye una lata de atún caducada, Adrián.

—Caducada la semana pasada. Eso es diferente.

Contra todo pronóstico, la cena resultó comestible, incluso sorprendentemente buena, y ambos acabaron riéndose de la hazaña culinaria mientras rebañaban los platos con pan, sentados en el suelo del salón como ya empezaba a ser costumbre entre ellos.

—Deberíamos hacer esto más a menudo —dijo Adrián—. Lo de improvisar cenas con lo que haya, quiero decir.

—¿Cenas de riesgo con ingredientes caducados? Paso.

—Cenas sin plan. Sin carpeta. Solo ver qué sale.

Valeria lo miró un momento, pensando que aquella frase, dicha en apariencia sobre pasta, tenía un significado bastante más amplio del que Adrián probablemente pretendía, y decidió, por una vez, no corregirle el sentido.

—¿Puedo preguntarte algo, ya que estamos con confesiones? —dijo él, al cabo de un rato.

—Adelante.

—¿Tu hermana sabe todo lo que haces por la familia?

—No del todo. Prefiero que no lo sepa. Es más joven, todavía está estudiando, no quiero que cargue con ese peso también.

—¿Y quién carga contigo, cuando tú necesitas ayuda?

La pregunta la pilló desprevenida, casi tanto como la de Adrián en el teatro de Las Vegas, meses atrás. —Nadie, supongo. No lo había pensado así.

—Pues piénsalo. Porque cargar sola con todo tiene un límite, y por lo que veo llevas años acercándote a él.

Valeria no supo qué contestar, pero guardó la frase, sin saberlo todavía, en el mismo rincón de la memoria donde ya guardaba otras cosas que Adrián le había dicho y que se negaba a analizar demasiado.

Días después, la hermana pequeña de Valeria, que finalmente había conseguido resolver el tema de la matrícula gracias a la ayuda discreta de su hermana, llamó para darle las gracias, sin sospechar que en la conversación estaba también Adrián, sentado al otro lado del sofá, escuchando sin querer.

—Eres la mejor, de verdad —decía la voz al otro lado del teléfono, lo bastante alta como para que Adrián captara fragmentos—. No sé qué haría sin ti.

—No es nada, de verdad. Para eso estoy.

Cuando colgó, Adrián la miró con una expresión que mezclaba ternura y una preocupación sincera. —¿Siempre haces eso? ¿Restarle importancia a todo lo que haces por los demás?

—Es lo que hacen las hermanas mayores.

—Es lo que haces tú, en general, con todo el mundo. Conmigo también, si te soy sincero. Llevas semanas ocupándote de que la actuación familiar funcione, de organizar cada detalle, sin pedir nada a cambio.

—No hace falta que me lo agradezcas.

—No te lo estoy agradeciendo. Te estoy diciendo que deberías dejar que alguien cuide de ti, para variar.

Valeria se quedó mirándolo, sorprendida de la ternura con la que lo había dicho, sin saber muy bien cómo responder a una oferta que, en el fondo, llevaba toda la vida sin saber aceptar.

Roque notó el cambio antes que nadie, como suele pasar con los amigos de toda la vida. Se lo dijo a Adrián sin rodeos, una tarde que quedaron para revisar material de la próxima exposición.

—Estás distinto.

—¿Distinto cómo?

—No sé explicarlo bien. Más tranquilo. Antes, entre encargo y encargo, ya estabas mirando el siguiente destino en el móvil. Ahora ni siquiera has mencionado ningún viaje futuro en toda la tarde.

—Tengo la cabeza en la exposición.

—Tienes la cabeza en otra cosa, Ferreiro, y los dos sabemos en qué.

Adrián no lo negó esta vez, algo que sorprendió incluso a Roque, acostumbrado a las evasivas constantes de su amigo en todo lo relacionado con compromisos serios.

—No sé qué está pasando exactamente —admitió Adrián—. Solo sé que no tengo prisa por que termine.

—Eso, viniendo de ti, es prácticamente una declaración de amor.

—No exageres.

—No exagero nada. Te conozco desde hace diez años y nunca te había visto quedarte quieto por gusto.

Esa misma noche, de vuelta en el piso, Valeria salió un momento al pequeño balcón mientras Adrián terminaba de editar unas fotos en el ordenador, necesitando un momento a solas para poner en orden sus propios pensamientos.

Llevaba semanas notando pequeñas grietas en la versión de Adrián que se había formado en Las Vegas, y cada una de ellas, lejos de decepcionarla, le resultaba más interesante que la anterior.

Pensó en Íñigo, en cómo después de siete años todavía sentía que solo conocía una versión superficial de él, y en cómo, en apenas unas semanas, ya sabía de Adrián detalles que nunca se había molestado en preguntarle a su expareja: su rutina de ejercicio, la carpeta de contabilidad meticulosa, la insistencia silenciosa que lo había llevado a repetir la misma foto tres veces hasta conseguirla.

Se preguntó, sin querer del todo la respuesta, si aquello significaba que con Adrián prestaba más atención, o si simplemente Adrián se dejaba conocer con más facilidad de la que Íñigo jamás le había ofrecido.

Cuando volvió a entrar, lo encontró todavía frente al ordenador, con la luz de la pantalla iluminándole el perfil concentrado, y se quedó un momento en el marco de la puerta, observándolo sin que él se diera cuenta, memorizando ese instante sin saber muy bien por qué le parecía importante hacerlo.