Casados por error Capítulo 12
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Capítulo 12

—Necesitamos normas —anunció Valeria la tercera noche, sentada en el sofá con una libreta que había sacado, sin ninguna vergüenza, de su propia maleta.

La idea de las normas había surgido, en realidad, después de un pequeño incidente esa misma tarde: Adrián había usado, sin preguntar, la crema hidratante carísima que Valeria guardaba en el baño, dejando el bote casi vacío, y ella había reaccionado con una indignación que a él le pareció, al principio, completamente desproporcionada.

—Es solo crema, Valeria.

—Es una crema específica para mi tipo de piel que cuesta cuarenta euros el bote y que ahora tengo que volver a comprar.

—No sabía que las cremas tenían tanta ciencia detrás.

—Por eso mismo necesitamos límites claros. Antes de que decidas usar mi cepillo de dientes sin preguntar, o algo peor.

—Eso jamás. Tengo un mínimo de decencia.

—¿Como con la crema?

—Eso ha sido un descuido puntual. Un accidente.

—Pues para evitar más "accidentes", vamos a poner normas.

—¿Normas? Esto no es un contrato de alquiler.

—Es exactamente eso, solo que sin alquiler de por medio. Norma uno: no tocar las cosas del otro sin permiso.

—De acuerdo. Norma dos: espacios separados. Tú tu habitación, yo la mía, y el resto es territorio neutral.

—Norma tres —añadió ella, escribiendo—: nada de preguntas personales innecesarias.

—¿Innecesarias según quién?

—Según el sentido común.

Adrián levantó las manos, fingiendo una rendición absoluta, y ambos brindaron con dos vasos de agua con gas en señal de acuerdo solemne, como si estuvieran firmando un tratado internacional.

—Norma cuatro —propuso él, entrando en el espíritu del juego—: nada de comentar los hábitos de higiene del otro, por muy cuestionables que parezcan.

—¿A qué hábito te refieres exactamente?

—A ninguno en particular. Es preventivo.

—Norma cinco: el que cocina, no friega. Es de justicia básica.

—Acepto esa, sobre todo porque tú cocinas fatal y prefiero encargarme yo.

—Eso ha sido un ataque directo.

—Ha sido un hecho objetivo, que es distinto.

—Norma seis —añadió Valeria, tras pensarlo un momento—: si uno de los dos tiene un mal día, el otro no hace preguntas hasta que esté listo para hablar.

—Esa me gusta. Norma siete: nada de juzgar el horario de sueño del otro. Yo trabajo mejor de madrugada, tú claramente prefieres la mañana, y ninguno de los dos tiene que cambiar eso por el otro.

—De acuerdo. Norma ocho: cualquier norma puede renegociarse si deja de tener sentido.

—Esa es trampa. Anula todas las demás en potencia.

—Por eso mismo es la más importante de todas.

La norma uno duró hasta la mañana siguiente, cuando Valeria tuvo que tomar prestada la plancha de Adrián porque la suya seguía empapada en el piso inundado.

La norma dos duró un poco más, hasta que ella se quedó dormida en el sofá viendo un documental y él, en vez de despertarla, le puso una manta por encima sin decir nada.

La norma tres no llegó siquiera a cumplir veinticuatro horas completas.

—¿Por qué odias tanto el beige? —le preguntó ella, la segunda noche, mientras él cocinaba algo que olía sorprendentemente bien para tratarse de una improvisación.

—Pregunta personal.

—Curiosidad general.

Adrián sonrió, removiendo la sartén sin mirarla. —Mi habitación de la infancia era beige. Toda. Paredes, cortinas, hasta la colcha. Mis padres pensaban que era un color neutro y tranquilizador. A mí me parecía la sala de espera de un dentista.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Y tú por qué necesitas que todo esté en su sitio?

Ella se quedó un momento callada, sopesando si aquello contaba como pregunta personal innecesaria o como una que merecía respuesta.

