Capítulo dieciséis — La audiencia
El jueves veinticinco de noviembre, a las nueve y media de la mañana, la calle del Pez entera estaba de pie frente a la Junta de Distrito, y yo estaba en la acera de enfrente, solo, con mi carpeta y sin nadie a quien representar.
Había llegado pronto por costumbre, que los abogados llegamos pronto hasta a los sitios donde ya no pintamos nada.
Había dormido poco y bien, que es la manera de dormir de la víspera de las cosas decididas: la lista estaba cumplida —la dimisión, la solicitud, la verdad pendiente, la cláusula rota—, y quedaba solo la tercera por hacer delante de todos, que era la que más costaba y la que más importaba.
Me había puesto el traje gris, la corbata de los jueves, y en el bolsillo interior llevaba la nota arrugada, que llevaba allí desde el lunes de la semana anterior, esperando su plaza.
El salón de actos era de los años ochenta: moqueta gris, bandera, una mesa larga para la comisión y filas de sillas que ya conocían este tipo de mañanas.
Entró el barrio como entra la vida a los sitios oficiales: haciendo ruido de despedida aunque viniera de estreno.
Irene, delante, con un traje chaqueta que yo no le conocía y con el diagrama de flujo de Daniel en la cartera, por si acaso.
Lucía con la carpeta azul. Daniel con su informe en tres copias.
Álvaro con el manuscrito cosido con cordel, como los expedientes de antes.
Beni, Paco y Marisa con sus abrigos buenos y sus carteras de jueves.
Concha, Genaro, Felipe, Sandro. Doña Pilar, con su mejor abrigo y una carpeta de la que no saldría ningún papel en toda la mañana, como siempre.
Y Blanca. Estaba con ellos, con el vestido azul de la boda —lo llevaba otra vez, y no era casualidad, y todos lo sabían—, y no me miró al entrar, o me miró exactamente lo que se mira a un mueble, que es la manera que tenía ella de dejarme el sitio limpio.
Me senté en la última fila, al fondo, junto al pasillo. De testigo potencial. De nadie.
La presidenta de la comisión abrió la sesión con la frase de oficio, y empezaron los testimonios, y aquello fue, quiero dejarlo escrito aquí con la neutralidad de un asistente que ya no tenía cliente, la mejor mañana que he pasado nunca en una sala oficial.
Irene habló la primera. Hablaba con las manos, como siempre, y la comisión la dejó, porque hay autoridades que se reconocen sin cargo.
—Este local lo abrió mi tío Ramón en mil novecientos noventa y seis —dijo—.
Yo era una cría y me llevaba a merendar.
Aprendí a servir cafés detrás de esa barra antes de aprender a conducir.
Mi tío me dejó el bar cuando ya no podía con él, no porque lo vendiera, sino porque los bares de verdad no se venden: se encargan.
Como los niños. Como los árboles. Llevo tres años llevándolo con mis dos socias, que son mis hermanas aunque no digan los apellidos.
Y les digo una cosa: el bar no es nuestro.
Es de la calle. Nosotras solo le bajamos la persiana por las noches.
Lucía habló después, con la carpeta abierta y la calma de los números.
—Facturación continuada desde mil novecientos noventa y seis —dijo—.
Tres ejercicios auditables de la actual sociedad, y antes de eso, los libros del anterior titular, que conservamos.
La comunidad pagada al día durante treinta y un años.
Los proveedores son los mismos desde hace una década.
Si me preguntan qué es el arraigo, les contesto con esto: el arraigo es que nadie ha dejado de trabajar ni de cobrar en este local en treinta y un años. Los papeles están todos aquí.
Y los sacó. La comisión los recibió con la gratitud específica de los funcionarios ante una contabilidad ordenada, que es una de las formas menores del amor.
Después habló Beni. Se levantó despacio, se ajustó la chaqueta, y dijo que no tenía documentos, que él traía la memoria, y que si la comisión quería, podía dar fe de la continuidad del establecimiento por un medio más antiguo que los registros: los menús de Navidad.
—Mil novecientos noventa y seis —empezó—: entrecot, que era el año de la apertura y Ramón se lo gastó todo en la carne. Noventa y siete: merluza, que ya no había tanto dinero. Noventa y ocho: pollo, que fue el año de la primera avería gorda de la nevera. Noventa y nueve:…
La comisión escuchó. El salón entero escuchó.
Beni recitó treinta y un años de menús navideños con sus años, sus platos y sus motivos —el dos mil tres, año del horno nuevo, cochinillo; el dos mil ocho, año de la crisis, sopa y segundo modesto, «pero nadie se fue con hambre, que era el lema»; el dos mil veinte, el del confinamiento, «que no hubo menú y hubo menú: Ramón repartió guisos en tápers por la calle, y eso también es un menú de Navidad, señores de la mesa»—, y la sala fue cambiando de cara a medida que avanzaba la lista: primero la curiosidad, luego el respeto, luego esa atención entera que solo se da a la gente que está diciendo la verdad con números.
