Capítulo 7
El despacho de Fabián Roseti estaba a quince minutos del hotel, en un edificio bajo de fachada beige que anunciaba, en un cartel algo desvaído, DIVORCIOS Y ANULACIONES EXPRÉS.
Valeria había buscado el mejor abogado disponible en menos de una hora, algo que en cualquier otra circunstancia habría considerado imposible y que ese día le pareció el único logro decente de toda la mañana.
El trayecto en taxi transcurrió casi en silencio, los dos mirando por ventanillas opuestas la ciudad de día, tan distinta a la de la noche anterior: sin luces de neón que disimularan el desgaste de los edificios, sin la energía eufórica que solo aparece después de medianoche.
Las Vegas, a plena luz del sol, parecía casi triste, como una fiesta vista al día siguiente.
—¿Nervioso? —preguntó Valeria, rompiendo el silencio.
—Un poco. ¿Tú no?
—Mucho, aunque procuro que no se me note.
—Se te nota. Llevas la carpeta agarrada como si fuera un salvavidas.
Ella se miró las manos, sorprendida de la fuerza con la que apretaba la carpeta contra el pecho, y la aflojó un poco, aunque no del todo. —Es una carpeta útil. No pienso soltarla.
Adrián sonrió, un gesto pequeño y cansado, muy distinto a la sonrisa segura de la noche anterior. —Sea lo que sea que digan ahí dentro, prefiero afrontarlo contigo que solo. Por si sirve de algo decirlo.
Valeria no supo qué contestar a eso, así que no contestó nada, pero durante el resto del trayecto aflojó, sin darse cuenta, un poco más el abrazo sobre la carpeta.
La sala de espera tenía sillas de plástico beige, una máquina de café que no funcionaba, y una recepcionista que los miró con una compasión profesional que sugería que no era la primera pareja de la mañana en pasar por ese mismo trance.
—¿Boda de anoche? —preguntó la recepcionista, casi sin levantar la vista del ordenador.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Valeria, sorprendida.
—Cariño, en temporada alta tenemos hasta seis parejas iguales a la semana. Se les nota en la cara. Siéntense, el señor Roseti los atenderá enseguida.
Mientras esperaban, Valeria no pudo evitar sacar el móvil y buscar "anulación matrimonio Las Vegas" por enésima vez esa mañana, leyendo por encima artículos y foros que contradecían entre sí casi todo lo que decían.
—¿Encuentras algo útil? —preguntó Adrián, asomándose a la pantalla.
—Un foro dice que si no ha pasado más de un día se puede anular sin problema. Otro dice que eso es un mito. No sé a quién creer.
—Por eso estamos aquí, en teoría, para que alguien con carrera de derecho nos lo aclare en vez de un foro de internet con nombres de usuario como VivaLasVegas92.
—Es un nombre bastante razonable para alguien casado accidentalmente en esta ciudad, la verdad.
Adrián se rió, un poco a su pesar, y por un instante el ambiente se relajó lo suficiente como para que ninguno de los dos pensara, durante unos segundos, en lo que estaban a punto de escuchar.
—A ver. —Fabián revisó los papeles que le habían llevado, con las cejas cada vez más arqueadas—. Esto es... poco habitual, aunque no tanto como querrían creer. Nevada ve unas ochenta mil bodas al año. Un porcentaje nada desdeñable termina exactamente en esta silla.
—Necesitamos anularlo —dijo Valeria—. Hoy si es posible.
—Ojalá fuera tan sencillo. —Fabián se quitó las gafas, se frotó el puente de la nariz, y Adrián reconoció en ese gesto la mala noticia antes incluso de escucharla—.
La anulación en Nevada exige una causa concreta: fraude, bigamia, minoría de edad, incapacidad para consentir.
Ustedes firmaron voluntariamente, estando ambos...
digamos, en condiciones de dar su consentimiento legal, por muy dudoso que fuera el criterio.
—Estábamos borrachos —dijo Adrián.
—Estar borracho no es lo mismo que carecer de capacidad legal para consentir, lamentablemente para ustedes. La ley es bastante clara en ese punto, y créanme que he intentado defender ese argumento antes sin éxito.
—¿Y si demostramos que nos engañaron con la doble reserva del asiento del teatro? —probó Valeria, buscando desesperadamente cualquier resquicio—. Eso fue el origen de todo esto.
