Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo ocho — El mejor vacío #3
49%

Capítulo ocho — El mejor vacío #3

Y ahí, en la cocina, con la libreta abierta entre los dos y la tartera a medio comer, nos quedamos mirándonos el tiempo que dura un chiste que no se acaba de contar.

Yo tenía uno empezado; lo empecé; no salió.

Ella tenía el boli en la mano y no escribía.

La nevera hizo su ruido de las once y media, y ninguno de los dos se movió, porque había una pregunta en el aire que ninguno de los dos iba a formular, y las preguntas sin formular, en una cocina, a las once y media de un domingo, pesan más que todas las firmas del mundo.

Lo pienso ahora con precisión de expediente, repasando una fecha clave: en aquel momento podía pasar cualquier cosa menos lo que pasó, que fue que no pasó nada.

Se levantó ella a recoger la tartera. Me levanté yo a ayudarla, por pura costumbre doméstica.

Nos encontramos los dos de pie, demasiado cerca para ser compañeros de piso y demasiado lejos para ser lo otro, y Blanca dijo «déjala, que eso lo hago yo», con la voz un poco más baja de lo normal, y yo dije «ya lo sé», y ninguno de los dos se movió, y el silencio hizo lo que los dos llevábamos semanas haciendo los unos por los otros sin permiso: decidió por nosotros.

La besé.

Fue un beso distinto al de la boda. El de la boda había sido teatro bueno; este no era teatro.

Ella se quedó quieta una décima de segundo —el de asimilar una novedad procesal— y luego me respondió, con una mano en mi nuca y la otra agarrando aún el bolígrafo, que noté contra mi clavícula como una firma a medio hacer.

Pasó por mi cabeza, ordenadita como siempre: cláusula séptima. Pasó y siguió de largo, que era lo que tenían que hacer las cosas importantes aquella noche: pasar de largo por donde estaban escritas las prohibiciones y seguir camino.

Cuando nos separamos, se apartó medio paso, me miró, y dijo la única frase maleducada que le oí en semanas:

—Esto no estaba en ninguna cláusula.

—Lo sé —dije.

—¿Lo tiene usted que apuntar ahora mismo en su libreta de la última página?

—Ya lo he apuntado —dije—. Mentalmente. Con fecha y hora.

Se rio. Se llevó la mano a la boca un segundo tarde, como se da cuenta la gente de la risa después de que ha salido, y me miró con una mezcla de alarma y ternura que yo compartía en la misma dosis exacta.

—Hay un problema jurídico —dijo, ya en la puerta de su habitación, con la mano en el pomo—. Si esto no estaba en ninguna cláusula, entonces no está regulado. Y lo no regulado, en esta casa, se sabe lo que es.

—¿Qué es?

—Un vacío —dijo—. Buenas noches, señor Mendieta.

—Buenas noches —dije, y añadí, porque llevaba toda la noche en el aire y ya no cupo en ningún sitio mejor—: Es el mejor vacío que he colmado en quince años de oficio.

La puerta se cerró con cuidado, sin portazo, y oí, al otro lado, una risa corta que ella no me debía y que me llevé a la cama como se lleva una copa que no se ha pedido.

Cada uno se fue a su habitación. Yo cerré la puerta, me senté en la cama con el acuerdo encima de las rodillas —no me pregunte por qué lo tenía a mano; lo tenía todo a mano, ordenado por ramas—, y lo recorrí de la cláusula primera al anexo primero buscando fundamento.

No lo encontré. Fuera de contrato, pensé, con puntería profesional, porque ya lo sabía: completamente fuera de contrato.

Y me quedé dormido con el documento abierto sobre el pecho, que es el sitio donde se duermen las cosas que no se pueden archivar.

A la mañana siguiente, al hacer el café, encontré la tabla del baño movida dos centímetros, con una anotación nueva en el margen, en letra pequeña y bonita: «Circunstancias capilares ampliadas.

Aplicar criterio de cocina.» No dije nada.

Ella tampoco. Desayunamos con la radio puesta y los dos periódicos —ella lee el suyo doblado por la mitad, que es una manera de leer que a mí me parece un desafío a la encuadernación—, y en ninguno de los dos se mencionó la noche anterior, que era la manera de los dos de cuidarla: no ponerla en ninguna frase todavía.

El miércoles a mediodía bajé al bar, con la excusa profesional de repasar unos papeles y la excusa verdadera de la que no había: quería ver el menú salir con pan.

Salió. Ismael había llegado a las seis, como prometió, con las barras de siempre y el horno ya en el taller; la cocina olió a obrador a las nueve; y a la una, cuando el comedor se llenó de los de siempre, cada mesa tuvo su cesta con su pan de verdad.

Blanca pasó entre las mesas repartiendo y no me miró ni una vez, que era su forma de mirarme con toda la atención del mundo.

Yo hice como que repasaba papeles durante cuarenta minutos, que es lo que se tarda en comerse un menú sin comérselo, y me fui con la certeza administrativa de que el miércoles se había salvado, aunque ya no sabía muy bien de qué expediente estaba hablando.

Pero en el bar, a la hora del vermut de la ventana, Marisa alzó la cartulina sin que nadie hubiera actuado nada, puso un diez, y dijo: «Esto ya no hay quien lo puntúe.

Se ha salido del sistema.» Y Beni, por primera vez, no corrigió a su jurado.

Se limitó a mirarnos por encima del libro —el clásico, el de las exigencias—, a asentir una vez, y a decir, tan bajo que solo lo oí yo, desde la barra:

—Yo también me salí del sistema una vez —dijo—. Hace años. —Y volvió a la página, y no dijo más, que Beni nunca dice más de lo que dice.