Capítulo 10
La comida familiar del domingo, que en teoría iba a ser un trámite breve, se convirtió en una invitación a pasar el fin de semana en la casa que los padres de Adrián tenían en la costa, "para conoceros con calma", había dicho Fermín, sin dar demasiado margen a la negativa.
La comida en sí había transcurrido mejor de lo que ninguno de los dos esperaba.
Fermín, un hombre de risa fácil y manos siempre ocupadas en algún proyecto de bricolaje, se había pasado buena parte del almuerzo contando anécdotas de la infancia de Adrián que a Valeria le habían servido, sin quererlo, como material valiosísimo para sostener la actuación familiar.
—De pequeño se escapaba al tejado a hacer fotos de las estrellas —contó Fermín, sirviéndose más vino—. Una vez estuvimos a punto de llamar a los bomberos, ¿te lo ha contado?
—No me lo había contado, no —dijo Valeria, mirando a Adrián con una sonrisa genuina.
—Fue solo una vez —protestó él—, y bajé yo solo, sin ayuda de nadie.
—Después de que tu madre casi le diera un infarto a gritos, sí —añadió Fermín, riéndose.
Fue justo al final de la comida, sirviendo el café, cuando Fermín soltó la invitación al fin de semana entero, con esa naturalidad de quien no contempla siquiera la posibilidad de un no por respuesta.
—Una mentira lleva a otra —murmuró Valeria en el coche, camino de allí—. Y ahora tenemos que compartir fin de semana para que la mentira aguante.
—Podemos hacerlo bien —dijo Adrián, con las manos en el volante y los ojos en la carretera—. Repasemos datos básicos. ¿Color favorito?
—Verde. ¿El tuyo?
—Cualquiera menos el beige. ¿Alergias?
—Ninguna. ¿Tú?
—A los langostinos, desde los veinte años. Larga historia.
Fueron completando, entre risas nerviosas y datos sueltos, una versión resumida de sus propias vidas, y en algún momento del trayecto la conversación dejó de ser un ensayo para la actuación familiar y empezó a ser, simplemente, una conversación.
—¿Por qué fotografía de viajes? —preguntó ella, ya relajada contra el asiento.
—Porque a los veinte años odiaba la sensación de quedarme quieto. Necesitaba que el paisaje cambiara para no sentir que yo no cambiaba. ¿Y tú, por qué interiorismo?
—Todo lo contrario —dijo Valeria, después de pensarlo—. Necesito que los espacios tengan sentido. Que cada cosa esté donde debe estar. Supongo que es mi manera de controlar algo, cuando el resto de la vida no se deja controlar tan fácilmente.
Adrián no dijo nada durante un rato, pero la miró de reojo con una atención distinta a la de los días anteriores, como si acabara de encontrar una pieza que no esperaba.
—¿Puedo hacerte una pregunta rara? —dijo él, tras un silencio.
—Depende de lo rara que sea.
—Si no hubiéramos firmado ningún papel en esa capilla, si todo esto fuera solo una mentira que contamos a nuestras familias sin ninguna boda real de por medio, ¿habrías aceptado pasar un fin de semana conmigo de todas formas?
Valeria tardó en responder, sorprendida por la pregunta. —No lo sé. Probablemente no, si te soy sincera. No suelo dejarme llevar así, sin más.
—¿Y ahora?
—Ahora no tengo mucha alternativa —dijo ella, con media sonrisa, esquivando la parte más honesta de la respuesta.
Llegaron a la casa de la costa a media mañana, con el sol ya alto y un viento salado que Valeria agradeció después de horas de coche.
La vivienda, de una sola planta pero amplia, tenía las contraventanas pintadas de azul desconchado y un porche de madera que crujía de una forma que a ella, en cualquier otro contexto, le habría parecido motivo de preocupación estructural, pero que aquí, de algún modo, encajaba con el resto del paisaje.
