Casados por error Capítulo 11
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Capítulo 11

La avería llegó, como suelen llegar estas cosas, en el peor momento posible: una tubería reventada en el piso de Valeria, un fontanero que no podía ir hasta el jueves siguiente, y un salón convertido en un pequeño lago que amenazaba con extenderse hasta el dormitorio.

Valeria había descubierto el desastre al volver de una reunión de trabajo, al abrir la puerta de su piso y encontrarse con el sonido inconfundible de agua corriendo donde no debería correr agua.

Había pasado los primeros diez minutos en un estado de pánico casi cómico, intentando taponar la fuga con toallas mientras llamaba a gritos a la comunidad de vecinos, hasta que el propio administrador le recomendó cortar el agua general del edificio y esperar a un profesional.

Cuando por fin logró cortar el suministro, se sentó en el único trozo de suelo seco que quedaba en el salón, rodeada de muebles empapados y con los zapatos chorreando, y marcó el número de Adrián casi sin pensarlo, como si fuera la primera persona que se le hubiera ocurrido llamar.

—Tengo un problema —dijo, cuando él contestó.

—¿Qué tipo de problema?

—Del tipo acuático.

Veinte minutos después, Adrián aparecía en la puerta de su piso con una fregona bajo el brazo, comprada de camino en la primera tienda que encontró abierta.

Se pasaron la siguiente hora achicando agua entre risas cada vez más histéricas, la clase de risa que solo aparece cuando una situación es demasiado absurda como para reaccionar de otra manera.

Adrián insistió en ponerse música de fondo "para hacerlo más llevadero", y acabaron los dos bailando torpemente entre muebles empapados mientras intentaban salvar lo poco salvable del salón.

—Esto no estaba en ningún plan B de tu carpeta, ¿verdad? —preguntó Adrián, escurriendo una toalla sobre el fregadero.

—Ni en el plan C, ni en el D. Esto ni siquiera tiene letra asignada.

—Le podemos poner nombre. Plan Diluvio.

—Muy gracioso.

—Lo digo en serio, deberías empezar a numerar tus planes con nombres. Suena más profesional.

Ella le lanzó la toalla mojada a la cara, riéndose, y él la esquivó por poco, y por un momento, en medio de aquel desastre doméstico, ninguno de los dos parecía especialmente preocupado por la tubería rota.

—Puedes quedarte en mi casa —dijo Adrián, con la naturalidad de quien no calcula las implicaciones antes de ofrecer algo—. Tengo una habitación libre.

—No hace falta.

—Valeria, tienes el salón inundado.

El fontanero, que finalmente pudo pasar esa misma tarde a hacer una valoración de urgencia, confirmó las peores sospechas de Valeria: la tubería llevaba tiempo deteriorándose y la reparación completa, incluyendo el secado del suelo y la revisión de la instalación entera, llevaría bastante más de los tres días inicialmente previstos.

—Dos semanas, como poco —le dijo por teléfono, mientras ella caminaba de un lado a otro del piso de Adrián, calculando mentalmente las implicaciones—. Puede que tres, si hay que cambiar tramo de tubería.

—Genial —masculló, colgando el teléfono con más fuerza de la necesaria.

—¿Malas noticias? —preguntó Adrián, desde la cocina.

—Dos o tres semanas de convivencia, en vez de unos días.

Hubo un silencio breve, en el que Valeria no supo interpretar bien la expresión de Adrián. —Bueno —dijo él al fin—, al menos así tenemos tiempo de sobra para pulir la actuación familiar.

—Esa es una forma optimista de verlo.

—Prefiero eso a lamentarme por una tubería que no puedo arreglar yo mismo.

Se instaló con dos maletas y la sensación de estar invadiendo un territorio ajeno.

El piso de Adrián era todo lo contrario al suyo: fotografías sin enmarcar apoyadas contra las paredes, mapas clavados con chinchetas marcando ciudades que había visitado, una estantería que parecía organizada según un criterio que solo él entendía, y una ausencia casi total de las cosas que Valeria consideraba básicas en cualquier hogar, como un juego completo de vajilla o cortinas que combinaran entre sí.

—¿Cómo encuentras algo aquí? —preguntó ella la primera mañana, buscando una taza limpia entre tres armarios distintos.

—Por instinto. Es un sistema válido.

—No es un sistema. Es el caos disfrazado de sistema.

