Capítulo 6
Valeria despertó con la boca seca, la luz del mediodía atravesando unas cortinas que no había cerrado bien, y un dolor de cabeza que le latía al mismo ritmo que su pulso. Tardó un momento en reconocer la habitación del hotel. Tardó otro momento en reconocer que no estaba sola en la cama.
No en la cama, exactamente. Adrián dormía atravesado sobre el edredón, todavía con la camisa puesta, un zapato sí y otro no, y la pajarita torcida colgándole del cuello como una serpiente vencida.
Sobre la mesita de noche había dos botellas de agua vacías, un anillo de plástico dorado, y un recibo arrugado de un bar que ninguno de los dos recordaría haber pisado.
—Vale —se dijo a sí misma en voz baja—. Vale, vale, vale.
Intentó levantarse con demasiada rapidez y tuvo que sujetarse al cabecero de la cama, mareada, mientras el cuarto entero le daba vueltas durante unos segundos eternos.
En algún punto de la noche se había quitado un zapato y no el otro, exactamente como Adrián, y llevaba puesto, descubrió con horror, un collar de flores de plástico que no recordaba haberse puesto en ningún momento.
Fue al baño a mojarse la cara, y el espejo le devolvió una imagen que prefirió no analizar demasiado: rímel corrido, el peinado deshecho del todo, y una expresión de pánico contenido que no ayudaba nada al conjunto general.
—Café —se dijo a sí misma—. Necesito café antes de procesar nada de esto.
Pero cuando volvió a la habitación con la intención de pedir servicio de habitaciones, el sobre seguía allí, sobre la mesita de noche, esperándola con la paciencia despiadada de los objetos que no se mueven solos.
Se incorporó despacio, con el cuidado de quien teme que la cabeza se le vaya a caer del cuerpo, y fue entonces cuando vio, sobre la mesita de noche, un sobre con el membrete de una capilla que no reconocía. Lo abrió con dedos torpes.
Certificado de matrimonio. Su nombre. El nombre de él. Una fecha: la noche anterior.
Se rió. Fue una risa nerviosa, corta, la clase de risa que sale antes de que el cerebro haya terminado de procesar la información.
—Es una broma —dijo en voz alta—. Es un papel de broma, de esos que dan en las capillas de imitación.
Intentó reconstruir la noche anterior en su cabeza, con las piezas encajando a trompicones: el teatro, el asiento discutido, el casino, los dados, el bar de safari, la pirámide de cristal, los tacos...
y después, un vacío casi total, salvo por fogonazos sueltos: unas luces de neón en forma de corazón, una carcajada de Roque, un velo de tul que le picaba en la nariz.
—Me acuerdo de un velo —murmuró, más para sí misma que para nadie—. ¿Por qué me acuerdo de un velo?
Fue entonces cuando reparó en las fotos.
Sacó el móvil con dedos temblorosos y abrió la galería, y ahí estaban, una detrás de otra: ella con un velo de tul torcido, Adrián con una pajarita, los dos delante de un arco de flores de plástico, el grupo entero aplaudiendo, un beso que la propia foto congelaba en un ángulo que no dejaba lugar a dudas.
Se quedó mirando la pantalla durante un buen rato, sintiendo que el estómago se le encogía cada vez más con cada foto que pasaba, hasta que llegó a la última: ella y Adrián, sonriendo de verdad, sin ninguna pose calculada, con el brazo de él alrededor de su cintura como si llevaran haciéndolo toda la vida.
Marcó, con manos que no terminaban de estar firmes del todo, el número de Covadonga, que contestó al tercer tono con una voz igual de destrozada que la suya.
—Cov. Cov, necesito que vengas a mi habitación ahora mismo.
—Val, son las doce del mediodía, dame al menos una hora más de vida.
—Cov, tengo un certificado de matrimonio con mi nombre.
Un silencio al otro lado de la línea, seguido de un ruido de sábanas y pasos apresurados. —Voy para allá.
Covadonga llegó cinco minutos después, todavía en pijama, con Nagore detrás arrastrando los pies y sujetándose la cabeza. Las tres se sentaron alrededor del certificado extendido sobre la cama, mirándolo como si fuera un animal desconocido que hubiera aparecido de la nada.
—Esto tiene que ser de broma —dijo Nagore, aunque su cara de preocupación no coincidía del todo con sus palabras.
—Eso mismo he dicho yo.
—¿Y el fotógrafo? —preguntó Covadonga, señalando con la barbilla hacia el otro lado de la cama, donde Adrián seguía profundamente dormido.
—Ahí sigue. No sé ni cómo despertarlo sin que le dé un infarto.
Al final fue el propio ruido de las tres hablando lo que lo despertó, incorporándose de golpe con el pelo revuelto y una expresión de absoluta confusión que fue derivando, segundo a segundo, hacia el mismo pánico que Valeria había sentido minutos antes.
—¿Qué hora es? —preguntó, con la voz pastosa.
—La hora de que veas esto —dijo Valeria, poniéndole el certificado delante de los ojos.
Mientras Adrián leía el papel dos y tres veces, como si repetir la lectura fuera a cambiar el contenido, a Valeria se le ocurrió de pronto una idea que le heló la sangre todavía más de lo que ya la tenía.
