Casados por error Capítulo 8
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Capítulo 8

Se sentaron en una cafetería casi vacía, con dos vasos de agua que ninguno de los dos tocó al principio, mientras la realidad terminaba de asentarse del todo.

Un camarero se acercó a tomar nota, ajeno por completo a la magnitud de la conversación que estaba interrumpiendo. —¿Qué les traigo?

—Un café solo, muy cargado —pidió Valeria.

—Lo mismo, gracias —dijo Adrián, y en cuanto el camarero se alejó, añadió—: Es la primera cosa en la que estamos de acuerdo sin discutir.

—No discutimos por todo.

—Discutimos por el asiento del teatro, por los dados, por si el trapecista estaba muy alto o no. Yo diría que discutimos bastante, para llevarnos conociendo poco más de un día.

—Puede que discutir sea simplemente nuestra forma de hablar.

Adrián se rió, sorprendido de que la frase le hiciera tanta gracia dadas las circunstancias, y por un momento, breve pero real, el peso de la situación pareció aligerarse un poco.

—Podríamos anunciarlo ya —propuso Adrián—. Decir la verdad, tal cual: nos casamos borrachos, es un error, en unos meses estará resuelto. La gente entiende estas cosas, ¿no? Pasa más de lo que creemos.

—Yo no puedo anunciar eso —dijo Valeria, con una firmeza que no dejaba mucho margen—.

Tengo dos proyectos grandes esperando en el estudio.

Uno de ellos es para el bufete de mi tío, que lleva insistiendo dos años en presentarme como ejemplo de seriedad y estabilidad a sus clientes más conservadores.

Si esto se sabe así, tal cual, sin más contexto, antes de que esté resuelto, parece un escándalo, no un accidente de despedida de soltera.

—Vale. ¿Y yo qué? Tengo una exposición que depende de una beca cuyo comité valora, textualmente, la estabilidad del solicitante. No es el mejor momento para que mi vida parezca un capítulo de comedia que alguien cuenta en las bodas de otros.

—Exactamente.

Se miraron durante un rato, calculando ambos, en silencio, los mismos números, las mismas consecuencias, los mismos riesgos.

—¿Y si simplemente... lo dejamos correr unos meses sin anunciarlo ni desmentirlo?

—dijo Valeria despacio, como si estuviera probando la idea en voz alta antes de comprometerse con ella del todo—.

Nadie tiene por qué enterarse todavía. Cuando el divorcio esté firmado, la historia será mucho más simple de contar: un error de una noche, resuelto en cuanto lo supimos, sin drama añadido.

—Eso significa vernos —dijo Adrián—. Al menos lo justo para no levantar sospechas si alguien pregunta. Familias, amigos comunes, lo que sea.

—Lo justo y nada más.

—Deberíamos intercambiar los números, entonces —dijo Adrián, sacando el móvil—. Para coordinar, no para nada más. Cosas de marido y mujer de mentira, como avisar si alguna familia pregunta algo concreto.

—Lógico —dijo Valeria, sacando también el suyo—. Aunque prefiero que quede claro desde ya: nada de mensajes fuera de lo estrictamente necesario. Esto es logística, no amistad.

—Por supuesto. Logística pura y dura.

Intercambiaron los números en silencio, y Adrián, con una media sonrisa que Valeria no llegó a ver porque estaba mirando la pantalla del móvil, guardó el contacto bajo el nombre "Valeria (esposa accidental)", un detalle que ella descubriría, para su sorpresa, meses después.

—Necesitamos condiciones claras —dijo Valeria, sacando ya, por pura costumbre, una servilleta de papel donde empezó a anotar puntos con un bolígrafo prestado por el camarero—.

Uno: nadie se entera hasta que el divorcio esté firmado.

Dos: cero interferencias en la vida profesional del otro.

Tres: si algún familiar pregunta directamente, mentimos lo mínimo indispensable, nunca de más.

—Cuatro —añadió Adrián, inclinándose para leer lo que ella escribía—: cada uno paga sus propios gastos legales. No quiero que esto se convierta también en un problema de dinero.

