Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo dieciséis — La audiencia #2
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Capítulo dieciséis — La audiencia #2

—La figura que hoy se examina —dije— es la designación como establecimiento de interés vecinal.

Es la correcta. Los requisitos se acreditan, como han podido comprobar, con una solvencia que rara vez se ve en este tipo de procedimientos.

Pero antes de que decidan, deben saber que hubo otra vía: la protección reforzada del negocio familiar, que exigía vínculo de parentesco o afinidad entre los titulares.

Esa afinidad existía: existo yo. El dieciocho de octubre, ante la ausencia de vínculos familiares entre las socias, observé en presencia de la asociación que un matrimonio dentro de la sociedad cambiaría las cosas.

El veintinueve de octubre contraje matrimonio con una de las socias.

—Hice la pausa que había ensayado y que no me sirvió de nada—.

Empezó como una cláusula. Se presentó una solicitud por esa vía, y yo mismo la retiré antes de que produjera efecto, porque en el momento de presentarla no era verdadera.

No puedo firmar que siga siéndolo, y no quiero que esta comisión decida hoy sobre un expediente que oculte eso.

La designación que hoy se pide no depende de mi matrimonio ni de ningún matrimonio: depende de treinta y un años que son verdad y que no los firma nadie.

Que conste. Y si como consecuencia de esta declaración debo responder de algo, responderé yo. Solo yo.

La presidenta me miró un momento largo.

—Quede constancia de la declaración del señor Mendieta —dijo. Y no añadió nada más, que es como se agradecen las verdades incómodas en las salas oficiales: dejándolas estar.

Volví a mi silla del fondo. Pasé junto a la primera fila sin mirar, y al pasar oí —o creí oír, o decidí creer, que en estos casos da igual— que Lucía susurraba «madre mía» y que Beni, sin alzar la cartulina, porque aquello no era un espectáculo, se la apretaba contra las rodillas con las dos manos.

La comisión deliberó veinte minutos. El barrio esperó en el pasillo en el silencio de las salas de espera, que es el silencio más antiguo del mundo, y a las doce y veinte la presidenta leyó el resultado con la voz plana de las cosas que ya están decididas: la designación quedaba aprobada.

Establecimiento de Interés Vecinal. La Media Naranja, calle del Pez número doce.

No hubo aplauso inmediato. Hubo un segundo de incredulidad colectiva, y luego un grito de Felipe que no era una palabra, y luego el salón entero de pie, y Concha llorando abiertamente, y Genaro abrazando a Sandro, y doña Pilar sujeta a la mesa con las dos manos, y Daniel besando la carpeta de su informe como se besa un trofeo.

Yo salí entre los primeros, porque mi parte había terminado y porque no sabía dónde ponerme dentro de aquella alegría que yo había ayudado a estropear.

Estaba en la escalinata de la Junta, con el frío de noviembre y el sol de las doce, cuando oí detrás de mí unos pasos que conocía: los tacones del vestido azul.

—Hugo —dijo Blanca.

Me volví. Estaba en el escalón de arriba, con el abrigo abierto y las manos quietas, y tenía la cara de quien ha venido a decir una cosa entera y no piensa dejarla a medias.

Había más gente en la escalinata, claro —el barrio salía por la puerta a intervalos, y el barrio tiene buen oído—, y nadie se acercaba, porque los barrios viejos saben exactamente cuándo una conversación no es de todos.

Vi a Lucía detener a Irene por el brazo a diez metros; vi a Daniel simular gran interés por una farola; vi a Beni sentarse en el último escalón con el libro sin abrir, de espaldas, dándonos la espalda con tanta deliberación que era casi un abrazo.

—Lo de Lucía —dije—. La churrería. Me lo contó ella, la semana pasada, cuando fui a dejar la llave.

—Ya lo sé —dijo Blanca—. Me lo dijo ella. «He hecho una cosa», me dijo. Y luego: «Y la haría otra vez.» —Sonrió con la boca torcida—. Es la única persona que conozco que pide perdón avisando de que reincidirá.

—Lo hizo porque nos quiere a los dos —dije—. Esa es la única defensa que tiene, y es inatacable.

—Sí —dijo ella—. Por eso le dejé. —Respiró—. Pero no vengo a hablar de Lucía. Vengo a lo otro.

—Déjame hablar primero —dijo—. Por favor.

Porque si no lo digo entero, no lo digo nunca.

—Respiró—. Estudié derecho. No lo terminé.

Lo dejé porque gané un caso que no debía ganarse: redacté una contestación perfecta contra una churrería de dos generaciones, y ganamos, y vi a la familia quitando el rótulo desde la acera de enfrente, y desde entonces no me fío de mí con una ventaja en la mano.

Por eso soy la que lee los contratos de los proveedores y la que nunca dice lo que sabe.

—Bajó un escalón—. Y por eso, cuando leí el artículo veintitrés el veintiuno de octubre, no te lo dije.