—Mi vuelo. Vuelo mañana a las nueve de la mañana. ¿Y si esto sale en algún registro público antes de que me vaya? ¿Y si tengo que quedarme aquí más días de los previstos?
—Tranquilízate. Vamos a solucionarlo hoy, no hace falta que cambies el vuelo todavía.
—¿Cómo quieres que me tranquilice, Adrián? Ayer tenía una vida perfectamente ordenada y hoy tengo un marido que conocí hace veinticuatro horas.
—Técnicamente nos conocimos hace treinta y seis horas, si contamos desde el aeropuerto.
—No ayuda que hagas bromas ahora mismo.
—Lo sé, lo siento. Es mi manera de no ponerme a gritar, la verdad.
Valeria respiró hondo varias veces, con los ojos cerrados, aplicando la misma técnica que usaba antes de una presentación importante ante un cliente difícil. Cuando los abrió de nuevo, Adrián la miraba con una expresión que, por primera vez desde que se conocían, no tenía ni rastro de ironía.
—Vamos a arreglarlo —dijo él, con una seguridad que a ella, en ese momento, le vino bien aunque no supiera si creérsela del todo—. Sea como sea, lo arreglamos.
Antes de salir hacia el despacho del abogado que Valeria ya había encontrado por internet, ella insistió en hacer una llamada rápida a su ayudante en el estudio, con la excusa de revisar unos planos pendientes, aunque en realidad necesitaba escuchar una voz que le recordara que su vida normal seguía existiendo en algún lugar.
—Todo bien por aquí —le confirmó su ayudante, sin sospechar nada—. El cliente del bufete llamó preguntando por la propuesta de mobiliario, le dije que se la enviarías la semana que viene.
—Perfecto. Gracias, Marina.
—¿Todo bien por Las Vegas? Suenas rara.
—Resaca —mintió Valeria, con una facilidad que la sorprendió a ella misma—. Nada que un café no arregle.
Colgó con la sensación incómoda de haber empezado, sin quererlo, la primera de una larga serie de mentiras necesarias, y se guardó el móvil en el bolso con el certificado de matrimonio todavía doblado en el fondo.
Alguien llamó a la puerta. Ella abrió con el certificado todavía en la mano, esperando encontrarse con el servicio de habitaciones, y se encontró en cambio con Adrián, recién duchado, con el pelo mojado y una expresión que no terminaba de decidir entre la diversión y el pánico.
Covadonga y Nagore, discretamente, se habían retirado a la habitación contigua para dejarlos hablar, no sin antes prometer que estarían "a un grito de distancia".
—Tenemos que hablar —dijo él.
—Tengo un papel aquí que dice que nos casamos anoche.
—Yo tengo el mismo papel.
Se miraron durante un segundo que se hizo demasiado largo.
—Es de broma —repitió ella, sin mucha convicción esta vez.
—Llamé al registro del condado hace media hora —dijo Adrián, y algo en su voz, ese tono que en el vestíbulo del teatro había sonado tan seguro de sí mismo, ahora sonaba genuinamente inseguro—. No es de broma, Valeria. Está inscrito. Es legal.
Ella se sentó en el borde de la cama porque las piernas dejaron de sostenerla del todo.
—Esto no puede estar pasando.
—Pues está pasando.
—Llevo una carpeta con el itinerario del fin de semana —dijo ella, como si aquello fuera relevante, como si el argumento sirviera para algo—. Tenía un plan para cada minuto de este viaje.
—Pues no estaba en el plan, no. —Adrián se pasó una mano por el pelo mojado—. Vamos a solucionarlo. Hoy mismo. Existe la anulación, ¿no? Para estos casos existe.
Valeria asintió, agarrándose a esa idea como quien se agarra a la única cuerda disponible en mitad de una caída.
—La anulación. Claro. Esto se resuelve en una tarde.
Ninguno de los dos, en ese momento, sospechaba lo equivocados que estaban.
Mientras Valeria se duchaba, intentando despejarse la cabeza además del cuerpo, Adrián se sentó en el balcón de la habitación y llamó a Roque, que contestó con la voz todavía dormida.
—Roque, necesito que te sientes.
—Estoy tumbado, que es mejor todavía. Dispara.
—Anoche me casé. De verdad. Legalmente. Con la interiorista del teatro.
Un silencio larguísimo al otro lado de la línea, seguido de una carcajada tan fuerte que Adrián tuvo que apartarse el teléfono de la oreja. —Perdona, perdona, no me río de ti. Bueno, sí, me río un poco de ti. Pero es que es buenísimo.
—No es buenísimo, Roque. Es un desastre. Tengo la beca pendiente, tengo la exposición, y ahora tengo también una mujer que no conocía hace veinticuatro horas.
—¿Y qué vais a hacer?
—Anularlo, si podemos. Vamos a ver a un abogado esta tarde.
—Avísame de cómo queda la cosa. Y, Ferreiro... —Roque bajó la voz, con un tono que por una vez no sonaba a broma—. Cuídate. Sea lo que sea que pase con esto.
Adrián colgó con una sensación extraña en el pecho, mezcla de vergüenza y de algo que todavía no sabía nombrar, y se quedó mirando el Strip desde el balcón hasta que Valeria salió de la ducha, lista para enfrentarse a lo que fuera que les esperaba.