Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo dieciséis — La audiencia #3
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Capítulo dieciséis — La audiencia #3

—Cállate y dame un beso —dijo Irene, y el bar aplaudió, que era la segunda vez en tres días que el bar aplaudía a una pareja, y empezaba a cogerle el gusto.

Álvaro, por su parte, trajo el manuscrito cosido con cordel y lo entregó al bar, formalmente, con Lucía de testigo: «La historia de La Media Naranja.

Para que se cuelgue. En la pared del pasillo de Blanca no, que esa es de familia; en la del bar, junto a la pizarra.

» Y Lucía, que no lloraba desde el lunes pasado, lloró también, y dijo que era la humedad.

—Hay una cosa que no os he contado —dijo Álvaro, cuando el manuscrito ya estaba en manos de Irene para su enmarcado—.

El libro que no podía escribir. El de después del verano.

—Miró a Lucía—. Era este. Llevo meses queriendo escribir una novela y lo que salía era esto: el bar.

La editorial ya lo sabe. El lunes lo hablamos.

—¿Y el contrato? —dijo Lucía, alerta antes que contenta, que es su forma de estar contenta.

—El contrato se renegocia —dijo Álvaro—. Las historias que salen solas se negocian después. Primero se escriben. —Se encogió de hombros—. Lo he aprendido este mes, de dos abogados que no querían serlo.

—Dos abogados que no querían serlo —repitió Daniel, saboreando la frase—. Eso se apunta. Eso es la primera línea de algo.

—No lo es —dijo Álvaro—. Es la última. Que es como se sabe que una historia está bien acabada: cuando la última línea se parece a la primera de otra cosa.

Y nosotros dos, Blanca y yo, tuvimos nuestra escena pequeña el domingo por la tarde, sin público, que era la primera que teníamos desde que había público. Estábamos en el almacén, ordenando la carpeta gris de la designación para su archivo, y ella dijo, de espaldas, contando carpetas:

—Hay un trámite que no hemos hecho.

—¿Cuál?

—La disolución —dijo—. Está firmada por ti. Yo no la he firmado. ¿La firmo?

—Si quieres que esto termine, entonces la firmas —dije, y era la última vez que le hablaba en condicional, y los dos lo sabíamos, y por eso lo dije despacio—.

Si no quieres que termine, entonces… —me detuve, sonreí, y terminé la frase como se terminan las frases que ya no necesitan terminar—: … entonces no la firmes.

—No la firmo —dijo ella—. Esta no. Esta se queda como está: a medio firmar, que es como están las cosas que siguen.

Y escribió en la carpeta, en la etiqueta, con su letra pequeña y bonita: «No tramitar.

» Y la guardó en el cajón de la barra, donde dormía el acuerdo previo, y donde, supe entonces, dormirían juntos los dos documentos, el que nos casó y el que no nos descasó, que era la manera que tenía este bar de archivar las cosas importantes: todas juntas, sin orden, al alcance de la mano.

El lunes encargué la placa. No una placa de oficina: una placa de barrio, de las de latón, con la letra serifada de siempre: «Establecimiento de Interés Vecinal — La Media Naranja — 2027».

El grabador me preguntó si quería el año; le dije que sí, que el año era la mitad del mensaje: que había sitios que se salvaban todos los años y sitios que se salvaban una vez, y que este se había salvado una vez y para siempre, y que convenía que el latón lo dijera.

Marta Rovira, a quien se lo conté por cortesía, me contestó con una sola línea: «Enhorabuena.

La primera consumición de la nueva era la paga la casa o la pago yo, según cómo se mire.

» Se la imprimí. La puse en el cajón de la barra.

Algunas cartas de enhorabuena también son documentos de familia.

El domingo por la noche, antes del cierre, con el bar ya en su hora mansa y los de la ventana recogiendo, me acerqué a la barra con dos vasos limpios y la pregunta que llevaba una semana puliendo:

—¿Y ahora qué cláusula toca?

Blanca sacó del cajón de la barra el acuerdo previo.

Estaba donde ella lo dejaba todo, con la séptima tachada de mi mano y el margen escrito de la semana del rellano.

Lo abrió por la última página, me puso el bolígrafo encima —el suyo, el bueno, el de la tinta fina— y dijo, con la voz de los días corrientes:

—Ninguna. Firma aquí.

Miré la página. La última página estaba en blanco, porque los acuerdos se acaban donde se acaban y lo que queda después es papel libre.

La miré a ella, que me sostenía la mirada con la barbilla firme y unos ojos que ya sabían el resultado, y firmé en el espacio en blanco, grande, sin fecha, sin requisito, sin anexo: solo mi nombre, entero, en el sitio donde no había ninguna instrucción.

Escribí despacio, letra a letra, que es como se firman las cosas que uno quiere que duren.

—Esto no vale jurídicamente —dije.

—Ya lo sé —dijo ella—. Por eso es el único papel de esta casa que vale del todo.

Guardó el acuerdo en el cajón, junto a la disolución no tramitada, y me dio uno de los dos vasos limpios, y nos quedamos detrás de la barra, con el bar vacío y la noche de noviembre en los cristales, brindando con agua por la única cláusula que habíamos escrito juntos y que no estaba en ningún papel: la de quedarse.