Capítulo 9
La noticia llegó antes de lo que ninguno de los dos había previsto, porque Covadonga, fiel a su costumbre, subió una foto de la capilla a sus redes con el pie de foto "testigo de excepción" y a las pocas horas media familia de Valeria ya tenía preguntas.
Valeria se enteró de la publicación por la peor vía posible: una notificación en su propio móvil, mientras revisaba unos planos en el estudio, avisándole de que la habían etiquetado en una foto.
La abrió con una sensación de vértigo inmediato al ver el pie de foto, los comentarios ya acumulándose debajo, primos y conocidos lejanos preguntando quién era el chico de la pajarita.
—Cov, ¿qué has hecho? —escribió, con el pulgar temblando sobre la pantalla.
La respuesta de Covadonga llegó casi al instante: "Perdón perdón perdón, no pensé que se haría viral así de rápido, ¿la quito?"
"Ya es tarde, mi madre ya la ha visto", contestó Valeria, sentándose en la silla de su escritorio con la sensación de que el suelo del estudio se movía ligeramente bajo sus pies.
—Mamá, no es lo que parece —dijo Valeria por teléfono, sentada en el borde de la cama de su piso, ya de vuelta en casa, con la maleta todavía sin deshacer del todo en una esquina de la habitación.
—¿Que te has casado en Las Vegas no es lo que parece? Valeria, hija, o te has casado o no te has casado.
—Nos casamos —admitió, porque mentir del todo le resultaba, incluso en ese momento, más difícil que mentir a medias—. Pero fue algo... precipitado. Todavía lo estamos resolviendo.
Remedios se quedó un instante en silencio al otro lado de la línea, ese silencio particular de las madres que están decidiendo si preocuparse o emocionarse.
—¿Y cuándo lo conocemos?
—Mamá...
—Valeria. Es tu marido. Tu padre y yo queremos conocerlo.
Al otro lado de la ciudad, Adrián tenía una conversación casi idéntica con su madre, Asunción, que había recibido la misma foto reenviada por una prima segunda que seguía a Covadonga sin que nadie supiera muy bien por qué.
—Un fotógrafo de treinta y un años no se casa por accidente, Adrián.
—Mamá, fue una noche muy larga y...
—Tu padre quiere invitarla a comer el domingo.
—No creo que sea buena idea.
—Adrián. —Asunción tenía una forma de pronunciar su nombre que cerraba discusiones—. El domingo. A comer. Y ponte una camisa planchada, por una vez en tu vida.
—¿Cómo sabes que no llevo la camisa planchada?
—Porque te conozco desde hace treinta y un años, hijo. No hace falta que te vea para saberlo.
Adrián colgó riéndose a su pesar, aunque la risa se le cortó enseguida al darse cuenta de la magnitud de lo que acababa de aceptar sin querer.
Mientras tanto, en casa de los padres de Valeria, Remedios ya había empezado a organizar mentalmente una comida de presentación mucho más elaborada de lo que su hija tenía intención de permitir, incluyendo a la tía Herminia, que llevaba insistiendo desde que se enteró de la noticia en que quería "conocer al muchacho en persona, no en fotos de internet".
—Mamá, no hace falta invitar a toda la familia todavía —protestó Valeria, cuando su madre le contó los planes por teléfono.
—Es tu marido, Valeria. La familia tiene derecho a conocerlo.
—Vale, pero empecemos poco a poco. Una comida pequeña, solo vosotros.
—Herminia ya se ha invitado sola. Ya sabes cómo es.
Valeria cerró los ojos, imaginando ya el interrogatorio que le esperaba de parte de la tía más entrometida de toda la familia, y decidió que aquella era una batalla que no merecía la pena ni siquiera empezar a librar.
Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono con la misma cara que debía de tener Valeria en ese preciso instante, a varios kilómetros de distancia, y decidió, sin pensarlo demasiado, escribirle un mensaje directamente, rompiendo por primera vez la norma tácita de comunicación mínima que habían acordado en Las Vegas.
"Nuestras madres se han puesto de acuerdo sin conocerse. Comida el domingo. Lo siento de antemano", escribió.
La respuesta de Valeria llegó apenas un minuto después: "La mía también quiere organizar algo. Esto se nos está yendo de las manos."
"¿Estrategia de guerra o nos entregamos sin más?", respondió él.
"Estrategia. Llámame esta noche, hay que preparar una versión de la historia que aguante un interrogatorio familiar."
Adrián sonrió al leer el mensaje, sorprendido de las ganas que tenía, en realidad, de hacer esa llamada.
Esa noche, por teléfono, repasaron la historia que iban a contar: cómo se habían conocido de verdad —el asiento del teatro, sin mencionar la discusión completa—, cuánto tiempo llevaban "saliendo" antes de la boda —una mentira que decidieron mantener vaga a propósito, "unos meses", sin fechas concretas—, y qué motivo darían para la rapidez de la decisión.
—Podemos decir que fue algo espontáneo, pero que llevábamos tiempo hablando de ello —propuso Valeria, tomando notas en una libreta como si preparara una presentación de trabajo.
—¿Y si preguntan por qué no les dijimos nada antes?
—Decimos que queríamos estar seguros antes de contarlo. Es creíble. La gente entiende eso.
—Vale. ¿Y si preguntan detalles concretos, tipo dónde nos conocimos exactamente, o qué comimos en la primera cita?
—No tuvimos una primera cita tradicional, así que ahí podemos improvisar con margen.
—Se te da bien esto de mentir con estructura —dijo Adrián, con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Llevo toda la vida preparando presentaciones para clientes exigentes. Esto no es tan distinto.
Colgaron pasada la medianoche, con un plan más o menos sólido y la sensación compartida de que se avecinaba una actuación mucho más larga de lo que ninguno de los dos había previsto en la cafetería de Las Vegas.
Al día siguiente, Roque llamó a Adrián para preguntarle cómo había ido la comida familiar, y la conversación derivó, sin que Adrián lo buscara del todo, hacia un terreno más incómodo.
—¿Y cómo llevas lo de mentirle a tu familia entera? —preguntó Roque, sin rodeos, como solía hacer.
—Mal. Muy mal. Mi madre me hizo veinte preguntas sobre "nuestra historia" y tuve que improvisar la mitad.
—¿Cómo cuáles?
—Me preguntó dónde tuvimos la primera cita de verdad. Le dije que en un restaurante italiano cerca de mi estudio, porque fue lo primero que se me ocurrió, y ahora tengo que acordarme de ese detalle para siempre.
—Anótalo en algún sitio. Yo llevo una lista en el móvil, discreta, de todas las mentiras que vamos construyendo, para no contradecirnos.
—Eso es tremendamente organizado incluso para ti.
—Alguien tiene que llevar la contabilidad de esto, o vamos a acabar contradiciéndonos delante de la familia entera.
—¿Y lo de vivir la mentira con Valeria? Eso, ¿cómo lo llevas?
—Eso... no tan mal, la verdad.
—Ajá.
—No es lo que estás pensando.
—No he dicho nada.
—Lo has insinuado con ese "ajá".
Roque se rió al otro lado de la línea, sin ánimo de discutir el punto más de lo necesario. —Solo digo que para ser un matrimonio de mentira, hablas de ella con una sonrisa bastante real.
Adrián no supo qué contestar a eso, y cambió de tema hacia la exposición, aunque la frase de Roque se le quedó rondando el resto del día, exactamente igual que le pasaría, unos días después, con otra frase parecida que le diría Covadonga a Valeria.