Porque no era una lista de platos. Era un censo de años, y cada año tenía su crisis y su remedio, y Beni los llevaba todos en la cabeza como otros llevan el alfabeto.
Y en un momento dado, al llegar al dos mil diecisiete, dijo «año del beso de la ventana», se giró hacia Paco y Marisa, y el salón entero se rio, y la presidenta se rio también, con la mano delante de la boca, que es como se ríen las presidentas.
—Continúe —dijo, cuando pudo.
—Ya está —dijo Beni—. Treinta y un años, treinta y un menús, y este año toca el treinta y dos, y lo que quería decirles es que yo he estado en todos. Yo lo vi primero. Todo. Siempre. —Se sentó, solemne: había cerrado su propio caso.
Álvaro leyó el último párrafo de su manuscrito, y no diré que no lloré un poco, porque lloré un poco, y no fui el único:
—«Hay bares que se cierran y bares que se quedan.
Este se queda. No porque no pueda cerrarse —todo puede cerrarse; cualquier mañana, un rótulo puede descolgarse—.
Se queda porque la gente que lo habita ha decidido, una mañana tras otra, durante treinta y un años, que era un sitio donde merecía la pena estar.
Los sitios no se salvan con leyes. Las leyes solo llegan después, a ponerle el nombre a lo que la gente ya había salvado.
Esta solicitud es eso: el nombre oficial de un milagro que llevaba treinta y un años pasando todos los días. »
Daniel presentó su informe técnico con tres copias, planos desplegables y una explicación de dos minutos que la comisión escuchó como se recibe un regalo inesperado: mediciones, continuidad de uso, estado de las instalaciones, «y un apéndice sobre la carga emocional del local, que sé que no es procedente, pero que he incluido igualmente porque los datos sin contexto son solo números».
Y entonces la presidenta preguntó si la parte interesada contraria —había una representante de la cadena en la sala— deseaba hacer uso de la palabra, y Marta Rovira se levantó.
—Buenos días —dijo—. Represento a Fika Iberia.
Voy a ser breve y honesta, que son las dos cosas que mejor se llevan.
Sí: hemos hecho una oferta a los propietarios de la calle del Pez.
Sí: algunos propietarios han mostrado interés real en vender o arrendar, y su interés es legítimo y merece respeto, porque los precios se pagan con vida detrás.
Y sí: dejo constancia, en nombre de la cadena, de que aceptamos el resultado de este procedimiento, sea cual sea.
Si el establecimiento es designado, no impugnaremos.
Los números de un local odiado salen mal en todas las hojas de cálculo, y este local —miró el manuscrito de Álvaro, que seguía sobre la mesa—, este local, por lo que he oído esta mañana, no sería nuestro: sería prestado, y las cosas prestadas con la calle entera mirando no se disfrutan. Gracias.
Se sentó. Yo la miré desde el fondo con una admiración que no me costaba admitir: la adversaria más limpia de mi carrera, y la única que había venido a una audiencia a perder bien.
Y entonces se levantó doña Pilar.
No estaba en el orden de intervenciones. No tenía turno. Se levantó igualmente, con su abrigo bueno y su carpeta vacía, y la presidenta, que llevaba toda la mañana sabiendo exactamente quién era quién, la dejó hablar.
—Yo soy la propietaria del local —dijo—.
Y quería decir una cosa, porque si no la digo hoy, luego me la quedo.
Hubo una oferta. Era buena. Yo pensé en vender, y mi hija me lo aconsejaba, y el precio era correcto, y nadie me puede reprochar que lo pensara, que tengo sesenta y ocho años y una cadera mala.
—Se ajustó el abrigo—. Pero esas cortinas las colgué yo.
Las de dentro, las de la barra, las colgué yo en mil novecientos ochenta y tantos, con mi marido, que ya no está, y cada vez que entro en ese bar las veo y me veo.
Y un local no se vende cuando las cortinas las colgaste tú.
—Miró a la mesa—. Renuevo el contrato a las chicas.
Sea lo que sea que decidan ustedes hoy, el bar sigue. Eso quería decir. Gracias.
Se sentó. Hubo un silencio que no era de procedimiento: era de otra cosa. Y en ese silencio, la presidenta preguntó si había alguien más en la sala que quisiera intervenir, mirando, cortésmente, hacia el fondo, donde estaba yo.
Me levanté. Tenía la carpeta en la mano y la lista en la cabeza —lo que debo, punto tres—, y caminé por el pasillo central con la lentitud de quien sabe que cada paso es ya parte del testimonio.
—Buenos días —dije—. Me llamo Hugo Mendieta y soy letrado.
Fui el representante de la asociación de propietarios de la calle del Pez hasta el lunes, fecha en que cesé en la representación.
No vengo a representar a nadie hoy. Vengo como testigo, y a hacer una declaración que me corresponde hacer antes de que esta comisión decida nada.
La sala se quedó muy quieta. En la primera fila, sin volverse, vi la nuca de Blanca, con el pelo recogido de la manera en que se lo recoge Irene.