Casados por error Capítulo 4
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Capítulo 4

De ahí pasaron a un bar con temática de safari, con leones de peluche colgando del techo y cócteles servidos en vasos con forma de elefante, luego a una discoteca dentro de una pirámide de cristal donde las luces cambiaban de color al ritmo de una música que ninguno de los dos reconocía, luego a un puesto callejero donde vendían tacos a las tres de la madrugada y que, según Roque, eran los mejores de todo el estado, una afirmación que nadie del grupo estaba en condiciones de verificar con objetividad.

En el bar de temática safari, Nagore insistió en que todo el grupo se pusiera unas orejas de león de plástico que la camarera repartía como parte de la decoración, y Valeria, que en cualquier otro contexto se habría negado en redondo, se las puso sin oponer resistencia, arrancando un aplauso general y una foto que Covadonga prometió no subir a ningún sitio y que, por supuesto, subió esa misma noche.

—Reto —anunció Nagore, subida a una silla que se tambaleaba peligrosamente mientras Covadonga la sujetaba por si acaso—. Todo el grupo tiene que cantar una canción en la próxima parada, en un idioma que no sea el suyo. Sin excepciones. Es mi despedida y las reglas las pongo yo.

—Eso es imposible de verificar con rigor —dijo Valeria, aunque ya se estaba riendo antes de terminar la frase.

—Por eso mismo es divertido —dijo Adrián, y le puso una mano en el hombro con una naturalidad que a ella, en otro momento de su vida, en cualquier bar de cualquier otra ciudad, le habría hecho retroceder un paso de inmediato. Esa noche no retrocedió, y ni siquiera se paró a pensar por qué.

Cantaron fatal. Cantaron en italiano inventado sobre la marcha, en un francés que ni Adrián, que había vivido un año entero en Marsella durante un encargo fotográfico, reconocía ya como propio.

Roque intentó cantar en alemán y terminó soltando palabras sueltas que ni él mismo sabía de dónde habían salido.

Bailaron en una calle sin música, solo con el ritmo que llevaba Roque dando palmas y silbando algo parecido a una melodía.

Valeria se rió tanto en un momento que se le saltaron las lágrimas, y cuando se dio cuenta de que era la primera vez en meses que se reía así, sin control, sin preocuparse de cómo la veían los demás, decidió no pensarlo demasiado y simplemente seguir riéndose.

Ya en la pirámide de cristal, con la música demasiado alta para mantener cualquier conversación con sentido, Adrián y Valeria acabaron apartados del grupo en un rincón junto a la barra, viendo bailar a los demás sin necesidad de unirse ellos mismos todavía.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, de pronto, con la voz un poco más alta de lo necesario para hacerse oír por encima de la música.

—Adelante.

—¿Por qué fotografía de viajes? ¿Por qué ese trabajo y no otro?

Adrián se quedó pensando un momento, mirando la ficha de casino que todavía llevaba en la mano, dándole vueltas entre los dedos.

—Porque a los veinte años odiaba la sensación de quedarme quieto.

Cada vez que me quedaba en el mismo sitio demasiado tiempo, sentía que algo se me atascaba por dentro.

Necesitaba que el paisaje cambiara constantemente para no sentir que yo, en cambio, no cambiaba nunca.

¿Tiene sentido lo que digo, o suena a excusa barata de alguien que no sabe quedarse quieto?

—Tiene sentido —dijo ella, sorprendida de lo rápido que había contestado, de lo poco que había tenido que pensarlo—. Mucho sentido, de hecho.

—¿Y tú? ¿Siempre supiste que querías dedicarte a esto?

—Desde los doce años. Redecoraba mi habitación cada verano, movía los muebles, cambiaba la disposición de todo aunque mis padres se quejaran de que les rompía la espalda ayudándome. Era la única forma que tenía de sentir que controlaba algo en una casa donde nos mudábamos cada dos por tres.

—¿Os mudabais mucho?

—Seis veces en ocho años. Larga historia que no pienso contarte esta noche.

—Justo. Esta noche es para tonterías, no para historias largas.

—Exacto.

Salieron de la pirámide poco después, siguiendo al resto del grupo hacia el puesto de tacos, caminando uno junto al otro sin que ninguno de los dos hiciera ademán de acortar ni de aumentar la distancia entre ambos.

—¿Sabes lo que más me sorprende de ti? —le dijo Adrián, sentados los dos en el bordillo de una acera mientras el resto del grupo discutía, unos metros más allá, adónde ir después, con Covadonga liderando una votación improvisada a mano alzada.

—¿Qué?

—Que cuando dejas de controlarlo todo, eres bastante más divertida que cuando lo controlas. No lo digo como crítica. Lo digo porque es verdad y porque me parece interesante.

—Y a mí me sorprende que detrás de tanta camisa arrugada haya alguien capaz de mantener una conversación de más de dos frases seguidas sin hacer una broma.

—Eso ha sido casi un cumplido.

—No te acostumbres. Es un fenómeno raro, como lo de los dados. Puede que no se repita.

—Anotado. Aprovecharé el momento mientras dure.

Se quedaron un rato en silencio, mirando las luces de la avenida, sin la necesidad urgente de llenar el silencio con nada, algo que a Valeria, que solía sentirse incómoda con cualquier pausa en una conversación, le resultó extrañamente fácil con él.

Ella pensó, muy vagamente, con la mente ya bastante nublada por el alcohol, que hacía mucho que no se sentía tan poco vigilada por sí misma, tan poco preocupada por decir la frase correcta en el momento correcto.

—Puedo preguntarte una cosa más personal —dijo ella, casi sin darse cuenta de que estaba rompiendo su propia norma de no hablar de su vida privada con desconocidos—. ¿Alguna vez has estado a punto de casarte?

