Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo ocho — El mejor vacío #2
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Capítulo ocho — El mejor vacío #2

—Esto no es una negociación —dijo—. Es un menú. Las negociaciones son para la gente que quiere ganar; los menús son para la gente que quiere comer. Él sabe hacer pan y yo sé abrir un bar. Ninguno de los dos sabe hacer lo del otro. Eso no es una negociación: es una pareja de hecho.

La tercera llamada fue a doña Elvira, la tostadora del café, que no tenía nada que ver con el pan: Blanca le pidió el teléfono del segundo obrador del barrio, «por si acaso».

La llamada duró dos minutos y terminó con doña Elvira prometiendo pan de emergencia «de los míos, que no es de obrador pero aguanta un menú», y diciéndole a Blanca que estaba guapa en las fotos de la boda, que se las había enseñado Irene.

—¿Por qué llama a la tostadora para pedir el teléfono de otro panadero? —pregunté—. Tiene internet. Lo tiene todo.

—Porque doña Elvira me va a dar el teléfono bueno —dijo Blanca—.

El de la persona, no el del escaparate. Y porque ahora doña Elvira está contenta, y cuando doña Elvira está contenta el café de diciembre sube dos céntimos en vez de cinco.

Todo cuenta, señor Mendieta. Hasta las llamadas de cortesía: todo cuenta.

La cuarta llamada fue a Ismael, que llamó él primero, a la hora justa.

Yo estaba en la puerta del almacén, fingiendo revisionar una caja de patatas, y la oí entera.

No gritó, no rogó, no amenazó con nada. Le dijo al obrador, con la voz de quien le sirve el café de siempre: «Ismael, yo aquí no puedo tener un miércoles sin usted.

Tres años llevamos y usted nunca me ha fallado una semana, y yo nunca le he preguntado por qué los domingos llega tarde.

Vamos a hacer una cosa: usted me trae lo que pueda el martes por la noche, aunque sean cuatro barras y una disculpa, y el miércoles abro yo con lo que haya, y el jueves usted me trae el doble y me cuenta lo del horno con calma, que a mí los hornos me interesan. ¿Trato?»

Pausa. Y luego la voz de Ismael por el altavoz, gorda de sueño y de culpa: «Te lo traigo yo el martes. Yo. En el coche. A las nueve.»

Colgó. Se quedó mirando el móvil un segundo, volvió a guardárselo en el bolsillo del delantal, y me miró con calma de gestión rutinaria.

—¿Cuatro barras y una disculpa? —dije—. Ha conseguido que venga él mismo.

—El horno le interesaba a él, no a mí —dijo—. A mí me interesaba que viniera. Con la gente se negocia lo que quiere la gente; con los expedientes se negocia lo que pone el expediente. El error es llevarse el uno al otro.

El martes a las nueve en punto sonó el coche de Ismael en la callejuela del almacén.

Bajé con ella a recibir. El obrador llegó con las barras en el asiento de atrás, brazadas de pan envuelto en papel, con la cara de un hombre que ha conducido veinte kilómetros arrepintiéndose, y Blanca le abrió la puerta del almacén, le contó las barras una a una —dos docenas enteras, más de lo prometido—, le firmó el albarán con su letra pequeña y bonita, y le dio las gracias tres veces: al recibir, al firmar y en la puerta, la última con la mano en el antebrazo, que es la graduación máxima del agradecimiento de Blanca Roldán.

—Mañana a las seis, lo normal —dijo Ismael en la puerta, ya con el coche en marcha—. Y el jueves el doble. Y Blanca… —se asomó por la ventanilla—. Lo del horno es verdad, eh. Que no te creas que te lo he inventado.

—Lo del horno me lo vas a contar el jueves entero —dijo ella—. Con café de los de verdad. Que los miércoles te lo pones de prisa y se te enfría.

Ismael se fue prometiendo el doble el martes y disculpándose hasta la esquina, con el coche ya en la calle grande.

Yo me quedé en la puerta del almacén, con el frío de la noche de octubre entrándome por la camisa, mirándola a ella, que recolocaba el pan en la estantería numerada con movimientos exactos, de años de hacer exactamente aquello.

Y me ocurrió, mirándola, lo que llevo párrafos evitando escribir: que no estaba mirando a la parte contratante.

No estaba mirando a la encargada, ni a la socia, ni a la mujer del expediente.

Estaba mirando a la persona por la que un hombre conduce veinte kilómetros de noche con un horno roto y la conciencia peor, y pensé que yo, en su lugar, no habría conseguido ni las cuatro barras.

Yo habría redactado un requerimiento con plazo y forma; ella había conseguido a Ismael.

El expediente, me dije cerrando la puerta del almacén, se salva con papeles; las cosas se salvan con gente.

Llevaba quince años sabiendo la primera parte.

Empezaba, aquella noche, a sospechar la segunda.

El inventario del domingo lo habíamos hecho dos noches antes, después de cerrar, en la cocina.

Es una costumbre suya que se ha vuelto nuestra sin cláusula: domingo por la noche, sentados a la mesa, con la libreta de espiral y el boli, a repasar la semana que viene.

Yo llevaba mis notas; ella, la libreta; entre medias, una tartera con las sobras de la tortilla y dos cafés.

—La cláusula tercera dice que los gastos comunes se prorratean por ingresos —dije, repasando mis notas—. ¿La tortilla de esta noche computa como gasto común o como actuación ante testigos? Porque si hubo testigos, es gasto de representación, y entonces…

—Entonces la paga el bar —dijo ella—. Anotado. ¿Y el pan de Ismael? ¿Gasto común o gestión de crisis?

—Gestión de crisis —dije—. Y usted salió airosa.

—Ismael salió airosa —corrigió ella—. Yo solo le dejé.

—Y sonrió de la otra manera, la de los bordes, mientras pasaba la página de la libreta—.

Semana que viene: visita del técnico del frigorífico el martes, pedido de doña Elvira el jueves, y el viernes…

—hizo una pausa— …el viernes no hay nada.

El viernes, por primera vez en meses, no hay nada.

—¿Un viernes vacío? —dije—. No lo firmo. Los viernes vacíos son trampas.

—¿Trampas de qué?

—De las cosas que pasan cuando no hay nada en el Gantt —dije, y ella se rio, y yo me di cuenta de que llevábamos diez minutos hablando de la semana que viene en plural, de esa manera de «nosotros» que no ensayamos nadie.

—Puntuación del jurado —dije, consultando el grupo, donde Marisa había subido la foto de la última cartulina: un ocho con asterisco—. Vamos subiendo.

—El asterisco es de Beni —dijo ella—. Pone «el aceitunero del sábado fue decisión administrativa, no cariño». Me pregunto qué verá ese hombre que no vemos nosotros.

—Ve novelas —dije—. Lleva setenta y un años viendo novelas en vez de vivirlas. Por eso puntúa: lo demás se lo inventa.

—¿Y nosotros no nos lo inventamos?

La pregunta me pilló con el café a medio camino. La miré; ella miraba la libreta, con la punta del boli en el margen, y había en su cara la expresión de la pregunta soltada para ver dónde cae.

—Nosotros —dije— tenemos un acuerdo que nos prohíbe inventarnos. Cláusula séptima.

—La cláusula séptima prohíbe enamorarse —dijo ella—. Inventarse es otra materia. Y no está regulada.

—Entonces es un vacío legal —dije—. Los vacíos legales se colman por la práctica.

—¿Cuál práctica? —dijo, y levantó la vista.