Te puse un examen sin avisarte. Te dejé buscar una puerta que yo conocía durante tres semanas, porque quería ver qué elegías, y esa es la manera más elegante que conozco de no confiar en alguien.

Lo siento. Lo siento entero, sin matices y sin cláusula de revisión.

No te pido que lo entiendas, ni que me contestes, ni que hagas nada con ello.

Te lo doy. Es tuyo. Lo que hagas con ello es tuyo también.

Se detuvo. Había dicho exactamente lo que había venido a decir, y se notaba: había entregado el equipaje entero y no tenía ya manos para nada más.

Yo tenía, en el bolsillo interior de la americana, una nota arrugada que llevaba dieciocho días conmigo.

La saqué. La alisé contra la tapa de la carpeta, con cuidado, y se la di.

Y mientras ella la leía —la leyó dos veces; la segunda vez se le quebró la boca—, le dije la única frase que me había salido sin condicional en toda mi vida, la misma que había escrito en la nota la noche del domingo siete y no me había atrevido a darle:

—Te quiero a secas.

Nada más. Sin «si me perdonas». Sin «entonces podemos». Sin programa, sin anexo, sin salida. Cuatro palabras que no pedían nada y lo cambiaban todo, que es la única definición que he encontrado de las frases que importan.

—Ya —dijo ella, con la nota en la mano y la voz hecha un hilo—. Pues ha tardado usted un mes en decir una frase sin cláusula, señor Mendieta.

—Es que no tenía modelo —dije—. Las primeras veces siempre son a mano alzada.

Se rio, con los ojos llorosos, y me besó delante de la Junta de Distrito, del frío, del barrio entero que salía en ese momento por la puerta y que se detuvo en la escalinata a mirar como se mira el final de las películas buenas.

Y cuando nos separamos, desde el grupo, tres cartulinas se alzaron a la vez: diez, diez y diez —y la de Beni era la cartulina en blanco de la semana, la del interrogante a lápiz, ya sin interrogante—.

Y Beni, con la voz rota y la cartulina en alto, dijo la frase que llevaba desde la primavera esperando decir con todos los honores:

—Yo lo vi primero. Que conste en el acta de esta audiencia. Yo. Lo vi. Primero.

La constancia quedó hecha, que es lo que pasa cuando Beni dice algo delante de suficiente gente.

La bajada a la calle fue una procesión. Felipe anunció a gritos que el bar invitaba, que era su forma de decir que Irene invitaba y que él aplaudía la decisión como propia; Concha prometió bordar algo para la placa; Genaro llamó a su hijo de Alicante delante de todos y le dijo «no vendemos, chico, ya está», con voz de capítulo terminado; y doña Pilar me dio un abrazo en la escalinata, sin decir nada, que era la liquidación más generosa que he recibido en mi carrera.

Marta Rovira se acercó a despedirse, con la mano tendida.

—Se ha ganado bien —dijo—. Y me alegro, que es la frase que menos me esperaba decir hoy. —Bajó la voz—. Lo de antes, su declaración. Eso no estaba en el guion de nadie. En mi casa se dice que los errores se pagan y las honestidades se apuntan. Queda apuntada, Mendieta.

—Que conste —dije, que era la frase del día, y nos sonreímos como se sonríen los que han terminado de ser adversarios sin haberlo sido nunca del todo.

El fin de semana fue el fin de semana de las tres parejas, que es lo que pasa cuando el bar se salva: que todo el mundo celebra lo suyo.

El sábado por la tarde, en el bar, Daniel se puso de pie con una carpeta —una carpeta, él, que llevaba años burlándose de las carpetas—, y delante de todos se la entregó a Irene.

—Documento —anunció—. Título: contrato. Lo he redactado yo. La primera cláusula es la fecha.

Irene lo abrió, leyó la primera línea, y se puso a llorar con la cara descubierta, sin taparse, que era la primera vez que le veíamos llorar sin negarlo. La primera línea decía: «Fecha de la boda: la que quieras. La eliges tú. — D.» Y debajo, en la segunda: «Condiciones: ninguna.»

—¿Qué pone? —preguntó Concha.

—Que se casan —dijo Beni, leyendo por encima del hombro de Irene—. Cuando ella quiera. Bien redactado. Sobrio. Le doy un nueve y medio, que el diez ya no se da más que para una cosa, y esa ya se ha dado.

—¿Y cuándo quieres tú? —le dijo doña Pilar a Irene, que aún lloraba con la carpeta abierta.

—En primavera —dijo Irene, limpiándose la cara con las dos manos—. En primavera, que es cuando se celebran las cosas en este barrio. Y en el bar, que es donde pasan. —Miró a Daniel—. Y esta vez no hay ensayo general ni contrato de prácticas. Esta vez va de verdad.

—Todo lo nuestro fue siempre de verdad —dijo Daniel—. Los ensayos también. Es la única manera de ensayar bien.