Capítulo 15
La reaparición de Nieves fue tan repentina como incómoda: una exposición colectiva de fotografía a la que Adrián había sido invitado y donde, sin previo aviso, se encontró con la que había sido su pareja durante casi tres años, antes de que él se marchara a viajar por el mundo.
La exposición se celebraba en una galería del centro, un espacio diáfano de paredes blancas donde colgaban, junto al trabajo de Adrián, el de una decena de fotógrafos más, todos conocidos suyos de la profesión.
Valeria había insistido en acompañarlo, en parte por curiosidad genuina de ver su trabajo expuesto, en parte porque, sin decirlo del todo, ya empezaba a considerar esas ocasiones como algo más que simples actuaciones.
—Estas son increíbles —dijo, deteniéndose frente a una serie de retratos tomados en un mercado de Marrakech, rostros curtidos por el sol capturados con una cercanía casi incómoda—. No sabía que tenías tanto talento para el retrato, pensaba que te dedicabas más al paisaje.
—Empecé con paisajes porque daba menos miedo. Las personas te devuelven la mirada, los paisajes no.
—¿Y cuándo perdiste el miedo?
—Todavía no lo he perdido del todo. Solo he aprendido a disparar de todas formas.
Valeria sonrió, apretándole un momento el brazo con un gesto natural, casi automático, del tipo que ya empezaban a compartir sin necesidad de ensayarlo para nadie, y fue justo en ese instante cuando una voz familiar para Adrián interrumpió el momento.
—Adrián. —Nieves sonrió con la seguridad de quien no ha olvidado del todo lo que hubo—. Cuánto tiempo.
—Nieves. —Él se recompuso rápido, aunque no lo suficiente como para que Valeria, a su lado, no notara la tensión repentina en sus hombros—. Esta es Valeria. Mi mujer.
—¿Mujer? —Nieves parpadeó, sorprendida—. Vaya. No sabía que te habías... asentado.
—Las cosas cambian —dijo Adrián.
Nieves se quedó charlando con ellos más tiempo del que Valeria consideraba estrictamente necesario, riéndose de anécdotas compartidas —un viaje a Lisboa, una cena que terminó mal, un amigo común que ahora vivía en Australia—, tocándole el brazo a Adrián con una confianza que a Valeria, para su propia sorpresa, le sentó como una descarga eléctrica desagradable.
—¿Te acuerdas de aquella vez en Lisboa, cuando perdiste el pasaporte y tuvimos que ir corriendo a la embajada? —reía Nieves.
—Cómo olvidarlo. Fue el viaje más caótico de mi vida.
—De los mejores, también, si me lo preguntas.
Valeria se mantenía al margen de la conversación, sosteniendo su copa con una sonrisa que le costaba cada vez más mantener, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente fuera de lugar en una conversación ajena.
—Perdona, ¿te llamas Valeria? —preguntó Nieves de pronto, dirigiéndose a ella por primera vez con algo parecido a interés genuino, en vez de la cortesía distraída de antes—. ¿A qué te dedicas?
—Interiorismo. Tengo mi propio estudio.
—Interesante. ¿Y cómo va con Adrián lo de la vida sedentaria? Porque él, cuando estábamos juntos, cambiaba de ciudad como quien cambia de camisa.
Había un filo apenas disimulado en la pregunta, una forma sutil de recordarle a todos los presentes que ella conocía a Adrián desde mucho antes, que tenía información privilegiada sobre sus contradicciones. Valeria, sin embargo, respondió con una calma que le sorprendió a ella misma.
—Va bien. Cada uno cambia a su ritmo, supongo. Aunque, por lo que he visto, cuando de verdad le importa algo, no tiene ningún problema en quedarse quieto el tiempo que haga falta.
Nieves parpadeó, sin encontrar una respuesta inmediata, y Adrián, a su lado, disimuló una sonrisa que no logró disimular del todo, visiblemente orgulloso de la réplica de su mujer.
—Deberíamos quedar para poneros al día —dijo Nieves, antes de despedirse—. Los tres. O solo nosotros dos, si prefieres recordar viejos tiempos.
Cuando se alejó, Valeria se descubrió apretando la copa de vino con más fuerza de la necesaria.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián.
—Perfectamente.
—No lo pareces.
—Es solo que... —Valeria se interrumpió, buscando una explicación que no revelara demasiado—. No me gusta cómo te tocaba el brazo. Eso es todo.
Adrián la miró con una media sonrisa que no supo si era de sorpresa o de algo parecido a la esperanza.
—¿Estás celosa?
—No seas ridículo.
—Porque si estás celosa, deberías saber que hace mucho que superé lo de Nieves.
—No estoy celosa —insistió Valeria, aunque la voz le salió menos firme de lo que pretendía, y durante el resto de la noche no consiguió sacarse de la cabeza la sensación exacta de aquella mano ajena sobre el brazo de su marido.
