Casados por error Capítulo 3
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Capítulo 3

El casino del hotel tenía la clase de iluminación que hacía perder la noción del tiempo a propósito, sin relojes visibles en ninguna pared, con una luz cálida y constante que igual podía ser medianoche que las seis de la mañana.

Al salir del espectáculo, los dos grupos —el de Nagore y Covadonga, que se les había unido después del teatro, y el de Roque y otros dos fotógrafos del festival— acabaron cruzándose frente a una mesa de dados, y alguien, nadie recordaría después quién exactamente, propuso un torneo improvisado con fichas de valor simbólico.

—Tú otra vez —dijo Valeria, al ver a Adrián apoyado en la mesa con una ficha entre los dedos, dándole vueltas con una destreza que sugería demasiada práctica previa.

—El mundo es un pañuelo, o Las Vegas es muy pequeña. Una de las dos cosas, no sabría decirte cuál.

—¿Vienes siguiéndome?

—Créeme, si te siguiera, elegiría mejores conversaciones que la que tuvimos en el teatro. Esta vez podríamos empezar sin pelearnos por un asiento.

Covadonga, que llevaba dos copas de más y las gafas de dado todavía puestas a pesar de que ya no hacían ninguna falta, se acercó con la energía de quien huele una historia a kilómetros de distancia.

—¿Os conocéis?

—Nos disputamos un asiento —dijo Adrián.

—Él intentó quitarme un asiento —corrigió Valeria, con una precisión casi notarial.

—Ajá. —Covadonga miró al uno y a la otra con una sonrisa que no prometía nada bueno para ninguno de los dos—. Jugad juntos al torneo. Equipo mixto. Lo decido yo, que soy la dama de honor y tengo poderes especiales esta noche.

—No hace falta —dijeron los dos a la vez, con una sincronía que hizo reír a todo el grupo.

Terminaron jugando juntos igualmente, porque las reglas del grupo lo decidieron por votación democrática y a esas alturas de la noche nadie discutía ya una votación, ni siquiera Valeria, que en cualquier otro contexto habría exigido al menos una segunda ronda de deliberación.

Antes de los dados probaron suerte en una mesa de blackjack, donde Roque perdió tres manos seguidas con una resignación cómica, y en una ruleta donde Nagore insistió en apostar siempre al mismo número, el día de su boda, sin éxito alguno.

—Va a arruinarnos a todos con esa superstición —susurró Covadonga.

—Déjala. Es su despedida.

Cuando por fin llegaron a la mesa de dados, Valeria resultó tener una suerte escandalosa, una racha que Adrián empezó a narrar en voz alta como si fuera un partido de fútbol retransmitido por televisión, con gestos incluidos.

—Y ahí va otra vez, señoras y señores, la interiorista más metódica de todo Nevada está a punto de reventar la banca por segunda vez consecutiva. Un fenómeno que la ciencia todavía no ha sabido explicar.

—Deja de narrar mi vida.

—Es lo más interesante que ha pasado esta noche, y eso que hemos visto trapecistas.

—Tira los dados y calla.

—A la orden.

Cuando ganó la última tirada, una apuesta absurda que nadie del grupo esperaba que saliera bien —Roque incluso había apostado en contra, en broma, y perdió cinco dólares simbólicos que pagó entre risas—, todo el grupo estalló en gritos y aplausos.

Adrián fue el único que, en vez de reírse de ella o hacer otro comentario irónico, la felicitó mirándola a los ojos, sin ironía esta vez, como si de verdad le importara que hubiera ganado.

—En serio, ha sido brutal —dijo—. No sé cómo lo has hecho. Yo llevo toda la noche perdiendo de una forma casi digna de estudio.

—Ni idea —admitió ella, y se sorprendió a sí misma sonriendo sin calcularlo antes, sin ensayarlo, algo que no le pasaba muy a menudo—. Supongo que a veces las cosas simplemente salen bien sin que una las controle.

—Anota esa frase. Podría ser el principio de algo.

—No seas dramático.

Pidieron otra ronda. Y otra. Nagore convenció a la mesa entera de croupiers de que le desearan suerte por su próxima boda, y consiguió que le regalaran una ficha de recuerdo.