—Porque cuando era pequeña nos mudamos seis veces en ocho años. Nunca sabía dónde iban a estar mis cosas la semana siguiente. Supongo que decidí, en algún momento, que si no podía controlar el sitio, al menos podía controlar el orden.

Adrián apagó el fuego y la miró con una atención que no tenía nada que ver con la cocina.

—Eso no lo sabía.

—Es que no preguntabas —dijo ella, y las reglas, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, quedaron oficialmente descartadas.

Días después, mientras ordenaba unos cajones de la cocina en un intento más de imponer su propio sistema sobre el caos de Adrián, Valeria encontró una caja de fotografías antiguas, en papel, algo que a esas alturas de digitalización total le pareció casi un objeto de museo.

—¿Puedo mirarlas? —preguntó, con la caja ya medio abierta.

—Adelante. No hay nada ahí que no puedas ver.

Eran fotos de un Adrián mucho más joven: en el colegio, en un campamento de verano, en lo que parecía ser su primera cámara, sostenida con un orgullo desmedido para un niño de unos diez años.

Y, hacia el fondo de la caja, una foto de un Adrián adolescente con Nieves, sonriendo los dos con la inocencia de quien todavía no sabe cómo va a terminar la historia.

—¿La guardas a propósito? —preguntó Valeria, sosteniendo la foto con cuidado.

—No, sinceramente había olvidado que estaba ahí. —Adrián se acercó a mirarla por encima de su hombro—. Qué jóvenes éramos. Ni siquiera reconozco al que era yo en esa foto.

—¿Cambió mucho la ruptura?

—Cambió bastante, sí. Aprendí que no basta con querer a alguien para que la relación funcione. Hace falta que los planes de los dos encajen en algún punto, y los nuestros nunca llegaron a encajar del todo.

Valeria guardó la foto de nuevo en la caja, pensando que aquella frase, dicha sin ninguna intención dramática, se le iba a quedar rondando bastante más tiempo del que a ella misma le habría gustado admitir.

Cenaron esa noche sentados en el suelo del salón, sin mesa —Adrián no tenía una lo bastante grande, otro detalle que Valeria anotó mentalmente para el futuro—, con los platos sobre las rodillas y una conversación que se alargó mucho más allá de lo que la cena en sí requería.

—Si tuvieras que elegir un solo lugar del mundo para vivir el resto de tu vida, de todos los que has visitado, ¿cuál sería? —preguntó Valeria.

Adrián lo pensó de verdad, como si la pregunta mereciera una respuesta cuidada. —Puede que aquí, curiosamente. Nunca pensé que diría eso, pero últimamente no me apetece tanto hacer la maleta como antes.

—¿Desde cuándo?

Él la miró un segundo de más antes de contestar. —Desde hace un par de semanas, más o menos.

Valeria sintió que se le encogía algo en el estómago, una sensación que decidió, por el momento, no examinar con demasiado detalle, y cambió de tema hacia algo más seguro, aunque durante el resto de la noche la frase de Adrián le siguió rondando la cabeza sin que ella se lo pidiera.

Esa misma noche, ya en su habitación, Valeria llamó a Nagore, que a esas alturas se encontraba a pocas semanas de su propia boda y sumida en los últimos preparativos.

—Necesito contarte algo, pero prométeme que no vas a hacer un drama.

—Eso significa que vas a contarme exactamente el tipo de cosa de la que sí voy a hacer un drama.

—Nagore.

—Vale, vale, lo prometo. Cuenta.

Valeria le resumió, en voz baja para que Adrián no la oyera desde el salón, las últimas semanas: la comida familiar, el fin de semana en la costa, la convivencia por la avería, las reglas rotas una tras otra.

—Val. Cariño. Eso no suena a matrimonio de mentira. Eso suena a matrimonio de verdad con papeleo pendiente.

—No digas eso.

—Es la verdad y lo sabes. Llevas semanas hablándome de él sin que yo pregunte nada. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste eso con alguien?

Valeria no tuvo una respuesta rápida para esa pregunta, y el silencio, una vez más, dijo bastante más de lo que ella habría querido admitir en voz alta.