El resto de la exposición transcurrió con Valeria más callada de lo habitual, respondiendo con monosílabos a los comentarios de Adrián sobre las fotografías de otros colegas, hasta que él, notando el cambio, la llevó aparte, lejos del bullicio de la sala principal.
—Oye. En serio. ¿Qué te pasa?
—Nada. Estoy cansada, ha sido una semana larga.
—Valeria.
Ella suspiró, rindiéndose a la insistencia de él. —Es una tontería. Nieves. La forma en que hablaba contigo, como si yo no estuviera ahí, como si todo ese pasado compartido todavía contara más que el presente.
—Ese pasado ya no cuenta nada, Valeria. Lo digo en serio.
—Lo sé, o creo saberlo. Pero verlo delante de mí ha sido más raro de lo que esperaba sentir.
Adrián le sostuvo la mirada un momento, con una seriedad que contrastaba con el ambiente distendido de la sala.
—¿Puedo decirte una cosa? En los tres años que estuve con Nieves nunca sentí lo que siento contigo en las últimas semanas.
Así que, si te sirve de consuelo, ese pasado no tiene ni la mitad de peso del que tú le estás dando esta noche.
Valeria no supo qué contestar, y por un momento, en medio de aquella galería llena de gente desconocida, sintió que el mundo entero se reducía únicamente a la distancia, cada vez más corta, entre los dos.
Roque, que había presenciado la escena entera desde una distancia prudencial, se acercó a Adrián en cuanto Valeria se alejó un momento hacia el baño.
—Eso que acabo de ver no ha sido una actuación, Ferreiro.
—No sé de qué hablas.
—Le has dicho que sientes más por ella en unas semanas que en tres años con Nieves. Delante de media galería de fotógrafos que, por cierto, ahora mismo te están mirando con caras de sorpresa considerable.
Adrián miró alrededor y, efectivamente, un par de colegas los observaban con curiosidad discreta. —No hacía falta que lo oyeras.
—No hacía falta gritarlo tan alto, entonces. —Roque le dio una palmada en el hombro, con una sonrisa sincera esta vez, sin ironía—. Me alegro por ti, en serio. Aunque sigas empeñado en llamarlo actuación.
—No sé qué es ya, Roque. Ese es el problema.
—Pues a lo mejor va siendo hora de averiguarlo, en vez de seguir escondiéndolo detrás de un pacto que firmasteis borrachos en una cafetería.
Esa noche, ya de vuelta en casa, Valeria se quedó despierta en su habitación, incapaz de dormir, dándole vueltas a las palabras de Adrián en la galería. Escuchó, a través de la pared fina que separaba las dos habitaciones, el sonido de él moviéndose también, igual de desvelado.
Se planteó, por un instante, levantarse y llamar a su puerta, decirle algo, cualquier cosa que reconociera en voz alta lo que ambos llevaban semanas evitando nombrar del todo.
Se quedó, sin embargo, mirando el techo, incapaz de reunir el valor necesario, hasta que finalmente el cansancio pudo más que las dudas y se quedó dormida, con el eco de la frase de Adrián todavía resonándole en la cabeza: en los tres años que estuve con Nieves nunca sentí lo que siento contigo en las últimas semanas.
De camino a casa, en el coche, Adrián rompió el silencio que se había instalado entre ambos desde la salida de la exposición. —¿Puedo decirte algo, sin que te enfades?
—Depende de lo que sea.
—Me ha gustado que te molestara. No la situación en sí, que ha sido incómoda, pero sí que te importara.
Valeria se giró hacia él, sorprendida por la franqueza del comentario. —No he dicho que me importara.
—No hacía falta que lo dijeras.
Ella no supo qué contestar, y se quedó mirando por la ventanilla el resto del trayecto, con una sensación incómoda instalada en el pecho que no era exactamente enfado, aunque se le pareciera bastante desde fuera.
Al día siguiente, Valeria quedó con Covadonga para comer, decidida a poner en palabras, por fin, lo que llevaba semanas sin querer nombrar. Se lo contó todo, o casi todo: la exposición, Nieves, los celos que no sabía justificar, la conversación en el coche.
—Val, esto ya no tiene ni pies ni cabeza como matrimonio de mentira —dijo Covadonga, dejando el tenedor sobre la mesa—. Te pusiste celosa. Celosa de verdad, no celosa de broma.
—Lo sé.
—¿Y qué piensas hacer?
—No lo sé, Cov. Se supone que esto tenía fecha de caducidad. Un pacto, unos meses, un divorcio limpio al final. No estaba en el plan sentir nada de esto.
—Los planes están para romperse, aparentemente, al menos en tu caso —dijo Covadonga, con una sonrisa cómplice—. ¿Y si, por una vez, dejas que las cosas pasen sin intentar controlar el resultado desde el principio?
Valeria se quedó pensando en esa pregunta durante el resto de la comida, incapaz de encontrar una respuesta que la convenciera del todo.