Fabián sonrió con la paciencia de quien ha escuchado ya argumentos parecidos. —Me temo que un error de doble reserva en un espectáculo de trapecistas no constituye fraude matrimonial a ojos de un juez de Nevada, por creativo que sea el argumento.
Además —Fabián señaló un párrafo del certificado con el capuchón del bolígrafo—, hay un problema añadido.
El oficiante de esa capilla ya remitió el registro al condado antes de que ustedes llegaran a mi despacho.
El trámite está iniciado y, por un error administrativo que no les corresponde a ustedes pero que tampoco pueden deshacer de un plumazo, la anulación inmediata queda descartada.
—¿Entonces qué opciones tenemos? —preguntó Valeria, con la voz más tensa de lo que pretendía.
—El camino más rápido, en su caso, es un divorcio ordinario. Nevada exige un periodo mínimo de residencia y de espera antes de poder tramitarlo formalmente si uno de los cónyuges no reside en el estado, como es su caso. Hablamos de varios meses, no de un trámite de una tarde.
El silencio que siguió fue tan denso que Adrián pudo escuchar el zumbido del aire acondicionado.
—Meses —repitió Valeria.
—Meses —confirmó Fabián, con la delicadeza profesional de quien ha dado esta misma noticia muchas veces—. Mientras tanto, legalmente, siguen casados. Con todo lo que eso implica: declaración de la renta, seguros, cualquier trámite que dependa del estado civil.
—¿Hay alguna forma de acelerarlo? —insistió Adrián—. Pagando más, o con otro abogado, o...
—He visto a gente intentarlo todo, créame. Contactos, sobornos legales dentro de lo permitido, abogados de otros estados. El resultado siempre es el mismo: el tiempo mínimo de residencia y espera no se puede comprar. Lo siento de verdad.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Valeria—. ¿Qué pasa con nuestra vida normal? Vivimos en ciudades distintas, en países distintos. ¿Cómo afecta esto a nuestro día a día si nadie más lo sabe?
—Legalmente, muy poco, siempre que no haya bienes en común, hijos, o trámites fiscales conjuntos de por medio.
Pueden seguir viviendo cada uno su vida con normalidad.
El problema aparece si alguno de los dos necesita, por ejemplo, casarse de nuevo antes de que esto se resuelva, o si hay algún trámite oficial que dependa del estado civil, como un préstamo, una herencia, o una beca que exija declarar su situación personal.
Adrián y Valeria intercambiaron una mirada rápida, pensando los dos en lo mismo: la beca de él, el proyecto de ella, ambos con formularios que probablemente incluían, en algún apartado discreto, la pregunta por el estado civil.
—¿Algo más que debamos saber? —preguntó Adrián.
—Mi consejo, si me permiten dárselo aunque no me lo hayan pedido: hablen entre ustedes con calma antes de decidir cómo gestionan esto los próximos meses.
He visto parejas de accidente que se llevan de maravilla y parejas que terminan detestándose.
La diferencia suele estar en cómo se ponen de acuerdo desde el principio.
Salieron del despacho bajo un sol que a Valeria le pareció, de pronto, insultantemente alegre para las circunstancias.
—Esto no me puede estar pasando a mí —dijo, más para sí misma que para Adrián, sentándose en el bordillo de la acera sin importarle la falda que llevaba puesta.
—Ni a mí —respondió él, sentándose a su lado, y por primera vez desde que se conocían, no sonaba divertido en absoluto—. Tenía una beca importante pendiente. Necesito que mi vida parezca, como mínimo, mínimamente estable durante los próximos meses, y esto es justo lo contrario.
—Yo tengo un proyecto con el bufete de mi tío que depende de que yo parezca la persona más seria y fiable del mundo. Si esto sale a la luz tal cual, sin más explicación, antes de estar resuelto...
—Podría arruinarte el proyecto.
—Podría, sí.
Se quedaron un rato en silencio, cada uno rumiando las implicaciones de lo que acababan de escuchar, hasta que Adrián, con un suspiro largo, se puso en pie y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Vamos a pensar esto con la cabeza fría. En una cafetería, con algo de comer, porque llevo sin probar bocado desde ayer y empiezo a marearme.