Covadonga se enzarzó en una conversación larguísima con uno de los fotógrafos del grupo de Roque sobre las mejores rutas de senderismo del norte de España, un tema que ninguno de los dos parecía dominar del todo pero que defendían con pasión.

Las horas empezaron a perder los bordes, esa sensación tan particular de las noches de Las Vegas en las que el reloj deja de importar de verdad.

En algún momento, Valeria se apartó un momento del grupo para llamar a su estudio, incapaz de desconectar del todo, y Adrián la encontró en un rincón más tranquilo del casino, terminando la llamada con instrucciones precisas sobre unos planos que debían enviarse al día siguiente.

—¿Trabajando en plena despedida de soltera?

—Cinco minutos. El proyecto del bufete de mi tío no puede esperar ni un fin de semana, por lo visto.

—¿Y no te cansa? Estar siempre pendiente de que todo funcione, de que nada se caiga.

—Me cansaría más lo contrario. —Se guardó el móvil, un poco a la defensiva—. Prefiero cansarme controlando las cosas que descansar y que luego se desmoronen.

—¿Y si te dijera que las dos opciones no son las únicas que existen?

—Te diría que llevas media hora sin perder ni una tirada de dados y que eso te ha vuelto demasiado filósofo.

Adrián se rió, con una risa que a Valeria, para su sorpresa, no le pareció en absoluto molesta esta vez.

—¿Sabes lo que me sorprende? —dijo él, sentado ya en un taburete alto junto a ella, con la mesa de dados momentáneamente abandonada por el grupo—.

Que hace unas horas me parecías la persona más rígida que había conocido en meses, y ahora mismo acabas de convencer al croupier de que te deje tirar los dados dos veces seguidas con un truco que, técnicamente, no debería funcionar.

—No es un truco. Es simple estadística aplicada con confianza.

—Eso ha sonado exactamente a lo que diría alguien que hace trampas con mucha elegancia.

—No hago trampas. Calculo probabilidades. Es distinto.

—Para mí suena igual de sospechoso.

Ella se rió, una risa corta y genuina, y por un segundo pareció sorprendida de sí misma, como si llevara un tiempo sin reírse así y acabara de descubrir que todavía era capaz de hacerlo.

Mientras tanto, en una mesa de póker cercana, Roque no perdía ojo de la escena y aprovechó un momento a solas con Adrián, cuando este fue a pedir otra ronda a la barra, para soltarle lo que llevaba un rato pensando.

—Llevas media noche sin apartarte de esa chica.

—Es una casualidad. Nos hemos encontrado tres veces seguidas, no es que la esté persiguiendo.

—Tres casualidades seguidas ya no son casualidad, Ferreiro, son destino, o al menos ganas disfrazadas de destino.

—No empieces.

—No empiezo nada. Solo digo que en dos años de viajar juntos por medio mundo, no te había visto reírte así con nadie. Ni con las modelos de aquel catálogo en Tulum, que bien que se esforzaron.

—Es distinto. Ella es... —Adrián buscó la palabra correcta y no la encontró del todo—. No sé. Interesante, supongo. Y mañana cada uno sigue su camino, así que tampoco hay mucho que analizar.

—Si tú lo dices.

Roque volvió a la mesa de póker con una sonrisa que no se molestó en disimular, y Adrián regresó junto a Valeria con dos copas nuevas, sin sospechar que su amigo tenía más razón de la que él mismo estaba dispuesto a reconocer todavía.

En algún momento de la noche, el móvil de Valeria vibró sobre la mesa con un mensaje de Íñigo: "Espero que lo estés pasando bien.

Necesitamos hablar cuando vuelvas." Lo leyó dos veces, sopesando si contestar, y al final apagó la pantalla sin escribir nada, guardándose el teléfono en el bolso con más fuerza de la necesaria.

—¿Todo bien? —preguntó Adrián, que había visto de reojo cómo cambiaba su expresión durante un segundo.

—Todo perfecto —dijo ella, recomponiendo la sonrisa con la misma rapidez con la que la había perdido—. Nada que no pueda esperar hasta la semana que viene.

Adrián no insistió, pero durante el resto de la ronda de dados le sirvió el agua con gas sin que ella se lo pidiera, un gesto pequeño que Valeria no comentó, aunque lo notó, y que guardó, sin saberlo todavía, en algún rincón de la memoria que más tarde resultaría importante.