Capítulo 5
Minutos antes, mientras el grupo caminaba hacia allí sin rumbo del todo claro, Nagore había empezado a contar, entre hipidos de risa, la historia de cómo su prometido le había pedido matrimonio: una cena sencilla, sin fuegos artificiales ni gestos grandilocuentes, solo una pregunta hecha con una honestidad que a ella le había parecido, en su momento, más romántica que cualquier producción elaborada.
—Eso es lo que yo quiero algún día —dijo Covadonga, apoyándose en el hombro de Valeria—. Nada de espectáculo. Solo alguien que lo diga en serio.
—Yo ya no sé ni lo que quiero —admitió Valeria, con la lengua ya bastante suelta por el alcohol—. Después de siete años planificando una boda que nunca llegó a pasar, no tengo ni idea de cómo sería la versión que sí funciona.
—Pues a lo mejor la sorpresa te la lleva la vida sin que la planifiques tú —dijo Nagore, señalando con la barbilla el cartel de neón que ya se veía al final de la calle—. Mira, hasta hay una capilla esperándote.
Se rieron las tres, sin sospechar ninguna cuánta razón, sin quererlo, acababa de tener Nagore.
—Reto final —anunció Nagore, que ya llevaba la diadema torcida del todo y una copa vacía en la mano—. Entrar en la capilla y hacer la boda más ridícula posible. De mentira, claro. Es la última prueba de la noche, lo prometo.
—De mentira —repitió Covadonga, y se rió tanto que tuvo que sujetarse a una farola.
Roque empujó a Adrián por la espalda, entre risas, hacia la puerta de cristal esmerilado.
Valeria, que en cualquier otro estado de sobriedad habría calculado al menos tres razones para no entrar, se encontró cruzando el umbral con la sensación ingrávida de quien lleva encima demasiados cócteles con nombres de frutas.
Dentro, un hombre con esmoquin morado y una sonrisa profesional los recibió como si llevara toda la vida esperándolos, en un vestíbulo diminuto decorado con guirnaldas de flores de plástico y una alfombra roja tan gastada que en algunos puntos dejaba ver el suelo de linóleo.
—¿Los novios?
—Los novios —confirmó Adrián, señalando a Valeria con un gesto teatral que arrancó carcajadas de todo el grupo.
—Esto es parte de la experiencia turística, ¿verdad? —preguntó Valeria a nadie en particular, y alguien, quizá Covadonga, quizá el propio oficiante, le contestó que sí, que por supuesto, que era exactamente eso.
Antes de entrar, se habían quedado un momento fuera, contemplando la fachada entera del local: un edificio bajo pintado de un rosa chillón, con ventanas en forma de corazón y un aparcamiento diminuto donde esperaba una limusina rosa de cartón piedra, pensada exclusivamente para las fotos.
—¿Sabíais que en Las Vegas hay más de cincuenta capillas como esta? —preguntó Roque, que llevaba toda la noche soltando datos curiosos sacados de algún rincón de su memoria—. Dicen que Elvis se casó aquí como quince veces distintas, en quince capillas distintas, claro, no en la misma.
—Eso no puede ser verdad —dijo Covadonga.
—Puede que no. Pero suena bien a estas horas de la noche.
Nagore posó delante de la limusina de cartón piedra con una pose exagerada de estrella de cine, y todo el grupo se rió, ajeno todavía a que, minutos después, la broma dejaría de serlo del todo para dos de ellos.
Se pusieron delante de un altar de plástico con forma de arco de flores falsas, bajo un letrero de luces que parpadeaba las palabras TRUE LOVE con una L fundida que solo se encendía a ratos.
Alguien le puso a Valeria un velo de tul que encontró en una caja de atrezo etiquetada, en letra desvaída, ACCESORIOS - USO MÚLTIPLE.
Alguien más le prestó a Adrián una pajarita torcida que olía vagamente a naftalina.
—¿Alguna canción especial para la entrada? —preguntó el oficiante, con la profesionalidad de quien ha hecho esa misma pregunta miles de veces—. Tenemos Elvis, tenemos clásica, tenemos también, si lo prefieren, silencio dramático.
—Silencio dramático —decidió Roque, antes de que nadie más pudiera opinar.
—Repitan conmigo —dijo el oficiante, y empezó una fórmula que ninguno de los dos escuchó con atención, ocupados como estaban en improvisar votos disparatados entre risas mientras el resto del grupo grababa cada segundo con los móviles en alto.
—Prometo no juzgarte por llevar la maleta siempre perfectamente organizada —dijo Adrián, con una solemnidad fingida que arrancó silbidos de aprobación del grupo.
—Y yo prometo no juzgarte por no saber ni en qué ciudad te despertaste ayer.
—Prometo también aprender a tirar los dados con la mitad de suerte que tú.
—Y yo prometo enseñarte, aunque dudo mucho que sirva de algo.
El grupo aplaudió cada frase como si fuera parte del guion oficial de la ceremonia.
