Casados por error Capítulo 1
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Casados por error

Casados por error

Por Roxana Calahorra

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Capítulo 1

El aeropuerto de Las Vegas olía a alfombra nueva y a dinero fácil, esa mezcla imposible de definir que solo existe en las ciudades construidas enteramente para la diversión ajena.

Valeria arrastraba su maleta con ruedas —la había elegido precisamente porque las cuatro giraban sin desviarse ni un centímetro, algo que había comprobado personalmente en la tienda antes de comprarla— y calculaba mentalmente cuánto tardarían en llegar al hotel según el tráfico habitual de un jueves por la tarde.

—O podríamos, no sé, disfrutar del momento —dijo Covadonga, que ya se había puesto unas gafas de sol con forma de dado y llevaba puesta, desde que habían bajado del avión, una camiseta con la palabra brIDE SQUAD estampada en purpurina—.

Estamos en Las Vegas, Val. Nadie calcula tiempos de trayecto en Las Vegas. Es ilegal. Debería serlo.

—Yo sí calculo tiempos de trayecto en Las Vegas.

—Ya lo sé, cielo. Por eso lo digo.

Nagore, la futura novia, avanzaba entre las dos con una diadema de plumas rosas que se le torcía cada dos pasos y una sonrisa que no le cabía en la cara, esa clase de sonrisa que solo se explica cuando a una le quedan cuatro meses para la boda y ha decidido, contra todo pronóstico, no estresarse por nada.

—Me caso en cuatro meses —dijo, como si necesitara recordárselo a sí misma en voz alta cada pocas horas—. Cuatro meses y esta despedida tiene que ser perfecta. Perfecta, Val. Sé que la palabra te da miedo, pero la digo con toda la intención.

—Va a serlo —prometió Valeria, y lo dijo en serio, con la misma seriedad con la que firmaba un contrato de obra.

Llevaba en el bolso una carpeta de cartulina azul, comprada específicamente para el viaje, con el itinerario completo dentro: horarios detallados por franjas de quince minutos, reservas impresas por duplicado, un plan B para cada actividad al aire libre y hasta un plan C para la cena del sábado, por si el restaurante cancelaba o el traslado se retrasaba más de media hora.

Necesitaba que algo, al menos una cosa en su vida, saliera exactamente como estaba previsto.

Porque lo demás no había salido como estaba previsto en absoluto.

Siete años con Íñigo, un piso a medias con los muebles todavía sin repartir, una relación que ella había dado por hecha durante tanto tiempo que ni siquiera se le había ocurrido preguntar hasta que fue demasiado tarde para que la pregunta sirviera de algo.

"No estoy listo", le había dicho él, sentado en el sofá que habían elegido juntos, mirando al suelo en vez de mirarla a ella.

Como si veintiocho años fueran una edad para no estar listo.

Como si siete años juntos no fueran tiempo suficiente para decidir algo que, según él, todavía necesitaba "madurar".

Se había prometido no pensar en Íñigo durante el viaje.

Se había prometido, de hecho, no pensar en ningún hombre durante una buena temporada, quizá un año entero, quizá más.

La carrera. Solo la carrera. Su estudio de interiorismo tenía dos proyectos grandes esperando —uno de ellos, nada menos, para el bufete de su tío— y ella pensaba dedicarles cada gramo de energía que antes repartía mal, entre planes de boda que nunca llegaron a concretarse del todo y una relación que, mirada con perspectiva, llevaba fallando en silencio mucho antes de la ruptura oficial.

—Taxi —dijo, señalando la fila con la carpeta, como si aquel gesto zanjara cualquier otra conversación posible.

El hotel donde se alojaban ocupaba media manzana y tenía una fuente en la entrada que cambiaba de color cada pocos segundos.

Nagore soltó un grito al verla, del tipo que solo se permiten las novias en despedida de soltera, y Covadonga la siguió el juego fotografiando cada ángulo posible del vestíbulo para las redes sociales.

—Habitación 1408 —anunció Valeria, comprobando la reserva en el móvil mientras hacían el check-in—.

Vistas al Strip, cama supletoria para Covadonga, como pediste.

He confirmado el spa para mañana a las once, la reserva de la cena del sábado sigue en pie, y el espectáculo de esta noche empieza a las ocho y media, así que tenemos dos horas para arreglarnos.

