Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo nueve — El puente de noviembre
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Capítulo nueve — El puente de noviembre

El lunes uno de noviembre amaneció con la ciudad en modo puente: los bares de la calle con la persiana bajada hasta las doce, las familias con flores de camino al cementerio, y ese silencio específico de Madrid cuando se queda en casa.

La Media Naranja cerraba ese lunes y el martes, que es el ritmo de los bares de barrio con los puentes: no por fiesta, sino por respiración.

Diez años llevo explicándoselo a proveedores nuevos.

—Entonces tenemos cuatro días —dijo Hugo, el lunes por la mañana, con el café en la mano y la agenda mental abierta—. ¿Cuál es el plan?

—Ninguno —dije—. Es puente. El plan es no tener plan.

Me miró como se mira a quien acaba de hablar en un idioma sin cláusulas.

—¿Sin plan ninguno? ¿Cuatro días?

—Cuatro días de barrio, señor Mendieta. Lo único que hay que hacer es estar. —Y vi que la frase le daba un miedo razonable y una curiosidad mayor, y añadí—: Tranquilo. Se aprende enseguida. Es como el silencio de su despacho, pero con más sol.

—El silencio de mi despacho tiene orden —dijo.

—Pues aquí el sol también —dije—. Cada día entra por la misma ventana, a la misma hora, y se queda lo justo. Es el mejor sistema que conozco.

Había una cosa que no estábamos diciendo, y que llevábamos sin decir desde el domingo por la noche: el beso.

No se había vuelto a producir, ni se había mencionado, y sin embargo estaba en todas partes —en la manera de pasarnos la sal, en el silencio del ascensor, en que ninguno de los dos ponía la radio alta por la mañana, como si la casa fuera a romperse con el ruido.

Yo había crecido en la escuela de no nombrar las cosas hasta que estén maduras, y aquella cosa, sin nombre ni fecha, maduraba en la cocina a un ritmo que ni él ni yo controlábamos.

El puente llegó, sospecho, en el momento exacto en que una casa necesitaba cuatro días de puerta cerrada.

Pasamos el lunes entero sin hacer nada que cupiera en un Gantt, y fue, con diferencia, el mejor día de las semanas.

Por la mañana bajamos al mercado de los Mostenses, que los lunes de puente tiene la mitad de puestos abiertos y el doble de charla.

Compramos verduras, un pollo, queso de los de antes, y en cada puesto ocurría lo mismo: me preguntaban por el bar, me miraban a Hugo con la curiosidad franca de la gente del mercado, y yo decía «mi marido» con la misma naturalidad con la que pido las patatas.

La tercera vez que lo dije, me di cuenta, a mitad de frase, de que no estaba diciéndolo para la verosimilitud.

No había público. Lo dije porque era la palabra que había.

—¿Qué? —preguntó Hugo, que me había visto pararme con la bolsa del pollo en la mano.

—Nada —dije—. Que el pollo es más caro que la semana pasada.

—Ha subido ocho céntimos —dijo él, consultando la etiqueta—. Lo he visto.

—Lo ha visto usted y a mí me lo han cobrado —dije—. El mercado funciona así: a usted le enseñan el precio y a mí me lo aplican.

—Entonces la próxima pregunto yo.

—Entonces la próxima le cobran a usted doce —dije—. No gana nadie, señor Mendieta. El mercado es un convenio.

El pescadero, que nos había oído la mitad, soltó una carcajada y nos añadió unas anchoas «de recién casados», que es un impuesto que solo existe en los mostradores y que se paga en sonrisas.

Caminamos de vuelta por la calle Grande con las bolsas y el sol de noviembre, que es un sol de gente mayor: tibio, paciente, sin prisa por marcharse.

En la esquina de San Bernardo, un acordeonista tocaba de mala gana un pasodoble, y Hugo, que nunca se detiene en la calle por nada, se detuvo a escucharlo treinta segundos enteros, con las bolsas en la mano y la cara quieta.

Le eché unas monedas al sombrero del hombre antes de que se me ocurriera pensarlo, y al seguir caminando Hugo dijo: «Tiene buen oído.

El pasodoble está mal afinado, pero tiene buen oído», y supe, por la forma en que lo dijo, que no hablaba del acordeonista.

En la puerta de casa nos cruzamos con Paco y Marisa, que volvían del cementerio con su ramo y su paso de lunes.

Nos felicitaron otra vez, por si acaso, y Marisa me dijo al oído, con la entrega de un códice: «El primer año se discute todo menos lo importante.

Acuérdate.» Subí la escalera pensando en que llevaba una semana casada y ya tenía consejo de matrimonio de la gente de verdad.

Por la tarde, con el piso oliendo a guiso, pusimos una película vieja que yo tengo en DVD de los años en que las películas venían en cajas de plástico. «El apartamento», de Billy Wilder. Yo la habré visto siete veces; Hugo, según confesó al final, ninguna, «que no la incluía ningún temario».

—Cállate y mira —le dije—. Es la mejor película sobre alquileres de la historia del cine.

—¿Sobre alquileres?

—Tiene un piso de por medio, ¿no? —dije—. Todo lo que tiene un piso de por medio es sobre alquileres.