—Y el tuyo es el control disfrazado de paz mental. Cada uno tiene el suyo.

Las primeras discusiones domésticas llegaron rápido: ella reorganizó la cocina el segundo día y él protestó que ya no encontraba nada; él dejó la cámara sobre la mesa del comedor y ella la apartó sin preguntar, con el resultado de que un objetivo estuvo a punto de rodar por el suelo.

—Es material de trabajo, Valeria, no un adorno que puedas mover a tu antojo.

—Y la mesa es donde se come, no donde se guarda una cámara de tres mil euros.

Discutían, pero discutían con una facilidad extraña, como si el enfado no llegara nunca a instalarse del todo, como si debajo de cada reproche hubiera algo parecido a la risa esperando el momento de salir.

La segunda noche, Adrián llegó tarde de revelar unas fotografías en el laboratorio que compartía con otros fotógrafos, y encontró a Valeria dormida en el sofá con el mando de la televisión todavía en la mano y un documental sobre arquitectura reproduciéndose en bucle.

Se quedó un momento mirándola, dudando si despertarla, y al final optó por sacar una manta del armario y cubrirla con cuidado, sin hacer ruido.

Ella se despertó de todas formas, a medias, lo suficiente para murmurar algo ininteligible y acomodarse mejor bajo la manta sin abrir del todo los ojos.

—Gracias —dijo, con la voz pastosa de sueño.

—De nada. Buenas noches, Valeria.

—Buenas noches... marido.

Lo dijo medio en broma, medio dormida, y probablemente ni siquiera lo recordaría al día siguiente, pero Adrián se quedó un buen rato despierto en su habitación, con esa palabra dándole vueltas en la cabeza de una forma que no supo, o no quiso, analizar demasiado.

Al tercer día, Covadonga se presentó sin avisar con la excusa de "ver cómo iba la reforma" del piso de Valeria, aunque en realidad lo que quería era comprobar con sus propios ojos cómo estaba yendo la convivencia.

—Esto no tiene ni una foto enmarcada —observó, paseándose por el salón de Adrián con curiosidad descarada—. Ni un solo cojín a juego. ¿Cómo sobrevives aquí, Val?

—Sobrevivo reorganizando cada cosa que él desordena en cuanto se descuida.

—¿Y él qué dice?

—Que soy una controladora. Con razón, probablemente.

Covadonga se sentó en el sofá, mirando a su amiga con esa expresión de quien está a punto de decir algo que la otra persona no quiere escuchar. —¿Puedo darte mi opinión sin que te enfades?

—Nunca es buena señal cuando empiezas así.

—Llevas cuatro días viviendo con tu marido accidental, y en vez de contarme dramas y discusiones insufribles, me cuentas anécdotas divertidas y me hablas de él con una sonrisa que no te había visto desde antes de Íñigo. Solo digo eso.

Valeria no supo qué responder, y el silencio que siguió fue, en sí mismo, una respuesta bastante reveladora.

Esa noche, después de que Covadonga se marchara, Valeria se quedó despierta más tiempo del habitual, dando vueltas en la cama que le habían prestado, incapaz de sacarse de la cabeza el comentario de su amiga.

Se levantó a por un vaso de agua y encontró a Adrián en la cocina, todavía despierto, revisando fotografías en su ordenador portátil con la luz de la pantalla iluminándole la cara en la penumbra.

—No puedes dormir tampoco —dijo ella, más una afirmación que una pregunta.

—Tengo que entregar la selección para la exposición mañana y todavía no decido cuál es la mejor toma de la serie de Yakarta.

Se sentó a su lado, y él le fue mostrando las fotografías una a una, explicándole el contexto de cada una con un entusiasmo que Valeria no le había visto desplegar en ningún otro momento: mercados, templos, rostros de desconocidos capturados en momentos de una intimidad casi incómoda de contemplar.

—Esta es mi favorita —dijo él, deteniéndose en una imagen de un niño soltando una cometa contra un cielo casi blanco de calima.

—¿Por qué esta?

—Porque se nota que no le importa nada más en ese momento. Ni el calor, ni el ruido de la ciudad detrás. Solo la cometa.

Valeria miró la foto un buen rato, y después miró a Adrián, que seguía absorto en la pantalla sin darse cuenta de que ella lo observaba a él con la misma atención con la que él observaba sus propias fotografías.