—Eres un tesoro nacional —dijo Nagore, abrazándola—. En serio. No sé qué haría sin ti organizando todo esto.

—Es lo que sé hacer —dijo Valeria, quitándole importancia, aunque por dentro aquel comentario le sentó mejor de lo que estaba dispuesta a admitir. Necesitaba sentirse útil en algo, necesitaba que hubiera al menos un área de su vida donde no hubiera fallado.

Deshicieron las maletas entre risas y ropa esparcida por toda la habitación.

Covadonga sacó una selección de vestidos que ocupaba más espacio que su propia ropa de diario, Nagore probó tres peinados distintos delante del espejo, y Valeria, sentada en el borde de la cama, revisó una vez más el itinerario impreso, doblando las esquinas con precisión, como si el papel pudiera desmoronarse si no lo trataba con cuidado.

—¿Has hablado con Íñigo? —preguntó Covadonga, sin levantar la vista del vestido que estaba planchando con las manos, en un intento poco convincente de sonar casual.

—No, y no pienso hacerlo. Vine aquí a desconectar, no a mandar mensajes que no voy a recibir de vuelta.

—Solo preguntaba.

—Pues ya tienes la respuesta. —Valeria cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria—. Esta noche no pienso pensar en él. Ni esta noche ni las siguientes. Vine a centrarme en el trabajo y en pasarlo bien con vosotras, en ese orden o en el que sea, pero sin él en la ecuación.

Nagore le apretó el hombro sin decir nada, uno de esos gestos que dicen más que cualquier frase, y la conversación se disolvió en la urgencia práctica de decidir qué zapatos combinaban mejor con el vestido de la noche.

Mientras las otras dos terminaban de arreglarse en el baño, Valeria se quedó un momento a solas junto a la ventana, mirando el Strip encenderse poco a poco bajo un cielo que todavía conservaba una franja de naranja en el horizonte.

Pensó, sin poder evitarlo, en la última vez que había hecho una maleta para un viaje: unas vacaciones con Íñigo, hacía apenas ocho meses, en las que ya se adivinaba, aunque ella entonces no quisiera verlo, que algo se había roto entre los dos mucho antes de que él lo pusiera en palabras.

Había pasado esas vacaciones enteras planificando excursiones que él apenas seguía, reservando restaurantes a los que llegaban tarde porque a él se le olvidaba avisar de los retrasos, sosteniendo sola el peso de que el viaje saliera bien mientras él, sencillamente, se dejaba llevar.

Se prometió, mirando las luces de la ciudad, que este viaje sería distinto. Que por una vez podía permitirse disfrutar sin necesidad de sostener nada ni a nadie más que a sí misma.

—¿Todo bien? —preguntó Covadonga, asomando la cabeza por la puerta del baño con la mitad de la cara maquillada.

—Todo bien —dijo Valeria, y por primera vez en meses, casi se lo creyó del todo.

A ciento veinte kilómetros de sensatez de allí —según la métrica particular de Valeria, que medía la distancia emocional en kilómetros sin que nadie se lo hubiera pedido—, en la terminal de llegadas internacionales, Adrián Ferreiro esperaba su maleta con una cámara colgada al cuello y la ropa arrugada de quien ha dormido en tres aeropuertos distintos en dos días.

Venía de Yakarta, antes de Yakarta de Ciudad de México, y antes de México de un rodaje en los Alpes que ya casi no recordaba con claridad, salvo por el frío, que sí recordaba, metido en los huesos como un recuerdo físico más que mental.

Dos años fuera. Dos años de currículum internacional en revistas de viajes, portadas que sus padres recortaban y guardaban en una carpeta sin decírselo, y una sensación, cada vez más presente en los últimos meses, de que no reconocía del todo el idioma en el que soñaba.

A veces soñaba en inglés. A veces, últimamente, no soñaba en ningún idioma reconocible, solo en imágenes sueltas de aeropuertos que se parecían todos entre sí.

—¡Ferreiro! —Roque lo esperaba con los brazos abiertos y una gorra que decía FOTÓGRAFOS SIN FRONTERAS, comprada sin ironía alguna en una tienda de souvenirs de Bangkok—. Pensaba que te habías quedado a vivir en un aeropuerto. Empezaba a preocuparme.