—Llevo viniendo aquí desde que tengo memoria —dijo Adrián, bajando las maletas del coche—. Mis padres la compraron cuando yo tenía cinco años. Aprendí a nadar en esa playa de ahí abajo.
—Se nota que le tienes cariño.
—Es de los pocos sitios del mundo donde no siento la necesidad de hacer fotos. Simplemente lo miro.
Valeria se quedó un momento observándolo mientras él subía las maletas hacia la entrada, pensando que aquella era, quizás, la frase más reveladora que le había escuchado decir desde que se conocían.
Asunción, con la mejor de las intenciones, los había alojado en la que llamaba "la habitación de matrimonio", con una única cama de matrimonio y ninguna alternativa razonable a la vista sin levantar sospechas.
—Podemos turnarnos el sofá —susurró Adrián, cerrando la puerta tras de sí—. O dormir cada uno en un extremo, como en las películas antiguas, con una almohada de por medio a modo de frontera.
—No hace falta ser tan dramáticos. Es una cama grande. Podemos compartirla sin que sea un problema.
—¿Segura?
—Segura. Además, técnicamente ya dormimos juntos una vez, en Las Vegas, y sobrevivimos.
—Técnicamente inconscientes los dos, que es distinto.
—Detalles.
Esa noche durmieron cada uno en su lado, con una distancia prudencial entre los dos que ninguno mencionó en voz alta, y por la mañana Valeria se despertó descubriendo que, en algún momento de la noche, la distancia se había reducido bastante más de lo previsto, sin que ninguno de los dos, dormido, hubiera tenido intención de que sucediera así.
La casa de la costa tenía las ventanas abiertas al mar y una mesa ya puesta para seis, aunque solo fueran a ser cuatro.
Fermín les enseñó el jardín con el orgullo de quien ha plantado cada árbol con sus propias manos, señalando cada especie por su nombre como si presentara a viejos amigos, y Asunción no dejó de servir comida ni un segundo, como si alimentar fuera su forma particular de dar la bienvenida.
—Cuéntame, Valeria —dijo Fermín, durante la comida, con la cercanía natural de quien no sabe todavía que está siendo engañado—, ¿qué fue lo que más te gustó de nuestro hijo cuando lo conociste?
Valeria miró a Adrián un segundo, buscando ayuda, y no la encontró: él estaba tan perdido como ella. —Su... espontaneidad —dijo al fin, improvisando—. Nunca sabes qué va a decir a continuación.
—Eso es verdad desde que era niño —se rió Asunción—. Una vez, con siete años, anunció en mitad de una cena familiar que quería ser explorador polar. No fotógrafo de viajes, no. Explorador polar, con pingüinos incluidos.
—Sigo pensando que habría sido un buen explorador polar —protestó Adrián, agradecido por el cambio de tema.
La comida transcurrió entre anécdotas familiares que Valeria escuchaba con un interés genuino, cada vez más consciente de que estaba conociendo a un Adrián distinto al de Las Vegas, un Adrián con historia, con raíces, con una familia que lo quería de una forma sencilla y evidente que a ella, criada entre mudanzas, le resultaba casi exótica.
Por la tarde, mientras Fermín y Asunción se echaban la siesta, Adrián propuso bajar a la playa que se veía desde el porche, una franja de arena oscura y poco concurrida a la que se accedía por un sendero entre rocas.
—Aquí aprendiste a nadar, ¿no? —preguntó Valeria, descalzándose para caminar por la orilla.
—Y a hacer castillos de arena de una calidad discutible. Mi padre siempre decía que se me daba mejor derribarlos que construirlos.
—Suena a una crítica muy específica para un niño de seis años.
—Mi padre es un hombre de opiniones firmes, incluso sobre arquitectura de arena.
Caminaron un buen rato en un silencio cómodo, el tipo de silencio que ya no necesitaban llenar de bromas constantemente, hasta que Adrián se detuvo junto a una roca grande, medio hundida en la arena.
