Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo seis — Vermut de domingo #3
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Capítulo seis — Vermut de domingo #3

Yo miraba la escena con esa atención de la que no soy capaz cuando trabajo: la mesa llena, el sol en los vasos, Blanca riéndose de algo de Beni con la cabeza echada atrás, y pensé que si Marta Rovira hubiera estado allí, no necesitaría distinguir nada, porque lo que se notaba en aquella tarde no era un negocio familiar: era una familia, que es distinto y más difícil de falsificar.

Y ahí me vino, por primera vez con claridad, la pregunta que desde el viernes llevaba dando vueltas con otros ropajes: si Marta distinguía tan bien, ¿qué era exactamente lo que ella estaba viendo en nosotros dos?

¿La actuación, o lo que la actuación iba dejando al descubierto?

—¿En qué piensa? —me preguntó Blanca, bajito.

—En que juega usted muy bien esta parte —dije, que era verdad y que era cobarde.

—No juego —dijo ella, y me miró un segundo de más—. Eso es lo que le tiene tan despistado, señor Mendieta.

Hacia las seis, con el vermut ya en su hora mansa, entró doña Pilar por la puerta.

Venía sin abrigo, con cara de recado incómodo, de esos que no se pueden decir delante de la hija por teléfono, y se quedó en el umbral mirando la mesa con una expresión que yo no le conocía: la de alguien que ha venido a confesar y no encuentra el confesionario.

Llevaba semanas ensayando esa cara; yo la había visto en el ático, en la junta, en cada «hay que escuchar».

Aquella tarde la cara era distinta: más cansada, con algo decidido detrás, y las manos que le buscaban algo en el bolso sin encontrarlo, que es lo que hacen las manos de la gente que viene a decir «mi hija me ha dado un plazo» o «he llamado a un tasador» o cualquiera de las frases que no se pueden desdecir.

Yo la vi antes que nadie. Lo supe por la manera en que se le trabaron las manos en el bolso.

Y sin consultarlo con nadie, y menos conmigo mismo, me levanté, fui hacia ella, y la saludé con el abrazo de las comidas de los domingos, que los abrazos de los domingos tienen la propiedad de acorralar a la gente sin que se note.

—Doña Pilar —dije, en voz alta, para la mesa—. Qué alegría. Venga, siéntese, que aquí el café es de usted y usted lo sabe.

—Hugo, es que… —empezó ella, bajito, solo para mí—. Es que he pensado…

—Ya lo hablamos nosotros otro día —le dije, igual de bajito, sin dejar de sonreír para la sala—. Tranquila. Descuide.

—Es que esto no puede esperar otro día, Hugo…

—Puede —le dije, con la sonrisa puesta donde la pongo cuando no negocio—.

Espera desde el lunes y no le ha pasado nada.

Espera hasta que tengamos el expediente encima de la mesa y entonces hablamos con algo que ofrecerle.

Ahora no tiene nada que perder oyéndolo con calma. ¿Me deja que lo gestione yo?

Me miró. Había en esa mirada un alivio pequeño y vergonzante: le habíamos quitado de las manos la palabra que no quería decir, y vi cómo se lo guardaba con las llaves en el bolso.

—Usted sí que sabe —murmuró—. Como mi difunto. Él también gestionaba él todo.

—Se lo gestiono yo —repetí, y se lo dije a ella y a mí mismo al mismo tiempo—. Ya está.

La acomodé en la mesa grande, entre Irene y Daniel, en el centro exacto del ruido, donde ninguna confesión puede sobrevivir más de dos minutos.

Al cuarto minuto ya estaba riéndose de un chiste de Felipe, que había llegado tarde como siempre y declarando lo de siempre, y la cosa que había venido a decir se quedó, supuse, guardada en el bolso con las llaves.

Cuando el bar se fue desperezando hacia el cierre, Blanca y yo nos quedamos recogiendo la terraza. Ella llevaba dos bandejas; yo, las sillas. Y cuando pasé a su lado con la última, me dijo, sin mirarme:

—Gracias por lo de Pilar.

—¿Lo de Pilar? —dije.

—Lo que sea que le haya dicho en la puerta para que no lo dijera —dijo ella—. Venía a contar algo, y usted lo ha gestionado. Ya lo he visto.

Lo había visto todo, claro. Era Blanca.

—Si es algo que la preocupa a usted —empecé.

—La ha protegido usted de decirlo delante de todos —dijo—. Es lo mismo dicho con mejores palabras. Gracias.

Y sonrió. Fue una sonrisa perfecta, amable, exacta, una sonrisa de agradecimiento sin sombra ninguna, y yo la recibí con el alivio del favor bien hecho.

Duró hasta que me di cuenta de a qué sonreía ella exactamente: a la certeza de que alguien la protegía de las noticias.

A que alguien decidía por ella qué era demasiado.

Yo conocía esa sonrisa de mis escritorios: era la sonrisa de quien acaba de firmar un contrato que no ha leído.

La llevé en el metro de vuelta, pegada a mí entre los domingueros, y en todo el trayecto no supe distinguir —lo intenté con la rabia silenciosa con que intento distinguir lo que no quiero distinguir— si lo que yo había protegido esa tarde era el plan, o era a ella.

Porque si era a ella, entonces el plan tenía un agujero donde antes tenía una regla, y los expedientes con agujeros son los que se caen encima de uno cuando uno menos lo espera.

Lo sabía de memoria: llevaba quince años recogiendo los papeles de otros, y todavía no había visto ninguno caerse por la parte que uno vigilaba.

Se caen siempre por la parte en la que uno ha decidido no mirar.

Y yo, aquel domingo, había dejado de mirar a propósito, con la sonrisa puesta, hacia el sitio exacto por donde empezaba a venirse todo.