Adrián soltó una risa breve y algo amarga. —Una vez estuve a punto de comprometerme en serio con alguien, sí. No salió bien. ¿Por qué lo preguntas?

—Curiosidad. Yo acabo de salir de una relación de siete años que se suponía que iba camino de eso, y no fue así.

—Siete años es mucho tiempo.

—Demasiado, ahora que lo pienso.

No añadió nada más, y Adrián no insistió, algo que ella agradeció en silencio más de lo que habría sabido explicar.

—Deberíamos ir a por algo de comer —dijo él, poniéndose en pie y tendiéndole la mano—. Conozco un sitio que abre toda la noche, según me han dicho, aunque no puedo garantizarlo del todo.

Ella aceptó la mano. El resto del grupo ya se movía calle abajo, cantando algo que no era ni italiano ni francés ni alemán ni nada reconocible, y los siguieron hasta el puesto de tacos que Roque había prometido, un carrito metálico con una fila sorprendentemente larga para las cuatro de la madrugada.

—Si estos no son los mejores tacos de Nevada, pido perdón públicamente —anunció Roque, repartiendo platos de papel al grupo entero.

—Llevas diciendo eso desde que hemos llegado a la ciudad —le recordó Adrián.

—Y hasta ahora no me he equivocado ni una vez.

Valeria mordió el suyo con escepticismo y tuvo que admitir, entre risas, que Roque tenía razón esta vez.

Se sentaron todos en un muro bajo frente al carrito, un grupo mixto de desconocidos que unas horas antes discutían por un asiento de teatro y que ahora compartían salsa picante y anécdotas de viaje como si se conocieran de toda la vida.

—Mañana no va a acordarse nadie de esto —dijo Covadonga, apoyando la cabeza en el hombro de Nagore—. Va a parecer un sueño rarísimo.

—Yo pienso acordarme —dijo Adrián, mirando de reojo a Valeria, que fingió no darse cuenta mientras se limpiaba la salsa de los dedos con una servilleta de papel.

Terminados los tacos, alguien propuso seguir la fiesta un rato más, y nadie en el grupo, ni siquiera Valeria, tuvo fuerzas ni ganas de oponerse.

Caminaron sin rumbo fijo por una avenida lateral, lejos ya del bullicio principal del Strip, entre casinos más pequeños y tiendas de souvenirs que a esas horas permanecían inexplicablemente abiertas.

—¿Sabéis qué necesitamos? —anunció Nagore, deteniéndose delante de un escaparate iluminado con neones rosas—. Una foto de recuerdo. Todos juntos. Para que nadie se olvide de esta noche.

Se apiñaron delante del escaparate, un grupo de ocho personas que unas horas antes ni siquiera se conocían del todo, y Roque, que llevaba la cámara más grande del grupo colgada al cuello, hizo de fotógrafo improvisado mientras Adrián se colaba, casi sin pensarlo, justo al lado de Valeria.

—Sonríe, interiorista —le susurró él, antes del disparo.

—Ya sonrío.

—Sonríe de verdad. La cámara nota la diferencia.

Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió de verdad, y la foto que salió de aquello, aunque ninguno de los dos lo supiera todavía, acabaría siendo la primera de muchas que se harían juntos sin planearlo.

La noche, que ya debería haber terminado hacía horas según cualquier criterio razonable, decidió continuar un poco más, arrastrándolos a todos hacia un destino que ninguno de los dos, en ese momento, podía siquiera imaginar.

Siguieron caminando sin rumbo fijo, cada vez más lejos del Strip principal, con las risas cada vez más fáciles y las bromas cada vez más absurdas.

Roque insistía en que conocía un bar secreto detrás de una lavandería, Covadonga juraba haber visto un cartel escrito en un idioma que no supo identificar, y Nagore repartía confeti de un sobrecito que llevaba guardado desde España para "el momento adecuado", que resultó ser exactamente ese.

—¿Nunca te cansas? —le preguntó Valeria a Adrián, mientras esquivaban un charco de confeti mojado en la acera.

—¿De qué?

—De cambiar de ciudad constantemente. De no tener un sitio fijo al que volver.

Él lo pensó de verdad, sin la respuesta rápida que solía tener preparada para casi todo. —A veces sí. Más últimamente que antes, la verdad. Pero todavía no sé qué haría con un sitio fijo, si lo tuviera. Nunca he tenido la práctica.

—Es cuestión de práctica, como todo.

—Puede. ¿Tú nunca te cansas de tener siempre todo controlado?

—Constantemente —admitió ella, sorprendida de la facilidad con la que la palabra le salió de la boca—. Pero tampoco sé qué haría si dejara de controlarlo todo. Nunca he tenido la práctica.

Se miraron un segundo, reconociendo en el otro una versión distinta del mismo miedo, y ninguno de los dos dijo nada más al respecto, aunque los dos lo guardaron, sin saberlo, para pensarlo con calma en otro momento.

Doblaron una esquina más, siguiendo al grupo, y a lo lejos, al final de la calle, un cartel de neón en forma de corazón empezó a hacerse cada vez más visible, parpadeando entre las sombras de los edificios cerrados.

Ninguno de los dos le prestó demasiada atención todavía.

Era solo un cartel más, uno de tantos en una ciudad hecha enteramente de carteles, y a esas horas de la madrugada, con la mente nublada por el alcohol y el cansancio del viaje, ni Valeria ni Adrián podían imaginar que aquel corazón de neón concreto estaba a punto de cambiarles la vida entera.

Detrás de ellos, el grupo entero seguía cantando desafinado, ajeno también a lo que se avecinaba, y la calle entera parecía sostenerse en ese equilibrio frágil y dulce de las últimas horas de una noche que nadie quiere que termine todavía.