Vimos la película en el sofá, cada uno en su extremo, con la manta de lana por la mitad, y a la hora de la escena de la fiesta de fin de año me di cuenta de que en algún momento del segundo acto él se había quedado dormido diez minutos, con la cabeza un poco caída hacia mi lado, y que yo no me había movido de la mía para no despertarlo, y que la película seguía sonando bajita.

Los diez minutos se hicieron veinte. Cuando despertó, se incorporó con un gesto de disculpa profesional.

—Ha sido un descuido —dijo.

—Ha sido un puente —dije—. Son inimputables.

—¿Inimputables?

—Como los feriados del calendario de su corbata —dije—. No se discuten.

Terminamos la película con la luz ya baja y el guiso hecho olvidándose en la cocina, que era exactamente donde debía estar. Al final, con los créditos sonando, Hugo dijo, mirando la pantalla apagada:

—Tenía razón. Es la mejor película sobre alquileres que he visto.

—¿Le ha gustado?

—Me ha parecido inaceptable que el piso esté vacío por Navidad —dijo—. Nadie con un piso debería pasar la Navidad fuera de su piso. Es el artículo primero de cualquier ordenanza sensata.

—Eso no lo dice la película —dije.

—Lo dice a gritos —dijo—. Que es la mejor manera de decir las cosas.

El martes llovió, y el martes de lluvia de un puente es el mejor día del año para estar en casa.

Hicimos el inventario doméstico que no hicimos el domingo: limpiar, ordenar, las cosas de los dos sistemas encontrándose en los cajones.

Yo descubrí que su navaja de afeitar vive en el segundo cajón del baño, en una funda de viaje; él descubrió que mi tabla de planchar tiene su sitio exacto detrás de la puerta, y lo respetó como se reconoce un lindero.

A media mañana, sin venir a cuento, me dijo:

—Cláusula tercera.

—¿Qué pasa con la cláusula tercera?

—No dice en ninguna parte que no podamos planchar juntos —dijo—. Reparte usted. Yo doblo.

Y así pasamos el martes, repartiéndonos la plancha y la ropa, citando el acuerdo para cosas que el acuerdo no había soñado.

Era el chiste de la casa, y funcionaba mejor cuanto más absurdo: «Cláusula sexta: convivencia verosímil.

Esto de doblar calcetines en pareja es tan verosímil que duele.

» «Apunte usted: cláusula cuarta, el puente se considera extensión de la vigencia.

» Nos reímos más en aquel martes de lluvia que en cualquier fiesta de los últimos años, y a última hora de la tarde, con las camisas colgadas y la casa oliendo a limpio, pensé que aquello era lo que no se podía ensayar: la vida común, que no se ensaya porque no se sabe que es un ensayo hasta que sale de verdad.

Eran las citas de cláusulas las que lo delataban, claro.

Fuera, con público, llevábamos semanas sin necesitar el acuerdo: nos bastábamos.

Pero en casa, a solas, sin nadie que verificara nada, resultó que citábamos la cláusula tercera para planchar, y la sexta para ver el tiempo juntos, y alguna vez la octava, en voz baja y mirando a otro lado, para cosas que ninguna cláusula decía.

Era el chiste, y era otra cosa: la manera de tener un idioma común para nombrar lo que estaba pasando sin nombrarlo, que es lo primero que hace la gente cuando algo empieza a importarle más de lo previsto.

El grupo «Las del bar», por su parte, pasó el puente en su propio idioma.

Irene mandó desde el pueblo de su madre, donde había ido a la comida de Todos los Santos, una catarata de memes de calabazas y esqueletos abrazados que nadie entendió y todos contestaron.

Daniel mandó una tabla con la «evolución de las celebraciones de Todos los Santos, cinco fases», y Lucía mandó una sola foto: la libreta de Álvaro, donde se leía una línea escrita y once tachadas.

Debajo ella había escrito: «Progresa. No pregunten. »

Fue el martes por la noche, ya en la cocina con la última taza de té, cuando lo intenté la primera vez.

Estábamos hablando de él, de su despacho, de Sergio —«mi socio, que cree que los casos son personas; yo le digo que son casos, pero últimamente lo digo con menos convicción»—, y de los años de carrera, que a él le habían costado lo suyo y le habían dado lo esencial.

Me contó la facultad sin nostalgia, las oposiciones que no hizo, el primer despacho con un jefe que corregía con lápiz rojo hasta los recados, y hablaba de todo con esa manera suya de mirar las cosas por el borde, sin meterse dentro.

—¿Y usted? —dijo, en un momento dado—. Usted estudió algo antes del bar. Toda la gente del bar estudió algo antes del bar.

—¿Toda la gente del bar?

—Irene estudió hostelería y lo dejó por el tío Ramón, que es lo que hay. Lucía hizo ADE y lo usa. Álvaro estudió letras y lo padece. —Removió el té—. Usted estudió algo. Lo huele uno.

El pasillo se abrió: era la puerta exacta. «Derecho. Lo dejé. Hay una razón y te la cuento.» Lo tenía aquí, en la punta de la lengua, ordenado, con fecha.

Dije:

—Yo también estudié derecho, un tiempo. No lo terminé.

Lo dije con la voz de todos los días, la de los pedidos, y él lo recibió sin mover una ceja.