—Seis —siguió Valeria, ya lanzada, disfrutando a su manera de imponer orden sobre el caos—.

Nada de presentarnos el uno al otro como pareja real ante desconocidos.

Si alguien pregunta directamente, contamos la verdad resumida: nos casamos por error en una despedida de soltera, estamos resolviendo el papeleo.

—Siete —añadió Adrián—: si en algún momento uno de los dos empieza a salir con alguien más, se lo comunica al otro con antelación, para evitar líos innecesarios.

Valeria levantó la vista del papel, algo sorprendida por esa cláusula en concreto. —¿Esperas salir con alguien más en los próximos meses?

—No especialmente. Pero prefiero dejarlo por escrito, por si acaso. Tú también podrías conocer a alguien.

—Lo dudo bastante, la verdad. Acabo de salir de una relación de siete años. Lo último que necesito ahora es conocer a alguien nuevo.

—Justo lo que pensaba yo del matrimonio, y mírame ahora.

Ambos se rieron, un poco a su pesar, aliviados de encontrar algo de humor en medio de tanto papeleo improvisado.

—De acuerdo. Cinco: en cuanto se cumplan los meses de espera, firmamos sin dramas ni reproches.

—Trato hecho.

Adrián estiró la mano por encima de la mesa, con una seriedad que a Valeria le pareció casi cómica después de la noche que habían pasado. —Un pacto. Sellado con la mano, ya que no tenemos anillo de verdad que sellar nada.

Ella señaló el anillo de plástico dorado que todavía llevaba puesto, olvidado, en el dedo. —Técnicamente sí lo tenemos.

—Cierto. Un pacto sellado con un anillo de veinticinco centavos. Como debe ser.

Ella le estrechó la mano. Fue un apretón breve, firme, de negocios, aunque duró, quizá, un segundo más de lo estrictamente necesario para un simple acuerdo comercial.

—Trato hecho —dijo Valeria.

Ninguno de los dos podía imaginar, en ese momento, cuántas veces romperían ese pacto en los meses siguientes, ni cuánto les costaría, al final, cumplir la última cláusula.

Esa misma tarde, de vuelta en el hotel, Nagore encontró a Valeria guardando el certificado de matrimonio en el fondo de la maleta, envuelto entre dos jerséis, como si esconderlo físicamente pudiera esconder también lo que significaba.

—No hace falta que lo escondas de mí —dijo Nagore, sentándose a su lado en la cama—. Ya lo he visto, ya lo sé, y no va a cambiar en nada lo que pienso de ti ni de esta despedida, que por cierto ha sido la mejor de mi vida, con boda accidental incluida.

Valeria soltó una risa floja, la primera de verdad desde que se había despertado esa mañana con el certificado delante de los ojos. —Menuda anécdota para contar en tu propia boda dentro de cuatro meses.

—Ni se te ocurra que no la voy a contar. Con pelos y señales, delante de todos los invitados.

Aquella misma noche, ya la última del viaje, el grupo entero se reunió una vez más para una cena de despedida mucho más tranquila que las anteriores, en un restaurante alejado del bullicio del Strip que Roque había descubierto en alguna de sus rondas por la ciudad.

Adrián se sentó, sin planearlo, justo enfrente de Valeria, y durante la cena ninguno de los dos mencionó ni una sola vez el certificado, el abogado, ni el pacto firmado esa misma tarde.

Hablaron, en cambio, de cosas sin importancia: de la mejor pizza que cada uno había comido nunca, de países que les gustaría visitar algún día, de series que ambos habían visto sin saberlo el mismo mes.

Fue, pensó Valeria más tarde, la conversación más normal que habían tenido en todo el fin de semana, precisamente porque por una vez no hablaban de la situación imposible en la que se habían metido.

—Mañana cada uno a su vida —dijo Covadonga, alzando su copa hacia el centro de la mesa—. Por esta despedida de soltera, que ha sido de todo menos aburrida.

—Por Nagore —añadió Valeria.

—Por los accidentes que salen bien —dijo Roque, mirando de reojo a Adrián con una sonrisa que este prefirió no comentar.