Alguien hizo fotos con el móvil, muchas fotos, desde ángulos que después nadie sabría reconstruir del todo.
Firmaron unos papeles que el oficiante les puso delante, unos papeles con membrete oficial que ninguno de los dos leyó, ocupados en reírse de la letra torcida del otro al firmar.
—¿Y el anillo? —preguntó Nagore, con auténtica preocupación logística, como si aquello fuera de verdad importante.
—Tenemos anillos de atrezo, sin coste adicional —anunció el oficiante, sacando de un cajón dos aros de plástico dorado que brillaban bajo las luces de neón como si fueran de verdad.
Se los pusieron entre risas, y por un segundo, solo por un segundo, algo en el gesto pareció más real de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir en ese momento.
—Esperad, esperad, quiero decir algo —anunció Covadonga, subiéndose a uno de los bancos de la capilla con la copa que había colado a escondidas dentro del bolso—.
Llevo toda la noche viendo a estos dos discutir por absolutamente todo, desde un asiento de teatro hasta quién tiraba mejor los dados, y ahora resulta que se casan.
Si esto no es una señal del destino, no sé qué lo sería.
—Es una broma, Cov —dijo Valeria, riéndose—. Mañana esto es solo una anécdota que contar.
—Las mejores historias siempre empiezan como una broma —insistió Covadonga, sin bajarse del banco.
Roque aprovechó el momento para hacerse una foto abrazado a los dos novios de mentira, declarándose a sí mismo "padrino honorario" de una boda de la que ni siquiera había sido invitado formalmente, y Nagore, entre risas, insistió en lanzar un puñado de confeti que había sobrado de sus propios sobres, aunque no tenía ninguna relación con aquella ceremonia.
—Pueden besar a la novia —dijo el hombre del esmoquin morado.
Se besaron entre las risas del grupo, un beso rápido y teatral pensado para la foto, y todos gritaron y aplaudieron como si acabaran de presenciar algo mucho más importante de lo que ninguno de los dos, en ese momento, fue capaz de entender.
El oficiante les entregó una copia impresa del certificado dentro de una carpetita de cartón dorado, con un lema impreso en letras cursivas que decía FELICES PARA SIEMPRE, EN LAS VEGAS Y MÁS ALLÁ, y les explicó, con la misma voz cantarina que había usado durante toda la ceremonia, que el documento oficial tardaría unos días en procesarse en el registro del condado.
—¿Eso significa que ya estamos casados de verdad, o hay que esperar? —preguntó Roque, con genuina curiosidad.
—Desde el momento de la firma, caballero. El registro es solo el papeleo administrativo. Ante la ley del estado de Nevada, ya son marido y mujer.
El grupo entero estalló en aplausos otra vez, y Valeria, con el certificado dorado en la mano, se rió sin prestarle ninguna atención real a lo que aquellas palabras significaban, exactamente igual que Adrián, que en ese momento estaba mucho más pendiente de posar para otra foto con Nagore sobre sus hombros que de procesar la trascendencia legal del anuncio.
Salieron de la capilla cantando algo que ya no tenía ni siquiera pretensión de ser una canción, con el certificado doblado dentro del bolso de Valeria sin que ella se molestara en mirarlo con atención.
Covadonga insistió en organizar una última foto de grupo frente al cartel de neón, y Roque, con la generosidad ebria de las cuatro y media de la madrugada, invitó a una ronda de chupitos de despedida en un bar que quedaba de camino al hotel.
—Por los novios —brindó, alzando el vaso—. Que el matrimonio les dure, como mínimo, hasta que se les pase la resaca.
Todos se rieron, incluida Valeria, que en ese momento no podía imaginar cuánta razón, sin saberlo, acababa de tener su amigo.
Se quedaron un rato más en aquel último bar, con la música baja y las luces ya casi apagándose, en ese punto exacto de la madrugada en que hasta las ciudades más ruidosas empiezan a rendirse.
Adrián pidió una última ronda que nadie terminó, y Nagore, apoyada en el hombro de Covadonga, empezó a quedarse dormida a mitad de frase.
—Deberíamos volver al hotel —dijo Valeria, aunque su propia voz sonaba tan cansada como convencida.
—Deberíamos —coincidió Adrián, todavía con el anillo de plástico puesto, como el resto del grupo, que llevaba puestos también los suyos entre risas.
Caminaron de vuelta en un grupo cada vez más disperso, parejas y tríos formándose y deshaciéndose según el cansancio de cada uno, hasta que, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, Valeria y Adrián terminaron caminando uno al lado del otro los últimos metros hasta la puerta del hotel.
—Ha sido una noche rara —dijo ella.
—De las buenas —dijo él—. De las que una recuerda, aunque sea borrosa.
—Sí. Supongo que sí.
Se despidieron en el ascensor, cada uno hacia su piso, sin saber todavía que la noche, lejos de haber terminado del todo, apenas empezaba a mostrar sus consecuencias.