—Prométeme una cosa más —dijo Nagore, antes de colgar—. Sea lo que sea que esté pasando ahí, no lo apagues solo porque no estaba en tus planes originales. A veces las mejores cosas de la vida son, precisamente, las que no planeamos.

—Lo pensaré —dijo Valeria, aunque en el fondo ya sabía que llevaba días, quizá semanas, pensando exactamente en eso.

Colgó el teléfono y se quedó un rato sentada en la cama, escuchando de fondo el ruido lejano de Adrián recogiendo la cocina, un sonido que, sin ella quererlo del todo, ya empezaba a resultarle extrañamente reconfortante.

Al día siguiente, sábado, decidieron aprovechar la mañana para hacer la compra juntos, una tarea doméstica tan mundana que a ninguno de los dos se le había ocurrido plantearla como una posible fuente de conflicto hasta que se vieron discutiendo, en mitad de un supermercado cualquiera, sobre la marca correcta de pasta.

—Esta marca sabe a cartón —protestó Adrián, devolviendo un paquete a la estantería.

—Esta marca es la que llevo comprando toda mi vida y nunca me ha dado ningún problema.

—Pues prueba esta otra. Confía en mí, en temas de pasta soy una autoridad reconocida internacionalmente.

—¿Reconocida por quién exactamente?

—Por mí mismo, que es la autoridad que más me importa.

Ella puso los ojos en blanco, pero acabó metiendo en el carro la marca que él proponía, junto con la suya, "para comparar con rigor científico", según sus propias palabras.

Recorrieron el resto del supermercado entre bromas parecidas, discutiendo sobre el tipo de aceite, sobre si el brócoli era o no la verdura más aburrida del mundo, sobre cuál de los dos cocinaba mejor la tortilla de patatas, un debate que amenazaba con no tener fin.

En la cola de la caja, una mujer mayor que tenían delante se giró hacia ellos con una sonrisa cómplice. —Se nota que llevan poco casados. Todavía discuten con ganas.

Valeria y Adrián se miraron, sin saber muy bien qué contestar, y la mujer, ajena por completo a la complejidad real de la situación, siguió hablando sin esperar respuesta.

—Disfruten de esa fase. Se pasa antes de lo que creen, y luego se echa de menos.

Salieron del supermercado cargados de bolsas y con una sensación extraña flotando entre los dos, la de haber sido, por unos minutos, exactamente lo que la desconocida había creído que eran: una pareja de verdad, discutiendo por tonterías sin importancia, con toda una vida por delante para seguir discutiendo.

Se levantó, finalmente, y se asomó al salón, donde lo encontró terminando de guardar los platos con una torpeza doméstica que a esas alturas ya no le resultaba exasperante, sino casi entrañable.

—¿Todo bien? —preguntó él, sin darse la vuelta.

—Todo bien —dijo Valeria, apoyándose en el marco de la puerta, observándolo un momento antes de que él se percatara de su presencia—. Solo pensaba.

—¿En qué?

—En que esto se está complicando más de lo que ninguno de los dos había firmado en aquella cafetería de Las Vegas.

Adrián se giró por fin, secándose las manos en un trapo de cocina, y la miró con una seriedad poco habitual. —Lo sé. A mí también me lo parece.

Ninguno de los dos añadió nada más esa noche, pero ambos se fueron a dormir sabiendo, sin decírselo todavía, que las reglas que habían firmado en la cafetería empezaban a quedarse pequeñas para lo que fuera que estuviera creciendo entre los dos.

Fuera, la ciudad seguía su curso normal, ajena por completo a las dos vidas que, poco a poco, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado del todo, empezaban a entrelazarse de una forma que ya no tenía mucho que ver con ningún pacto firmado en una cafetería de Las Vegas.

Valeria apagó la luz de su habitación esa noche pensando, por primera vez sin sentir pánico ante la idea, que quizá algunas de las mejores cosas de la vida llegaban precisamente así: sin plan, sin carpeta azul, sin ningún itinerario que las anticipara.