Capítulo 2
Antes de entrar al teatro, el grupo de Valeria se detuvo en el bar de la azotea del hotel, un espacio de cristal con vistas a todo el Strip donde servían cócteles con nombres imposibles de recordar.
Nagore insistió en un brindis solemne, copa en alto, mientras Covadonga grababa el momento para la posteridad digital.
—Por la última despedida de soltera de la historia en la que Valeria lleva una carpeta con el itinerario —bromeó Covadonga.
—No va a ser la última. Pienso llevar carpeta en todas las bodas que organice el resto de mi vida, empezando por la tuya, cuando te decidas a sentar cabeza.
—Uf, qué lejos queda eso.
Brindaron, se rieron, y Valeria repasó mentalmente, por décima vez esa tarde, el horario de la noche: entrada al teatro a las ocho, espectáculo hasta las diez, casino después si el grupo tenía fuerzas. Todo controlado. Todo en su sitio.
El Teatro Meridian tenía la clase de vestíbulo que parecía diseñado para hacer sentir pequeño a cualquiera que entrara sin esperárselo: mármol negro pulido hasta el brillo, lámparas que colgaban del techo como constelaciones caídas a mitad de camino, y un olor a perfume caro flotando entre la gente que hacía cola para entrar.
Valeria había comprado las entradas VIP con tres meses de antelación, convencida de que aquello garantizaba, como mínimo, que una sola cosa del viaje no podía torcerse.
—Fila B, asiento 4 —le dijo al acomodador, con la entrada ya en la mano antes de que él se la pidiera, doblada por la misma línea desde que la había impreso.
—Fila B, asiento 4 —repitió una voz masculina, un segundo después, desde el otro lado del pequeño atril donde el acomodador revisaba las entradas.
Valeria se giró, convencida de que había oído mal.
El hombre que tenía delante llevaba una camisa que parecía sacada de la maleta sin plancharla siquiera un poco, el pelo con esa clase de desorden que en algunas personas parece calculado y en otras, como en este caso, simplemente lo es, y una entrada tan arrugada como la propia camisa.
—Ese es mi asiento —dijo ella, sin ceder ni un centímetro de terreno.
—Según esto, es el mío. —Adrián le mostró la entrada como si fuera una prueba definitiva en un juicio, sosteniéndola entre dos dedos con una tranquilidad que a Valeria le pareció, de entrada, exasperante—. Fila B, asiento 4. Letra clara, no hay confusión posible.
—Imposible. Yo reservé este asiento hace tres meses, tengo el correo de confirmación en el móvil si hace falta enseñarlo.
—Y yo lo compré hace dos días en la taquilla del festival, así que a lo mejor el problema no es mío, sino de quien vende entradas duplicadas sin comprobar el sistema.
—El problema es de quien vendió la misma entrada dos veces —replicó Valeria, con una calma que le costaba mantener por momentos—, y normalmente esas cosas se resuelven hablando con la organización, no discutiendo con un desconocido en mitad de un vestíbulo lleno de gente que nos está mirando, por cierto.
—Estoy hablando contigo porque eres tú la que está delante de mi asiento, no al revés.
—Es mi asiento.
—Llevamos ya un rato diciendo lo mismo con distintas palabras. A este paso el espectáculo termina antes de que resolvamos esto.
—Pues deje de discutir y llame a alguien de la organización, que para eso está.
—Ya lo he intentado. La cola para la taquilla de reclamaciones da la vuelta al edificio. Prefiero arreglarlo aquí, contigo, antes de perderme el espectáculo entero discutiendo con un empleado que no tiene la culpa de nada.
El acomodador, un hombre de mediana edad con la paciencia entrenada de quien lleva quince años resolviendo este tipo de conflictos varias veces por semana, levantó ambas manos en un gesto que pretendía ser apaciguador.
—Señores, si me permiten un momento. —Revisó su tableta, frunció el ceño, la revisó otra vez, tecleó algo—.
Ha habido un error de doble asignación, efectivamente.
Ocurre una o dos veces por temporada, lo lamento mucho.
Puedo ofrecerles dos asientos juntos en primera fila, con mejor vista incluso que la B4.
—Perfecto —dijo Adrián, sin dudarlo.
—No hace falta que estemos juntos —dijo Valeria—. Puede sentarlo a él en primera fila y a mí déjeme en cualquier otro sitio con visibilidad decente.
—Señora, lamento decirle que son los únicos asientos VIP libres que quedan disponibles esta noche. El resto de la sala está completo desde hace semanas.
Ella respiró hondo, calculó las opciones disponibles —ninguna, en realidad— y aceptó con un gesto seco de cabeza, del tipo que no admite más discusión aunque por dentro siguiera discutiendo con todas sus fuerzas.