—Casi. —Adrián le dio un abrazo que levantó del suelo a su amigo, más bajo y más ancho que él, un abrazo de esos que solo se dan después de mucho tiempo sin verse—. ¿Cómo va el festival?

—Un caos precioso, como todos los años. Tenemos el pase VIP para el espectáculo de mañana en el Meridian, la exposición se monta pasado mañana, y esta noche, amigo mío, no se trabaja. Esta noche se recupera el tiempo perdido.

Adrián sonrió, ese tipo de sonrisa que abría puertas sin necesidad de pedir permiso, la misma que llevaba usando desde que tenía memoria para conseguir que un guardia de seguridad le dejara pasar a un sitio prohibido o que un desconocido le contara su vida entera delante de la cámara.

—Esta noche no se trabaja —repitió—. Me gusta cómo suena eso. Llevo dos años trabajando sin parar, Roque. Necesito una noche que no cuente para nada.

—Pues has llegado al sitio correcto. Aquí nada cuenta para nada. Es la gracia del lugar.

Camino del hotel del festival, Roque no dejó de hablar ni un momento: le puso al día de quién se había separado del gremio, quién había fichado por una agencia grande, quién seguía revelando en analógico por pura terquedad.

Adrián escuchaba a medias, con la frente apoyada en la ventanilla del taxi, mirando pasar los carteles luminosos sin verlos del todo.

—¿Estás bien? —preguntó Roque, en un momento de silencio poco habitual en él.

—Cansado. Y raro. Llevo tanto tiempo fuera que ya no sé si vuelvo a algún sitio o si simplemente cambio de aeropuerto.

—Eso te pasa por elegir el trabajo más nómada del mundo.

—Me lo elegí yo solito, sí. No me quejo. Solo... no sé. A veces echo de menos algo que ni siquiera sabría nombrar.

Roque le dio una palmada en la rodilla, sin darle mayor importancia, y cambió de tema hacia algo mucho más urgente: dónde iban a cenar esa noche antes de salir de fiesta.

Salieron del hotel a una tarde de calor seco y luces que empezaban a encenderse aunque el sol todavía no se había ido del todo, ese momento exacto en que Las Vegas deja de ser una ciudad del desierto y empieza a ser otra cosa completamente distinta.

Adrián levantó la cámara sin pensarlo, disparó dos fotos al cartel de bienvenida, y por primera vez en semanas sintió que las manos le pesaban menos, que el cuerpo entero se le aflojaba un poco, como si hubiera estado en tensión sin darse cuenta durante los últimos seiscientos y pico días.

—¿Y el amigo aquel que ibas a presentarme, el editor de la revista?

—Mañana, en la exposición. Hoy solo hay sitio para tonterías. Empezando por esa camisa, que llevas puesta desde ayer, estoy seguro.

—Desde anteayer, en realidad.

—Qué asco de vida llevas, Ferreiro.

—La mejor vida que conozco —dijo Adrián, y lo dijo casi convencido del todo, aunque llevaba un tiempo notando una fisura pequeña en esa certeza, algo parecido al cansancio, algo que todavía no sabía nombrar.

Ya en su habitación del hotel del festival, mientras deshacía la maleta y colocaba el equipo fotográfico sobre la cama con el cuidado casi religioso que reservaba solo para las cámaras, el móvil le vibró con una videollamada de su madre.

—Hijo, por fin contestas. Llevo dos días sin saber de ti.

—Mamá, te escribí en cuanto aterricé en México.

—Un mensaje de cuatro palabras no cuenta como saber de ti, Adrián. —Asunción lo miró a través de la pantalla con esa mezcla de reproche y cariño que solo las madres saben dosificar—. ¿Cuándo vuelves a casa de verdad? No a una visita de tres días entre vuelo y vuelo. De verdad.

—Todavía no lo sé, mamá. Tengo la exposición de aquí, luego un encargo en Portugal, y después...

—Después otro encargo, y otro. Siempre hay un después contigo.

—Es mi trabajo.

—Es tu manera de no parar quieto, que es distinto. —Asunción suavizó el tono, consciente de que no era el momento ni el lugar para esa conversación—. Anda, ve a divertirte esta noche. Pero prométeme que lo piensas: lo de volver de verdad.

Adrián colgó con una sonrisa cansada y la sensación, cada vez más frecuente, de que su madre tenía razón en algo que él todavía no estaba preparado para admitir en voz alta.