—Aquí me di el primer beso, con catorce años, con una chica que veraneaba en la casa de al lado. Fue un desastre absoluto, por cierto. Ninguno de los dos sabía bien qué hacer.
—¿Y ahora sabes mejor? —preguntó Valeria, sin pensarlo del todo, y se arrepintió al instante de la pregunta.
Adrián la miró con una media sonrisa que no contestaba del todo en serio ni del todo en broma. —Podría enseñarte, si quieres comprobarlo tú misma.
—Muy gracioso.
—Lo digo en serio.
Ella se rió, nerviosa, y cambió de tema hacia la marea, aunque durante el resto del paseo notó que el corazón le latía un poco más rápido de lo habitual, y que la distancia entre los dos, sin que ninguno la acortara del todo, se había reducido bastante desde que habían bajado a la playa.
Por la noche, sentados los dos en el porche mientras dentro se oía a los padres de Adrián discutiendo con cariño sobre qué vino abrir, Valeria se sorprendió hablando de Íñigo sin que le doliera tanto como esperaba.
—Siete años —dijo—. Y al final resultó que ni siquiera me conocía tan bien como yo creía.
—A lo mejor el problema no era que no te conociera —dijo Adrián, con una suavidad poco habitual en él—. A lo mejor el problema era que tú tampoco te dejabas conocer del todo.
Ella no respondió enseguida. Pero tampoco lo negó.
—¿Y tú? —preguntó, cambiando el peso de la conversación—. ¿Qué pasó con Nieves, si no te importa que pregunte?
Adrián se quedó mirando el mar oscuro un momento antes de contestar.
—Le dije que necesitaba viajar, que era algo que tenía que hacer antes de sentar cabeza de verdad.
Ella no quiso esperar. Y no la culpo, ahora que lo pienso con perspectiva.
Dos años es mucho tiempo para pedirle a alguien que espere sin garantías.
—¿Te arrepientes de haberte ido?
—No. Pero a veces me pregunto si podría haber encontrado una forma de hacer las dos cosas: viajar y no perder lo que dejaba atrás. Todavía no tengo la respuesta.
Se quedaron en silencio, escuchando el mar, cada uno pensando en versiones distintas de la misma pregunta: si era posible construir algo sólido sin renunciar a lo que cada uno era antes de intentarlo.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Adrián, al cabo de un rato, con la vista fija en el horizonte oscuro.
—¿Qué?
—Que llevo dos años huyendo de la idea de quedarme quieto en un solo sitio, y esta noche, aquí sentado contigo, no tengo ninguna prisa por que se acabe.
Valeria no supo qué contestar a eso, así que no dijo nada, pero se acercó un poco más a él en el banco del porche, lo suficiente para que sus hombros se rozaran, y ninguno de los dos hizo ademán de apartarse.
Antes de irse, el domingo por la tarde, Asunción abrazó a Valeria en la puerta con una efusividad que la pilló desprevenida. —Cuídalo, aunque a veces cueste. Es un buen chico, aunque le cueste quedarse quieto.
—Lo intento —dijo Valeria, sintiendo un peso extraño en la mentira, cada vez más incómoda de sostener cuanto más cariño recibía de aquella familia.
De camino a casa, ya en el coche, se quedó mirando el paisaje pasar por la ventanilla, pensativa. —Tu madre me ha pedido que te cuide.
—Se toma muy en serio eso de ser madre.
—Me ha dado un poco de pena mentirle, la verdad. Es muy cariñosa.
—Lo sé. A mí también me pesa, si te soy sincero. —Adrián mantuvo la vista en la carretera, con una expresión seria poco habitual en él—. A veces pienso que deberíamos decirles la verdad completa antes de que esto se alargue más.
—¿Y arriesgarnos a que se enteren de que era solo un error? Podría ser peor que la mentira actual.
—Puede. Solo digo que cada semana que pasa, la mentira pesa un poco más.
Valeria no respondió, pero se quedó pensando en esa frase durante buena parte del trayecto de vuelta.