Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo nueve — El puente de noviembre #2
53%

Capítulo nueve — El puente de noviembre #2

—Ya me lo imaginaba —dijo—. Los formularios no le gustan a cualquiera.

—¿Lo sabía?

—Lo sospechaba desde el arrendamiento de industria —dijo—. Desde entonces lo sospechaba todo con más interés del profesional.

—¿Y no me lo preguntó?

—Si le pregunto, entonces usted tiene que contestar —dijo, removiendo su té—.

Y si contesta por preguntas, contesta por compromiso.

Yo prefiero que usted cuente las cosas cuando le salgan solas.

—Se detuvo un momento, con la cucharilla quieta—.

Es lo que hay que hacer con la gente que importa, ¿no? Lo que usted hace con Ismael.

Me quedé mirando mi taza. Estaba diciendo, en su idioma de condicionales perfectamente ordenados, que no iba a forzar la información incompleta; que la iba a dejar pasar, con sus huecos, porque los huecos de la gente que importa no se rellenan con preguntas.

Llevaba treinta y ocho años —me lo contó esa misma noche— gestionando la vida a base de tenerlo todo por escrito, y estaba, frente a mí, aprendiendo delante de mis narices a convivir con un documento que le faltaban páginas.

Vi en su cara el coste exacto del gesto: la pregunta ahí, visible, tragada con té.

Y vi también algo que me inquietó de la manera buena: que él mismo se había sorprendido dejarla pasar.

No conté más. La puerta volvió a cerrarse, por dentro, con el cuidado de siempre. Me fui a la cama con la media verdad colocada entre los dos como una mesa puesta para una persona: estaba todo servido, y solo faltaba sentarme.

El miércoles volvimos a abrir, y el bar devoró las noticias del puente: cuatro días de conversación acumulada, vertidas en una mañana.

Doña Elvira estuvo media hora contando lo del pueblo; Felipe trajo la del estanco, que incluía el dato de que Genaro había preguntado en el banco por la letra pequeña de la oferta, «y eso, en Genaro, es un terremoto»; y Beni me informó de que el clásico había subido a cuatro estrellas y medio, «que lo del medio lo pongo yo, que para eso llevo la contraportada».

—¿Y ustedes? —me preguntó Beni, cerrando el libro—. ¿Cuatro días de puente? ¿Qué tal el sistema?

—¿Qué sistema?

—El de ustedes dos —dijo Beni—. ¿Aguanta el sistema?

—Aguanta —dije—. Tiene holgura.

Beni me miró por encima de las gafas: había leído una frase entera en una sola palabra. Asintió, y escribió algo en la contraportada de la carta de vinos que Marisa le pasó sin que se la pidiera. No pregunté qué. Con el jurado es mejor no preguntar: lo que anota lo veremos todos cuando toque.

Por la tarde, con la barra en su ritmo de siempre, me llamó Lucía desde el almacén, donde hacía la entrada de mercancía.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —dije, y fue cierto y no fue respuesta, que era la manera nueva en que yo contestaba esa pregunta.

—Ajá —dijo Lucía, con su ajá de contable, que es el ajá que archiva—. Es que llevas todo el puente con una cara.

—¿Qué cara?

—La cara de cuando llega un pedido que no has hecho —dijo—. Ni buena ni mala. Nueva.

Miré por la puerta del almacén hacia la barra, donde Hugo discutía con Felipe —o discutía Felipe, que con Felipe nunca se sabe—, con la carpeta bajo el brazo y el vaso de agua en la mano que yo le dejo siempre colocado, y supe que Lucía llevaba razón y que yo no iba a darle más datos, porque los datos estaban todavía en inventario, sin precio.

—El pedido está bien —dije al final—. Solo estoy mirando si cabe.

—¿En el almacén?

—En el almacén —dije, y las dos supimos que no hablábamos del almacén, y las dos dejamos que pasara, que es el lujo de las amigas de verdad.

Colgué y me quedé con el móvil en la mano.

Un pedido que no he hecho. Lleva años describiéndome así, con sus metáforos de almacén, y todavía no falla una.

Miré hacia la puerta, donde Hugo acababa de entrar con su carpeta y su café de las cuatro, y me saludó con la cabeza como se saluda en los bares de toda la vida, y pensé: exacto.

Un pedido que no he hecho, que me ha llegado igual, y que no puedo devolver porque ya no quiero.

El jueves por la mañana, Hugo se fue al despacho con prisa y sin su carpeta azul de los jueves, que se había quedado en la mesa de la cocina con los papeles del expediente dentro. Me llamó a las diez, contrito en grado mínimo:

—He cometido un error logístico.

—Ya lo veo —dije, con la carpeta en la mano—. ¿Se la llevo?

—Si usted no tiene nada mejor que hacer, entonces sí —dijo—. Y si tiene, entonces no. La frase la dejo usted.

Tenía. Tenía toda la mañana de entrada de mercancía y el pedido de doña Elvira.

La llevé igual, que las cosas calladas en casa se dicen de otra manera, y la manera de aquella mañana fue cruzar Madrid con una carpeta azul bajo el brazo, como las novias de las películas cruzan las estaciones con las maletas.

El despacho de Hugo era exactamente como me lo había imaginado: ordenado, serio, con una pizarra donde se leían tres caminos tachados y un hueco del tamaño de un apellido.

Me fijé en la pizarra medio segundo, que era lo que tardé en reconocer la letra, y me dio un vuelco de esos que una disimula mirando las plantas: seguía allí, el hueco.

Nadie lo había rellenado todavía. Yo, que tenía el relleno en el historial de mi navegador desde hacía dos semanas, bajé la vista a la carpeta azul y fingí que las plantas eran muy interesantes.

Sergio salió a recibirme antes de que preguntara: llevaba la mañana esperando la escena.

—Usted es la mujer del contrato —dijo, estrechándome la mano con las dos suyas—. Soy Sergio. El que sabe de personas.

—Blanca —dije—. La del contrato.

—¿Y cómo está usted con el contrato? ¿Aguanta?

—Cumple —dije—. Las cláusulas primero. Las séptimas cuestan más.

Se rio, una risa de despacho que ocupó el pasillo entero, y me acompañó hasta la puerta de Hugo. Antes de abrirla, se detuvo y me miró con una mezcla de picardía y de aviso que yo no supe leer entera hasta después.

—¿Sabe una cosa? —dijo—. Hugo casado. —Sacudió la cabeza, como se sacude un dato que no cabe en la hoja—.

Hugo no sale con nadie, Blanca. Hugo cierra expedientes.

Llevo once años viéndolo cerrar expedientes: los abre, los ordena, los cierra.

Once años de expedientes cerrados con llave, y llega usted, y mi socio llega tarde dos mañanas seguidas y tiene la corbata del jueves un miércoles.

—Se encogió de hombros—. Yo no sé lo que es.

Expediente nuevo. Lo que sé es que a los expedientes nuevos hay que leerlos despacio.

—Leeré despacio —dije.

—Usted ya lo está leyendo —dijo Sergio, y me abrió la puerta—. Entre. Que el expediente está dentro, haciéndose el ocupado.