Capítulo siete — Firmar aquí
El viernes veintinueve de octubre me casé a las once de la mañana, con un ramo de claveles del mercado que Irene había comprado «a precio de amiga», con un vestido azul que ya tenía, y con la sensación tranquila y absurda de ir a firmar un papel que conocía mejor que el notario.
Había amanecido nublado, de esas mañanas de octubre en las que la luz parece lavada, y el bar olía a café y a clavel.
La noche anterior había cerrado yo sola, despacio, con la sensación rara de que al día siguiente no cambiaría solo mi estado civil: cambiaría el inventario entero.
En el fondo del cajón de la barra, donde guardo las cosas que no sé dónde poner, metí la copia del acuerdo previo.
No sé por qué lo hice allí y no en casa.
Supongo que algunos papeles uno los quiere cerca del trabajo, que es donde pasa la vida.
La mañana empezó en el bar, que es donde empiezan todas las mañanas de importancia, y el bar estaba en estado de comité.
Irene llevaba desde las ocho con el diagrama de flujo de Daniel impreso en tres copias —Daniel, en videollamada desde su escritorio, numeraba los pasos y los imprevistos con idéntica tipografía—; Lucía había puesto el techo de gasto en cero euros «más flores, que las paga el bar como gasto de representación», y Álvaro había escrito unas bodas que era la primera vez que los dos contrayentes las rechazaban por unanimidad antes de leerlas enteras.
—Tengo unas de repuesto —ofreció Álvaro, hurgando en el portátil—. Más sobrias.
—Ninguna —dijimos Hugo y yo, aunque Hugo todavía no estaba allí, que es lo que tiene un bar: que la gente contesta por la gente.
—Os estáis pareciendo —dijo Lucía, desde la caja, sin levantar la vista—. Lo advierto por escrito.
—«Te elijo como se elige un puerto» —leí yo—. Álvaro, eso es una dedicatoria de libro.
—Es que lo saqué de un libro —admitió él—. El mío, pero de un libro.
—Las de verdad son las del registro —dijo Irene—. Cortas, redondas y que aguantan el peso. Como los buenos maridos, que decía mi abuela.
—Que decía mi abuela también —dijo Daniel desde la pantalla, sincronizado sin saberlo.
Fui a vestirme a casa, y allí, delante del espejo, con el vestido azul puesto y el pelo recogido de la manera en que me lo recoge Irene desde hace diez años, tuve un minuto a solas conmigo misma.
Me miré con objetividad de inventario: treinta y tres años, ninguna deuda, un bar debajo, un compromiso encima que no era amor ni era negocio, sino una cosa nueva que todavía no tiene nombre en el código.
Pensé en mi madre, que mandó foto de su vestido de entonces para que «me inspirara»; pensé en la cláusula séptima, escrita en letra de imprenta imaginaria sobre el espejo; y pensé, con una claridad que me sentó mal, que llevaba una semana durmiendo peor que nunca y que no era por la boda.
Era por la pestaña abierta en el historial.
Las decisiones que no se toman pesan más que las que se firman.
Bajé. En la puerta del bar esperaba la comitiva: Irene con el diagrama bajo el brazo, Lucía con la carpeta azul de las cosas graves —que aquel día contenía las cosas alegres, que la carpeta no distingue—, Daniel por videollamada colgado del brazo de Irene, y Beni con su chaqueta buena y su libro bajo el brazo, porque Beni no va a ninguna parte sin un libro, ni a un registro civil.
—¿Y Hugo? —pregunté.
—Ha llegado al registro veinte minutos antes, que es lo suyo —dijo Lucía—. El oficinista le ha mirado los papeles dos veces. Dice que nunca le habían mirado los papeles dos veces con esa cara.
El registro civil de Malasaña tiene una sala de actos con una bandera, un retrato y una fila de sillas que han visto de todo.
Había otras dos parejas esperando: una con fotógrafo y traje largo, otra con dos niños pequeños que corrían en círculos alrededor de la ceremonia ajena.
Nosotros éramos la tercera pareja, la del vestido azul y las tres copias del diagrama de flujo, y el funcionario nos miró con simpatía profesional: había oficiado bodas de todo calibre y había aprendido a no distinguir.
Antes de empezar, el funcionario repasó las fotocopias de los DNI, los certificados y el expediente, y tardó más de lo normal en el último folio, que era el de la sociedad.
Miró a Hugo, miró el folio, miró a las tres socias de pie como un tribunal de guardia, y dijo, con toda la neutralidad de la función pública:
—¿Y los testigos?
—Aquí —dijo Lucía, levantando la mano como en el colegio, y señalando el móvil de Irene—. Y este, que viene por internet.
—Por videoconferencia —corrigió Daniel desde la pantalla.
—Por internet —repitió el funcionario, escribiendo algo que me dio la certeza absoluta de que aquel registro tenía ya una casilla nueva en algún formulario—. Muy bien. Procedamos.