Brindaron todos juntos, y por un momento, sentados alrededor de aquella mesa, ninguno de los presentes habría podido adivinar que dos de ellos acababan de firmar, esa misma tarde, un pacto que les iba a cambiar la vida bastante más de lo que ninguno de los dos, en ese instante, estaba dispuesto a admitir.

La cena terminó tarde, entre risas más tranquilas que las de las noches anteriores, y cuando por fin se despidieron para ir a dormir, Valeria se sorprendió pensando que, pese a todo el caos de esas cuarenta y ocho horas, no se arrepentía del todo del viaje que había tenido.

Era, sin duda, la despedida de soltera menos previsible de toda su vida, y una pequeña parte de ella, muy en el fondo, empezaba a sospechar que quizá no fuera del todo mala cosa.

Se durmió esa última noche en Las Vegas con el móvil sobre la almohada y un contacto nuevo guardado en la agenda, bajo un nombre que había escrito sin pensarlo demasiado: "Adrián (marido, temporal)".

Fuera, la ciudad seguía encendida como si nada hubiera pasado, indiferente por completo a las dos vidas que acababa de enredar sin permiso.

A la mañana siguiente, mientras hacía la maleta por última vez en aquella habitación, Valeria dobló con cuidado el velo de tul que alguien, sin que ella supiera muy bien quién, había metido entre su ropa como recuerdo.

Estuvo a punto de tirarlo a la papelera, convencida de que no necesitaba ningún objeto físico que le recordara el error más grande de su vida adulta.

Al final, sin embargo, lo guardó en el fondo de la maleta, junto al certificado dorado, diciéndose a sí misma que era solo por si acaso hacía falta como prueba legal más adelante, aunque en el fondo, muy en el fondo, sospechaba que la razón real era bastante distinta.

—¿Vas a contárselo a alguien? —preguntó Nagore, sentándose en el borde de la cama.

—A nadie, de momento. Ni siquiera a mi madre. Sobre todo no a mi madre.

—¿Y a mí me lo cuentas por qué?

—Porque tú ya lo sabes, ya no hay nada que ocultar contigo. Y porque necesito que me prometas que no dirás nada, ni siquiera a Covadonga, aunque sé que es mucho pedir.

Nagore le cogió la mano, con esa mezcla de firmeza y ternura que llevaba usando con Valeria desde que se conocían, mucho antes de que ninguna de las dos supiera nada de bodas ni de rupturas.

—Te lo prometo. Pero, Val... prométeme tú algo a mí.

Prométeme que si esto se complica más de la cuenta, me lo dices.

No quiero enterarme meses después de que has estado cargando con esto tú sola, como cargas con todo.

—Te lo prometo —dijo Valeria, aunque en el fondo ya sospechaba, sin poder explicarlo del todo, que aquella promesa iba a resultarle más difícil de cumplir de lo que parecía en ese momento.

A la mañana siguiente, en el aeropuerto, Adrián y Valeria coincidieron por casualidad en la misma zona de embarque, cada uno con destino distinto, cada uno arrastrando una maleta y una vida que, en teoría, ya no tenía nada que ver con la del otro.

—Supongo que esto es un hasta luego —dijo Adrián—, no un adiós del todo, dadas las circunstancias.

—Supongo que sí. —Valeria dudó un segundo antes de añadir—: Gracias por no montar un drama con todo esto. Podría haber sido mucho peor.

—Podría, sí. Aunque, siendo sincero, tampoco ha sido tan terrible. He conocido a gente peor en circunstancias mucho menos extraordinarias.

Ella sonrió, a su pesar, y por un momento pareció que iba a decir algo más, pero el altavoz anunció su vuelo y la conversación se quedó, como tantas otras cosas de ese fin de semana, a medio terminar.

—Nos escribimos —dijo Adrián—, para lo de las familias, si hace falta coordinar algo.

—Nos escribimos.

Se despidieron con un abrazo breve y torpe, el primero que se daban sin público delante, sin capilla de neón ni grupo de amigos jaleando, y cada uno caminó hacia su puerta de embarque con la sensación extraña de dejar atrás algo que todavía no sabían nombrar del todo.