Adrián se sentó a su lado, cámara en el regazo, con la expresión de quien encuentra gracioso algo que la otra persona claramente no encuentra gracioso en absoluto.
—Voy a decir una cosa y luego me callo —murmuró él, cuando las luces empezaban a bajar y el murmullo de la sala se apagaba poco a poco—. Relájate. Es un espectáculo de trapecistas, no una auditoría fiscal.
—No necesito que me digas que me relaje.
—Lo necesitas un poco, sí. Se te nota en la mandíbula. La tienes apretada desde que hemos entrado.
—Eso es porque llevo diez minutos discutiendo con un desconocido por un asiento.
—Ya no discutimos. Ya nos han sentado juntos. Lo que queda ahora es sobrevivir al espectáculo sin matarnos, que es un reto distinto y, en mi opinión, más entretenido.
Valeria clavó la vista al frente y decidió, con toda la firmeza de la que fue capaz, no dirigirle la palabra durante el resto de la función.
Duró exactamente doce minutos, según pudo comprobar después mirando disimuladamente el reloj del móvil, hasta que un número de trapecio a una altura que a ella le pareció innecesariamente peligrosa le arrancó un grito ahogado.
Él, sin mirarla, sin decir una palabra, le pasó su copa de champán como quien ofrece un pañuelo a alguien que está llorando, sin hacer ningún comentario al respecto.
Ella la aceptó. No dijo gracias. Pero la aceptó, y se bebió más de la mitad antes de devolvérsela.
—¿Mejor? —preguntó él, al terminar el número.
—No sé de qué hablas.
—De que casi te da un infarto con el trapecista del final.
—Estaba muy alto.
—Estaba exactamente a la altura que estaba anunciada en el programa, que por cierto tengo aquí, si quieres comprobarlo.
—No hace falta.
—Como quieras. —Adrián sonrió mirando al escenario, sin darle la satisfacción de mirarla a ella—. Por cierto, me debes una copa de champán.
—Te he devuelto la copa.
—Vacía a medias. Eso cuenta como deuda pendiente en cualquier sistema contable razonable.
Valeria no contestó, pero por primera vez en toda la noche notó que la comisura de su boca se movía sin permiso, casi una sonrisa, que disimuló mirando fijamente hacia el escenario.
En el descanso, con las luces del vestíbulo ya encendidas de nuevo, ninguno de los dos hizo ademán de separarse a buscar a su grupo respectivo.
—¿A qué te dedicas, si se puede saber? —preguntó Adrián, apoyado en la barra donde habían ido a pedir algo de beber—. Porque llevas un bolso organizado como si fueras a inspeccionar una obra, no a ver un espectáculo de trapecistas.
—Soy arquitecta de interiores. Y sí, llevo el bolso organizado porque me gusta que las cosas estén donde tienen que estar.
—Eso explica lo del itinerario que le he visto a tu amiga, la de la diadema.
—Nagore. Se casa en cuatro meses. Y sí, ese itinerario es mío.
—Impresionante nivel de compromiso para una despedida de soltera ajena.
—Alguien tiene que asegurarse de que todo salga bien.
—¿Y quién se asegura de que tú estés bien, mientras te aseguras de todo lo demás?
La pregunta la pilló desprevenida, más de lo que le habría gustado admitir, y durante un segundo no supo si contestar con una broma o con la verdad. Optó por un término medio, algo que no fuera del todo una cosa ni del todo la otra. —Yo misma, supongo.
—Suena agotador.
—Funciona.
—No he dicho que no funcione. He dicho que suena agotador. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
Valeria no supo qué responder a eso, y por suerte las luces parpadearon anunciando el final del descanso, dándole una excusa perfecta para no tener que hacerlo.
Cuando el espectáculo terminó del todo, el público salió en oleadas hacia el vestíbulo iluminado, comentando entre sí los números más arriesgados de la función.
Nagore y Covadonga aparecieron enseguida, reclamando a Valeria con los brazos abiertos y comentando el espectáculo con un entusiasmo que no dejaba lugar a preguntas sobre con quién había pasado ella la función.
—¿Y ese quién es? —preguntó Covadonga en voz baja, señalando con la barbilla a Adrián, que se despedía de Valeria a pocos metros, junto a Roque y el resto de su grupo.
—Un error de doble reserva. Nada más.
—Un error de doble reserva con el que te has pasado todo el espectáculo riéndote.
—Exagera —dijo Valeria, aunque no pudo evitar volver la vista una última vez hacia donde estaba él, que en ese preciso instante hacía lo mismo.
—Nos vemos, interiorista de Nevada —dijo Adrián, alzando la voz por encima del bullicio del vestíbulo.
—Ni lo sueñes, fotógrafo de camisa arrugada.
Pero ambos grupos, sin planearlo del todo, tomaron la misma dirección al salir del teatro, hacia el mismo casino contiguo, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.