Hugo estaba de pie junto a la mesa, con el traje gris que le había visto en el despacho y una corbata que no era la de los martes ni la de los jueves, y cuando me vio entrar hizo una cosa pequeña: se ajustó la americana con una mano, que en él era casi tocarse el corazón.
Yo le devolví el gesto con el ramo, que era lo único que tenía a mano, y los dos sonreímos la sonrisa de la cláusula, que ya no nos salía tan de cláusula.
El oficiante se aclaró la voz y empezó.
Lo que él leyó era un texto de oficio, y todos los textos de oficio son iguales: artículos, derechos, deberes, la palabra «comunidad» bien puesta.
Yo escuchaba con la mitad de la atención y con la otra mitad vigilaba el barómetro de la sala: Irene ya se mordía el labio; Daniel, en el móvil de Irene apoyado en la silla del testigo, tenía la cara seria de los simulacros que importan; Lucía sostenía la carpeta como se sostiene a alguien.
Beni, con el libro cerrado por primera vez en la historia, miraba fijamente al oficiante como si fuera la escena de apertura de algo.
En un momento dado, con la lectura ya en marcha, el oficiante dijo la frase de los «problemas, dificultades y contratiempos», la de siempre, la que todas las bodas escuchan igual, y yo sentí cómo Hugo, a mi lado, inclinaba la cabeza medio centímetro hacia mí.
No me miró. Solo se acercó, como se acerca uno a un punto caliente de la barra.
Nadie en aquella sala sabía la lista de problemas, dificultades y contratiempos que nos habían traído a aquella mesa; y sin embargo la frase, dicha en voz alta y con solemnidad, pesaba lo suyo, y el medio centímetro de Hugo pesaba lo suyo también.
Y llegó el artículo grande. El oficiante lo leyó despacio, con la solemnidad de los deberes: «…y prometéis respetaros y ayudaros, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, mientras viváis unidos…»
Miré de reojo a Hugo por la costumbre de llevar la cuenta de todo, y lo pillé en el exacto medio de la frase, en la palabra «unidos», con la nuez dándole un solo bote, seco, y las manos quietas encima de la mesa como dos documentos sellados.
Nadie más lo vio. Yo lo vi todo: la corbata nueva, el bote de la nuez, y que llevaba el anillo en el bolsillo de la americana en vez de en la mano, como se guarda la llave hasta que toca abrir.
«…hasta que la muerte os separe», terminó el oficiante.
—Sí, quiero —dijo Hugo. Y luego, casi sin aliento, en voz más baja, para mí y no para el acta, añadió: —Quiero.
—Sí, quiero —dije yo, y la frase me salió entera, sin cláusula, que era la sorpresa de la mañana.
El funcionario empujó el tomo hacia nosotros, con las hojas de firma marcadas con dos separadores de plástico, y ahí ocurrió lo que no tenía previsto.
Porque he firmado miles de albaranes, contratos de suministro, hojas de reclamación y hasta una vez, de joven, una póliza de seguros por alguien que estaba de baja; sé firmar.
Pero cuando el bolígrafo del registro quedó encima de mi nombre —Blanca Roldán, con la letra de imprenta de otro—, me vino a la memoria, sin permiso y con diez años de retraso, la otra vez.
El otro tomo. La otra mesa. El otro bolígrafo, que yo misma le tendí a la otra parte, a la familia de la churrería, página por página, señalándole con la uña limpia del dedo índice los lugares exactos donde la letra pequeña les quitaba la tienda debajo de los pies.
Yo tenía veintitrés años y la mejor letra del despacho y gané.
Diez años después, en otro registro, con otro traje y otro motivo, me empujaban un tomo con mi propio nombre escrito.
Y esta vez, me dije con el bolígrafo ya andando, la que firma soy yo; la que firma sabe lo que firma; y si alguien sale perdiendo en este papel, por lo menos no seré yo la que señale con la uña.
Firmé. Hugo firmó. Los testigos firmaron: Lucía, con su rúbrica de contable; y Daniel, que había venido por videollamada, tuvo que firmar después en la copia, con lo cual se convirtió, según su propio veredicto, «en el primer testigo de boda con latencia».
El funcionario felicitó. Irene lloró con estrépito y negó que llorara. Y Beni, que llevaba toda la ceremonia con el libro cerrado y la barbilla temblando, se levantó de su silla, se acercó a los dos y nos dijo, con la voz rota de los setenta y un años:
—Yo lo vi primero.
—¿El qué, Beni? —preguntó Hugo, sensato, que aún no conocía el sistema.
—A vosotros —dijo Beni—. Desde la primavera. Yo lo vi primero. —Y me abrazó, y a Hugo también, y añadió, ya camino de su silla, en tono de archivo—: Y lo puntué bien, que conste. Tres estrellas en junio. Hoy van ocho.
—¿Ocho? —protestó Hugo—. ¿Tres en junio?
—En junio usted solo pedía café —dijo Beni, sentándose—. Un hombre que solo pide café no puntúa más de tres.